EXPLICACION
DEL
SANTO sacrifício
DE LA MISA
P. Martin de Cochem
Humillóse, obediente hasta morir, pero
muerte de eruz. (S. Pabio aJ Phuipp» il)
EXPLICACIÔN
DEL
SA>70 sacrifício DE LA MISA
POR EL Reverendo
P. Martin de Cochem.
^ LRSIÓN ESPASOLA
DE
JOSÉ CIURANA
I «ÍJTOA DCL « $CM4liAMO CJLTÓLICO» DE Rf.US.
Segttnda edkióD
ErTAnLECIMlENTOS ®NZIGER & CO. S. A
£i.;;rss'.lírfrafM !a Sta^SeJe Apost,
E.N5IEOELN ^5ÜIZA).
_ 1:/14 _
MPRIMATUR.
CuricBf àie j. Octobris igil.
Georgius,
Ep. Cur.
J. M, BALZER,
Libr. Cena.
INDICK
rdít.
Prólogo . • . « ..5
Cap. I. — De la esencia dcl sanlo sacrlficlo de la
Í l. » Significado de la palabra ‘sacríficlo* . lõ
2. — Origen dei sacrificio ..... 16
3. — El sacrificio de Jcsucristo . . ^ . ‘Jü
§ 4. — Proíccías que bacen referencia al santo sa>
crifício de la Misa. Su institucidn . . 1.’4
§ 5. — Los apostoles ofrecieron el santo sacrificio
de la Misa. AntlgUedad de esta palabra . 2S
§ 6. — Ataques de los herqjes contra la santH
Misa.30
Gap. 11. — De la excclencia de la santa MUa 34
g 1. — De la consagración de una Iglesia . . 36
g 2 . — De la consagración de los sacerdotes . 47
I 3. •• Del altar, ornamentos sacerdotales y loa va*
sos sagrados.52
§ 4. — De lus ceremooias de la santa Misa . . 5S
I 0. — Dei principal sacerdote de la santa Misa . 63
§ 6. — Del precioso dón ofrccido en la santa Misa 78
Cap. III. — De los símbolos y mistérios de la santa
Misa.66
§ 1. Dc los símbolos dei sanlo sacrificio de la
Misa. .... 69
fl 2. — Üe los mistérios dei santo sacrificio de la
Misa.94
g 3. -- Setenta y slcte gradas y frutos en benefi*
do dc los que oyen la santa Misa . loi
Cap. IV. — En la santa Misa Jcsucristo renueva su
Encarnacióo . . ^.iio
Cap. V. ~ Jcsucristo renueva su Nacimlento en la
santa Misa.I2i
g 1. — Del inmenso júbilo que regoclja al ciclo en
el Duevo naelmieoto de Cristo . . .130
638
índice
Fãg,
g 2. ~ Frutos de salvación que recibe cl mundo
dei nuevo nacimiento de nuestro ScRor . 135
Gap. VI. — Jesucrlsto renueva su vida cn la santa
Mísa. . . 142
Gap. VII. ~ Jesucrlsto renueva su oraclón en la
santa Mísa.152
Gap. VIII. — Jesucrlsto renucra su Pasión cn la
santa Misa.164
g 1. — De quê manara Jesüs renueva au Pa^lón . 165
g 2. — Motivos por los cualcs Jesucrlsto renueva
su Haslón en la santa Misa .... I74
Gap. IX. — Jesus renueva sumuerte en la santa Misa 183
Gap. X. — En la santa Misa Jesucrlsto renueva la
efusiõn de su sangre.194
g 1. — £n qu£ consiste la efusiòn de Ia preciosa
sangre en la santa Misa.201
g 2. — Cómo la preciosa sangre clama al ciclo por
nosútros . ..312
Cap. XI. — La santa Misa cs el holocausto por ex-
.. .
Gap. XIl. > La santa Mísa es cl mis sublime sacri-
ticio de alabanza.230
Gap. XIII. — La santa Misa es e) mejor sacrifício de
acción da gradas.242
Cap. XIV. — La santa Misa es cl sacrifício mis efi¬
caz para que nuestras súplicas sean atendidas 250
Cap. XV. — La santa Misa es el sacrifício más po¬
deroso de recondliación.264
g 1 . — De qué suerte la santa Misa obra la remi-
slòn de los pecados y ia conversión de los
pecadores empedernidos.278
g 2 . — De qad mancra la santa .Misa obra la remi-
sión dc los pecados Teniales .... 287
Cap. XVL — La santa Misa es el más digno sacri¬
fício de satísfacción.293
g único. — En qué medida la santa Misa perdona
las penas á los vivos y á los muertos . 300
Cap. XVII. — La santa Misa es la obra mis exce¬
lente dei Espíritu Sanio.309
Cap. XVNII. — La santa Mísa cs cl mayor regoeijo
de la madre de Dios y de los santos . 330
Cap. XIX. — La santa Mísa es el mejor tesoro que
poseeo los tlcles.335
Cap. XX. — La santa Misa aumenta en nosotros la
grada divina y la gloria celestial . 848
g 1. — La santa Misa aumenta cn nosotros la gra¬
da divina.356
índice 639
Páçt
g 2. — La santa Misa aumenta de una maners par*
tlcular la floria celestial.360
g 3. ~ De la comuniòn espiritual .... 366
Gap. XXÍ. — La santa Misa es la más segura espe*
ranza de los moribundos.371
Cap. ?^lí. ^ La santa Misa es cl alivio mds eflcaz
para las almas üel purgatório .... 366
Cap. XXIII. — De la uraciòn dcl sacerdote y de los
ángeles por los fíeies que aslsien á la Misa . 402
g 1. — Qud pide ei sacerdote y cOmo lo pide para
los asistenies.404
g 2. ~ Como oran loa ángeles por nosotros en la
Misa.417
Cap. XXIV. — La sauta Misa no impide nuestras
ocupaclones, antes por el contrario, Ias ayuda
y favorece. . 422
Cap. -> Dc la manera de ofrecer la santa
Misa y dei valor üe Ia oblación .... 433
g 1. -- C<ifno Uebe ofrecerse la santa Misa 436
i 2. -* Dcl valor dc la oblación . .441
Cap. XXVI. -* Cúino se puede participar de los fru*
tos de varias .Misas.447
Cap. XXVll. -* E.xhortaciòn Importante para olr to-
dos los dias la santa Misa.4^
g 1. — Motivos para olr todos los dias Ia santa
Misa.459
g 2. Los santos oos lian dado ejcmplo asistlendo
frccucntcmcnte á la santa Misa .... 463
Cap. XXVllL -- Kxhortaclón para olr devotamente
la santa Misa.474
Cap. XXIX. Qué devoción debe practicarse du¬
rante la elevacíón .488
Cap. XX\. Del respeto con que debe oirse la
santa Misa.502
Cap. XXXI. ~ l)e las ceremonlas dc la Misa y de
su signlllcaclún.014
Í l. — De la Misa de los Catecúmenos . . 516
2. — Del üfertorlo.526
3. ~ De la Consagración.530
6 4. — De la Comuniòn.534
g 5. — Ceremonias dc la Misa dc difnntos . . 539
Conclnsión.. 542
Tres modos de olr devotanicnte la santa ^Ilsa . . 545
1. Para unirse, oyéndola, al sogrado corazón de
Jesús.545
U. Para oir Misa considerando la Pasión de nucs*
tro Sefior.668
640
índice
Páff.
IIL Modo de oir la santa Misa en sufrágio de los
flelcs dlfuntos.5B7
fiecuencia k Dies irae».693
Ejcrcicio para la comuoiòo.608
I. Comuniòn sacramental.608
Actos para antes de la ComuniÓD .... 608
Actos para después de la Comuniòn . . .613
Oraciòn para después de la Comunido . 619
Afectos á Cristo sacramentado para después de
la Comunióo .620
II. Comuniòn espiritual.621
Acto para la Comuniòn espiritual compuesto por
San Alfonso Maria de Llgorto .... 622
Himnos de ta Igleaia á la S. Eucaristia . . . 623
I. ^Adoro te devote latens deltas** . . . 623
11. pAve, verum corpus natum" .... 624
IIL pT.auda, Sion, aaívatorcm^ . . • . 625
IV. , Tange, lingua*.627
V. „Sacris solcmniis*.629
VI, ,Verbum tupernum* . . . . , . 631
VII. «Saluüs humane dator* ..... 632
VIII. , I.ttx alma, jesu, meotium* .... 632
IX dukis mcmorla^.633
X. njesu, Hex admirabilis".6:14
XL nJesu, decus angelorum*.635
, XII. ,0 Sol salutls**.636
lodlce. » • • . 637
PRÓLOGO
Umá:- hubo relígión alguna sin sa-
cridcio. sin un acto solemne destinado
i protestar el soberano dominiõ de Dios
sorre las criaturas. El sacrifício es un
icto dei culto, de instinto natural al
botrcre, porque el hombre es natural-
=ente religioso. El hombre, animal re-
.:j:oso. tanto como racional por natu-
nl;:za. hasta el punto de ser la reli-
^ sidad una de las senales más carac¬
terísticas de su racionalidad, al decir
i-e Jiebert. ha podido, dice Cicerón,
: rar cuál sea el Dios que debe haber,
p«er;> cn cl mundo entero no hay gente
r; tan bárbara, ni tan fiera, que no re-
donorca que Dios existe, aunque no
sepa lo que es Dios. Por eso escribía
.^'.etarco: " podeis hallar ciudades sin
Lteretura. sin rcy, sin moneda, sin pa-
6
l’rólogo
lacios, sin teatros, sin cultura; pero
una sola ciudad sin templos, sin Dios,
que no respete el juramento, que no
eleve plegarias, que no ofrezca sacri¬
fícios, nadie la ha hallado, nadie la ba¬
ilará.“ Esta unanimidad ponc bien de
maniíiesto que, no por invención hu¬
mana, sino por exigências de nuestra
naturaleza, se postra el hombre ante
Dios y le ofrecc sacrifícios. El género
humano, así como Jamás pudo pasar
sin Dios, lampoco prescindió nunca de
la idea de sacrifício; y doquiera vivan
sus miembros, amontonarán hóstias y
ofrcndas al pié de un altar, para glori-
fícar con ellas al Criador.
Unicamente así puede explicarse el
hecho constante y universal de que to¬
das las religioncs hayan tenido por
objeto principal la expiación, y que
todas ellas senalen el saerifieio como
el acto más sagrado de la religión, co¬
mo cl único medio de entrar en rela¬
ciones con Dios, y hacer las paccs en¬
tre un Dios justiciero y santo y los
hombres reos y criminales. La misma
Prólogo
7
Sagrada Escritura, aún antes de que
apareciera en el inundo la idolatria,
allá en la cuna de nuestra abatida hu-
manidad, y reciente todavia la senten¬
cia dada en el Edén contra nuestra des-
dichada raza, nos representa á los hijos
de los hombres, manifestando su de-
pendencia y su reconocimiento á Dios
con ofrendas y sacrifícios. Diriase que
en el corazón dei hombre grabó Dios
la idea dei sacrifício aún antes de pres-
cribirlo Moisés en las dos tablas de
piedra. Y esta ley, grabada primero en
los corazones humanos y escrita des-
pués en el Decálogo, pasó de padres á
hijos, y todos procuraron acomodar á
cila sus actos de religión, siempre que
trataban de honrar al Autor dei uni¬
verso y dei hombre.
Ahora bien; Jesucristo no vino á
destruir ó disolver la Ley antigua, sino
á cumplirla. Era la ley de Moisés, ley
figurativa, simbólica y profética; era la
promesa de la futura alianza de Dios
con la humanidad; era la scmilla que
había de convertirse en frondoso árbol
8
Prólogo
luego que la fecundizase el Verbo de
Dios. Por eso el Autor de la religión
verdadera, el que puso término á las
figuras y cumplió las sagradas profe¬
cias, no pudo menos, al fundar su Re-
ligión, que establecer en ella un sa¬
crifício, que hasta la consumación de
los siglos, fuera el único aceptable. Y
este no fué otro que el sacrifício euca¬
rístico, la santa Misa celebrada por el
ministro de Dios, el sacerdote cristiano,
encargado dc continuar, á través de
los siglos, la empresa que tomó á su
cargo el legítimo Mesías, de salvar á
todos los descendientes de Adán, La
santa Misa es, por consiguiente, un
verdaderosacrifício: Verumetpropriuin
sacrijicium, como dice el concilio Tri-
dentino; el sacrifício de la nueva ley,
en el que Jesucristo se ofrece á Dios
bajo las especies de pan y de vino, por
el ministério de los sacerdotes, para
perpetuar el sacrifício de la cruz y apli¬
camos sus méritos.
No hay sacrifício más santo ni más
augusto que el adorable sacrifício de
Prólogo
9
la Misa. No hay otro alguno por el que
poJamos adorar más digna y santa-
mente á nuestro Dios y SeHor; porque
cl «acrificio de la Misa es el acto su¬
premo dei culto, por el cual práctica-
mente reconocemos que aquel á quien
íe ofrece es Seftor de todas las cosas,
qae tiene dominio sobre la vida y la
muerte. y que de él dependemos y á él
L'tamos subordinados. Y si tan grande,
:an necesario y tan importante es este
:;cto de adoración á Dios, £no habrán
ie ser de suma importaneia y trascenden-
eia. y no habrán de tenerse en grande
estima los libros que se oceupen dei
santo sacrifício de la Misa y tiendan á
fomentar esta práctica y devoción en
los fíeies?
Facilmente se comprenderá con esto
el êxito extraordinário con que fué aco-
iriJo en todas partes el libro dcl P. Co-
chem. desde su publicación hasta nues-
:ros dias, en el largo periodo de 200
iSos: hasta el punto que, tanto en Ale-
mania, como en Francia c Inglaterra,
-e han hecho de cl repetidas y nume-
10
Prólogo
rosas ediciones. Esto prueba la buenci
acogida que los católicos dc todos los
países han dispensado al libro dcl hu¬
milde Capuchino, libro verdaderamente
de oro, dei que pucde decirse: que
cuanto más se conoce, más leído y más
estimado es por todos. Esto explica
también las laudatorias aprobaciones y
los elogios que ha merecido de parte
de muchos Obispos. El Obispo de Van-
nes decía el 2 de Febrero de 1899 al
traductor francês, A.Rugemer: “Ha te-
nido V. Ia feliz idea dc reunir bajo una
forma cómoda y accesible á las más
modestas fortunas, todo lo que la más
sana teologia y la mística más elevada
contienen sobre el sacrifício augusto de
nuestros altares. Xo dudo ni un mo¬
mento de que el libro de V. será leído
con edificación de todos los cristianos
que tendrán la dicha de adquirirle.
Su piadosa obrita, completa é intere-
santísima y nutrida de doctrina, hará
revivir la fé en los divinos mistérios
en las almas de aquellos que tendrán
la dicha de leerla; y con esto habrá
r) t r
Prólogo
11
,;h '' V. una obra ütil á la gloria de
.o; y provechosa al pueblo cristiano.“
„r. iguales términos y en jio menos
:r.:_jia5tas elogios se expresan tam-
r .a. al apiobar este libro, el Arzobispo
ac Albi y los Obispo de Rosea, y de
koiez de Vabres, y el Keverendísimo
raire Provincial de los Capuchinos.
Aün cuando en Espafia se hizo ya,
e- el afio 1902, una traducción de este
arro. sin embargo, no por ello podrá
iccharse de inútil la que hoy se ofrece
al público. Aquella traducción, á que
-05 referimos, adolece, en nuestro sen-
úr. dei defecto de ser más bien que
a=a traducción, un arreglo dei libro
iriginal dei P. Cochem; por cuanto el
iraJuctor suprime gran parte dei te.xto
y anade conccptos propios y hechos
referentes á Espafia. Para corregir es-
:;5 defectos y estos inconvenientes,nada
remos juzgado más útil que trasladar
dclmente á la hermosa lengua espaiíola
i^:e excelente libro, joya preciosa, en
1^ que entran por igual la utilidad y la
t^elleza, que hermana el interés dei fondo
12
Prólogo
con las galanuras de la forma, y que
al par que instruye deleitando, deleita
instniyendo, en conformidad con la ley
tan conocida dei célebre preceptista
Horacio.
Unicamente el deseo de dar á co-
nocer las sublimes bellezas dc este libro,
y de contribuir con nuestras débiles
fuerzas á la obra de propaganda, cn
favor dei santo sacrifício de nuestros
altares, ha movido á los editores á pu¬
blicar la presente traducción; sin que
les arredre en su empresa el vano te¬
mor de que aquel arreglo espaBol pueda
superar en bondad á este presente tra-
bajo, ya que el juicio que de la bondad de
una traducción se forma, suele ser, las
más de las veces, subjetivo y apasio-
nado. Y por lo que á la presente ver-
sión espariola se refiere, cs sobrada
garantia dc favorable acogida la segu-
ridad de que el traductor cs un distin¬
guido y culto escritor, harto conocido
en Espaiía.
La pequefía aldca de Cochem, junto
al Mosela, en el antiguo electorado de
Prólogo
13
Tréveris. fué la cuna dei humilde hijo
Je S. Francisco, el P. Martin, donde
rió la luz primera el afio 1625; Wag-
haasel. cerca de Bruchsal, fué su tumba,
i nie descansa ea la paz dei Sefior,
iêsde el 10 de Septiembre de 1712. Va-
rón apostólico, predicador elocuente,
i:-:ado de talento extraordinário, y abra¬
sado de ceio por la gloria de Dios y
ü salv.ición de las almas, el P. Martin
recorriü gran parte de la Alemania,
resraurando, con la unción de su pala-
bra evangélica, la fé y la piedad cris-
:iaaas tan quebrantadas en aquellas rc-
iri^nes dei Norte poria famosa guerra
ie los Trehiia la última y la
Tiis terrible de las }uchas religiosas
ocasionadas por la reforma protestante.
Y ,ihora nos permitirémos e.xcitar
i ios caiólicos todos que se aprovechen
de Ias utilidades y bellezas de este li-
rro. lomándolo no sólo como uno dc
dantos devocionarios para oir la santa
Misa. sino también como libro de lec-
r.n espiritual muy propia para fo-
—entar la asistencia diaria y la devo-
14
Prólogo
ciún al sacrifício incruento de nucstros
altares. Sírvanse también de él las per-
sonas frívolas, que van siempre á caza
de novedades, aún en las cosas dc pie-
dad, y con su lectura experimentarán
los efectos saludables de tan excelente
libro; pues se ha de tener en cuenta,
que el olvido y el desprecio en que se
tiene hoy día la santa Misa son la causa
de la ruína moral y material de lõs
indivíduos y de las naciones. Si de al-
guna manera pues, sc contribuye á pro¬
pagar y aumentar en Espafía la asis-
tencia diaria á la santa Misa, pueden
considerarse sufícientemente recompen¬
sados de este hermoso trabajo, el tra-
duetor y los editores.
Juan a. Faui.i
Bemjiciado da la Catedral de Tarra^ana,
CAPÍTULO I
De Ia esencia dei Santo Sacrifício
de la Misa
■ 1. Sigrniflcado de la palabra Sacrifício
La Santa Misa sc llama en latín sa-
sacrifício.
El sacrifício es un dón visible, ofre-
c:io únicamente á Dios, por un minis-
:ro consagrado, para rcconocer la so-
reranía dcl Altísimo sobre todas las
- :'sas.
Que el sacrifício no dcbe ofrecerse
~ãs que á Dios solo, lo demuestra San
Agustín por el uso de todos los pueblos:
• Xadie iamás sofíó en ofrecer sa¬
crifícios sino sólo á Dios verdadero ó
il tenido por tal“. (*)
"Xo pocüs hombres pretendicron,
' 1 ) De civit. Dei. Lib. X. Cap. IV.
16
Capitulo I
cn su altivez, este honor sólo debido
á Dios, pero son contados los que tu-
vicron la audacia de exigirlo á pesar
de disponer de medios.“ (*)
Por consiguientc el sacrifício es un
culto debido solamcnte á Dios y no
debe prestarse á ninguna criatura, aun-
que ésta sea el más grande dc los
santos ü el ángel de más alta jerarquia.
§ 2. Origen dei saeriflclo
Santo Tomás de Aquino dice:
“ Ofrecer sacrifícios á Dios cs de
ley natural; á esto se inclina el hom-
brc por su natural tendcncia, sin que
se le prescriba y sin inspiración par-
ticular.“ (*)
En efccto; Cain y Abel, \oéy Abra-
ham, así como los demás patriarcas,
sacrificaron espontáneamcnte.
No tan sólo los verdaderos creyentes
ofrecicron sacrifícios á Dios Todopo-
deroso sino los mismos paganos los
tributaron á sus ídolos. Dios ordcnó á
(1) Contra advcrs. leg. Llb. 1 Cap. XVIIi.
(2) Q. 2. Q. «5, art. L
Qué es la santa Misa 17
los israelitas que le ofreciesen cotidia¬
namente, en especial los dias festivos,
sacrifícios que El mismo senalaba con
las ceremonias corrcspondientes.
fvl sacrifício es, pucs, una verda-
dcra necesidad de la naturalcza humana
y todos los pueblos han tenido los suyos.
He aqui porque tambicn Jesucristo creyó
conveniente instituir cn su Iglesia un
sacrifício con el cual pudiesen los fie-
les honrar dignamente á Dios y testi-
moniarle su absoluta sumisión. No era
posible que Jesucristo dejase á su Igle-
sia sin este culto supremo de latría,
sin el cual hubiera aparecido aquélla
inferior al judaísmo, cuyos sacrifícios
se llevaban á cabo con tanto esplen¬
dor que hasta de lejanos países acudían
opulentos gentiles para admirarlos y
los mismos reyes paganos los costea-
ron muchas veces. (’)
Si nos remontamos al origen dei
sacrifício dcl Nuevo Testamento debe-
remos considerar lo siguiente. En un
principio, cuando la caída de un solo
(1) Machab. IIL
18
Capitulo I
hombre había perdido á la humanidad
cntera, Dios se compadeció de ella y
prometió reparar las funestas conse-
cueneias dei peeado. Tal reparación
debía llevarse á cabo no tan solo en
provecho dei hombre caído sino tam-
bién para la mayor gloria de Dios. Un
sacrifício de precio infinito, ofrecido á
Dios en nombre dc la pobre humani¬
dad, sobre ser agradable al Sefíor, da¬
ria á éste ocasiún de derramar á ma¬
nos llenas sus gracias sobre las des¬
venturadas criaturas.
Pero como habiendo pecado en Adán
todos los hombres, sin e.Ycepción, na-
die podia ofrccer tal sacrificio, Dios en
su inagotablc Caridad instituyó el ado-
rable mistério de la Redcnción, que
anonadó de asombro á los propios se-
rafines. El Hijo de Dios único se hará
hombre, y convertido en hermano nues-
tro, tomará sobre si el peso de nues-
tros pecados. Verdadero sacerdote, se-
gún el orden de Mclquisedech, ofrecerá
á su Padre celestial un sacrificio ez-
piatorio y meritorio en nombre de la
Qué es la santa Misa
19
humanidad; Dios y hombre á la vez
fu sacrificio será de un valor infinito.
Mas, icuál será dicho sacrificio que
bastará por sí solo á aplacar la ira
dei Seiíor? No puede ser otro que el
de la vida humana dei mismo Hijo de
Dios.
Guando este plan fué concebido en
a mente divina, el Hijo de Dios em-
pezó su sacerdócio; tomó sobre sí el
peso de nuestros pecados y se ofreció
en holocausto, prometiendo además á
su Padre, para la rcdcnción de los
hombres, cl sacrificio de la obediência,
preparatório dei sacrificio sublime que
debía instituir al final de su vida te¬
rrena. El Padre celestial lo recibió con
tal benevolencia que aplacando su có¬
lera contra los pecadores les dió de
antemano su amor sin limites.
Los benefícios de Dios cn pro de la
humanidad caída cstaban decretados en
vista dei cruento sacrificio de Jesu-
cristo. A pesar de ello, Dios e.\igió de
parte de los hombres una prenda de
Jebida satisfaccion. Los holocaustos dei
20
Capitulo I
Antiguo Testamento constituían dicha
prenda; en sí mismos no podían ser
agradables á Dios los sacrificios san-
grientos, pero lo fueron en tanto que
eran imagen dei sacrificio que su único
Hijo iba á instituir en el ara santa de
la Cruz.
Agradable incienso de que habla
Moisés, brotaba de estos holocaustos,
porque representaban al Cordero divino
que debía subir al altar y de quien dice
el Apóstol: “Jesucristo se ha ofrecido
á Dios por nosotros en sacriflcio de
agradable olor." (*)
§ 3. El sacrifício de Jesucristo
Llegado el cumplimicnto de los tiem-
pos viene Jesucristo al mundo y dice
á su Padre celestial; “Los sacrificios
y holocaustos no te han agradado, mas
á mí me has apropiado un cuerpo mor¬
tal. Hcmc aqui que vcngo. para cum-
plir ;oh Dios! tu voluntad." (-)
Jesucristo ofreció durante toda su
(1) Ilebr. IV, 2S,
(2; Hcbr. Cap.X, 5, 6, 7.
Qué es la santa Misa
21
vida e>te sacrifício de obediência y lo
:onsumó en la Cruz. Pago la deuda de
ia humanidad á pesar de estar abolidos
para siempre los sacrifícios dei Anti-
gao Testamento.
Lo dice también San Pablo: “Con
una sola ofrenda hizo perfcctos para
siempre á los que ha santificado." (*)
V. final mente, explica dicho Santo,
como la humanidad salvada, cs decir,
.a Santa Iglesia, no quedaria sin sacri¬
fício hasta el final de los ticmpos, sino
roseería, por el contrario, el más ex¬
celente de todos, con objeto de aplicar
i cada miembro de la Iglesia el precio
Cê la Redención; y como Jesucristo
perpetuó el sacrificio cruento de la Cruz
mstituyendo en la víspera de su muerte,
tl santo sacrificio de la Misa.
Estos pormenores están minuciosa¬
mente anotados, en el Concilio de Trento:
- Según testimonio de San Pablo, el
sacerdócio levítico dei Antiguo Testa¬
mento ni era perfecto ni podia serio.
"Xecesitábase, pues, según exigia el
I lliSr. í: .\ V. 14.
22
Capítulo I
Padre de Ias misericórdias, la aparición
dc un sacerdote, según el orden de
Mclquisedech, que completase y perfec-
cionase á los que habían de ser san¬
tificados. Este sacerdote que era Cristo
nuestro Sefior, después de haberse ofre-
cido á su Padre en el altar de la cruz,
no quiso, al morir, que cl sacerdócio
dcsapareciera. A este fin, en la noche en
que fuó entregado, dejó á la Iglesia santa,
su esposa querida, un sacrificio visible,
que la naturaleza humana requeria.”
“Tal sacrificio debía perpetuar el
sacrificio cruento que Cristo iba á ofre-
cer en el madero de la cruz, conservar
su memória hasta la consumación de
los siglos, y por su virtud saludable
sernos perdonadas nuestras faltas co¬
tidianas. De esta manera Cristo fué
sacerdote según el orden de Melquise-
dech, ofreció á su Padre su cuerpo y
sangre debajo de las especies de pan
y vino dei modo como las dió á los
Apóstoles, á quienes, en aquel punto,
instituyó sacerdotes dcl Nuevo Testa¬
mento. Y merced á las palabras: “Ha-
Quê es la santa Misa
23
ced esto en memória mía“ mandóles,
á ellos y á sus sucesoies en el sacer¬
dócio, que las ofrecieran, en lo sucesivo,
en sacrificio.“ (‘)
La Iglesia nos manda, pues, creer
que Jesucristo en la última Cena no
solamente convirtió el pan y el vino
en su cuerpo y sangre, sino también
los ofreció á Dios, su Padre, y que El
mismo instituyó personalmente el sacri¬
fício dei Nuevo Testamento con cl fin
de que se reconozca en él á aquel sa¬
cerdote dei cual canta cl salmista : “ Juró
el Seilor y no se arrepentirá, y dijo:
Tú ércs Sacerdote sempiterno según el
orden de Melquisedech." (^)
Melquisedech no inmolaba los ani-
males como hacía Abraham y los otros
patriarcas, sino, por inspiración dei
Espíritu Santo, y en contradicción con
la costumbre de su época, levantaba el
pan y el vino al ciclo y los ofrecía
con ceremonias y oraciones especiales.
Así es como él vino á representar
( 1 ) Sesión XXU, Cap. 5.
(2 PaaL CIX, 4. — Hebr. VII, 17.
24
Capítulo I
la imagen de Jesucristo y su sacrifício
el símbolo dei de la nueva ley.
§ 4. Profecias que hacen referencia al santo
sacrifício de Ia Misa. Su instituclón.
“El afecto mío no es hacia voso-
tros, dice el Senor de los ejcrcitos, ni
aceptaré de vuestra mano ofrenda nin-
guna. Porque desde levante á poniente,
es grande mi nombre entre las nacio-
nes, y en todo lugar se sacrifica y se ofre-
ce al Jiombre mío una ofrenda pura.“ (')
Esta profecia no se realizo en el
Antiguo T estamento, puesto q iie las o fren¬
das de los judios eran rechazadas, y
los gentiles no habían aún abierto los
ojos á la luz de la fé. Pero se realizó
en el Nuevo Testamento según palabras
de Dios á su Hijo: “ Pídeme y te daré
las naciones en hcrencia tuya.“ (-) Efec-
tivamentc, sabemos que los apóstoles,
en especial San Pablo, convirtieron á
los paganos.
La profecia de Malaquías no puede
fl) Malaq. I, v. lQ-11.
(2) Psal. II, a
Qué es la santa Misa
25
aplicnrse al sacriftcio cruento queNues-
tro Sefior consumó en la Cruz, puesto
que este sacrifício no ha sido ofrecido
más que una vez y en un sólo lugar:
sobre el monte Calvario.
La citada profecia no se refiere tam-
poco á la complacência dei Sciior por
los sacrifícios paganos, que no son más
que ofrendas de iniquidad, califícadas
de asesinato, de impureza, de robo y
por tanto dignas no dei Dios tres ve-
ces santo, sino dei maligno espíritu.
Engáiíanse finalmente los herejes al
pretender aplicar el susodicho pasaje
á nuestras buenas obras y oraciones,
que no siempre consisten en ofrendas
puras.
Debemos concluir, con seguridad
absoluta, que esta profecia se relaciona
exclusivamente con el sacrifício dei
Nuevo Testamento, sacrifício infinita-
mente puro, “ que la indignidad dei que
sacrifica no puede manchar."
Jesucristo es el único pontífice, y
los sacerdotes no son más que sus mi¬
nistros; éstos no pre.scntan otra cosa
26
Capitulo I
que sus manos y boca para ofrecer de
una manera visible al Dios invisible
que se inmola sobre el altar todos los
dias, hasta la plenitud de los tiempos.
Pero, ,ien qué momento instituyó
Jesucristo el santo sacrifício dela Misa?
Lo precisa la Iglesia con el evan¬
gelista San Lucas; “Después dc acabada
la cena, tomó el pan, dió de viievo
gracias, lo partió, y dióselo, diciendo;
Este es mi cuerpo: el cual se da por
vosotros: Haced esto en memória mia.
Del mismo modo tomó el cáliz, des¬
pués que hubo cenado, diciendo: éste
cáliz es la nueva alianza, sellada con
mi sangre que se derramará por vos¬
otros." (').
Fijémonos bien en lo que hace y
dice el Senor; convierte el pan en su
propio cuerpo y el vino en su pro-
pia sangre, y en virtud de esta sepa-
ración mística de su cuerpo y de su
sangre se constituye en holocausto. Las
palabras que acorapanan la transubstan-
ciación detcrminan aún más la exis-
( 1 ) Luc. XXII, y. I9-2U.
Qué es la santa Misa 27
tencia dei sacriflcio; “ Este es mi cuerpo
el cual se da por vosotros." “Esta cs
mi sangre que será derramada por vos-
otros “
Aun cuando se quieran aplicar es¬
tas dos palabras, dar y derramar al
sacrifício de la Cruz, explícitamente dice
Jesucristo que estas dos acciones tienen
lugar en la misma cena, y de esta suerte
afirma que hay sacrifício.
Cuando el divino Maestro continua
diciendo: este cuerpo se da por vos-
otros, da á entender también que se
ofrecerá á su Padre celestial, como lo
hizo en la Cruz.
Ya que en la Cena el cuerpo de Je¬
sucristo fué ofrecido á Dios Todopo-
deroso para su mayor gloria, luego hubo
sacrifício.
He aqui la ensefíanza constante de
nuestra Madre la Iglesia santa; su tes-
timonio tiene más autoridad que todas
las intcrpretaciones de los hombres,
puesto que ella es el mismo fundamento
de la verdad.
28
Capítulo I
§ 5. Los apóstoles ofpeclepon el santo
sacrinclo de Ia Mlsa. Antlgdedad de
esta palabpa
Como prueba de que los propios
apóstoles ofrccicron el santo sacrificio
de la Misa, oígamos á San Pablo, cuan-
do dice: “ Tenemos un altar o una vic-
iiina, de que no pueden comer los que
sirven al Tabernáculo" (*) es decir, los
judios.
Ahora bien; no podia haber altar
sin ofrenda, y la misma palabra comer
indica claramentc que no se trata dei
sacrificio de la Cruz, sino de un sa¬
crificio manducable, tal como lo insti-
tuyó en la Cena Jesucristo.
Afíadamos que San Mateo fué muer-
to en el altar mientras estaba cele¬
brando los santos mistérios. San An¬
drés, según cuenta la tradición, decía
al juez Egea: “Cada dia sacrifico á
Dios Todopoderoso, no carne de toros
ni sangre de machos cabríos, sino al
cordero inmaculado." Atribúyeseal pro-
pio tiempo á Santiago y á San Marcos
( 1 ) Hebr. c. XIII, 10.
Qué es la santa Misa 29
una liturgia de la Santa Misa y final¬
mente el Canon, ó sea la parte de la
Misa desde el Sanctus á la Comitmón
se atribuyc á San Pedro. Estas son
otras tantas pruebas de que el santo
sacrificio dei \uevo Testamento ha es¬
tado en uso desde los primitivos tiem-
pos de la Iglesia.
En cuanto á la voz Alisa, con la
que designamos el santo sacrificio, obje-
tan los herejes que no se encuentra en
la Sagrada Escritura. En efecto, pero
tampoco SC encuentra la palabra Tri-
niiiad y no obstante no estamos dis¬
pensados por eso de creer en este au¬
gusto mistério. A pesar de que la pa¬
labra Misa no se encuentra en la Biblia,
cl sacrificio por ella designado está
pcrfectamente e.xplicado según acaba¬
mos dc anotar. Por otra parte en cl
ano 142 habíasc ya servido dc ella el
Papa Pio I. Después de éste escribe
San Ambrosio: “Ocupéme en mis mi¬
nistérios, comencé á decir la santa Misa
y durante el santo sacrificio pedí á Dios
que viniera en mi auxilio.“
3ü Capitulo 1
Y San Agustín dice; “ Por las lec-
ciones que rezamos en la Santa Misa
fácilmente vendremos en conocimien-
to.“ etc.
Notemos que tal como emplean es¬
tos dos Padres la palabra Misa prueba
que su uso era entonces general desde
el sigio tercero.
Los Padres de la Iglesia griega 11a-
mábanla también Eucaristia, que sig¬
nifica acción de gracias, Liturgia ó
Agenda, es decir acción, Sinaxis ó
colecta, asamblea; j la denominaban
asímismo mesa, altar dei Seíior, cena,
ofrenda, etc.
g 6. Ataques de los herejes contra
Ia santa Misa
El encarnizamiento con que el de¬
mônio ha tratado én todos tiempos de
atacar al santo sacrifício de la Alisa cs
una prueba de cuán sagrado c impor¬
tante debe de ser, y, al mismo tiempo,
cuán terrible para él.
En el decurso de los diez primeros
siglos, cuando la Iglesia se veia com-
Qué es la santa Misa 31
batida por innumerables herejes, nadie
hubo tan osado que Uegara á atacar
el augusto sacriflcio. Necesitábase para
cUo un gran avance en la perversidad,
una audacia verdaderamente infernal.
Ello no se verificó hasta el siglo
onceno; pero debemos hacer notar que
apenas hubo Berenguer de Tours profe¬
rido sus blasfémias, el mundo tembló
de espanto y le gritó con indignaciún;
“Eres piedra de escândalo de los fie-
les, abandonas á nuestra madre Iglesia,
perturbas la unidad“ ya que más de
cinco concilios le habían anatematizado,
hasta que, por un milagro de la mise¬
ricórdia divina, Berenguer abjuró de
sus errores y habiendo hecho peniten¬
cia por ellos falleció confesando la ver-
dadera doctrina. (1088)
Pero la simiente por ól sembrada
no desapareció con él, sino fructiticó
por desgracia algunos anos más tarde
en lòs Albigenses. Esta secta diabólica
declaró ilícito el matrimonio, permitió
la impureza, arguyó violentamente con¬
tra la Misa privada, que así Uamábase
32
Capítulo I
vulgarmente la Misa rezada, y llegó á
tan alto grado su encono que conde-
naron á terribles penas á los fieles que
á ella asistían; penas que no Uegaban
ni en mucho á Ias horrorosas que im-
ponía á los sacerdotes que tenian la
andada de celebrar los sagrados mis¬
térios.
A más de los Albigcnses, los enc-
migos más encamizados que ha tenido
la Misa han sido indudablemente los
reformadores dei siglo décimo sexto,
ya que el propio Lutero conflesa el he-
cho de haber sido inspirado por Satán
para abolir la santa Misa, como acto
de idolatria y que había obrado de tal
suerte no ignorando que cl diablo abo¬
rrecia todo lo bueno; más aun, que sus
ensenanzas eran todas falsas.
Si la inteligência de Lutero no hu-
biese sido ofuscada por completo por
los espíritus infcrnales, habría á lo me¬
nos raciocinado de esta suerte: Satanás
pretende que la santa Misa es un acto
de idolatria; si esto fue.se así, ipor
qué quiere aboliria cuando en alabarla
Qué es la santa Misa 33
y fomentaria daria con el medio de
insultar más despiadadamente al Altí-
simo ?
Ahora bien; Satán ha privado dei
santo sacriflcio de la Misa á todas las
sectas luteranas, causándoles con ello
el perjuicio más funesto y les ha im¬
buído de tal manera su propio odio
contra este santo mistério que han He
gado á proferir la horrible blasfémia
de que “ la Misa es una abominable
idolatria “ como se lee en el catecismo
de los calvinistas de Heidelberg.
;Pobres insensatos! ^Cómo puedcn
admitir, entonces, que se haya salvado
una sola alma desde Jesucristo? Todos
los apóstoles y los sacerdotes todos
han celebrado el santo sacrifício de la
Misa: los mártires y los confesores han
asistido á ella con ejemplar devoción;
-;acusarán acaso de idolatria á todo ese
ejército de Cristo haciéndole, por con-
sigiiiente. digno dei infíernor La razón
natural se resiste á suponerlo.
i Ah! Cuánto más consolador cs cs-
cuchar á San Fulgcncio cuando dice:
34
Capitulo II
“Creo sin la menor sombra de duda
que el Hijo unigénito de Dios hecho
hombre por nosotros, se ha ofrecido
en sacrifício á Dios, al cual la Iglesia
Católica ofrece sin cesar, en fe y en ca-
ridad, el sacrifício dei pan y dei vino.“ (*)
Guardémonos bien de que no acon-
tezca lo que á los herejes, á quienes
Satanás ha privado de la Santa Misá.
N’o pudiendo arrebatárnosla cnteramente
se esfuerza en hacernos desconocer el
valor sin fin dei santo sacrifício para
que no lo estimemos como es debido,
haciéndonos negligentes á fín de que
no podamos obtener los frutos abun¬
dantes de gracia que de la Misa debe-
mos lucrar.
CAPÍTULO U
De la excelencla de la Santa Misa
Es tan inmensa la excelencia de Ia
Misa que los mismos serafines no puedcn
llegar á comprenderla en su totalidad.
(1) De flde ad Petrum, c. XIX.
Excelencia de la Misa 35
Probemos, no obstante, dc formamos
un concepto de ella ateniéndonos á las
cnsenanzas de la Iglesia apropiadas á
este objeto.
Dice S. Francisco de Sales: “De
todos los actos de religión, el santo
sacrifício de nuestros altares resplan¬
dece como el sol entre las estrellas,
porque es el alma dc la picdad, centro
dc la religión cristiana al cual conver-
gen todos los mistérios y todos los
preceptos; es el mistério inefable de
la caridad divina, merced al cual, en-
tregándose Jesucristo personalmente á
nosotros, nos colma de sus gracias, por
modo tan amoroso como magnánimo.“ (*)
El sabio Osorio la prefiere á todos
los mistérios dela religión: “El santo
sacrifício de la Misa es lo que hay en
la Iglesia más augusto y precioso por¬
que en él se consagra el pan y el vino
y se ofrccc á Dios el sacramento dei
altar “ (®); y Forner de Bamberg con¬
tinua: “Aunque todos los sacramentos
(1) Introducc á la ‘“Vida devola“. 1’arlc II, cap.XIV,
(2) Cone. dc Missa.
36
Capítulo II
son excelentes, excede á todos la Misa:
aquéllos son vasos que encierran la
divina misericórdia en beneficio de los
vivos; éste es océano inagotable de la li-
beralidad divina en favor de vivos y
muertos.“ (‘)
Pasemos ahora á apuntar las razo-
nes y seflales de esta cxcelencia que
se revela, en primer lugar en el cere-
monial de la bendición y consagración
de las iglesias y altares, ceremonial el
más solemne é imponente.
Y como quiera que la mayor parte
de fieles no han gozado dei privilegio
dc asistir á esta ficsta, la más conmo-
vedora é instructiva entre todas, dare¬
mos de ella una sucinta relación.
§ 1. De la consagración de una Iglesla
La consagración de una iglesia ó
de un altar es atribución propia dei
prelado, quien se prepara con el ayuno
para demostrar la importância dei acto
que va á llevar á cabo. (-)
(1} Cone. de Pas. 65 y 69.
(2) Sagrada Congregación de ritos.
Excelencia dc la Misa
37
En la maãana dei día de la cerc-
monia, revestido con los hábitos pon-
tificales, en el lugar donde por la no-
che se depositaron las reliquias, recita
los siete salmos penitencialcs y la Le-
tanía de los Santos, dirigiéndose lucgo
con el clero ante la puerta principal
dft la iglesia, que permanece cerrada.
El prelado bendice el agua, se rocia á
3Í mismo, al clero y al pueblo y con-
duce la procesión por tres vezes al
rededor de la iglesia, bendiciendo y ro¬
ciando las paredes en nombre de la
santísima Trinidad, mientras el coro can¬
ta diferentes responsorios y antífonas.
De regreso á la puerta implora la
bendición dei ciclo sobre aquel templo
y con su báculo llama tres vezes á di-
cha puerta, diciendo: “Attollitc portas
vestras, et elevamini portae a:ternales.“
•• Levantad, oh principes, vuestras puer-
tas, y elcvaos vosotras, oh puertas de
la eternidad.“ (•)
A la última prosigue el prelado por
tres veces: “ Abrid,abrid,abrid.“ Abrese
(0 Salmo XXIII, 7.
38
Capítulo II
entonces la puerta y el prelado traza
con su báculo el signo de la cruz so¬
bre el umbral, exclamando: “//e aqui
el signo de la crtiy con la que todos
los espiritus inf entales hufen.^ Así que
entra en la iglesia dice; “Pa- en tsta
casa y el coro responde : “ Y á rues-
tra entrada,'^'
Al llegar en medio de la nave el
prelado se arrodilla y entona el himno
Vcni Creator üpiriíus y á este himno
siguen las Letanías de los Santos y el
cântico Benedictus. Mientras tanto el
prelado traza sobre dos regueros de
ceniza, extendidos en forma de cruz de
un extremo á otro de la iglesia, las
letras dcl alfabeto griego y latino, de
suerte que la primera y última letra
dcl alfabeto estén en uno de los extre¬
mos dei templo. Esta ceremonia signi¬
fica la unión por medio de la Cruz en
el seno de la Iglesia dei griego y dei
bárbaro. El báculo de que se sirve es
el símbolo de la doctrina de los após¬
tolos.
Seguidamente bcndice la sal, cl agua
Excclcncia de la Misa
39
y el vino; los mezcla y empieza la con-
sagración dei altar mayor. Recita el
prelado la antífona hitroito ad altare
Dei y el coro continua con el salmo
J}idicame.{^) Durante estas oraciones
sumerge el pulgar en el agua que acaba
de bendecir y traza una cruz cn el cen¬
tro y en las aristas de la piedra, di-
ciendo: “Bendito sea este altar, á la
mayor gloria de Dios, de la bicnaven-
turada Virgen Maria, de todos los san¬
tos, en nombre y memória de San N.
en nombre dei Padre y dei Hijo y
dei Espíritu Santo.“ Estas palabras las
repite cinco vezes. Acto seguido el pre¬
lado, semejante á los israelitas cuando
la toma dc Jericó, se vuelve siete ve-
ces al redcdor dei altar rociándolo con
agua bendita y recitando el salmo Mi-
serere.
Luego, durante el canto de los sal¬
mos, da el prelado la vuelta por tres
vezes al recinto dei templo, rociando
los muros con agua bendita cn la par¬
te alta, media y baja. Vuelve á hacer
(1) l's XLII.
40
Capítulo II
varias veces la senal de la cru^ en las
cuatro esquinas dei pavimento de la
iglcsia y se encamina de nuevo al al¬
tar para preparar alK con agua ben¬
dita cl cemento con que ha de colocar
la piedra de dicho altar. Entonces van
en procesión á traer las reliquias, que
deberán ser puestas en el sepulcro, y
que están encerradas en un pequeiío
cofre de metal.
.\1 entrar en la iglesia el prelado
hace por tres vezes la sefíal de la cruz
en la puerta con el santo crisma di-
ciendo: “ En nombre dei Padre, dei
Hijo y dei Espíritu Santo. Seas, oh
puerta, bendita, santificada, consagrada
y dedicada al Sefior Dios. Seas, oh
puerta, el umbral de la salvación y de
la paz; seas, oh puerta, puerta pacífica
para aquel que ha sido llamado Puerta,
Cristo Jesus, Sefíor nuestro.“ etc. La
procesión avanza luego hasta el altar
mayor donde traza el prelado hasta
cinco vezes la sefíal dei cristiano so¬
bre el sepulcro, antes de colocar en él
las reliquias.
Excelência de la Misa
41
En los primeros tiempos dcl cris¬
tianismo se acostumbraba celebrar la
santa Misa sobre la tumba de los már¬
tires, dc donde procede la obligación
cstricta de poner reliquias en todos los
altares.
El prelado inciensa las reliquias y
une con cemento el sepulcro; unge la
piedra c inciensa el altar en el centro
y en los lados, entregando el incensá¬
rio á un sacerdote, quien continüa dando
vueltas al rededor hasta que concluye
la consagración. Toma nuevamente el
prelado el incensário y á su vez da
vueltas en torno dei altar. Derrama
finalmente el santo óleo y el santo cris¬
ma sobre el ara, y lo e.xtiende, ó, me-
Jor dicho, frota el altar con su mano.
Con esto queda el altar consagrado.
El prelado vuelve á la nave de la
iglesia para ungir con él santo crisma
las doce cruces pintadas en los muros,
incensando tres vezes cada una y re-
gresa al altar para bendecir el incienso
que en él va á ser quemado, cuyos gra-
nos han sido colocados en forma de
42
Capítulo II
cruz sobre las cinco cruces de la pie-
dra. Sobre el ara se colocan vários
cirios pequenos que arden á la vez y
mientras tanto arrodíllase el prelado
y canta; “Aleluya! ven, Espíritu San¬
to. llena los corazones de los fieles de
tu luz y enciende en ellos el fuego de
tu amor.“
Siguen otras preces que se cantan
en tono de Prefacio y el prelado ruega
á Dios diciendo; “Confirmad lo que
habéis hecho en nosotros, en vuestro
santo templo que se halla en Jerusalén.
Aleluya! “ El coro entona el salmo 67,
el canto de la victoria y dei rccono-
cimiento: “ Levántese Dios y sean ven¬
cidos sus enemigos y huyan de su pre¬
sencia los que le aborrecen....“ etc. En¬
tretanto se adorna el altar y el pre¬
lado da comienzo á la Misa.
La concurrencia se asombra de este
gran numero de ceremonias, unciones
y oraciones. — <jA qué — dicen — tan¬
tas moléstias, tanto tiempoy tanto gasto?
Para que el templo sea más digno dei
sublime sacrifício que allí debe ofre-
Excelência de la Misa
43
cerse y el altar suficientemente puro á
fin de recibir dignamente el Cordero
de Dios inmolado.
He aqui una prueba de la santidad
y dignidad de nuestras iglesias. El tem¬
plo de Salomón no era más que una
imagen de los nuestros y no obstante,
jcon qué respeto lo veneraban los ju¬
dios y los gentiles!: “ Salomón ofreció
en sacrificio pacifico al Senor 22000
bueyes y 120000 carneros. Bajó fuego
dei cielo que devoró los holocaustos y
víctimas y Uenó toda la casa la Majes-
tad dei Senor. Todos los hijos de Is¬
rael vieron con sus ojos descender el
fuego y la gloria dei Senor en el tem¬
plo. Pegaron sus frentes al polvo y
adoraron al Senor. Salomón e.xclamó;
•‘;Es creible que verdaderamente Dios
ha de habitar sobre la tierra? Porque
si los cielos, oh Senor, si ni los alti-
simos cielos no pueden abarcarte, cuánto
menos esta casa queyohefabricado?“(*)
Ciertamente aquel templo era digno
(1) Keycs, Líb. III, Cap. VIII, 27; Paralip. Lib. II, ca.
pitrlo Vil, V. 1-8,
44
Capítulo II
dc la veneración y admiraciíín de los
pueblos, á pesar de ser tan sólo, como
se ha dicho ya, una imagen, una som¬
bra de nuestras iglesias; no encerraba
sino cl Arca dc la alianza, las Tablas
de la ley, el maná y la vara de Aarón
que había florecido; las víctimas inmo-
ladas no eran mas que animales sacri¬
ficados y quemados, ofrecidos con pan,
vino, tortas, aceite, harina y otras co¬
sas semejantes.
; Qué contraste con los templos ca¬
tólicos, consagrados con el aceite y el
santo crisma, rociados con agua ben¬
dita, perfumados de incienso, santifica¬
dos con tantos signos de Cruz, desti¬
nados á la oblación dei santo sacrificio
de la Misa! En vez dei Arca de la alianza
tenemos el Tabernáculo, que guarda el
verdadero maná, el augusto Sacramento
dei Altar, el verdadero cuerpo y san¬
gre de Jesucristo. j Qué veneración de-
bemos á tal santuario!
Apellidamos á- la iglesia Casa de
Dios y en realidad lo es, puesto que
en ella habita continuamente Nuestro
Excclcncia de la Misa
45
Scilor Jesucristo. Sus ángeles le sirven
allí, le adoran, le alaban, le ofrecen
nuestras oraciones, realizándose de esta
suerte la visión de Jacob. Yendo el pa¬
triarca de Bersabée á Harán, queriendo
descansar al atardcccr “ tomó una de
las piedras que allí había y poniéndo-
sela por cabeccra, durmió en aquel
sitio. Y vió en sueüos una escala fija
en la tierra, cuyo remate tocaba en el
cielo, y ángeles de Dios que subían y
bajaban por ella y al Seflor apoyado
sobre la escala." Al despertar Jacob
despavorido e.xclamó: “ Cuán terrible
es este lugar, verdadcramente este es
la casa dc Dios y la pucrta dei cielo.“
Levantándose, pues, Jacob, al amanecer,
cogió la piedra que se había puesto
por cabccera, y erigióla como un mo¬
numento de la visión derramando óleo
encima. Y puso por nombre Betei á la
ciudad“ esto es, “casa de Dios.“ (‘)
Esta piedra no era más que un sím¬
bolo de la de nucstros altares, consa¬
grada con el óleo y el santo crisma y
(1) Gcnc*). c. XXVIII.
46
Cnpitulo II
á la que se aplican justamente estas
palabras: “Lugar terrible: verdadera-
mente esta es la casa de Dios y puerta
dei cielo.“
Nuestras iglesias son asimismo el
lugar dei cual dice Dios por boca dei
profeta Isaías: “Yo les conduciré á mi
santo Monte iie la Iglesía, y en mi casa
de adoración los llenaré de alegria: me
serán agradables los holocaustos y víc-
timas que ofrecerán sobre mi altar,
porque mi casa será llamada casa de
oración para todos los pueblos.“ (^)
Si nos animase una fé viva, entra¬
ríamos cn el templo con temor, y con
el más profundo anonadamiento ado¬
raríamos á Nuestro Senor en la Euca¬
ristia y veneraríamos á los ángeles. Los
que hablan, ríen ó pecan de cualquicr
otra forma durante el oficio divino,
provocan la cólera de Dios y se hacen
reos de una grave ofensa contra la di¬
vina Majestad. Tomemos, pues, la firme
resolución, al ir á la iglesia, de por¬
tamos devotamente, de evitar toda pa-
(1) Isaías, c. LVI, 7.
Excelencia de Ia Misa
47
labra inútil, toda mirada curiosa; y de
adorar á Dios en espíritu y de un mo¬
do sincero, de rogar con todo el cora-
zón, dc llorar por nuestros pecados y
de implorar la divina misericórdia.
§ 2 . De la consagrración de los Sacerdotes
La e.vcelencia dc la santa Misa re-
salta en segundo lugar en la consagra-
ción que reciben los sacerdotes y mi¬
nistros dei altar.
Para poder celebrar el cruento sa-
crilicio hay que pasar por siete grados
ó categorias. Los que han recibido las
cuatros primeras órdenes están desti¬
nados á servir á los sacerdotes en el
altar, pero sin tener autorización para
tocar el cáliz, la patena, el corporal,
y el purificador, á menos de haber re¬
cibido un permiso particular ó ante una
necesidad absoluta. Para poder tocar
dichos objetos por derecito propio es
preciso haber recibido la quinta orden
que corresponde al subdiaconado. De la
misma suerte los subdiáconos, diáconos
y sacerdotes tienen tan sólo el dere-
48
Capitulo II
cho de tocar y limpiar los objetos que
sirven inmcdiatamente para la celebra-
eión de la santa Misa; tales son las
prescripciones formales de la Iglesia.
LI que faltase á ellas por inadvertência
ó negligencia asumará grave respon-
sabilidad.
Por otra parte, jqué cargo de con-
ciencia para los sacerdotes y los fieles
que consientan se celebren los santos
mistérios con una alba sucia, una ca-
sulla desgarrada, con lienzos de telas
ordinárias ó manchadas, los vasos oxi¬
dados ó un altar desprovisto de orna¬
mentos ! i Qué vergüenza para los cris-
tianos que retroceden ante un pequeSo
sacrifício pecuniário cuando se trata de
la decencia de los lugares sagrados,
mientras emplean gustosos enormes su¬
mas en trajes, lujos, adornos y baga¬
telas ! i Qué pecado para el cura y para
la parroquia cuyos armarios aparecen
repletos de buena ropa mientras el al¬
tar está afeado con harapos, y cuya
mesa centellea de objetos valiosos á la
vez que el cáliz, la custodia, el copón
Excelência de la Misa
49
son de metal ordinário! ; Qué doloroso
espectáculo! jTriste prueba de un es¬
tado de alma aun más lamcntable!
En cambio, jcuán dignas de elogio
son las piadosas mujeres y vírgenes
que emplean sus ocios en confeccionar
la ropa dei altar, ornamentos decentes
y cuanto contribuye á hermosear los
templos! Esas tales pueden exclamar
en verdad: “Sefíor. amo la hermosura
de tu casa y el lugar donde mora tu
Majestad.“
Como se ha dicho ya, la excelen-
cia de la santa Misa se manifiesta espe-
cialmente en la consagración sacerdotal.
He aqui las ceremonias que acom-
pailan á dicha consagración. Guando el
diácono se ordena de sacerdote se re¬
viste dei amito, dei alba, de Ia estola,
atravesada sobre la espalda izquierda
y atada al lado derecho y arrodíllase
delante dei prelado que está sentado en
su trono. El prelado le hace presente
la gran responsabilidad que va á con-
traer y pregunta al auditorio si le juzga
digno. Si nadie protesta se arrodílla el
50
Cnpítuio n
prelado y recita en voz alta las Leta-
nías de los Santos, mientras el diácono,
prosternado y apoyando su frente en
el suelo, las recita con aquél.
Acto seguido el prelado Ic pone una
mano sobre la cabeza, recita una ora-
ción y un largo prefacio, le pone la
estola en torno dcl cucllo y Ic coloca
la casulla sobre las espaldas.
Arrodíllase de nuevo y dice una
oración y el himno \'eni Creaíor. El
prelado vuelve á ocupar su sitio y el
diácono, arrodillado le presenta las ma¬
nos las que unge aquél con los santos
óleos, diciendo: “SeHor, dignaos por
estas unciones y por vuestra bendición
consagrar y santificar estas manos.*
Luego afiade, haciendo la sefial de la
Cruz: “En nombre de nuestro Seiíor
Jesucristo, cuanto bendigan estas ma¬
nos, quede bendecido, y cuanto consa-
gren, consagrado. Amén.“
El prelado ata las manos dei diá¬
cono, le presenta el cáliz con agua y
vino, la patena y la Hóstia y le dice:
“ Recibe el poder de ofrecer el santo
Excelencía de la Misa
51
sacrifício de la Misa, tanto para los vi¬
vos como para los difuntos: en nombre
dei SeHor. Amén.“
Se le desatan las manos, el nuevo
sacerdote se las lava y el prelado con¬
tinua la santa Misa.
En el ofcrtorio se presenta el re-
cién ordenado con un cirio encendido
que entrega al prelado y le besa la
mano. Luego se arrodilla detrás dei
celebrante y dice la Misa, palabra por
palabra, siguiéndola en un misal.
En la Comunión recibe dei prelado
el Cuerpo de Cristo y despucs dc la
recitación dei Credo le pone aquél am¬
bas manos sobre la cabeza y le dice;
“Recibe el Espíritu Santo: qucdarán
perdonados los pecados á qu ienes los
perdonares y quedarán retenidos los
que retuviercs.“
Por último, el nuevo sacerdote pro¬
mete obedicncia al prelado el cual le
bendice con estas palabras; “La ben-
dición de Dios Todopoderoso, Padre,
Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre
ti para que seas bendecido en el sa-
52
Capítulo II
ccrdocio y puedas ofrecer la Hóstia de
salud al Senor, por los pecados dei
pueblo.“
Así es como la Iglesia católica con¬
sagra á sus sacerdotes.
Si reflexionamos un poco sobre la
grandeza dei sacerdócio no nos admi¬
raremos de la gran pompa desplegada
por la iglesia en sus ordcnaciones.
Senos objetará tal vez: ^Para qué
esas diversas órdenes ? i Para qué esos
pormenores, oraciones, unciones y ce-
remonias ? Tienen por objeto aumentar
en el futuro celebrante la pureza de
eorazón y la santidad de costumbres
y lograr que sea más digno de ofrecer
á la temible majestad de Dios el santo
sacrifício de la Misa.
§ 3. Del altar, los ornamentos sacerdotales
y los vasos sagrados
Otro testimonio de la excelencia de
la santa Misa cs el número y cualidad
de los objetos necesarios para su cele-
bración. Dichos objetos son, además
dei sacerdote ordenado, reemplazando á
Excelencia de Ia Mi.sa
53
la misma persona de Jesucristo, en pri-
mer término un altar consagrado que
debe levantarse dei suelõ como repre-
sentación de la colina dei Calvario so¬
bre el que fuc inmolado y cnarbolado
en una Cru2, el inocentísimo cordero,
Jesucristo. El altar propiamente dicho
consiste en una piedra rectangular que
hace las veces de mesa y que repre¬
senta la imagen de Jesucristo; piedra
que rechazaron los judios pero que
constituye la piedra angular de la Igle-
sia. Las restantes partes arquitectó-
nicas dei altar no son esencialmente
necesarias. El sepulcro de que hemos
hablado ya, recuerda la mesa de la Cena.
Debe el altar estar cubierto y ador¬
nado con tres mantelos de tela que
representan los sudários dei Senor. Ha
de haber además un crucifiio, para re¬
cordamos que cl sacrifício dei altar cs
el mismo que cl dei Calvario; á lo me¬
nos dos candeleros con velas encendi-
das, una imagen de Jesucristo, que es
la luz dei mundo, y un facistol, las sa¬
cras, flores y cortinajes, para realzar
54 Capitulo II
el esplendor dei altar en ciertos dias
festivos.
Hay que tener en cuenta, en segun¬
do lugar, los ornamentos sacerdotales.
El respeto debido á Dios y al augusto
sacrideio de la Misa, requiere que los
ministros vayan vestidos con hábitos
especiales para la celebración de los
divinos mistérios. En el Antiguo Tes¬
tamento los hábitos sacerdotales esta-
ban minuciosamente prescritos por el
mismo Dios, mas en el Nuevo Testa¬
mento los ha descrito y ordenado la
Iglesia en todos sus pormenores desde
los tiempos de los apóstoles.
El milito ó humeral que el sacer¬
dote coloca sobre su cabeza y cuello
significa el velo con el cual los judios
cubrieron el Rostro dei Salvador en
casa de Caifás, diciéndole: “ Christo,
adivina quién te ha herido.“
El olba, túnica blanca que llega
hasta los piés, representa la bata blan¬
ca con que, por irrisión, vistió Herodes
á Nuestro Sefíor Jesucristo.
El ciiigulo, o cordón, significa la
Excelência dc la Mi^^a
55
cuerda con que el divino Maestro fué
atado en el huerto de las olivas.
El manipulo representa las ligaduras
que agarrotaron sus brazos.
La estola, larga y estrecha banda
que el sacerdote se pone entorno dei
cuello y cruza delante dei pecho, es
figura de las cadenas de hierro con que
fué cargado después de su condenación.
La casulla representa el manto pur¬
púreo que en casa de Pilatos echaron
los soldados sobre los hombros dei
Senor. La cruz trazada sobre ella sig¬
nifica aquella sobre la cual fué cla-
vado, y la columna de delante, la de
la flagelación.
El bonele con que el sacerdote cu-
bre la cabeza al ir y al volver dcl al¬
tar representa la dignidad y autoridad
dei sacerdote.
El color de la casulla es variable;
puede ser blanco. rojo, verde, violado
ó negro, y cada uno de estos colores
tiene su significación propia.
El blanco, imagen de la luz, expresa
gozo, inocência, triunfo, gloria, inmor-
56
Capítulo II
tãlidad. Empléase en las íiestas dcl 5e-
fior, manantial de toda luz y gozo; cn
las íiestas de la Virgen Maria, madre
de la luz dei mundo y como á figura
de la inmaculada pureza de la Reina
de las vírgenes; en las festividades de
los santos ángeles, que moran cn la luz
eternal, y en las solemnidades de los
santos que no sufrieron el martírio.
El color encarnado significa fuego
y sangre, amor á Dios y al prójimo.
Se usa la casulla encarnada en las íiestas
dei Espíritu Santo, que enciende la llama
dei divino amor en nuestras almas; en
las íiestas de los mártires, que derra-
maron su sangre por el amor á Dios,
y en las solemnidades de la Pasión, ó
de los instrumentos de la pasión dei
Sefior.
El color verde simboliza esperanza,
deseo de vida eterna y es el color
propio dei ano eclesiástico. El elevado
número de estas íiestas hace que se use
solamente en ciertos domingos después
de Pentecostés.
El color morado, sefial de peniten-
Excelência de Ia Mísa
57
cia, se emplea en el Adviento, la Cua-
resma, las vigílias y en las cuatro Têm¬
poras.
El negro es color de luto; negra es
la casulla en la Misa de difuntos y el
Viernes Santo, para testimoniar nuestro
dolor de haber crucificado á Nuestro
Senor con nuestros crímenes.
Tales son los cinco colores litúr-
gicos; su vista puede excitar cn nues-
tras almas, durante la santa Misa, los
sentimientos que les ofrece la Iglesia.
En tercer lugar debemos tener en
cuenta los objetos que sirven para el
santo sacrifício.
El cd/í7, consagrado por el prelado,
recuerda á la vez el cáliz de amargura
que Jesus bebió hasta las heces y el
sepulcro en el cual fué depositado su
cuerpo.
La palia, trozo de lienzo cuadrado
que sir ve para cubrir el cáliz, significa
la piedra cuadrangular dei sepulcro.
La patena, la urna que contenía los
perfumes para embalsamarle.
58
Capítulo 11
El corporal, sobre el que se co¬
loca el cáliz y la Hóstia, el sudário en
que fué envuelto el cuerpo dei Salva¬
dor.
El purificador, con que sc enjuga
el cáliz, los lienzos que se utilizaron
para enjugar el cuerpo de Jesiís.
El velo. cuadrado de seda con que
se cubre el cáliz, el velo dei templo que
por sí sólo se desgarro de arriba á bajo
después de la muerte de Cristo.
Se necesitan adernas muclios otros
objetos para la celebración de la santa
Misa: pan sin Icvadura, vino, agua, dos
vinajeras, un lavabo y una campanilla.
La mayor parte de estos objetos son
de tal manera indispensables que el ce¬
lebrante cometería grave pecado al omi-
tirlos.
§ 4. De las ceremonias de la
santa Misa.
Se reconoce en lin la excelencia de
la Misa en las ceremonias prescritas para
celebraria. La ensenanza católica sobre
Excelência de la Misa
59
esta matéria está contenida en las si-
guientes palabras:
< Los hombres son de tal condición
que les es difícil levantarse á la conside-
ración de las verdades divinas sin el
auxilio de las cosas sensibles. A esta
causa, nuestra madre la Iglesia ha man¬
dado que las diferentes partes de la
misa se dijeran ahora en voz alta
ahora en voz baja. Ha impuesto tam-
bién varias ceremonias, como son ben-
diciones, cirios, incienso, ornamentos
y otras muchas cosas pare conformarse
con las ensefíanzas de los apóstoles y
usos de la tradición. Tienden los ritos
ceremonialcs á dar á conocer la Majes-
tad de Dios y á mover á los fieles á
la contemplación de los mistérios divi¬
nos que se ocultan en el sacrificio de
Ia Misa. 1
A pesar de las explicaciones de-
talladas que sobre dichas ceremonias se
encontrarán al final dei presente libro,
vamos á exponerlas brevemente con
objeto de dar desde ahora una idea dei
número y calidad de las mismas.
60
Capitulo II.
El sacerdote hace diez y seis veces
la senal de la Cruz; se vuelve seis ve¬
ces al pueblo; ocho veces besa el altar;
levanta once veces los ojos al cielo;
se da diez golpes de pecho; hace diez
genuflexiones; une las manos cincuenta
y cuatro veces; hace veintiuna incli-
naciones de cabeza y siete con los hom-
bros; se prosterna ocho veces; treintay
una veces bendice la ofrenda con la seiíal
de la Cruz ; veintinueve veces pone las
manos sobre el altar; catorce veces ora
con los brazos axtendidos y treintiseis
juntando las manos; pone éstas, juntán-
dolas, siete veces sobre el altar; coloca
nueve veces la mano izquierda, sola, ex-
tendida sobre el altar y once veces la lle-
va al pecho; eleva ocho veces ambas
manos al cielo once, ora en voz baja y
trece en alta voz; descubre diez veces el
cáliz y cambia de lugar veinte veces.
Además de estas tres cientas cin¬
cuenta ccremonias, tiene que llevar á
cabo ciento cincuenta más, componiendo
un total de quinientas. Anadamos á és¬
tas las cuatrocicntas rúbricas prescritas
Excelência de la Misa
61
y nos convenceremos de que el sacer¬
dote que celebra Ia santa Misa según
el rito católico, está obligado, bajo pe¬
na de pecado á novecientas diferentes
obligaciones, cada una de las cuales
tiene su significado espiritual y tiende
á llevar á cabo digna y piadosamente
el santo sacrificio, por cuyo motivo
ordenó formalmente al Papa Pio V que
así los cardenales, arzobispos y prela¬
dos, como los simples sacerdotes, ce-
lebraran la Misa de esta suerte, sin
hacer cambio alguno y sin anadir ni
quitar nada.
i Cuánto agradecimiento no debemos
àl cura que por nosotros celebra la
Misa y con estas augustas ceremonias
dirige nuestras preces al Padre celes¬
tial, al propio tiempo que el divino
sacrificio !
Al llegar á este punto puede ocu-
rrírsenos la duda de si seria ó no más
útil para la edifícación é instrucción de
los fieles el uso de la Icngua vulgar en
la celebración de la santa Misa, cn vez
62 Capítulo II
de la latina, que la mayor parte de fieles
no comprende.
Ante tal duda respondemos que Ia
Misa no es un sermón, sino un sacri-
ficio, ya que el cura no la celebra pa¬
ra instruir al pueblo sino para ofrecer
en su nombre el sacrifício dei Nuevo
Testamento. Aun que no deja de ser
cierto que hay que pronunciar palabras
para celebrar, no obstante, tales pala¬
bras SC dirigen más bien á Dios que á
los fíelcs, y eso explica el porquê la
mayor parte de oraciones se dicen en
voz baja.
Por otra parte, para participar de
los benefícios dei divino sacrifício, no
es necesario comprender las palabras
dcl celebrante; basta tan sólo unirse á
sus intenciones y encomendar á Dios
nuestras necesidades ; y esto pucde ha-
cerlo cada uno en su idioma propio,
pues poco importan ã Dios las pala¬
bras. Esto sin contar que la mayor parte
de devocionarios contienen la traduc-
ción de las oraciones latinas de la
Misa.
Excelência de Ia Misa 63
La Iglesia emplea la lengiia latina
por ser ésta la que se hablaba cn Ro¬
ma, cuna dei cristianismo. Así como
no hay mas que un solo Dios, un solo
Cristo, una fe sola, un solo bautismo,
una sola Iglesia Católica romana y un
solo sacrifício en dicha Iglesia, así tam-
bicn no puede haber más que una sola
lengua para ofrecer este sacrifício, y la
referida unidad delenguaje es un símbo¬
lo de la unidad de la Iglesia. Por eso el
católico encuentra su casa en nuestros
templos, porque dondcquiera que nucs-
tra Madre la Iglesia reúna sus hijos
alrededor dei altar dei sacrifício les
habla un solo lenguaje.
§ 5. Del principal sacerdote de la
santa Misa.
Con todo lo acabado de manifestar
podemos formamos una idea de la dig-
nidad de la santa Misa. Sin embargo,
nada hay que demuestre la e.xcelencia
de ella como el considerar quien es el
que ofrece este sacrifício.
64
Capítulo n
Ahora bien: íQuién es el sacrifica¬
dor? ^ Es acaso el sacerdote, el obispo,
el mismo Papa? No, por cierto. hEs
un ángel, un santo ó acaso la Madre
de Dios? Tampoco. No es otro que el
Sacerdote de los sacerdotes, el Obispo
de los obispos, cl único Hijo de Dios,
Jcsucristo, el sacerdote eterno según el
orden de Mclquisedech. El es quien
da á la Misa excelencia incomparable;
El cs quien eleva el sacrifício cristiíino
al rango de obra divina.
Que es Jesucristo el sacerdote lo
probaremos con estas palabras de San
Juan Crisóstomo: «Jesucristo que ha
preparado el convite ahí está para pre-
sidirle, porque no es el hombre quien
transustancia el pan y el vino en el
cuerpo y sangre de Jesucristo, sino el
mismo Jesucristo que fué crucificado
por nosotros». ij)
San Juan Crisóstomo enseiía con las
precedentes palabras que Cristo desem-
pena pcrsonalmente las funciones eâen-
0 ) S** homil. in Matli.
Excelencta dc la Misa
65
ciales de la Misa, que baja dei cielo,
que cambia el pan y vino cn su cuerpo
y sangre, que se ofrece en holocausto
á su Padre para la sal\ ación dei mundo
y, como fiel mediador, ruega por los
pecados dei pueblo y presta su voz y
sus manos á los sacerdotes, sus servi¬
dores, para el cumplimiento dei sacri¬
fício divino.
Si alguien se resistiera á creer cl
testimonio dei citado santo, le recomen¬
damos lo que dice sobre el particular
el Concilio de Trento; -í El sacrifício
de la Ciaiz y el sacrifício de la Misa
es uno solo é idêntico sacrifício, por¬
que el que se inmoló por modo cruento
en la cruz, se inmola en la santa Misa
por modo incruento, por ministério de
los sacerdotes » (^).
La doctrina de la Iglesia es, pues, que
los sacerdotes son simplemente los ser¬
vidores de Cristo y que Xuestro Scfíor
Jesucristo se ofrece en el altar tan real
y verdaderamente como se ofreeió en
cl patíbulo de la Cruz.
(1) Tridcfit. ses. 32, ç. 2.
8096
3
66
Capítulo II
; Qué exelso honor, qué inmensa gra-
cia, qué inestimable beneficio tenemos
en este acto por cl cual se digna Jesús
constituirse en nuestro Sacerdote y nues-
tro Mediador y abogado !
Oigamos á San Pablo en su carta á
los hebreos; « A la verdad, tal como
éste nos convenía que fucse nuestro
pontífice, santo, inocente, inmaculado,
segregado de los pecadores o' de todo
pecado, y sublimado sobre los cielos.
El cual no tienc nccesidad, como los
demás sacerdotes, de ofrecer cada día
sacrifícios, primeramente por sus pe¬
cados, y después por los dei pueblo :
porque esto lo hizo una vez sola, ofre-
ciéndose á sí mismo. Pues la ley cons-
tituyó sacerdotes á hombres flacos:
pero la palabra de Dios, confirmada
con cl juramento qtte ha heclio poste¬
riormente á la Ley, estableció por pon¬
tífice á su Mijo Jcxucristo, que cs santo
y perfecto eternamente.» (')
^No son en verdad hermosas tales
(1) Ilebr. VII. 26—27—2S.
Excelência de la Misa
67
palabras con las que nos maniíiesta el
Apóstol cuánto es el amor que Dios
nos profesa, puesto que nos ha dado
por sacerdote y mediador no á un hom-
bre frágil y pecador sino á su mismo
Hijo que es la propia santidad?
Pasemos á considerar ahora porquê
Jesucristo no ha querido confiar su sa¬
crifício á los hombres. La primordial
razón es que dicho sacrifício debía ser
de una pureza absoluta, como lo anun¬
cio cl profeta Malaquías: «l'n todo lu¬
gar se sacrifica y sc ofrece al Nombre
mío una ofrenda pura.» (') La Iglesia
lo proclama así también ; „ Kste sacri¬
fício es el sacrifício de la Misa al que
no puede mancillarniindignidadni culpa
alguna dei celebrante. ('^) Si cl sacerdote
fuese el vcrdadcro sacrificador, la Misa
podría ser profanada y en muchos ca¬
sos se podría dudar de si Dios la acep-
taba con agrado. Por esto ha dado Dios
el nombre y oficio de sacerdote á su
(1) Malaq. c. I. v. 11 — (2) Trid. scs. c. 1.
68
Capitulo II
Hijo unigénito, al „ sacerdote eterno se-
gún el orden de Melquisedeeh. “ í^)
Por consiguiente el celebrante no
es, propiamente hablando, el sacrifica¬
dor, sino tan sólo el servidor dei su¬
mo sacerdote Jesucristo. Así como si
un servidor ó criado recibe de su amo
un presente para ofrecerlo á un san¬
tuário, el valor dei dón no desmerece¬
ría aunque dicho criado estuviese en
pecado mortal, de la misma suerte la
indignidad dei sacerdote no hacc des¬
merecer el sacrifício.
£ Por qué Jesucristo no ha confiado
la Misa ni á los ángeles, ni á los santos,
ni á su Santísima Madre, quienes, pu¬
ros y de grada llenos habrían ofrecido
el sacrifício de la manera más santa y
piad/osa r ; Qué edificación, Dios mío, al
ver celebrar la Misa á San Pedro, á San
Pablo á los scrafines! ; Qué alegria y
qué devoción no sentiría la concurren-
cia ante al respeto, fervor y atención
dôl celebrante ! Sus corazones arderían
n) Ps. cix. 5 .
Excelência de la Misa
69
cntonccs con una llama abrasadora do
piedad y caridad divina.
Pero todo ello subiría de punto si
Ia misma Madre de Dios ofreciera á su
divino Hijo en el ara dei altar.
Una Misa de tal naluraleza seria
muy perfecta, y no obstante no alcan-
zaría aun, ni con mucho, á lo que exige
la santidad de Dios y seria indigna de
su sublime majestad. Por eso Jesucristo
se ha reservado la Misa para El solo,
porque sólo Kl. que es el Verbo eterno,
es quien puede ofrecerla de una manera
absolutamente agradablc á la excelsa
Trinidad.
Síguese de aqui que cada Misa que
se dice es de un valor infinito, cele¬
brada por el mismo Jesucristo con tal
devoción, respeto y amor que supera á
todo entendimiento humano o angelical.
Esta verdad ha sido revelada por Jesiis
á Santa Matilde: „ Sólo yo sé bien cú-
mo me inmolo cada dia en el altar por
la salvación de los hombres, y ni los
mismos querubines y serafines ó cual-
70
Capitulo II
quicrotra potestad dcl cielo son capaces
de comprenderlo. “ {')
jOh Jesus! iQué insondable mistério
y qué honor para nosotros, pobres peca¬
dores, al ser admitidos á la S. Misa donde
lleváis á cabo esta saludable oblación!
Considera bien, Icctor querido, estas
palabras, y cuán útil te es la santa Misa.
Xuestro Senor se ofrece por ti, prestán-
dose 'á ser mediador entre tus culpas y
la justicia divina, librándote dei castigo
á que diariamente te haces acreedor por
tus pecados. ; Ah, si te convencieses de
estas verdades, cómo gustarías de la
santa Misa, con qué ansia desearías asistir
á ella, cuán devotamente la oirías y có¬
mo sufrirías si te privasen de ella por
sólo una vez! Soportarías voluntaria¬
mente cualquier pérjuicio temporal antes
que causar tal pérjuicio á tu alma. Los
primitivos cristianos nos dieron el ejem-
pio de ello, pues preferían perder la vida
antes que dejar de asistir al divino sa-
criíicio.
(1) I.ib. II, 31.
lixcclencia de la Misa 71
Baronio refiere á este propósito he-
chos que tuvieron lugar en cl afio 303. (*)
A pesar dei edicto contra los cristia-
nos promulgado por Diocleciano, aquel
fanático empcrador, por el cual todas
las iglesias fueron destruídas, los cris-
tianos dc Aluta, cn África, hombres,
mujeres y nifios, se reunieron cn una
casa particular, donde ofan Misa.
Los paganos no tardaron en dcscu-
brirlos y los prendieron y arrastraron
á la plaza pública dclante dei juez y cn
su furor echaron al fuego, con notable
desprecio, el misal y otros libros de que
se habían apoderado también. Pero Dios,
no consintiendo en la pérdida de tales
libros, extinguió el fuego por medio de
un aguacero repentino. Este prodigio
confundió al juez, que envió á Cartago,
donde se hallaba el emperador, á los
cristianos, que eran en número de trein-
ticuatro hombres y diecisiete mujeres,
cn medio de una numerosa escolta; la
piadosa comitiva se puso en marcha ala-
( 1 ) XXXVI, y 5. C q. q.
72
Capítulo II
bando á Dios y cantando himnos al Se-
flíor. Llegados ante el emperador el ofi¬
cial ae expresò en estos ó parecidos tér¬
minos :
— Hemos descubicrto á estos mise-
rables cristianos en una casa de Aluta,
donde, á pesar de vuestra prohibición,
ásistían á sus ritos.
El emperador mandó desnudar á uno
de los prisioneros y ordenó que se le
aplicase el tormento de la rueda.
Al ver esto otro cristiano 11 amado
Telicase dirigió al emperador y exelamó:
— -'Por que atormentas á este so-
lamente, oh tirano } Todos somos cris¬
tianos y con él hemos asistido á la san¬
ta Misa.
Telica pagó su acto valeroso con los
mismos suplicios que acababa de en vidiar.
Seguidamente el tirano preguntó;
— íQuién es el jefe de todos vo-
sotros ?
— El sacerdote Saturnino y todos
los presentes; pero tú, desgraciado, obras
contra toda justicia y equidad al ator-
Excelência de Ia Misa
73
mentamos; nosotros no somos ladro-
nes ni malhechores, ni hemos cometido
crimen alguno.
— Debíais obedecer mis órdenes, —
repuso el emperador — y renunciar á
vuestra falsa religión.
— No acato más que la ley de Dios
— contestó Telica con entereza — y por
ella estoy dispuesto á dar hasta la úl¬
tima gota de mi sangre.
Entonces el vaieroso campeón de
Cristo fué desatado y conducido á la
prisión.
En aquel momento se adelantó un
pagano, hermano de santa Victorina, y
acusó al senador Dativo de haber acom-
paSado á Misa á Victorina.
— Nadie me ha obligado á entrar en
aquella casa para oir la santa Misa —
contestó la santa con presteza — Si he
ido es porque soy cristiana y debo obe¬
decer á Jesucristo.
— Estás loca — le objetó su her¬
mano — y hablas como á tal.
— No, no estoy loca, sino que soy
cristiana.
8096
3 *
74
Capítulo II
Dirigiéndose entonces á la joven le
dijo el empcrador afablemente:
— Vamos, i quieres volver á tu casa
con tu hermano?
— i Jamás! — contesto cila — por¬
que soy cristiana y no conozeo más her-
manos ni hermanas que aquellos que su-
fren por Jesucristo.
— Tcn ptcdad de ti misma — agrego
el emperador — y sigue el consejo de
tu hermano.
— No mesepararé de los mios; con-
fieso haber oído con cllos la santa Misa
y haber recibido la sagrada Comunion.
El tirano ordenó entonces recurrir á
todos los médios para obligar á la jo¬
ven cristiana á renunciar á su fe. Vic-
torina poseía una belleza encantadora
y procedia de noble estirpe. Sus padres
quisicron casaria contra su voluntad y
se escapo arrojándose por una ventana,
haciándose luego cortar los cabellos por
cl sacerdote Saturnino para entrar á for¬
mar parte dei número de las vírgenes
consagradas á Dios.
Al enterarse el emperador de estos
Excelência da la Misa 75
detalles se revolvió furioso contra Sa¬
turnino exclamando:
— ,;Eres tú el que ha inducido á todos
los presentes á desobedecer mis edictos?
— Yo Ics he reunido — repuso el
sacerdote — por orden dei SeRor y con
objeto de celebrar la Misa.
— i Por qué lo hiciste ?
— Porque nos está prohibido dcjar
de asistir al santo sacrifício.
— líTú eres, pues, el jefe de estos
prisioneros — profirió el emperador —
y Ics has inducido á reunirse?
— Sí, y yo mismo he celebrado la
santa Misa.
Entonces el juez ordenó que le des-
nudaran y desgarraran tan cruelmentc
con garflos de hierro que sus entrarias
salieron de su cucrpo; fínalmente lo en-
vió moribundo á la prisión á reunirse
con los dcmás cristianos.
Tocóle luego el turno á San Emerico,
á quien interrogó cl tirano:
— iQuién eres?
— Soy el promotor de la reunión ;
"6
Capitulo II
en mi propia casa se ha celebrado la
Misa, — contesto el santo.
— I Por que albergaste á esos cris-
tianos despreciando la ley?
— Porque son mis hermanos y yo no
podia ni debía rechazarles; á más, noso-
tros no podemos vivir sin la santa Misa.
Después de estas palabras es desga¬
rrado su cuerpo y llevado también á la
prisión.
Luego cl emperador se dirige á los
restantes y exclama;
— Espero que no seguiréis el ejem-
plo de esos desgraciados y que no ju-
garéis tan ligeramente con vuestra vida.
Pero los santos mártires contestaron
á una:
— i Somos cristianos y cumpliremos
con la ley de Jesucristo hasta verter la
última gota de nuestra sangre!
— No te pregunto si eres cristiano
— proflere el emperador, dirigiéndose
á uno de ellos, llamado Félix — sino
si has concurrido á la reunión y has oído
la Misa.
Excelência de la Misa
77
— ; Peregrina pregunta! — responde
San Félix — jcomo si los cristianos pu-
dieran vivir sin la santa Misa, ó la santa
Misa pudiera celebrarse para los que
no son cristianos! Yo te aseguro, emi-
sario de Satán, que nos hemos congre-
grado con raucha piedad y hemos oído
la santa Misa rezando de todo corazón.
Semejante respuesta encolerizo dc
tal suerte al tirano que ordenó arrojar
al suelo alvalerosoFélix haciéndole apa-
lear hasta dejarle por muerto.
El resto dei día transcurrió atormen¬
tando á los santos mártires y cuando
llegó la noche se Ics encerró á todos
juntos, prohibiendo á los guardías, bajo
pena de muerte, que les diesen de comer
y beber. Los parientes y amigos dc los
prisioneros que iban á visitarles ocul-
taban algunos comestibles bajo sus ves¬
tidos, mas los guardias les registraban
cuidadosamente y les maltrataban. Este
bárbaro comportamiento no fué sufi¬
ciente para haccrlcs desistir de su em-
peflo; noche y día permanecían ante cl
ealabozo llorando y lamcntándosc, con
78
Capítulo II
la esperanza de que elemperador se apia-
daria al fin de los pobres prisioneros.
Pero éste estaba tan obstinado en su
crueldad que dejó consumir y perecer de
hambre á los santos confesores.
Esta historia queBaronio ha copiado,
detalle por detalle, de las actas de ca-
nonización, demuestra^que desde los pri-
meros tiempos dei cristianismo se ha
celebrado la Misa y que los fieles asis-
tían á ella. Nos prucba, además, el ceio
que tenían los cristianos por el santo
sacrificio, puesto que preferían sufrir el
más atroz martirio antes que faltar á él.
£De donde les vcnía este fervor? De
que conocían las e.vcelencias de la Misa
y deseaban aprovccharse de sus méritos.
Que su ejemplo aumente en nosotros
la devoción al santo sacrificio dei altar.
§ 6. Del precioso dón ofrecido en
la santa Misa.
Aunquc hemos insistido mucho sobre
las excelencias de la santa Misa, nos queda
aun un punto muy importante que tra-
Excclcncia de la Xlisa
79
tar; tal es la ofrenda presentada á la
Trinidad beatísima.
Ks evidente que esta ofrenda, para
ser digna de Dios, debe ser de un pre-
cio infinito, pues, cuanto más grande es
aquel á quien se ofrece, tanto más pre¬
cioso debe ser el dón. Uno que se atre-
viese á ofrecer una friolera á un prín¬
cipe de la ticrra haría un papel ridículo.
Ahora bien ; £qué son el cielo y la tierra
sino una friolera ante la inmensa majes-
tad de Uios?
„ El mundo todo es delante de ti como
un granito en la balanza, y como una
gota dei rocio que por la maiíana des-
ciende sobre la tierra “ (^) exclama el
Sabio. Siendo esto así, i cómo se puede
encontrar en el universo cosa alguna que
sea digna dei Todopoderoso r En el pro-
pio ciclo, i qué hallará Jcsucristo que
sea digno de Dios?
En las excelsas mansiones celestia-
les y en la humilde tierra tan sólo una
cosa encontró: es á saber, su santa, in-
íl) Sabid. c. XI, T. 23.
80
Capitulo II
maculada y bendita Humanidad, que es
lo que la omnipotência de Dios ha pro-
ducido más grande, segün revelación de
la Virgen Santa; „Jamás ha habido ni
habrá cosa tan preciosa como la huma¬
nidad de Cristo. “ (*)
La liberalidad de Dios ha colmado
á esta Humanidad de gracias y perfec-
ciones tantas que no' podia cn manera
alguna concederias en mayor número,
no porque Dios no puede conceder más
sino porque la capacidad de la huma¬
nidad es incapaz de contener en mayor
número. Pero, á pesar de ello, esta Hu¬
manidad tan bella, pura, santa, perfecta,
no puede ofrecer un sacrifício digno de
la adorable Trinidad mas que por razón
de su unión con la persona dei Verbo
eterno, unión que comunica á todos sus
actos un valor y un precio infinitos.
En su permanência en la tierra la
Santa Humanidad dei Salvador atrajo
sobre si la más profunda veneración de
las criaturas tanto terrenales como ce-
(]), Revelaciones de Santa Brigida Líb III. 13.
Excclcncia de la Misa
81
lestiales. iQué hemos de decir de Ja uni¬
versal adoración prestada á esta santa
Humanidad, sentada gloriosamente por
una eternidad á la diestra dei Padre
celestial ?
Esta santísima Humanidad de Jesu-
cristo constituye la única ofrenda digna
de ser prcsentada al santo sacrifício;
y efectivamente es el mismo Jesus quien
lo ofrece y con él presenta todo lo que
en ella se ha cumplido y todo lo que ha
padecido durante los treinta y tres aiios
de su vida mortal: ayunos, vigilias, ora-
ciones, caminatas, mortificaciones, pre-
dicaciones, persecuciones, insultos, bur¬
las, lágrimas y sudores, su agonia en
el huerto de las olivas, su fíagelación,
coronación deespinas, crucifixión, muer-
te y sepultura. Y por afiadidura ofrece
su Humanidad inscparablemente unida
á su Divinidad, porque si bien la Divi-
nidad no es objeto de sacrifício, no obs¬
tante se ofrece la Humanidad al estado
de perfecciòn á que la eleva la unión
hipostática.
82
Capitulo II
Probcmos, según lo expuesto, de for¬
mamos concepto de tal ofrenda.
Cristo no ofrece su humanidad bajo
la forma que tiene actualmente en el
cie) o ; sino bajo otra forma que toma
en el altar. En el cielo es tan gloriosa
que los ángeles tiemblan ante su Majes-
tad; mientras que en el altar, desciende
á tal grado de humildad que los mismos
espíritus puros se anonadan. Las especies
de pan y vino le tienen cercado como
en una prisión y tan estrechamente que
ningún poder puede libertarle y perma¬
nece con cilas todo el tiempo que sub-
sisten. iCómo se presenta á la Santí-
sima Trinidad en este prodígio de hu¬
mildad ? i Oh ! iQué gloria para el Padre
celestial! jQué virtud, qué excelencia no
recibe la santa Misa, en que tienen cum-
plimiento estos mistérios! i Qué bendi-
ciones, qué gracias para las intcnciones
dc aqucllos en beneficio de los cuales
se ofrcce el santo sacrificio! ; Qué con-
suelo, qué bálsamo reciben las álmas
dei purgatório cuando se celebra la santa
Misa, o se la oye á ellas aplicada!
Excelência de la Misa
S3
La Misa cotidiana es el arma por la
cual la gracia y la misericórdia suple
á la justicia. Demos, pues, gracias al
Redentor por haber legado á la mise-
rable humanidad este sacrificio tan va¬
lioso y démosle gracias también por ha-
bemos dado un medio tan seguro de atraer
la misericórdia divina sobre nosotros.
En honor de la santa Misa pasare-
mos á relatar cómo tuvo lugar la con-
sagración de la capilla de Einsiedeln y
como el mismo Jesucristo celcbró con
gran solemnidad el excelso sacrificio.
Ochenta aHos después de la muerte
de San Meinrad, ermitafío, otro piadoso
ermitaiío de noble estirpe llamado Ebcr-
hard, fué á suplicar á San Conrado,
obispo de Constância, que fuese á con-
-sagrar la capilla dei Santo. El virtuoso
prelado accedió á la petición y al ir San
Conrado á la iglesia á orar oyú un coro
de ángeles que cantaban las antífonas
y Tcsponsos de la consagración.
Entró y vió la capilla llena de espí-
ritus celestiales y al mismo Jesucristo
revestido con los ornamentos episcopa-
84
Capitulo II
les que procedia á la consagración dei
santuario. En vista de ello San Conrado
quedó sumido en un santo arrobamiento,
pero siguió observando con atención.
Oyó como Nuestro ScSor Jesucristo
pronunciaba las palabras de la Iglesia,
y vió como llevabaá cabo las ceremo-
nias prescritas para estas circunstancias,
asistido de los apóstoles, los ángeles y
una multitud de santos. La Madre de
Dios, á quien estaba dedicada la eapilla,
aparecia por encima dei altar más re¬
fulgente que el sol y más brillante que
el rayo.
Guando termino la consagración, em-
pezó el Senor la Misa solemne, después
de la cual desapareeió tras la corte ce¬
lestial, dejando á San Conrado en trans¬
portes de júbilo, que reconocio luego
en las cenizas que cubrían el suelo la
huella de los pies dei Salvador y en las
paredes las sefíales de las unciones.
A la maiiana siguiente el clero fué
á buscar á San Conrado para dar co-
mienzo á las ccremonias. Pero él e.\-
clamó:
Excelencia de la Misa
85
— No puedo consagrar este templo
porque lo está ya de una manera mis¬
teriosa.
Insisticron los otros, pero de pronto
se oyó una voz celestial que repitió por
tres veces;
— i Detente hermano!; el oratorio
éstá consagrado ya.
Desistieron entonces y el Santo en-
vió á Roma la relación de este hecho
míiravilloso. (‘)
Caro lector, i verdad que sientes un
deseo vivísimo, un ansía irresistible cn
tu alma? ; Ah, dirás en estos momentos,
quién pudiese asistir á una fiesta seme-
jante, ver lo que vió San Conrado, y
escuchar lo que él escudió ! ; Qué dulce
arrobamiento, que emoción tan sublime !
Pero, lector querido, ^qué echas de
menos ? í No es Jesucristo el sumo sa¬
cerdote en todas las misas? ijNo des-
ciende todos los dias sobre el altar ro¬
deado de ángeles y querubes?
(1) Turo lupar esta consagración el H de septkmbre
del^flo 94S. Reflérela el mismoobispo San Conrado en su
libro De iteertiU,
86
Capitulo III
; Cuánta dicha no sentirías si con-
siderases que tú estás entre tan excel¬
sa concurrencia, y que unes tus oracio-
nes á las suyas para elevarias hasta el
trono de Dios!
CAPÍTULO III
De los símbolos y mistérios dei santo
sacrifício de la Misa.
„ Vcnid y observad las obras dcl Se-
nor y los prodigios qua ha hecho en la
tierra. “ (')
He aqui una sugestiva invitación pa¬
ra admirar las maravillas dei santo sa¬
crifício.
Según San Buenaventura: „Son estas
en mayor número que gotas hay en cl
mar, átomos en el aire, estrcllas en el
cielo y ángeles en la gloria. “ (-)
Y Sánchez anade: ,Se nos dan en la
Misa tesoros tan admirables, dones tan
preciosos, bienes tan positivos en este
mundo y para el otro esperanza tan fírme.
(1) Ps. XI.V, V. 9.
(2; Dc Sacram virtute, lib. VI, cap. 19.
Símbolos y mistérios dc la Misa 87
que para creerlo necesitamos de la virtud
de la fe. A la manera que puedes sacar
cuanta agua quieras dei mar sin ago-
tarla, dei mismo modo puedes sacar de la
Misa todas las gracias que quieres sin
que llegues á agotar sus tesoros. “(*)
La relación siguiente servirá paraha-
cer comprender mejor esta doctrina.
San Juan de San Facundo, (-) monje
agustino, tenía una profundísima devo-
ción al santo sacrifício de la Misa; ade-
más de celebraria cotidianamente, su ceio
era tan ardiente que lo verifícaba tem-
prano y con tal lentitud que nadie se
prestaba á ayudársela. Suplicó en cierta
ocasión al Prior que ordenase expre-
samente á los hermanos que se la ayu-
dasen.
— iPor qué tardas tanto y cansas
de esta manera á todo el mundo? — con-
testóle el Prior.
Y acto seguido agregó;
— En adelante dirás la Misa como
los demás sacerdotes.
^1) Thes. Missae, cap. I.
(2; Hcnschen, in adis sanct) ad XII dlèm Junll.
88
Capftulo III
Semejante orden le pareció dema¬
siado severa al piadoso monje; pero â
pesar de ello la obedeció durante algún
tiempo. Mas un día se echó á los pies
dei Prior y le suplicó encarecidamente
que le dejase seguir su antigua eos-
tumbre.
— No puede ser — rcspondió éste
— cansas demasiado á los legos.
— Y yo — dijo Juan — no puedo ir
más deprisa; hay motivos que me lo im-
piden.
El prior quiso conocerlos pero Juan
no consintío en revelárselos sino bajo
secreto de confesión.
Luego de haberle escuchado mandó
el Prior á los legos que ayudaran la
Misa al Padre Juan, sea cual fuese la
duración dei sacrifício. Pero como ardia
en deseos de comunicar á la comunidad
el secreto dei religioso solicitó y obtuvo
el pcrmiso para hacerlo,
— Está seguro — dijo á otro monje,
— de que si nuestro hermano Juan ce¬
lebra tan lentamente es porque Dios le
revela los mistérios augustos dei santo
Símbolos y mistérios dc la Misa 89
sacrifício, mistérios tan grandes que la
inteligência humana no puede compren-
der. Me ha contado cosas tan sublimes,
que poco me ha faltado para perder el
cenocimiento. Jesucristo se le aparece
á este Padre, le habla afectuosamcnte,
lemucstra sus adorablcs llagas de donde
brotan rayos que hiriéndole cn todas
partes le confortan de tal suertc que
bien podría vivir sin comer ni beber,
líl P. Juan contempla el cuerpo de Je¬
sucristo cual brillante sol, de que toma
la gloria y la belleza infinita, y en una
palabra, ve tales cosas que ningún hom-
bre llegará á profundizar ni expresar.
Esto me ha convencido de la grandeza
y de los benefícios que rccibimos al ce¬
lebrar y asistir á la santa Misa y ja-
más me abstendré de predicar y exhor-
tar á los fieles dicha asistencia.
§ 1. De los símbolos dei santo sacrifício
de la Misa.
La primera imagen dei santo sacri¬
fício de la Misa la encontramos cn el
sacrifício dei justo Abel quien olreció
90
. Capítulo III
púdosamente las primicias de su reba-
ilo al Altfsimo: _ El Senor miró con
agrado á Abel y á sus ofrendas “ (*) di-
cc la Sagrada Ecritura. Es decir; la
ofrenda de Abel fué agradable á Dios,
porque brotó de un corazón sumiso y
fiel y fuc presentada á Dios mismo.
«For la fe, Abel ofreció á Dios un sa¬
crifício más excelente que el de Cain;
y fuc declarado justo, dándole el mis¬
mo Dios testimonio de que aceptaba sus
dones. “ (-1 Este testimonio le fué re¬
velado porque bajó fuego dei cielo y
consumió el holocausto.
De la misma suerte, en la santa Misa,
despues que cl sacerdote ha ofrecido el
pan y el vino y ha pronunciado las pa-
labras de la consagración, el Espíritu
Santo, como divino fuego, consume la
oblación dei pan y el vino, cambián-
dolos en el cuerpo y sangre dei Re¬
dentor.
Este holocausto es infinitamente más
(1) Genes. c. IV, c. 4.
Hcbr. c. XI, V. 4.
Símbolos y mistérios de la Misa 91
agradable á Dios que el de Abel, y el
Padre celestial lo acepta con estas pa-
labras: — Este es mi querido hijo en
quien tengo puesta toda mi complacen-
oia. (')
Otras figuras dcl santo sacrifieio de
la Misa, son los sacrifícios de Abraham,
de Isaac, de Jacob, referidos en diver¬
sos pasa jès de la Sagrada Escritura. La
Iglcsia se complace en especial viendo
una imagcn dcl buen Jesus ofreciéndose
de una manera incruenta en la Misa,
en el doloroso sacrifieio que Abraham
estuvo íí punto de llevar á cabo cuando
ató á su único hijo, le puso sobre el
haz de lefía,-levantó la cuchilla para
herirlc y Dios sc dió por satisfecho de
su obediência.
Pero el símbolo más patente de la
Misa, es el sacrifício que ofreció Melqui-
sedech como reconocimiento dcl triünfo
de .A.braham, sacrifieio nuevo, que con¬
sistia en pan y vino, é iba acompafíado
de oraciones y ceremonias especialcs.
(1) Math c. III, 17.
92
Capitulo III
El propio Melquisedech representa á
Jesucristo y su nombre significa rey de
la justicia; era rey dc Salem, es dccir,
de la paz, como Jesucristo era rey y
sacerdote á la vez. Desconocíase su ge¬
nealogia, ignorábase cl día de su naci-
miento y el de su muertc, como imagen
dei incomprensible nacimiento eterno
dei Hijo de Dios, en el seno dcl Padre,
de su ascensión y de su venida al final dei
mundo. Parece que Melquisedech no ha-
ya tenido otra misión que cumplir que
la dei sacrificio. Jesucristo vino para
ser sacrificado en el suplicio de la Cruz.
Melquisedech ofrcció pan y vino y estas
substancias constituyen la o frenda dc
Jcsús, primero en la Cena memorable
y luego todos los dias, hasta la consu-
mación de los siglos. El sacrificio de
Melquisedech fué ofrecido como en ac-
ción de gracias y el de la Misa es la
eterna acción de gracias que de la
cristianidad por su rescate de la es-
clavitud dcl demonio, Abraham, padre
de los creycntes, prcsentó ofrendas á
Melquisedech y dc Jesucristo se escri-
Símbolos y mistérios de Ia Misa 93
bió ; „ Los reyes de Tarsis y los de las
islas le ofrecerán regalos; haránle pre¬
sentes los reyes de Arabia y de Saba;
le adorarán todos los reyes de la tierra,
todas las naciones le rendirán homena-
je ('). Inmediatamente después de la con-
sagración, menciónansc en el canon dc
la Misa los antiguos sacriâcios: , Ofre-
cemos á vuestra sublime Majestad el
don de una víctima pura, víctima f
santa, víctima f sin mancha, sagrado
pan t de vida eterna y cáliz de eterna f
salvación. Vos habéis aceptado en otro
tiempo cl sacrifício de' tiernos corderos
ofrccidos por Abel; el sacrifício que
Abraham os hizo dc su hijo inmolado
sin perder la vida; en fin, cl misterioso
sacrifício de pan y vino que os ofreció
Melquisedech. “ (*)
Con todo lo dicho creemos haber
probado palpablemente que este sacri¬
fício fué un símbolo dei de la santa Misa.
Muchos catíMicos interpretan mal esta
oración que por otra parte indigna á
los herejes.
(0 Ps. I.XXX, V 10 }• II
94
Cíipitulò III
Según la falsa apreciación de los
primeros el sacerdote pide á Dios que
acepte el sacrifício de la Misa con el
mismo agrado que los de Abel, de Abra-
ham y de Mclquisedech, como si pudicra
establecer se comparación entre el cuer-
po y sangre de Jesucristo y la oblación
de los animales, dei pan y dei vino. En
realidad el sacerdote no solicita la in¬
dulgência de Dios para la víctima, no
ignorando que su único Hijo cs infini¬
tamente más querido dei Padre que to¬
das las criaturas juntas; pero sí pide
al Senor que se digne acoger favora-
blemente su sacrifício que le pertence,
es decir, su obra personal, como se dig¬
no aceptar la picdad con la cual Abel,
Abraham y Mclquisedech le ofrccieron
sus holocaustos.
§ 2. De los mistérios dei santo
sacrifício de la Misa.
En la santa Misa no sólo se reali-
zan todos los sacrifícios simbólicos sino
que también se reprcsentan los princi-
pales mistérios de la vida y Pasión dei
Símbolos y mistérios de la Misa 95
Senor, lo que indica David cuando di-
ce: Memória eterna dejó de sus ma-
ravillas: misericordioso compasivo es
el Senor. “ (') Y para que nos compe¬
netremos mcjor de su pensamiento afía-
de cn otra parte: ,, Rodearé, Senor, tu
altar para oir las voccs de alabanza y
referir todas tus mafavillas." (^) El mis-
mo sentido tienen las frases dirigidas
por el Salvador á los Apostoles dcspués
de la institución de Ia Eucaristia: „Ha-
ced esto en memória mia. “ (’)
i Mas, cómo iiene lugar esto ?
En primer lugar, renuévase en la
Misa el mistério de la Encarnacion. En
el día de la Anunciacion, habicndo Ma¬
ria ofrecido al Senor su cuerpo y su
alma, el Espíritu Santo formó en sus
entrafías el cuerpo de Jesucristo; asi
cuando el sacerdote presenta el pan y
el vino y los ofrece á Dios, el Espiritu
Santo los cambia, en virtud de las pa-
labras de la consagracion, en el verda-
dero cuerpo y sangre dc Jesiís, de suerte
(W Ps. CX, 4 (2) Ps XXV, V. 6 — 7.
(3) Lu;. XXIt, 19.
96
Capítulo III
que el sacerdote recibe en sus manos
al Hijo de Dios, con tanta realidad de
verdad como lo recibio la santa Virgen
en su casto seno.
En segundo término, o)>serv'amos que
se renueva en la Misa cl mistério de
la Natividad. Jesucristo nacio dei cuerpo
inmaculado de la Santísima Virgen y en
la Misa nace á la voz dei sacerdote.
Apenas dicha la última palabra de la
consagracidn el Nifio Jesus está real¬
mente en el altar. Por eso se arrodilla
el sacerdote, adora á Dins, lo eleva por
encima de su cabeza y lo muestra al
pueblo.
rtQuién no se representa en esos mo¬
mentos, á Maria ofreciendo su carísimo
Hijo á la adoración de los pastores?
Los fieles que adoran á Jesus bajo las
especies de pan y vino practican un acto
de fe más grande que la de los pasto¬
res, quienes vieron realmente la Huma-
nidad de Cristo y creyeron en su Di-
vinidad, á la vez que á nosotros no nos
es dado contemplar más que las aparien-
cias de pan y vino, y creemos firme-
Símbolos y mistérios de la Misa 97
mente en la presencia real de Nuestro
Senor Jesucristo.
Tenemos ante nosotros en la Misa
al mismo á cuyos pies se postraron los
Reyes Magos, al mismo que Simeón tuvo
en sus brazos y que la Santísima Vir-
gen presentó á Dios en el templo, j Qué
medio más fácil de cimentar nuestra pie-
dad y de merecer la recompensa eter¬
na! l\‘ro aun hay más; Jesiís nos pre¬
dica su evangelio por boca dei sacerdote;
realiza su mayor milagro ante nosotros,
transformando el vino en su sangre, pro¬
dígio más portentoso que el de las bo¬
das de Caná; transubstancia, como en
la Cena, el pan en su cuerpo adorable
y en la clcvaciún lo vemos de la ma-
nera como estaba levantado en la cruz,
pareciéhdonos oir resonar aun sus pos-
treras palabras: Padre, perdónales por¬
que no saben lo que hacen. “ (*)
Apnque nada de esto veamos con los
ojos de nuestro cuerpo, no por ello es
menor nuestra creencia, y adquirimos
(1) Luc. XXIU, 3S.
8096
4
98
Capítulo III
por esta virtud más méritos que los que
vivieron cn ticmpos dei Salvador, quie-
nes lo comprobaron con sus propios sen¬
tidos: “Bienaventurados los que no vie-
ron y creyeron.“ (*) „He aqui que per-
manezco con vosotros hasta la consu-
mación de los siglos. “ (*) Esta conso¬
ladora promesa tiene cumplimiento en
la santa Misa. En efecto; Jcsucristo, Dios
y hombre, está presente en la Misa y
en el Santísimo Sacramento dei altar;
mas si habita en el tabernáculo entre
nosotros día y noche, presto á escuchar
nuestros ruegos y á consolamos en nues-
tros infortúnios, en la Misa se convierte
en nuestra víctima, en nuestro mediador
y ejerce por derecho el ministério sa¬
cerdotal de “ ofrecer dones y sacrificios
por los pecados de su pucblo.“ (®) y este
dón, este sacrifício, no es otro que el
de sí mismo. De aqui nacc una gran di¬
ferencia entre la Hóstia de la custodia
y la de la Misa. En la custodia y copón
se ofrece Jesucristo á nuestra adora-
(i; Math. XXVIII, 20. (2) Juan .VK. 29.
(3i Hebr. VIU, 3 .
Símbolos y mistérios de la Misa 99
ción y como alimento de nuestra alma;
mientras que en la Misa es nuestro me¬
diador, es nuestra víctima.
Mas, (-por qué quiere Jesus quedarse
entre nosotros hasta la eonsumación de
los siglos? Porque El es la cabeza de
la Iglesia y los fleles son el ciicrpo; y
ho pudiendo estar éste en el ciei o con
la cabeza tiene que quedarse esta en la
tierra con el cuerpo. Por otra parte,
Jcsucristo es cl esposo de le Iglesia y
la ama lo indecible; ícómo, podia, piies,
estar separado de ella? Sobre este amor
se expresa San Pablo de la siguiente ma-
nera; “ Vosotros maridos amad á vues-
tras mujeres asf como Cristo amó á
su Iglesia y se sacrificó por ella, para
santificaria, limpiándola en el bautismo
de agita con la palabra de vida, á fln
de hacerla comparecer dei ante de El
llena de gloria, sin mancha ni arruga,
ni cosa semejante, sino siendo santa é
inmaculada.“ (‘) Todo cristiano es miem-
bro de la Iglesia por cl bautismo y ad-
(11 Lfes. V. L'j — 26 — 27.
100
Capítulo III
quicre Ia hermosura dc los ángcles, de
suerte que cuanto más inocente sea un
alma tanto más será amada por Jesüs
con más cariiío que un prometido pue-
de amar á la más hermosa de las no-
vias, y jamás se apartará de la Iglesia
formada por la unión de todas las al¬
mas santas.
La unión de Jesucristo con su Igle-
sia no es corporal, sino espiritual según
nos lo dice el profeta Oseas: “ Y te des¬
posará conmigo para siempre: y te des-
posaré conmigo mediante la justicia
ó SíVitidad y el juicio, y mediante la
misericórdia y laclemencia. Y te despo¬
sará conmigo mediante la fe, y cono-
cerásqueyosoyelSefíor. “(*) Esta unión
en la fe requiere que Jesucristo perma-
nezea oculto, para que su esposa, el
alma fiel, ponga en práctica la virtud
de la fe y sea ésta más meritória. Y
finalmente este tierno esposo de nues-
tras almas se desvive en proporcionar-
nos alimentos y se digna ocuparse de
( 2 ) Oseas, U. 19 — 20.
Simbulus y mistérios de la Misa 101
nucstros intereses; y todo ello lo lleva
á cabo cn la Santa Misa cuando se nos
entrega en la sagrada Comunión.
Cristianos, si vuestra alma está en
pecado mortal es la esclava dc Satanás;
pero si se halla hcrmoseada por la gra-
cia Jesucristo la toma por esposa y na¬
da le regateará.
Atended y admiraos de las princi-
pales gracias que este tierno esposo os
otorga con una sola Misa devotamente
oída.
§ 3. Setenta y siete gracias y ft^utos en
beneficio de los que oyen la
Santa Misa.
1. Dios Padre envia á su Hijo á la
tierra para nuestra salvación.
2. Por obediência á su Padre y por
amor á nosotros, se humilla Jesucristo
hasta ocultarsc bajo las especies dcl pan
y dei vino.
3. El Espíritu Santo convicrte cl pan
y cl vino en el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo.
4. Jesucristo se anonada al extremo
102
Capitulo III
dc estar presente en la más pequeüa
partíeula de cada Hóstia consagrada.
5. Jcsucristo renueva alU el misté¬
rio de la Encamacion.
6. Nace de nuevo por nosotros.
7. En el altar da todas las pruebas
de su amor que concedió á los hombres
durante su vida terrena.
8. Renueva su dolorosa Pasión y nos
hacc partícipes de sus frutos.
9. Jesucristo muere espiritualmente
y ofrece su vida.
10. Ofrece su preciosa Sangre al Pa¬
dre Eterno en favor nuestro.
11. Rieganuestra alma con su Sangre
adorablc y la purifíca de sus manchas.
12. Se ofrece en holocausto por no¬
sotros.
13. Si tributáis á Dios este honor en
unión de Jesucristo, compcnsáis todo
el honor que os habéis descuidado de
rendirle.
14. Jesucristo se hace vuestro sacri¬
fício de alabanza y compensa las ala-
banzas que no hábeis querido rendir á
Dios.
Símbolos y mistérios de la Misa 103
15. Al ofrecer estas alabanzas dei
Hijo de Dios á su Padre celestial, le
procuráis más gloria de lo que los mis-
mos ángeles puedcn darle.
16. Jesucristo sc inmola por voso-
tros como sacrifício de reconocimiento,
y suple á vucstra ingratitud.
17. Todos los benefícios de la ofrenda
de este sacrifício de reconocimiento cor-
responden á Dios.
18. Jesucristo se ofrece como víctima
e.xpiatoria y apacigua la cólera de Dios.
19. Os perdona los pecados veniales,
con tal que tengáis el propósito de no
volverlos á cometer.
20. Compensa cl bien que babéis omi¬
tido.
21. Repara vuestras negligencias en
el cumplimiento dcl bien.
22. Perdona los pecados por inad¬
vertência: los que ignoráis ó los que
babéis olvidado de decir al confesor.
23. Es vucstro sacrifício de satisfac-
ción y extingue una parte de las deudas
que babéis contraído con la justicia divina.
24. Âsistiendo á la santa Misa, po-
104
Capítulo III
déis expiar más pecados que con Ias
mayores penitencias; porque;
25. Jesucristo os comunica una parte
de sus méritos, que. á vuestra vez, po¬
deis ofrecer á su Padre celestial por
vuestros pecados.
26. Jesucristo ruega con tanta insis¬
tência por vosotros en la santa Misa,
como lo hizo cn la cruz por sus ene-
migos.
27. Su preciosa Sangre pide miseri¬
córdia tantas veces, como gotas ha de¬
rramado.
28. Sus sagradas Uagas imploran
vuestro perdón.
29. Poria oración de Jesiís, vuestras
oraciones en la santa Misa son escu-
chadas con más agrado.
30. Vuestra oración durante la santa
Misa cs más eficaz; porque:
31. Jesús la ofrece á su Padre en
unión de la suya.
32. Aboga por vuestra causa y se
ocupa de vuestra salvación.
33. Todos los ángcles presentes oran
Símbolos y mistérios de la Misa 105
y piden por vosotros y ofrecen vuestras
oraciones á su Soberano SeHor.
34. Por la virtud de la santa Misa
el demonio se mantiene alejado.
35. El sacerdote ora muy particular-
mente por los concurrentes, y hace que
el santo sacrifício Ics sca más saludablc.
36. Asistiendo á la santa .Misa os
convertís en sacerdotes espirituales y
Jesucristo os otorga el poder de ofrecer
el santo sacrifício por vosotros y por
los demás.
37. La santa Misa es el presente más
agradable que podeis ofrecer á la San-
tísima Trinidad.
38. Este presente es más precioso
que el cielo y la tierra.
39. Vale tanto como Dios mismo.
40. Es la gloria más grande de Dios.
41. Es la alegria de la Santísima Tri¬
nidad.
42. Este noble dón os pertenece,
puesto que Jesucristo os lo ha cedido.
43. La audición de la santa Misa cs
el culto más grande de latría.
44. Por medio de esta audición, ren-
106 •
Capítulo III
dís los homenajes más grandes á la Hu-
manidad de Jesucristo.
45. Honráis dignamente la Pasión dei
Salvador, y os enriquecéis con sus frutos.
46. Honráis á la Madre de Dios.
47. Honráis y regocijáis á los án-
geles y á los santos, más que con mu-
chas otras oraciones.
48. Es el mejor medio de enrique¬
cer vuestra alma.
49. Es la buena obra por excclencia.
50. Es un acto supremo de fS que
os ascgura una gran recompensa.
51. Al prosternaros con devoción y
humildad ante las Sagradas Especies,
lleváis á cabo un acto de sublime ado-
ración.
52. Cada vez que miráis llenos de fe
la Hóstia Santa, ganáis una recompensa
especial en el cielo.
53. Cada vez que os dais golpes de
pecho con contricción de vuestros pe¬
cados, obtenéis la remisión de varias
faltas.
54. Si tuvieseis la desgracia de es¬
tar en pecado mortal y oís devotamente
Símbolos y mistérios de la Misa 107
la santa Misa, Dios os ofrecerá cada
vez la gracia de la conversión.
55. La santa Misa aumenta en vo-
sotros la gracia santificante y conse¬
guis muchas gracias actuales.
56. Asistiendo á la santa Misa, os
alimcntáis espiritualmente con el Cuerpo
y la Sangre dc Jesucristo.
57. Tenéis la gracia insigne de po¬
dar contemplar á Jesucristo bajo las
Santas Especies.
58. Recibís la bendición dei sacer¬
dote que Dios ratifica en el cielo.
59. La asistencia á la santa Misa os
atrae también bendiciones temporales.
60. Os preserva de muchas desgra-
cias.
61. Os da fuerza contra las tenta-
ciones.
62. Os hace merecer la gracia de una
buena muerte.
63. Una Misa oída en honor de los
ángeles ó de los santos os procura su
protccción y su socorro, que es muy
poderoso.
64. A la hora de la muerte las Misas
108
Capitulo [II
que hayáis oído, serán un motivo de
consuelo y de coníianza en la divina
misericórdia.
65. Os acompanarán ante el justo
Juez y pedirãn gracia para vosotros.
66. Un gran número de Misas debi-
damente oídas, os aliviarán en las 11a-
mas dei purgatório; porque:
67. Cada una de ellas disminuye la
pena temporal, más que la penitencia
más dura.
68. Una sola Misa bien oída durante
vuestra vida, será más provechosa á
vuestra alma que un gran número ofre-
cidas después de vuestra muerte.
69. La devoción á la santa Misa os
valdrá una gloria grande en el cielo:
70. Puesto que cada Misa que ofs
eleva vuestro futuro rango en el cielo,
y aumenta vuestra beatitud eterna.
71. No encontraréis un modo más
eficaz de orar por vuestros amigos, que
asistiendo á la santa Misa.
72. Es un medio seguro para corres¬
ponder á los benefícios recibidos.
Símbolos y mistérios de la Misa t09
73. Los desgraciados, los que sufren,
los enfermos, los moribundos, son po¬
derosamente socorridos.
74. Obtenemos la conversión de los
pecadores.
75. Todos los fieles alcanzan abun¬
dantes bcndicione.s.
76. .Sc alivian las almas dei purga¬
tório. .
77. Los necesitados que no cuentan
con médios para hacer celebrar Misas
por sus queridos difuntos, pueden, asis-
tiendo devotamente á ellas, libertar á
dichas almas dcl fuego dcl purgatório.
En el transcurso de este libro tra¬
taremos de todos estos puntos, pero de
antemano podemos exclamar con el pa¬
dre Sánchez, que “ si nosotros supiése-
mos aprovecharnos de estas gracias, una
sola Misa debidamente oída nos haría
más ricos que todo el universo. “
Si llegaseis á perder cn un solo día
setenta y sicte billetcs de Banco ^no es
cierto que os golpearíais setenta y siete
veces la cabeza en recuerdo de una per¬
dida tan importante? Pues, icuánta más
110
Capítulo IV
razón tencis de afligiros al faltar una
sola vez á la santa Misa, por percza,
por indiferencia ó por negligencia!
jOh! qué locura, qué ceguedad la
nuestra al haccr tan poco caso de un
tesoro tan impondcrable.
jOjalá que la lectura de lo que va¬
mos á decir, os ilumine y os inspire
una veneración sin limites hacia el santo
Sacrifício!
CAPÍTULO IV.
En la santa Misa Jesucristo
renueva su Encarnación.
En el capítulo precedente hemos tra¬
tado de una manera sucintà los misté¬
rios dei santo Sacrifício y ahora vamos
á meditados sucesivamente, empezando
por el de la Encarnación.
Digamos antes de todo que este mis¬
tério SC renueva en cada Misa. “ La
Misa, dice Marchant, ^que es sino una
represcntación viva y perfecta, ó más
bien, una renovación dela Imcarnación,
dei nacimiento y vida, Pasión, y muerte
Jesucristo renueva su Encarnaciún 111
de Cristo y de la Rcdención que ve-
rificó? “ (^) Semejantc afirmación pare¬
cerá extrana á muchos, pero la com-
prenderán enseguida después dc las si-
guientes explicaciones.
De un precio infinito fué el beneficio
obrado por la misericórdia divina cuando
por obra dei Espíritu Santo descendió
el Verbo dei cielo y se hizo carne en
el seno inmaculado dc Maria. El sacer¬
dote adora este mistério incomprensi-
blc dc rodillasen las palabras dei Credo:
Et incarnatiis est.
Pero á Jesucristo no le bastaba ha-
cerse honibre una sola vez y en su sa-
biduría infinita encontrei el medio de re-
producir sin interrupción la satisfacción
ofrecida ya una vez al Padre y al Espí¬
ritu Santo por medio de su primera
Encarnaciún; he aqui porque instituyó
la Santa Misa.
La Encarnaciún en la Misa por mís¬
tica que sca no deja de ser verdadera-
mente real. En testimonio de ello he
aqui lo que se lee en el IX domingo des-
(1) >rarchant. Hort- last. Trucl IV, siíc. IP.
112
Capítulo IV
pués de Pentecostés. “ Porque siem-
pre que se ofrece este sacrifício con-
memorativo se renueva la obra de nues-
tra Redención.“
Esta obra no es otra que la En-
carnación, cl Nacimiento, la Pasión y
la muertc de Nuestro Sefíor Jesucristo.
El venerable Alain se expresa de esta
mancra: “ Así como Jesucristo se hizo
hombrc cuando la virtud dei Espíritu
Santo cubrió con su sombra á la San-
tísima Virgen, así renueva la Encar-
nación en cada misa sacramentalmente
por obra dei mismo Santo Espíritu." (i)
San Agustín, considerando estas
maravillas exclama; “ Oh sublime dig-
nidad dei sacerdote en cuyas manos
Cristo Jesús se encarna de nucvo! Oh
celestial mistério obrado maravillosa-
mente por el Padre, el Hijo y Espíritu
Santo, con el ministério dei sacer¬
dote. “ (®)
;Oh dignidad de los fíelcs, anndamos,
nosütros, por cuya salvación Jcsucris-
(1) Alain de la Roche. Rart. 11» cap. 29.
( 2 ) .scrmo de sacerd. dtgoUate.
Jesucristo renueva su Encamaclún 113
to se hace diariamente carne dc una
manera mística!
i Qué conr.uelo para nosotros, hom-
bres miserables, ser tan tiernamente
amados por nucstro Dios!
En el Kempis sc Ice; "Guando ce¬
lebras Santa Misa ó la oyes, debe
ser para ti este mistério tan grande,
tan digno de tu amor, tan nuevo, como
si Jesucristo, descendiendo en aquel
punto por primera vez á la tierra, se
hiciera hombre en el seno de la Vir-
gcn “ (')_
i Cuál no seria nucstro gozo si se
nos anunciase que Jesús vuelve á la
tierra ? {Quién no se apresuraría á
adorarle y á implorar sus gracias y
misericórdias? i A que, pues, esta in-
diferencia en asistir á la santa Misa?
Triste es confesarlo; nuestra fe está
adormecida .y dejamos de lucrar de este
inmenso beneficio.
Esaminemos ahora de qué manera
y por medio de cuántos milagros re¬
nueva Jesús su Encarnación en el altar.
(1) Imitación, lib. IV, cap. 11, n. 6.
114
Capítulo IV
Es artículo de fe crecr que cuando
cl sacerdote toma la Hóstia antes de
la consagración no tiene en las manos
más que un poco de pan, pero que en
el preciso instante de pronunciarse la
última palabra de la consagración re¬
ferida, este pan, por un efecto de la
divina omnipotência, se convierte en
el verdadero cuerpo de Jesucristo; y
á este cuerpo va unida, por concomi¬
tância, la preciosa sangre, porque un
cuerpo vivo no puedc estar privado de
ella.
^ No es el mayor de los milagros
esta transubstanciacijín dei pan y dei
vino? No es la maravilla de las ma-
ravillas que no haya allí ni pan ni
vino, á pesar de subsistir sus especies,
porque la santa Hóstia conserva la
forma, el color y cl gusto que tenía an¬
tes dc la transubstanciación ? ; No es
cl prodigio de los prodigios que Jesus
se humille hasta llegar á caber no sólo
en una Hóstia sino en la menor de sus
partículas ?
Santa Gertrudis que estaba anona-
Jisucristo renueva su Encarnación 113
dada por estas maravillas, al oir un
día las palabras de la consagración le
dijo á Jesiís: “ Seflor, el mistério que
ahora acabáis de obrar es tan grande
yespantable, que por mi vileza no me
atrevería á verlo con mis ojos: bás-
tame humillarme y esconderme en el
más profundo valle de humildad que se
me ofrezca, en espera de que me ha-
gáis participar dei sacrificio vivo de
los elegidos.“
Le contestó el Salvador: “ Si incli¬
nas tu voluntad á sufrir con gusto toda
clase de trabajos y penas para que este
sacrificio saludablc á todos tenga lugar
con toda la plenitud de su e.vcelencia,
habrás contribuido hasta donde alcan-
cen tus fuerzas al perfeccionamiento
de mi obra. ‘‘
Con el ejemplo de Santa Gertrudis
considera, cristiano, durante la celebra-
cion el importantísimo milagro que está
operando Dios en el altar y embriá-
gate en el ardicnte dcseo de que este
(1) Libr. 111, c^p. VL
116
Capitulo IV
sacrifício contribuya á la mayor gloria
de Dios y á la salvación de tus her-
manos.
A este fin repite con santa Gertni-
dis; “ Oh dulcísimo Jcsüs. La obra
que vas á llevar á cabo en este mo¬
mento es de excelencia tal que, en mi
miséria y pequenez, no me atrevo á
miraria: por esto, húndome en el abis¬
mo de mi nada y espero con ahinco
la partecita que me toque de él, ya
que la inmolación aprovecha á los ele¬
gidos. Oh [esús amabilísimo, ojalá que
yo pudicra contribuir á él. Pondría
á contribucion todas mis fuerzas y
energias, no me espantarían las ma-
yores penas á trueque de que el sacri¬
fício pudiese plenamente aprovechar á
todos los vivos y difuntos. Esto te pido,
tiernísimo Jesds, á este fín concede á
todos los que asisten todas las gra-
cias que ncccsiten. “
Consideremos cuán inmenso es el
poder que ha concedido Jesucristo á
sus sacerdotes. El citado bienaventu-
(1; Tabt. IV, cap. 21.
Jesucristo renueva su Encaraación 117
rado Alain dice hablando de ello: “El
poder dei Padre es tan grande que
crió de la nada cielo y tierra, pero el
dei sacerdote llega á producir al Hijo
de Dios en la sagrada Eucaristia y en
el santo» sacrifício. “ (') Esto prueba
cuánto “amó Dios al mundo, que no
paró hasta dar á su Hijo unigénito; á
íin de que todos los que creen en él,
no pcrezcan, sino que vivan vida eter¬
na. “
Dios patentizó por primera vez su
inacabable amor á los hombres cuando
envió á su Hijo á la tierra y todos los
dias lo manifiesta de nuevo haciendo
descender dei cielo al mismo Verbo
para renovar su Encarnación en la santa
Misa. Por su Encarnación en el seno
de Maria Jesús adquirió un inmenso
tesoro de gracias, en la de la Misa hace
participe de ellas á todos los que la
oyen ó celebran devoiamente.
He aqui una prueba de ello.
El bicnaventurado Juan de Alverne
cclebraba el santo sacrifício con gran
(1) l*art, IV, cap. 27. — (2) Juan, III, 16.
its Capítulo IV
fervor y esperimentaba á menudo tales
dulzuras espirituales que se sentia ano-
nadado. El día de la fiesta de Ia Asun-
ción de la Santísima Virgcn debía ofi¬
ciar solemnemente; mas apenas llegado
al altar sintio arrobamicntos interiores
tan vivos que tcmió no poder acabar
el santo sacrifício. Y no se enganó
pues al eonsiderar en la elevación el
inmenso amor que ha impulsado á Je¬
sus á descender dei cielo y revestirse
de la naturaleza humana, así como á
renovar sin ccsar esta Encarnación en
la santa Misa, sintió Juan como se le
deshacía el corazón y le abandonaban
las fuerzas. y no pudiendo pronunciar
las palabras sacramentales, dijo tan
sólo las primeras y no pudo conti¬
nuar.
Habiéndolo notado el Padre Guar-
dián acudió en su auxilio, mientras los
concurrentes creyeron que le daba un
accidente. Con un esfuerzo supremo
logró cl Padre Juan pronunciar las úl¬
timas palabras, corpus menrn, y en el
mismo instante la Hóstia convirtióse
Jesucristo remieva su Encamación 119
en un hermosísimo nifío, en el que re-
conoció al Nino de Belén. El tierno
Jesús, descubrió entonces á su sien'o
la profqnda humildad que le impulsó
á hacersc hombrc y á renovar su En-
carnación en la Misa; esta revclación
acabo con sus fuerzas y el religioso
cayó al suelo desvanecido. El Guardián
ayudado de otros religiosos le asistió,
varias senoras procuraron reanimarle
con sales y esencias y lo consiguieron
al fin. Aunque estuviese desfallecido al
extremo de no poder mover sus miem-
bros ni levantar las manos para hacer
la senal de la eruz, termino el biena-
venturado al santo sacrifício asistido
por el Padre Guardián; inmediata-
mente después perdió de nuevo el co-
noeimiento y fué preciso llcvarle á la
sacristia. Parecia un cadáver; su cuerpo
estaba yerto y sus manos fuertamente
crispadas.
Durante algunas horas quedó en tal
estado de postración que se temia ya
por su vida. Guando volvió en si se le
rogó que por amor de Dios revelara
120
Capitulo IV
cuanto le había sucedido en el altar y
lo que había visto en su éxtasis, y ce-
dicndo dl á las súplicas de los fíeles
di jo: “ Durante la consagración medi*
taba el amor de Nuestro .Sefíor Jcsu-
cristo, amor que le obligó en el tiempo
á hacerse hombre por nosotros y en la
actualidad á renovar diariamente esta
encarnación en la Misa. “
“ Entonces mi corazón se derritió
como la cera y parecíame que mi cuerpo
estaba dcsprovisto de huesos. Yo no
podia sostcnermc ni pronunciar las pa-
labras de la consagración. “
“ Guando, por fin, pude decirlas
percibí en lugar de la Hóstia al Niíío
Jesus; sus miradas me traspasaban el
alma y privaron á mi cuerpo de toda
su energia, y caí desvanecido á la vez
que sc inflamaba mi pecho con el dulce
amor al divino Nino. “ (’)
El santo religioso afiadió muchos
detalles referentes á la impresión que
había recibido durante su éxtasis y ma-
(1) Crônica de la Orden de los Frailes Menores.
Renuévase el Nacimiento de Cristo 121
nifestó á sus piadosos interlocutores el
infinito amor que nos profesa Jesiís al
renovar su Encamación en la Misa.
Muchos santos gozaron éxtasis pa¬
recidos y td mismo, caro lector, los
experimentarias si asistieses al santo
sacrifício con mayor devoción.
CAPÍTULO V.
Jesucristo renueva su Nacimiento
en la santa Misa.
“ En este día la suavidad brotará
de las montafías y los collados desti-
larán leche y miei. “ De esta manera
canta la Iglesia católica el dulcc misté¬
rio dei Nacimiento de Cristo. En efecto
el día de Navidad Aquél que es más
dulce que la micl, Aquél que es el pro-
pio manantial de toda dulzura, trajo
la verdadera alegria, anunció la paz á
los hombres de buena voluntad y con-
soló el mundo con la aurora de un por-
venir cuajado de dones.
i Qué inmensa alegria la dei Padre
122
Capítulo V
celestial en la bendita nochc que vió
nacer de la Virgen Maria á su amadí-
simo Hijo! i Qué consuelo para el Hijo
tener tal madre en la tierra y seme-
jante Padre en el cielo! ; Qué satisfac-
ción para el Espíritu Santo cuando
Aquel que desde la eternidad unió á
Dios Padre con el lazo de un amor in-
disoluble nació por su coopcración y
reunió en una misma persona la natu-
raleza divina y la naturaleza humana!
i Y qué ternura para Maria poder con¬
templar â su recién nacido, hijo suyo
y de Dios! ; Qué júbilo para los coros
de ángeles que vieron comenzar la obra
de la Redcnción por la cual, salvada
la humanidad, podia ocupar los sitios
vacios desde la rebeldia de los ángeles
maios ! ; Çuán privilegiados fueron
aquellos hombres que pudieron con¬
templar con sus propios ojos el más
hermoso de los hijos de los hombres,
estrecharlo entre sus brazos y cubrirlo
de besos!
Ciertamentc, su felicidad fué grande,
pero mayor es la nuestra; puesto que
Renuévase el Nacimiento de Cristo 123
contemplamos cada día, con los ojos
de la fe, al NifTo Jesiís y participamos
sin césar de las alegrias de su naci¬
miento. El santo papa Léon dice á este
propósito que “ las palabras dei Evan-
gelio y las profecias nos inflaman de
tal manera que más bien nos parece
honrar el nacimiento de Cristo, no
como un acontecimiento pasado, sino,
como un hccho presente. Pues también
nosotros oimos eontinuamente el anun¬
cio de los ángeles á los pastores: “ He
aqui que os anuncio una grande alegria;
hoy os ha nacido un Salvador. “ (*)
A nosotros nos es dado asistir á
este dichoso nacimiento si asistimos á
la santa Misa donde se renueva y con¬
tinua. Escuchemos á .Santa Hidelgarda
cuando nos dice; “ Un dia, después de
la consagración, contemplando las sa¬
gradas especies, al punto vi el naci¬
miento como en un espejo.“ (®)
Este testimonio confirma nuestro
aserto y prueba que el ciclo toma parte
(t) Leo Ma^tius, Dc NaUviUte.
{/) Lib. II, \\a. Vi.
124
Capítulo V
tan activa en la consagración como
hace veinte siglos en la Katividad. Y
si nos empenamos en saber de qué y
como nace Cristo leamos este pasaje
de San jerónimo: “ Los sacerdotes
forman á Cristo por medio de sus lá¬
bios consagrados." (^)
Lo que significa que el Salvador
nace de los lábios dcl sacerdote al pro¬
nunciar éste las palabras de la consa¬
gración. A su vez lo afirma el papa
Gregorio XIII cuando recomienda á los
sacerdotes que antes de subir al altar
digan: “ Quicro celebrar la santa Misa
y formar el cuerpoy la sangre denues-
tro Senor Jesuciisto."
La Iglesia no cesa de recordamos
este nacimiento espiritual dc Jesús
cuando nos manda cantar el himno de
los ángeles durante la santa Misa:
“ Gloria á Dios en las alturas y paz
á los hombres de buena voluntad."
i Qué gozo para nuestra alma si es
viva nuestra fe! Entonces nuestra con-
(1) Lpist. ad HtiUoO.
RcnuiSvase el Nacimiento de Cristo 125
ducta para con el Nif5o Dios podrá
compararse con Ia conducta, todo amor,
de Maria, los ángcles, San José y los
pastores.
Cuéntase en la Vida de los Padres
que un sacerdote llamado Flcga de-
seaba coraprender vivaraente la manera
cómo está presente Jesucristo bajo las
especies de pan y vino, no dudando ó
por curiosidad, sino á causa de su acen-
drado amor á Nuestro Sefior. Un día,
mientras estaba celebrando cl santo
sacrifício fué tan ardiente este deseo
que cayó de rodillas y exclamó:
— Os suplico, Dios mío, que, á pe¬
sar de mi indignidad me mostréis este
mistério y me concedáis poder tocar
con mis propias manos el cuerpo de
Cristo, como logró Simeón tenerte en¬
tre las suyas.
Entonces se le apareció un ángel
que exblamó:
— Levántate; si quieres ver á Je¬
sucristo, está en realidad presente aqui,
tal como su Madre Santísima lo llevó
en sus brazos.
126
Capítulo V
Tembló el sacerdote y levantando
los ojos vió sobre el corporal al Hijo
de Dios bajo la forma de un hermoso
niflo que afectuosamente le tendió los
brazos. Como Plega no se atreviese á
tocarlo le dijo el ángel:
— He aqui bajo la forma humana
á Jesús á quien has visto bajo las es-
pccies de pan y vino á la vez. No ten-
gas miedo, tómalo con tus manos y
regocíjate á la vista de tu Dios y Sal¬
vador.
Alentado con estas palabras toma
el sacerdote al Nino Jesús en sus bra¬
zos, Ic estrecha contra su corazón y
le acaricia con ternura. Su ardiente de-
seo habíase visto satisfecho; inundado
de gozo puso al Nifio Dios sobre el
corporal y le rogó tomara la primera
forma para poderio recibir sacramen-
talmentc cn su pecho y terminar el santo
saerificio. Volvió á aparecer la santa
Hóstia y el feliz sacerdote comulgó
con ella.
Pero no solamente á las almas pia-
dosas ha descubierto Jesús su presen-
Rrnuévase el Nacimiento de Cristo 127
cia real sino que la ha mostrado asl
mismo á judios y paganos.
Cuenta el historiador Alberto Kranz
que Carlomagno había combatido mu-
chos aHos contra los sajones á quienes
queria convertir á nuestra fe. Después
de haberlos vencido repetidas veces y
obligado á renunciar á sus idolos fue-
ron arrastrados á la sublevacion y á la
apostasia por su duque Wittikind. Acer-
cándose la Pascua, Carlomagno se tras¬
lado por duodécima vez á Sajonia con
numeroso ejército. E.xhortó á sus sol¬
dados que se preparasen para la re-
cepción de los sacramentos y se cele-
bró la fiesta con mucha piedad en el
campo de batalla. AVittikind tcnía vivos
deseos de ver el campo imperial y las
ceremoiiias de nuestra religión y para
ello se despojó de sus lujosos vesti¬
dos, se vistió de harapos y marchó
solo al campo á pedir limosna á los
soldados.
Con suma atención lo observó todo
y vió que el dia de Viernes Santo el
emperador y los guerreros aparecian
12S
Capitulo V
contritos, ayunaban rigorosamente y
rezaban con fervor acercándose al sa¬
grado banquete luego de haberse con-
fesado.
Durante la solemne Misa dei día
de Pascua, en la consagración vió el
jcfc sajón entre las manos dei cele¬
brante á un nino de incomparable her-
mosura. Esta visión llenó su alma de
desconocida ternura y no pudo apartar
su vista dei sacerdote. C.uando los sol¬
dados se acercaban á la sagrada mesa
vió con creciente admiracion cómo el
sacerdote entregaba á cada uno de
ellos al mismo Nino, que era recibido
por todos y consumido por cada uno
en particular, sin entregarse por otra
parte de la misma manera, pues el gra¬
cioso nifío iba hacia unos con mani-
fiesta alegria, mientras que no queria
acercarse á otros y se resistia agitando
manos y pies.
Tal espectáculo conmovió de tal
suerte á Wittikind que pidió ser ins¬
truído en la fe cristiana, sehizo bau-
tizar y llamó á misioneros que con-
Renuévase cl Nacimicnto de Cristo 129
virtieron el ducado de Sajonia á la fe
cristiaha.
A pesar de que Jesucristo nos oculta
la hermosura de su humanidad mani-
fléstase no obstante patente á los ojos
de Dfos y de la corte celestial. En cada
Misa se muestra con tal esplendor que
la propia Santísima Trinidad recibe de
ella una gloria infinita, tanto que la
bienaventurada Virgen Maria, los án-
geles y los santos experimentan un
gozo inefable, según lo asegura el bie-
navénturado Alain de la Roche.
Guando los ángeles contemplan el
Nacimiento dei Nino Dios en el altar
Ic adoran humildemente arrodillados,
porque:
“ Al introducir á su primogénito en
el mundo, dice: Adórenle todos los
ángeles de Dios. “ (*)
He aqui lo que canta la Iglesia en el
Prefacio: “ Cuya majestad alaban los
ángeles, adoran las dominaciones, tem-
blando reverencian las potestades, los
cielos, las virtudes de los cielos y los
( 1 ) Hctr. c. I, T. 6.
6096
5
130
Capítulo V
bienaventurados serafines celebran vues-
tra gloria con júbilo."
Unidos á los espíritus celestialcs,
agradezcamos á Nuestro Senor que al
renovar su misterioso nacimicnto nos
hace participes de los frutos de éste.
§ 1. Del Inmenso Júbilo que regocija al delo
el nuevo Naelmlento de Cristo.
El humano espíritu es impotente
para concebir y explicar el inmenso
júbilo que regoeija al eielo el nuevo
nacimiento dei Salvador. La misma
ciência de los ángeles no basta para
ello, por más que dichas venturosas
inteligências participen de las gracias
que concede el cielo al santo sacrifício
de la Misa.
En cuanto al gozo experimentado
por la Santísima Trinidad, nos ensefía
la fe que encuentra en sí misma toda
su bienaventuranza. Dice la Sagrada
Escritura acerca de la Sablduría in-
creada, es decir, dei Hijo de Dios. dice
que es el “Resplandor de la luz eterna,
Rcnuêvase el Nacimiento de Cristo 131
espejo sin mancha de la majestad di¬
vina, imagen de su bondad.“(^)
Este espejo está desde toda la eter-
nidad delante dei Padre, donde se con¬
templa con toda su complacência. Se
ve en él el SeSor Todopoderoso,glorioso,
sapientísimo, riquísimo, de infinita bon-
dad y hermosura. En el constante co-
nocimiento y contemplación de su pro-
pia persona consiste su gozo esencial
y perfecto, que constituye por sí solo
su infinita beatitud.
Este purísimo espejo fué colocado
de una manera especial ante sus ojos
en el nacimiento dei Salvador; en él
Jesus se revistió de la más noble de
las humanas naturalezas, se enriqueció
con las virtudes más preciosas y se
adorno con toda suerte de perfeccio-
nes..
El Padre Eterno experimentó nue-
vas delicias de las que hizo partícipes
á toda la corte celestial. Rebosante de
gozo entonaron entonces los dichosos
(1) SabiJ. VII, 6.
132
Capitulo V
cspíritus con sus voces excelsas aquel
melodioso himno, el cual no podia com-
pararse con nada de lo que en la tierra
SC había escuchado hasta aquel día
memorable, y que inundó á los pastores
de célico arrobaraiento y jamás sen¬
tida alegria.
Al canto de Gloria in excelsis, vo-
laron los ángeles hacia Belén, se pos-
traron ante el recién nacido y adora-
ron su divinidad.
Las escenas de la noche de Navi-
dad SC renuevan diariamente en el santo
sacriflcio en el que nace el Hijo de
Dios de los lábios dei sacerdote, no
porque se cree un nuevo Cristo ni mul¬
tiplique su persona, sino que se repro-
duce su presencia real y se encuentra
alli donde antes no estaba su humani-
dad y permanece bajo las santas espe-
cics tanto ticmpo como dichas espe-
cies aparecen intactas, y cesa la pre¬
sencia real al corrompersc las mismns.
Si cl Hijo de Dios nace de nuevo
de los lábios dei sacerdote, si éste le¬
vanta cl cspejo inmaculado, adornado
Renuévase el Nacimiento de Cristo 133
de tantas perfecciones para ofrecerlo
á Dios, la alegria dei Padre Eterno no
puede ser menor que la de la noche
de Navidad, porque así en Belén como
en el altar contemplan los ojos á aquel
de quicn se ha dicho: “ Este es mi
querido Hijo en quien tengo pucsta
toda mi complacência. “ (*)
La única diferencia está en que en
el pcsebre el Verbo estaba oculto bajo
la carne mortal míentras que en la
Misa su cuerpo precioso, enriquecido
con las santas llagas, como cinco pie-
dras preciosas, se halla oculto bajo las
especies sacramentales; en Belén nació
corporalmente; en el altar de una ma-
nera mística, aunque verdaderamente
real.
Pero el Padre Eterno no se enor-
gullece y regocija tan sólo ante este
divino espejo: Aquel á quien El ve co¬
rresponde á sus finezas con un amor
infinito que aumenta la gloria dei Pa¬
dre.
(1) Matco, III, 17.
134
Capitulo V
Las delicias que goza la Santísima
Trinidad exceden á todas las que re-
cibe de las alabanzas de los ángeles,
de las adoracioncs de* los santos, de la
fidelidad de los hombres, porque la hu-
manidad de Nuestro Seiíor Jesucristo,
unida hipostáticamente á Ia divinidad
es la única capaz de honrar, de alabar
y de amar á Ia divinidad, cual corres¬
ponde á su infinita grandeza.
Todo esto lo hace el Salvador con
tanta ternura que ni los querubines,
ni serafines, llegan á comprenderlo
acertadamente, y el cielo lo contempla
con profunda admiraciún y no puede
sondear la inmensidad de la gloria
divina.
Y como esto se reproduce todos los
dias en los millares de sacrifícios que
se celebran, ,:quién podrá apreciar la
suma felicidad que de ellos recibe la
Trinidad Santísima?
I üh Dios de gloria! Regoeijado con
vuestra infinita dicha quisiera aumen¬
taria por medio de mi piedad al santo
sacrifício. Ruégoos, Sefíor, os dignéis
Renucvase el Nacimiento de Cristo 135
en cada Misa enaltecer y amar á la
bienaventurada Trinidad; hacedlo por
mí, y suplid superabundantemente el
amor que yo no sé ó no puedo mani¬
festar y el gozo que debería experi¬
mentar yo.
S 2.> Frutos de salvación que recibe
el mundo dei nuevo nacimiento
de Nuestro Seflor.
“ Ahora ha nacido un parvulito para
nosotros, y se nos hu dado un hijo.“ (^)
Esta profecia de Isaías que anun-
ciaba el nacimiento de Jesús debe apli-
carse también á la santa Misa, pues en
ellâ nace un nino, se nos da un hijo.
i Oh rico y precioso dón ! Este nino
es el mismo Hijo de Dios; llega de
apartados países, viene dei paraíso ce¬
lestial ; nos trae incomparables riquezas:
la gracia, la misericórdia divina, el
perdón de nuestros pecados, la remi-
sión de las penas, la enmienda de nues-
tra vida, la gracia de una buena muerte.
(1) Isaíat», l.K, 6.
136
Capítulo V
el acrecentamiento de la gloria futura,
bendiciones temporales y un preserva¬
tivo eficaz contra el pecado.
El texto de Isaías encierra otro mo¬
tivo de cunsuelo al decir explícita¬
mente “ un parvulito ha nacido para
nosotros... se nos ha dado un hijo. “
Lo que significa que naciendo nue-
vamente por Ia consagración Jesús se
convierte en propiedad nuestra, con
todo lo que contiene. Así, pues, el ho¬
nor, las aceiones de gracias, las satis-
facciones que ofrece á la Santísima
Trinidad nos pertenecen. ; Qué inmenso
consuelo proporciona esta consideración
à todo cl que ove la santa Misa! j El
propio Jesús nos pertenece 1
El que hubiera estado presente en
la noche de Navidad en la cueva de
Belén y hubiera tenido al tierno Niilo
Jesús en sus brazos, lo hubiera ofre-
cido al Padre Eterno, presentándolo á
El y suplicándole piedad para sí por
el amor dei divino Nifío, Dios no hu¬
biera permanecido sordo á sus súplicas
ni se negara á satisfacerlas.
Rcnuiivase el Xacimicnto de Cristo 137
HagamoSj pucs. lo mismo en laMisa,
sobre todo en tiempo de Adviento y
Navidad; acerquémonos en cspíritu al
altar, tomemos al Niflo Jesiís y ofrez-
cámoslo al Padre.
He aqui otra consideraciún de sunla
importância.
Ncf solo nace Cristo en el altar de
una maneia mística, sino que toma tan
humilde forma que llcna de admiración
cl ciclo y la tierra. Si en su primer
nacimiento se humilló infinitamente y
tomó la forma de un esclavo, pero hu¬
mana al fin, en su nacimiento místico
adoptó una humillacion mayor aún,
puesto que se aniquila bajo la forma
de pan.
; Humillacion inaudita! j tl.vistc algo
inferior á una especie sacramental, ac-
cidente sin sustancia r Consideremos
atentamente la suprema desnudez de
Jesus.
iDónde aparece su gloria? ,;Dónde
está su omnipotência? ;Dónde aquella
majestad y soberania que hace temblar
el cielo? i Dónde lo ha dejado todo?
138
Capítulo V
Aquel para quicn los ciclos son peque¬
nos está encerrado en una humilde hós¬
tia; Aquel que gobierna desde la de-
recha dei Padre se posa sobre el altar,
atado como el cordero dei sacrifício,
i Oh abismo de hiimildad! ; Oh amor
incomprensible dei más fiel amante dc
los hombres!
Pero hay más aún; Jesucristo obe-
ccde á los sacerdotes, se abandona en
sus manos, les deja disponer de Sí,
según sus deseos, y acepta también su
bendición, por más que, según dice San
Pablo; “No cabe duda alguna en que
quien es menor recibe la bendición dei
mayor.“ (‘)
£ Como, pues, Jesucristo, que es in¬
finitamente superior al sacerdote, con-
siente en ser bendecido por él? Por¬
que el sacerdote bendice el pan no
sólo antes sino después de la consa-
gración y hasta quince veccs.
Guando Jcsús se presentó á Juan
óstc se resistió á bautizarle, diciendo:
(1) Habr. VII,
Renuévase el Nacimiento de Cristo 139
“Yo debo ser bautizado de ti,
tú vienes á mí?“(*)
A su ejemplo el sacerdote debería
exclamar temblando: “ Seiíor, á vos toca
bendecirme á mí,;cómo pues, queréis
recibir la bendición de un pobre pe¬
cador
£A*qué este exceso de humildad?
Una de las principales razones es para
desarmar la cólera dei Padre celestial
y conjurar el justo castigo que el pe¬
cador merece.
No hay medio mejor para apaciguar
al enemigo que humillarse a su pre¬
sencia y pedirle perdón. La conducta
de Achab nos da una prueba de ello.
Guando el profeta Elias hubo anun¬
ciado á este rey impío que cl Seiíor le
castigaria con muerte violenta, y no
sólo á él sino á su esposa é hijos, y
que sus cuerpos insepultos serian de¬
vorados por los perros y los cuervos,
Achab se humilló delante dei Scüor:
“ Rasgó sus vestidos, cubrió su carne
(ij Juan, III, 14.
140
Capítulo V
con un cilicio, ayunó y durmió en-
vuelto en el saco de penitencia y an-
daba cabizbajo ó huinillado.‘‘ En esto el
Serior habló á Elias, y le dijo; “ No
has visto como Achab se hu humillado
dclante de mí ? Pues ya que por mi res-
peto se ha humillado, no enviaré aque-
llos castigos durante su vida.“ (')
Ahora bien, si Achab “ que nunca
tuvo par en impiedad, “ según la Sa¬
grada Escritura, obligó por su humildad
al Dios Todopodcroso a suspender la
sentencia pronunciada contra él; ^qué
no va á conseguir cerca de Dios la
humildad de Jesucristo en el altar?
£No es más de atender en este estado
de aniquilamiento á que le ha reducido
el amor á los hombres todos?
Miradle; se despoja de sus vestidu¬
ras dc gloria y se oculta bajo las apa-
riencias de la santa Hóstia; no sólo
inclina la cabeza sino que yacc atado,
como en holocausto, implorando dei
(1) III Keycs, XM, J7-Z9.
Renuév'ase el Kacimicnto de Cristo 141
fondo dcl corazón perdón y miseri¬
córdia.
Ante este espectáculo Dios dice á
los ángeles, como antes á Elías: “ {Véis
cómo se humilla mi Hijo en mi pre¬
sencia f “
Los ángeles responden: “ Sí, lo esta¬
mos viendo, grande es nuestro asombro.“
Y el Padre Eterno continua: “ Pucs
que mi Hijo se abate hasta este punto,
no me vengaré de los pecadores y no
Ics castigarc según la medida de sus
grandes iniquidades."
Meditemos estas palabras y persua-
dánionos de que si Dios no abrevia la
vida dei culpable, castigándole según
se merece por sus culpas, débelo el
pecador á la santa Misa, donde el Sal¬
vador, benigno, ha defendido su causa
y ha detenido el brazo vengador de la
divina justicia.
CAPÍTULO \T.
Jesucristo renueva su vida
en la santa Misa.
Entre lo que más nos cautiva y ape-
tecen nucstros sentidos debemos colo¬
car en primer término los espectáculos.
Los hombres cncuentran en ellos tal
placer, tal atractivo, que con gustoles
sacrifican muchos dias y dinero. Si
consideráramos los grandes mistérios
de la Misa, y nos pcrsuadiéramos de
que Jesucristo sc acerca al altar reves¬
tido con los hábitos de fiesta, para
reproducir en él ante nucstros ojos las
escenas de su vida maravillosa nos
apresuraríamos á ir á la iglesia al pri¬
mor toque de las campanas.
i Mas, oh locura mundana! Prefiere
dcrrochar una fortuna en el teatro y
malbaratar el tiempo antes que asistir
á la santa Misa, donde lucra la más
rica recompensa todo piadoso espec¬
tador.
Rcnuévase la vida dc Crislo 143
Tal vez se nos objetará; ^ Qué tiene
de particular que las personas frívolas
pretieran el teatro al templo? Quic-
ren divertirse, y la santa Misa no ha-
laga su vista ni sus oídos. i Oh terca
y lamcntable ceguedad!
Si los que tal dicen miraran con los
ojos dií la fe disfrutarían profunda¬
mente, porque la Misa cs el compendio
de la vida dei Salvador y la reproduc-
ción de todos sus mistérios. No es una
simple reproducción poética dc los he-
chos pasados, como se ve en una pro-
ducción dramática, sino que cs una re-
presentación verídica de cuanto hizo y
padeeió Jesiís en la tierra.
En efecto, en la santa Misa tenemos
delante de nosotros al Nino que en-
contraron los pastores, que adoraron
los Magos, que deposito Maria en los
brazos de Simeón. Reposa sobre el al¬
tar para recibir los homenajes dc nues-
tro amor.
En el Evangelio es Jesús quien nos
repite sus doctrinas por boca dei sa¬
cerdote y la gracia que obtiene el alma
144
Capítulo VI
creyente no es menor que la que reci-
biera si Nuestro Sefior Jesucristo mis-
mo la predicase.
Vémosle obrar un milagro mayor
que el de Caná puesto que es más pro¬
digioso cambiar el vino cn sangre que
el agua en vino; tal es la renovación
de la última Cena y de su muerte en
la cruz. No le atenazan las manos dei
verdugo, pero le ofrecen las manos dei
sacerdote, como víctima expiatória, al
Padre Eterno: “ Quién se aproveche de
la misa, le serán perdonados los peca¬
dos y caerán sobre él abundantes do-
nes celestiales como si personalmente
asistiese á todos estos mistérios en vida
mortal dei Salvador “ según asegura
Sánchez. (*)
Y Dionisio el Cartujo se expresa
de esta manera; “Toda la vida de Cris¬
to ha sido una misa solemne conti¬
nuada en la que El ha sido el templo,
el altar, el sacerdote y la víctima.‘‘ C^)
Efectivamente, Jesucristo se revistió
(1) Thesaur. míssz, c. II.
Dc vita carat- art. 16.
Renuévase la vida de Cristo
145
de los ornamentos sacerdotales en el
santuario dei seno materno en que to-
mó nuestra carne, y con ella el vestido
de nuestra vida mortal; salió de dicho
santuario en la noche memorable de
\avidad y empezó el Introito al apa¬
recer en el mundo; entonó cl Kyrie
eleison al lanzar sus primcros vagidos
cn el pcsebre; el Gloria in excclsis
fué cantado por los ángeles hasta que
se aparecieron á los pastores invitán-
doles á unir sus alabanzas á las suyas
conduciéndoles luego cerca dei recién
nacido.
Jesus dijo la Colecta en sus vigi-
lias, cuando imploraba por nosotros la
misericórdia divina; leyó la Epistola
cuando refiriéndose á las noticias y
predicciones de Moisés y los profetas
demostro que se habían cumplido ya
unas y otras; anunció el Evangitlio
cuando recorrió la Judea con el finde
predicar la buena nueva; hizo el Ofer-
lario cuando en el mistério de la Pre-
sentación se ofreció á su Padre para
la salvación dei mundo; cantó el Pre-
146
Capítulo VI
fado al alabar á Dios continuamente
en lugar nuestro, agradeciéndole sus
benefícios.
El Saiictus fué celebrado por los
hebreos el domingo de Ramos, al ex¬
clamar, en la entrada de Jesus en Je-
rusalén: “ Bendito cl que viene en nom-
bre dei Senor! Hosanna al Hijo de
David.‘‘
La Consai^radán la efectuó el Sal¬
vador en la última Cena por la tran-
substanciación dei pan y dei vino en
su cuerpo y sangre respcctivameçte.
La Elcvadón tuvo lugar cuando fu.é
clavado en la cruz, elevado al aire y
expuesto á los âmbitos más apartados
de la tierra.
Dijo Jesús el Paier noster al pro¬
nunciar las siete palabras desde el ár-
bol santo de la cruz; la parlidón dc
la Hóstia se cumplió cuando se se-
paró su sacratísima alma de su ado-
rable cuerpo; el Agnus Dei lo dijo el
centurión en el momento en que ex-
clamó; “ Rcalmente, este hombre es el
Hijo de Dios.“
Rcnuévase la vida de Crif^to
147
La santa Comttnión representa el
embalsamamiento y sepultura de su
cuerpo, y dió Jesus la Bendicióu final
á sus discípulos en el monte de los
Olivos, al extender sus manos sobre
ellos en el momento de su ascensión.
He. aqui la Misa solemne celebrada
por Cristo en la tierra, Misa que or-
denó celebraria diariamente á sus apos¬
toles y, después de éstos, á los sa¬
cerdotes, si bien más brevemente.
Nosotros somos aún más dichosos
que los que vivieron en tiempos de
Jesucristo. Estos oyeron tan sólo una
Mis.a, cuyos mistérios se celebraron
tras largos intervalos, mientras que no¬
sotros podemos asistir á varias todos
los dias y recoger en breve tiempo
los frutos de toda la vida dei Sal¬
vador.
Para esclarecer aun más esta ver-
dad vamos á relatar un importante su¬
cedido explicado por el Obispo Tomás
dc Cantimpré y por todos los historia¬
dores eclesiásticos dc su época.
Corria el tiempo pascual dei ano 1524
14S
Capítulo VI
cuando en la iglesia de San Amando
en Douai sucedió que un sacerdote, al
administrar la sagrada Comunión, se le
cayó una Hóstia en el suelo.
Asustado de este contratiempo ines¬
perado, se arrodilló para recoger la
Sagrada Forma; pero se le escapó de
las manos y la vió elevarse dei sucio
y cernirse en los aircs. No tcnicndo
más que un corporal sobre el ijue es-
taba el copón, cogió el purificador y
le extendió debajo de la Hóstia, yendo
entonces por sí sola á colocarse allí.
Mientras sus ojos estaban piadosa-
mente fljos en la santa Eucaristia con-
templó cómo se trasformaba en un gra¬
cioso Nino y, profundamente enterne¬
cido, no pudo contener los sollozos.
Los canónigos que estaban en el
coro, acudieron á socorrerle y pudic-
ron contemplar también al mismo Niiío
cuya vista les colmó de celestiales ale¬
grias.
Los fieles, al aproximarse al altar
para contemplar de cerca tal maravilla
se convencieron de la presencia real
Renuévase la vida de Cristo
149
de Nuestro Seiior, pero, ;extrano pro¬
dígio! donde los canónigos veían un
Nifio el pueblo contemplaba á Jesucri-
sto, bajo la figura de un hombre lleno
de majestad divina.
La impresión de este milagro no
llegó jqmás á borrarsc de la memória
de cuantos tuvieron la dicha de pre-
senciarlo. Unas veces bajaban la vista
confundidos, otras la levantaban para
contemplar )a aparición, que duró una
hora entera.
i Quién pudiera expresar las delicias
y dulzuras que experimentaron aquellos
corqzones durante este tiempo!
Al cabo de una hora Jesus volvió
á tomar la forma de Hóstia, que el
sacerdote guardó en el sagrario, y to¬
dos dejaron el templo para ir á divul¬
gar el milagro.
Este llegó á oídos dei obispo de
Cambray, Tomás de Cantimpré, que se
traslado á aquel sítio para oir de lá¬
bios dei deán de Saint-Amand la ver-
dad de la aparición. Este le contestó
que no solamente era cierto que Jesu-
150
Capítulo VI
cristo se había mostrado patente á gran
nümero de personas bajo la forma hu¬
mana, sino que en ella podia eontem-
plarse aún. Entonces sintió el obispo
vivísimos deseos de ver la santa Hóstia
y el sacerdote le llevó á la* iglesia,
seguido de una muchedumbre ávida de
ver por segunda vez al Maestro.
El deán abrió el sagrario, no sin
temor, sacó el Santísimo Sacramento,
y dió con él la bendición. El pueblo
prorrumpió en sollozos y exclamó:
— i Oh Jesus! I Oh Jesus!
El obispo preguntó qué signiflcaban
aquellos gritos y lágrimas, y cien voces
respondicron que estaban viendo al
Salvador.
— Pues yo — repuso el obispo
-- no veo más que Ia santa Hóstia, lo
que me aflige, ya que temo que por
mis pecados soy indigno de ver al Se-
nor.
Hizo un minucioso examen de con-
ciencia y no recordando nada de par¬
ticular suplico á Jesus, con las lágri-
Renuávase la vida de Cristo
151
mas en los ojos, se dignara mostrarlc
su santísimo rostro.
Después de ardicntes súplicas fue-
ron éstas escuchadas y vió con sus
propios ojos, no como muchos, la forma
de un hermoso Xino, sino la de un
hombrc en la plenitud de la edad. El
SeBor estaba ante cl ; sus ojos eran
claros y hermosos, sus cejas bicn ar¬
queadas, su cabellera caía sobre sus
espaldas, su barba bastante larga, an¬
cha su frente, sus mejillas flacas y pá¬
lidas, su cuello largo y su cabcza in¬
clinada. El obispo contempló al Senor
bastante tiempo y su corazón se derri-
tió en dulzura y amor.
Repentinamente cambió el aspecto
de Jesús y tomó la expresión que te-
nía durante la Pasión. Coronado de espi-
nas, cubierto de sangre, su aspecto
arrancaba amargas lágrimas y causaba
lástima y compasión; al obispo le pa¬
recia que sentia sobre su frente las
puntas de las espinas que desgarraban
sus sienes. El pueblo suspiraba y cada
uno veia el espectáculo de diversa ín-
152
Capítulo VII
dole. Unos un alegre infantito,,otros un
adolescente, quienes un adulto, quienes,
en fin, á Jesús sufriendo.
Rcpresentémonos la emoción de
aquellos felices espectadores, pues nos
reconocemos impotentes para descri-
birla.
Cristianos, reflexionad con fre-
cuencia la utilidad dei santo sacrifício
de la Misa, donde Jesucristo os hace
partícipes de los infínitos méritos de
su santísima vida y pasión.
Si tan fácilmcnte adquiriéramos bie-
nes tempoiales no perdonaríamos tiem-
po ni sacrifícios. {Cómo es, pues, que
somos tan poco interesados cuando se
trata de riquezas eternas, de tcsoros que
no nos pude arrebatar ni el tiempo ni
los ladrones?
CAPÍTULO VII.
Jesucristo renueva su oración
en la santa Hisa.
“ Tenemos por abogado para con el
Padre á Jesucristo justo y santo. Y él
Cristo renueva su oración 153
mismo es la víctima de propiciación
por nuestros pecados." i/)
i No es una promesa consoladora
para nüestra salvación tener por in-
tercesor al mismo Hijo de, Dios, juez
de vivos y de muertos?
Mas, i cuándo y dónde desempena
Jesucristo esta misión? La Iglesia nos
ensena que no es solamente en el cielo,
sino también en la tierra.
Véase la doctrina de Suárez: “ Siem-
pre que se ofrece el santo sacrifício,
Jesucristo ora por quien lo ofrece y por
aquellos á cuya intención se ofrece. “
Acerca dei modo como oraba Jesus
dice San Lorenzo Justiniano: “ Todo el
tiempo que dura la inmolación de
Cristo en el altar, clama Cristo á su
Padre y muéstrale sus sagradas llagas
para librar al pecador de la condena-
ción eterna." (^)
Manifestónos también San Lucas el
ceio dei Sagrado Corazón por salvar-
( 1 ) I. Joan. II, 1>2.
(2) ScrmoD de corp- Cbristi-
1Õ4 Capitulo VII
nos, al decir; “Se retiró á orar en un
monte, y pasó toda la noche haciendo
oración á Dios.“ (')
En otro lugar: “ Estaba Jesús entre
día enseSando en el templo y saliendo
de la ciudad á la noche, la pasaba en
el monte llamado de los 01ivos.“ (-) Y
también : “ Y se fué, según costumbre,
hacia al monte de los Olivos para
orar. “ (®)
Lo cual equivale á decir claramente
que Jesús tenía la costumbre de pasar
la noche en oración y que su vida fué
una oración contínua. Orando vino al
mundo: con oraciones acompafíaba cada
una de sus acciones durante su pere-
grinación; la suprema oración dei gran
sacerdote por e.vcclcncia fué el adiós
á sus apóstoles en la tarde de esta
santa vida; interccdic rezando por sus
enemigos pendiente de la cruz y cuando
comprendió que se acercaba el instante
de volver al Padre, levantando su mano
sobre sus discípulos para darles su
(l) Luc. VI, 12.
(2; I.uc. XXI, .17.
(3) Luc. XXII, 39.
CriSto renucva su oración 155
postrera bendición, y sefialando los cie-
los donde continúa su corazón interce-
diendo por el humano linaje
En là santa Misa Jesús repite á su’
Padre todas estas oraciones reunidas,
porque le ensefla las llagas con las ge¬
midos que las acompafiaban, enumera
las noches pasadas en ayunos y ora¬
ciones y ofrece todos estos méritos
para la salvación dei mundo y parti¬
cularmente para cada uno de los que
asisten á la Misa.
i Oh, Dios mío! j Qué oración tan
eficaz! Cual el aroma dei incienso se
eleva hacia el Padre celestial, hasta el
trono de la Santísima Trinidad. Jesu-
cristo no se concreta en orar, sino que
se sacrifica también por la salvación
dei hombre.
Así es como Santa Gertrudis ex¬
plica este mistério: “ Ví durante la
elevación á Jesús alzar con sus pro-
pios manos á su dulcísimo corazón en
forma de cáliz y presentarlo á su Pa¬
dre. Inmolósc entonces por la Iglesia
por modo incomprensible á las criatu-
156
Capítulo VII
ras.“ Confirmó esto Jesucristo con las
palabras siguientes dirigidas á santa
Matilde: “ Sólo yo sé y ccrmprendo
perfectamente cl modo cómo me ofrezco
cada día á mi Padre por la salvación
de los fieles. Ni los mismos querubi-
nes y seraflnes, ni potestad alguna dei
cielo son capaces de concebirlo tal
como es.“ (‘)
Fijémonos en que Nuestro Seõor
no se ofrece en el altar con la majes-
tad de que aparece en el cielo reves¬
tido, sino con una humildad incompa-
rable. Del abismo de esta humildad se
eleva su voz tan poderosa al cielo que
hiende el espacio, atraviesa la región
de las nubes y llega al trono de la
misericórdia.
Guando el rey de Nínive se enteró
de los castigos que amenazaban á la
ciudad en el plazo de cuarenta dias,
bajó de su trono, trocó sus vestiduras
reales en trajes de luto, se cubrió de
ceniza la cabeza y ordenó que todo el
(1) Lib. II, cap XXXL
Cristo renueva su oracjón 157
pueblo implorase la divina misericór¬
dia. Con esta humildad y penitencia
obtuvo el rey pagano el perdón para
sí y parb su ciudad culpable.
i Qué no obtendrá Jesucristo, quien
se humilla mucho más en la santa
Misa, donde abandonando el trono de
su gloria se reviste de las pobres apa-
riencias de pan y vino y ruega al Dios
de las misericórdias. “ Perdón y gracia
por mi pueblo! Oh Padre, mira mi aba-
timiento, héme delante de tí, no como
un hombrc, sino semejante á un gu¬
sano de la tierra." (')
Llenos de orgullo se han rebelado
contrà tí los pecadores, yo en cambio,
humíllome delante de tí; te han irri¬
tado con sus injurias, yo aspiro áapa-
ciguarte con mi humillación; atrajeron
sobre sus cabczas tu venganza, yo quiero
dctenerla á fuerza de súplicas. Compa-
décete de ellos, oh Padre, por mi amor
y no les castigues según son sus crí-
menes. No les entregues á Satanás;
(1) Ps XXI, 7.
158
Capítulo VII
son mios; los he comprado con mi
sangre. Oh Padre santo! especialmente
imploro tu misericórdia por los peca¬
dores que se hallan presentes y por los
cuales renuevo, durante la .\lisa, mi
vida y mi muerte. Ojalá que en vir-
tud de mi sangre y de mi muerte les
preserves de la muerte eterna.
i Oh, Jesús adorable ! ; Hasta dónde
os lleva el amor bacia nucstras almas!
I Cómo corresponderemos dignamente á
él sino asistiendo con fervor al santo
sacrifício? Guando el Salvador pendia
de la cruz cncomcndó á su Padre á
cuantos estaban al pié de ella, aplicán-
doles de un modo especial los frutos
de su pasión.
En la santa Misa ora de igual mo¬
do por los oyentes recomendando con
más efícacia á aquellos que mcditan
profundamente los santos mistérios.
Ruega por ellos con tal fervor como
lo hizo en los ültimos momentos de su
vida interccdiendo por sus enemigos.
i Qué oración más eficaz! ; Cuánto
nos alicnta y nos hacc presumir la bie-
Cristo renueva su oración
159
naventuranza eterna ver al mismo Hijo
de Dios tomar en sus manos los inte-
rcses de nuestra salvación!
Si la Santísima Virgen- se te apa-
reciere y te dijese:
— Hijo mío, no temas; yo te pro¬
meto encargarme de tus intereses, no
cesaré de rogar por ti á mi Hijo hasta
que me haya asegurado tu felicidad
eterna.
ifNo es verdad que enajenada tu alma
de alegria exclamarias;
[Que consuelo, qué halagüeSa pro-
mcsa! No dudo ya de que está ascgu-
rada mi salvación?
Áhora bicn; si tan gran confianza
tcnemos en la intercesión de Maria,
ípor qué esta confianza no es abso¬
luta cuando se trata de la intercesión
de su divino Hijo quien no sólo nos
promete su auxilio sino que ora por
nosotros en todas las Misas que oimos,
que apacigua la cólera y suaviza la
justicia de Dios, apartando de nosotros
cl castigo merecido? Y hay que tener
en cuenta además que El no ora solo.
160 Capítulo VII
sino que con El interceden, como se
ha dicho ya, sus lágrimas, sus llagas,
su sangre, todos los latidos de su co-
razón, las expansiones todas de su alma,
íEs posible apreciar el efecto de estas
súplicas en el corazón dei Padre celes¬
tial?
Nos quejamos á menudo de nuestra
falta de fervor en nuestra oraciones.
Acudamos á la santa Misa que Jesu-
cristo rezará por nosotros, supliendo la
imperfección de nuestras súplicas. Oiga-
mos cuán afectuosamcnte nos convida:
“ Venid á mí todos los que andáis ago-
biados con trabajos y cargas, que yo os
aliviaré.“ (‘)
Es decir, venid á mí todos los que
no podéis orar devotamente y Yo oraré
por vosotros. i Por qué, alma distraída
y cansada, no aceptas tal invitación?
iPor qué no açudes á la santa Misa?
En nuestras penas y tribulaciones
acudimos á nuestros amigos en busca
de consuelo y oraciones. i Qué vale la
(i; Mateo, XI, 28 .
Cristo renue\'a su oración 161
oración de los hombres comparada con
la de Jesucristo?
Si nuestra desconfianza es extre¬
mada, cl peligro de perdemos es inmi-
nente y dices á Jesüs: “iSenor, quién
podrá salvarse?" él te responde: ‘‘Lo
que cs imposible á los hombres es fá¬
cil á Dios.“ (*)
Acudamos, pues, á este Dios salva¬
dor que ambiciona asegurarnos un re¬
fugio en casa de su Padre.
íPero, cómo, dicen algunos, un mi-
serable pecador se atreverá á implorar
las oraciones dei Hijo de Dios? Soy
indigiu) de ellas, no ambicionò tal mer-
ced, no me atrevo.
No obstante tengamos presente que
uno sólo de nuestros suspiros nos da
dcrecho á disponer de su corazón. .^sí
lo afirma San Pablo: “ Pues no es tal
nuestro Pontífice que sca incapaz de
compadecerse de nuestras misérias....
porque todo Pontífice entresacado de
los hombres, es puesto para benejicio
(1) Lucas, V. 25*26; Marcos, X, 26.
8096
6
162
Capítulo V'II
de los hombres, en lo que mira al culto
da Dios, á fin de que ofrezca dones y
sacrifícios por los pecados.“l‘)
Jesucristo es pontífice y ejerce su
sacerdócio en la santa Misa; su misión
estriba, pues, en orar por el pueblo y
ofrecer por él el sacrifício. Y no tan sólo
lo ofrcce por todos en general sino
para cada uno en particular, de la
misma suerte que sufrió por todos y
cada uno, y se intcresa por cada alma
como si esta fuese la única que ha de
salvar.
De esta manera comprenderemos el
poder de la oracion de Jesús en el al¬
tar; agreguemos á él nuestras pobres
súplicas y adquirirán un valor inmen-
so. “Las oraciones que se hacen du¬
rante el sacrifício de la Misa, dice Tor-
ner, tienen mayor fuerza que las que
se hacen fuera de ella por más que
duren y por éxtasis que se tengan. La
razón se toma de la Pasion > muerte
dei Senor que demuestran su eficacia
(1) Hebreos, IV, l5i V, l.
Cristo renucva su oración 163
cn la Misa en los innumerables frutos
y gracias que producen. Porque à la
manera que la cabeza es más digna
que todos los demás miembros dei
cuerpo, así la oración de Jesucristo
que es nuestra cabeza, excede en digni-
dad y poder á la de todos los cristianos
que sólo son miembros místicos de su
cuerpo.“ (')
Tal como una moneda de cobre
aumenta de precio al mezclarse con el
oro fundido, así la pobre oración dei
hombre al unirse á la dei Salvador ad-
quiere una superior nobleza y puede
ofrecerse como un dón agradable á la
divina majestad. Una oración imperfecta
hccha en la santa Misa vale más que
una súplica fervorosa hecha cn casa.
Así, pues, los que pudiendo asistir
á la santa Misa pretíeren á ello otros
ejercicios de piedad, se perjudican mu-
cho, porque al alejarse dei sacriíicio
y de la oración dei Salvador se privan
de infinidad de gracias y méritos.
(1) “ Ia miser. “ Cone. 63, n. lO.
CAPÍTULO VIII.
Jesucristo renueva su Pasión
en la santa Hisa.
Entre los mistérios dei SefSor no
hay otro más útil y que sea más dig¬
no de reconocimicnto y veneración
que su Pasión dolorosa por la cual
fuimos redimidos. Los santos Padres
no se cansan de decir de cila cosas
sublimes y prometen de parte de Dios
una gran recompensa á las almas que
con fervor la meditan.
Hay muchas maneras dehonrarde-
bidamente la Pasión; sin embargo nin-
guna hay más perfecta que la piadosa
y reverente asistencia á la santa Misa
ya que en el altar se renueva la Pasión
y muerte dei Salvador.
En efecto ; en la Misa todo reeuerda,
todo simboliza la Pasión; la Cruz re¬
mata cl altar; esta senal dei cristiano
está marcada cinco veces en la piedra
sagrada, impresa en la Hóstia, dibu-
jada en el misal, en la página que pre¬
cede al Canon, bordada en el amito, cl
Crislo renueva su Pasión 165
manipulo, la estola, la casulla y gra-
baJa en la patena y en el cáliz. La
hace el sacerdote diez y seis veces so¬
bre sí mismo y veintinueve veces so¬
bre la ofrenda.
Todo ello son otros tantos indicios de
la renovación dei sacrifício de la Cruz.
§ 1. De Qué manera renueva Jesús
su Pasión.
Aunque Nuestro Sefíor Jesucristo
dijo en la última Cena: “ Haced esto
en memória mía“(')el sacrifício dela
Misa no es una simple memória, sino
una renovación de la Pasión, según lo
ensefia la Iglesia: “ Si alguien di jere
que el sacrifício de la Vlisa es única¬
mente el recuerdo de un sacrifício con¬
sumado en la cruz, sea anatema.‘‘ (-)
V en otra parte: “ En el divino sacri¬
fício, hállase presente y es inmolado
por modo no cruento el mismo Cristo
que se ofrcció una sola vez por modo
cruento en el altar de la cruz.“ (®)
( 1 ) Luc. XXII, 19. (2; TríJ. ses. XXII, cap. 3.
(3) Trid. scs. XXII, cap. 2 .
166
Capítulo \ III
Pucstoquc estamos obligados ácreer
todo lo que la santa madre Iglesia nos
ensena, debicra bastar este testimonio;
pero la misma Iglesia nos diceademás:
“La víctima que se ofrece por minis¬
tério dei sacerdote, es la misma que
se ofreció un día en la cruz: única¬
mente difiere en el modo de ser ofre-
cida.“
Sobre la cruz Jesucristo fué in-
molado de una manera cruenta por las
manos sacrílegas dei verdugo; en el
altar se inmola de una manera mística
por ministério dei sacerdote.
La Iglesia emplea amenudo en la
Misa la palabra immolare, inmolar, y
San Agustín se sirve igualmente de
ella: “Jesucristo fué inmolado una vez
por modo sangriento en la cruz y ahora
es inmolado cada día sacramentalmente
por la salvación dei pueblo.“ (*)
Esta expresión es importante, por¬
que se la encuentra más de cien veces
en la Sagrada Biblia para designar la
(IJ Epist. 98 ad BoniL
Cristo renueva su Pasión
167
oblación de los animales. Si la Iglesia
la usa en la santa Misa es porque quiere
indicar que el santo sacrifício no con¬
siste solamente en la pronunciación de
las palabias de la consagración ni en
la elevación de las especies sacramen-
tales, sino en la inmolación verdadera,
por más que mística dei divino Cor-
dero.
“ La Pasión de Cristo es el mismo
sacrifício que ofrecemos “ dice San
Cipriano. (')
Ycon otras palabras: “Al celebrarse
la santa. Misa se renuevan todas las
escenas de la Pasión de Cristo. “ San
Gregorio aún es más explícito: “ El
que ha resucitado de entre los muertos,
no puede morir ya; padece, no obs¬
tante por nosotros, de una manera mis¬
teriosa en el santo sacrifício de la
Misa.“ (■■')
Ni es menos claro Teodoreto: " El
sacrifício que ofrecemos es el de la
cruz,“ (’)
(1) Epist. 63 ad Cone. (2) Homíl. 137,
(3) In Haebr. c. VIU.
168
Capítulo VIII
Muchísimos otros testimonios po-
dríamos aducir, pero concretémonos
para abreviar, con el de la Iglesia in-
falible que ora de esta suerte en la Se¬
creta dei IX domingo después de Pen-
tecostés: “ Goncédenos, Sefíor, te su¬
plicamos celebrar dignamente este mis¬
tério, para que con la frecuencia que
SC celebra, se cumpla la obra de nues-
tra redención.“
Un ejemplo nos aclarará este im-
portantísimo punto.
Amerumno, príncipe de los sarra¬
cenos, envió en cierta oeasiún su her-
mano á AmpelOn, en Siria, donde había
una iglesia dedicada á San Jorje. Guan¬
do cl sarraceno divisó aquel templo
dijo á sus criados:
— Entrad ahi nuestros camellos y
poned el forraje en el altar.
Los criados se apresuraron á obe¬
decer, pero los sacerdotes apostrofaron
al príncipe;
— Guardaos, seSor, de obrar de
esta manera; esta casa es un templo
de Dios y no se debe profanar.
Cristo renueva su Pasiôn
169
El príncipe se empeiló en hacer en¬
trar cuando menos los animales, los
que cayeron muertos al instante. Asus-
tado entonces hizo apartar los cadá¬
veres.
El templo estaba lleno de gente por
ser día de fiesta y la hora en que de-
bía celebrarse la santa Misa. El sacer¬
dote salió al altar no sin cierto sobre-
salto; temia alguna irreverencia al San-
tísimo Sacramento por parte dei sarra¬
ceno.
Estç, para mejor presenciar las ce-
remonias cristianas, habíase colocado
lo máâ cerca dei altar y en el mo¬
mento en que el sacerdote, siguiendo el
rito griego, dividió el pan consagrado
en cuatro partes, con un cuchillo, vió
á un infantito cuya sangre caía en el
cáliz.
Este espectáculo le irritó de tal
suerte que habría asesinado al sacerdote
si el deseo de ver lo que sucedería
luego, no le hubiese contenido. En la
Comunión vió cómo todos los que se
8096
6*
170
Capitulo Vin
acercaban á la santa Misa comían la
carne dcl nino.
— Los cristianos son unos bárba¬
ros — se dijo el sarraceno — porque
sacrifican un niiio á su Dios y comen
su carne, como los animales salvajes;
pero yo castigaré con mi propia mano
la muerte de esta inocente criatura pa-
sando á cuchillo ã todos estos feroces
antropófagos.
Después de Ia Misa, el sacerdote
bendijo el pan, lo distribuyó entre el
pueblo y dió un pedazo de él al sarra¬
ceno.
— ; Qué es esto? — preguntó este
en árabe.
— Es pan bendito — se le respon-
dió.
Entonoes el príncipe repuso enco¬
lerizado:
— [Panl Ya sé lo que es este pan.
i\o te he visto, asesino feroz, perro
cristiano, sacrificar á un hermoso nião?
í No te he visto inmolarlo en el altar
y caer su sangre en cl cáliz ? ; Hombre
impío, cruel, impuro! j Con mis pro-
Cristo renueva su Pasiún
171
pios ojos te he visto comer Ia carne
de esta criatura, beber su sangre y re¬
partiria entre los otros!
Estupefacto el sacerdote contestó:
— Sciior, yo soy indigno de con¬
templar tan sublimes mistérios, pero
ya que tú los has visto te creo grande
ante Dios.
— iKo es esto loque ví? — preguntó
el sarraceno.
— Ciertamente — repuso el sacer¬
dote — pero yo no veo este mistério
excelso porque soy un pobre pecador,
y por eso yo no diviso más que el
pan y el vino que consagramos y des-
pués de la consagracion es el cuerpo
y sangre de Nuestro Senor Jesucristo.
Estas palabras impresionaron de
tal manera al príncipe que apartándose
de su gente y de los fieles con el sa¬
cerdote le cogió de una mano y ex-
clamó:
— Comprendo que la religíón cris-
tiana es grande y os suplico, Padre,
que me recibáis en el número dc los
creyentes y me bauticcis.
172 Capítulo VI [I
Mas el sacerdote lo rehusó con estas
palabras;
— Dispensadme, senor, pero no
puedo, porque si vuestro hermano lle-
gara á saberlo me mataria y destruiría
esta iglesia. No obstante si tanto anhe-
láis ser cristiano id á la montaria dei
Sinai donde encontraréis al obispo ;
contadle lo que babéis visto y él os
instruirá en nuestra santa religión.
El sarraceno se juntó con los su-
yos sin revelar su secreto; pero lle-
gada la noche, cuando todos dormían,
se fué en busca dei sacerdote, troco
sus pomposos vestidos con el sayal
dei peregrino, y aleccionado por aquél
emprendió el camino dei monte Sinai.
Llegado cerca dcl Obispo contólc
la causa dei viaje y de su conversión
y el prelado le hizo instruir y bautizar
con el nombre de Pacomio.
Ingresó después en la AÚda reli¬
giosa y luego de haberse entregado du¬
rante tres aiios á toda clase de peni¬
tencias, obtuvo permiso para volver al
lado de sus padres con la esperanza
Cristo renueva su Pasión
173
de convertirlos, lo que no pudo con¬
seguir, obteniendo en cambio lagracia
de ser apedreado y alcanzar la palma
dei martirio.
Este milagro puede darnos una idea
de la presencia y de la inmolación real
de Jesucristo en la Misa. La visión dei
príncipe tuvo por objeto llevar esta
alma á la investigación de la verdad y
después á su eficaz conversión.
Dios permitió así mismo este mila¬
gro para nuestra propia instrucción y
con el fin de fortalecer nuestra fé.
Es cierto que Jesucristo no se in-
mola fisicamente en la santa Misa, pero
preséntáse á toda la corte celestial bajo
la forma lastimosa que tenía en la fia-
gelación, la coronación de espinas, la
crucifixión, y ello con tal viveza como
si efcctivamente sufriera todos estos
tormentos.
Sobre este punto dice Marchant:
“ La Misa no es sólo la represcntación
de la Pasión sino una repctición mís¬
tica, aunque no cruenta. Si el Cordero
de Dios cargo un día con los pecados
174
Capítulo Vm
dcl mundo para borrarlos con su san¬
gre, también todos los dias toma como
suyos nuestros pecados, para satisfa-
cer por ellos en el altar. “
§ 2. Motivos por los cuales Jesucristo
renueva su Paslón en la santa Mlsa.
Explicado ya cómo Jesucristo re¬
nueva su Pasión en el santo sacrifício,
veamos ahora los motivos que le obli-
gan á ello.
El piadoso Padre Segneri dice:
“Durante su vida mortal, Cristo, en
virtud de su presciência divina veia á
millares de hombres que se condena-
rían á pesar de su dolorosa Pasión.
Mas de tal manera, como verdadero
hermano amó la salvación de las al¬
mas y tanto se compadeció de su pér-
dida eterna que propuso á su Padre
permanecer pendiente de la cruz, no
ya trcs horas, sino hasta al fin dcl
mundo, para que con tan prolongado
tormento, con sus incesantes lágrimas,
con el derramamiento de su sangre,
Cristo renueva su Pasión 175
con sus fervorosas súplicas y gemidos,
apaciguara á la divina justicia, la mo-
viera á compasión y hallara así un
medio eficaz para impedir la pérdida
de tan gran muchcdumbrc de almas.“ (*)
San Buenaventura, el Beato Avila y
otros citan también esta súplica dcl
misericordiosísimo Jesús.
El Padre Eterno no satisfizo los
deseos de su Hijo, pues respondió que
tres horas de parecidos sufrimientos
bastábanle ya, y que el que no quisere
aprovecharse de la Pasión no podría
culpar á nadie más que á sí mismo de
su condenación eterna.
Semejante negativa no amortiguó el
amor dei Salvador quien al contrario
se inflamó aun más y le arrastró á un
anhelo vivísimo de acudir en socorro
de los míseros pecadores. Entonces fué
cuando ideó un medio de quedarse en
la tierra después de su mucrte, de con¬
tinuar su Pasión y de interceder ante
Dios por la salvación nuestra, tal como
lo hizo pendiente de la cruz.
(1) Hom. Christ. Disc 12 .
176 Capítulo VIII
Este medio es el santo sacrifício de
la Misa.
Cuéntase en la vida de Santa Co¬
leta que ésta oía diariamente la Misa
con devoción angelical.
Una vez, en la de su confesor y
en el acto de la consagración, exclamó
en voz alta;
— i Dios mío, Jesús, Jesus, ángeles
santos y pecadores, mirad y escuchad
la maravilla de las maravillas!
Estas exclamaciones, repetidas va¬
rias vcces, conmovieron á los fíeles.
Después de la Misa preguntóle su con¬
fesor la causa de sus exclamaciones y
la santa contestó;
— He visto y escuchado cosas tan
maravillosas que si vos hubieseis es¬
tado en mi lugar habríais gritado con
más fuerza aün.
— iQué habéis visto?
— Por más que estos prodigios
sean tan elevados y sublimes que no
pueda la criatura hablar de ellos in¬
tentará no obstante deciros algo. Guan¬
do babéis levantado el Santísimo Sa-
Cristo renueva su Pasión 177
cramento he visto á Cristo pendiente
de la cruz; de sus llagas abiertas ma-
naba su preciosa sangre y le he oído
rogar á su Padre de esta manera:
— Ved, Padre, como fui suspendido
de la cruz y en qué forma sufrl por
el mundo: ved mis llagas y mi sangre
derramada; considerad mi Pasión y mi
muerte. Lo aguanto todo, lo sufro todo
para salvar á los pobres pecadores y
he aqui que Vos queréis abandonados
á Satanás. ^Quién me indemnizará de
mis tormentos y de mi aciaga muerte?
Los pecadores que se condenan no ten-
drán para mi reconocimiento alguno,
antes al contrario, me maldecirán eter¬
namente, cn tanto que si se salvan me
bendecirán. Os pido, oh Padre, por mi
amor, que les perdonéis y les preser-
véis dei fuego eterno.
San Lorenzo Justiniano habló asi
de la constante oración de Jesús.
“ Guando se ofrece á Jesucristo en
el altar clama á su Padre, ensefiándole
sus llagas á fin de que se digne pre-
178 Capítulo VIII
servar á los hombres de las penas eter¬
nas." (\)
c Quién será capaz de apreciar jus-
tamente la efícacia de esta oración
que sube dircctamente dei altar al co-
razón dei Padre celestial ? jCuántasve-
ces habrían perecido los pueblos si
Nuestro Seilor no hubiese orado por
ellos ! ; Cuántos millares de bienaven-
turados estarían retorciéndose en las
llamas dei fucgo infernal á no haberlos
protegido Jesucristo con su omnipo¬
tente intercesión!
Pues bien, pecadores, acuJid á la
santa Misa á fin de haceros partícipes
de los efectos de esta oración, preser¬
vares de todo mal y obtener por Jesu¬
cristo todo aquello que vosotros solos
no podríais alcanzar Jamás.
Por consiguiente, el principal mo¬
tivo por el cual renueva Nuestro Se-
fíor su Pasión en la santa Misa es para
orar por nosotros 6 inclinar á su Pa¬
dre á la misericórdia de un modo tan
(1) bcrm. de corpore ChrlstL
Cristo renueva su Pasión 179
eficaz como lo hizo en la cruz. Pero
Jesús por medio de la santa Misa quie-
re al propio tiempo aplicamos los mé¬
ritos dei sacrifleio dc la cruz.
Recordemos que el Salvador, du¬
rante su vida y principalmente en sus
últimas horas de agonia adquirió un
tesoro infinito dc méritos, que en aquel
cntonces no repartió más que entre un
limitado número de ficles, pero que
ahora los reparte profusamente por di¬
ferentes conductos y sobre todo en la
santa Misa : “ Lo que fué en la cruz un
sacrificiode Redención, escribe un maes¬
tro de la- vida espiritual, es en la Misa
un sacrifício de propiciación merced
al cual todos participan de los méri¬
tos y de la virtud dei sacrifício dc la
cruz.“ (*)
?>n otros términos; si asistimos pia-
dosamente al santo sacrifício, la virtud,
los méritos de la Pasión serán aprn-
piados á cada uno de nosotros scgún
nuestras propias disposiciones.
(1) S. Juan Dantabceoo. Paedag. Cbrístí, II, 8.
180
Capítulo VIII
íY por qué motivos pone Jcsucri-
sto en poder nuestro tan precioso te-
soro? Oigamos lo que dijo á santa Ma¬
tilde : “ Mira, te ofrezeo todas las amar¬
guras de mi Pasión, para que te las
hagas tuyas y me las ofrezeas en re¬
torno." Por consiguiente si tú dices:
“ Oh Jesús, os ofrezeo vuestra dolo¬
rosa Pasión Jesús te responderá;
“ Hijo mío, yo doblo su valor. “ Y si
prosigues: “ Oh Jesús, os ofrezeo vues¬
tra sangre El te responderá : “ En
cambio yo, hijo mío, te lavo con ella
dos veces.“
En suma, siempre que ofrezeas al
Seiíor algún padecimiento suyo, reci-
birás el valor duplicado. iQué medio tan
fácil para enriquecemos con las más
preciosas gracias!
Otro motivo de renovacion de la
Pasión es el siguiente. No todos los
fieles pudieron asistir al sacrifício de
la cruz; el Salvador no quiso dejarles
sin tan gran beneficio y he aqui por¬
que se recogen de la Misa los mismos
frutos de la cruz.
Cristo renueva su Pasión
181
Es lo que dice Biel en estas pala-
bras: “Ved cuán grande es nuestro sa¬
crifício que no sólo es un memorial
dei sacrifício excelente, perfecto y único
de la cruz, sino es este mismo sacri¬
fício T produce los mismos frutos.
Enscãa el P. Molina que “Jesus ha
mandado que la Iglesia ofrezca siem-
pre el mismo sacrifício que fué ofrecido
en la cruz, idêntico en la esencia aun-
que diferente en el modo, porque aun
cuando no hay en aquél derramamiento
de sangre, en cuanto á la abundancia
de gracias es el mismo; porque siendo
idêntico al sacrifício de la cruz, tiene
la misma virtud que éste y es tan agra-
dable al Padre Eterno como el sacri¬
fício sangriento dei Calvario.“
Y esto confirma la misma Iglesia
diciendo: “ El sacrifício de la Misa y
el de la cruz, son el mismo sacrifí¬
cio. “
Después de cuanto llevamos expues-
to no cabc dudar de que con nuestra
asistencia á la santa Misa nos hacemos
agradables á Nuestro Sefior y sacamos
182
Capítulo IX
tanto provecho como si hubiéremos pre¬
senciado su crucifixión.
; Qué inmcnso beneficio, qué gra-
cias cosecharíamos si todos los dias
pudieremos asistir á la Pasión y reco-
ger sus frutos! ; Qué honra para noso-
tros si nos fuerc dado cstrechar entre
nuestros brazos la cruz dei Salvador
moribundo, confiarlc nuestras penas, oir
de sus lábios palabras de consuelo, tal
como lo hizo la Madre Dolorosa, el
discípulo amadísimo y la Magdalena!
i Ah, cristianos ! Aprovechémonos
diariamente dei santo sacrifício dei al¬
tar y tributemos gracias por cllo á Je-
süs, que es el divino celador de nues¬
tras almas.
CAPÍTULO IX
Jesús renueva su muerte
en la santa Misa
“ Nadic ticne amor más grande que
el que da su vida por sus amigos.“ (')
( 1 ) Juan, XV, 13.
Cristo renucva su muerte 183
Estas son las palabras que pronun-
ció Nuestro Senor algunas horas antes
dei cumplimicnto de las mismas. Siendo
en efecto la vida y el alma los bie-
nes más preciosos dei hombre el dar-
los por alguien cs el mayor acto de
generosidad posible.
El amor de Jcsucristo ha ido aún
incomparablcmcntc más lejos ya que
dió su vida, la más noble y santa que
haya existido, no tan sólo por sus ami¬
gos sino por sus peores y más irre-
conciliablcs adversários.
Y aBadió: “ Yo doy la vida por mis
ovejas." (•^)
Nótese que no dice daré mi vida ó
he dado mi vida, sino la doy, lo que
significa que está dándola continua¬
mente.
Este sacrifício, este holocausto, tiene
lugar diariamente en la santa Misa;
veamos de qué manera.
Entre los antiguos e.\istía la cos-
tumbre de representar la Pasión por
( 1 ) Juan, X, 15.
184
Capitulo IX
medio de un drama. (*) En algunos lu¬
gares principalmente en Oberammergau
se consenta esta costumbre, que atrae
miUares de espectadores de todas las
partes dei mundo. Atan á un joven á
una cruz y permanece éste en ella has¬
ta que figura que muere después de
espantosos sufrimientos; y lo repre¬
senta con tal naturalidad que no pocas
veces los espectadores se deshacen en
lágrimas.
Por más que hemos comparado Ia
santa Misa con un drama, allí nadie
desempena el papel de Jesucristo mo¬
ribundo pues es el mismo Sefíor el in-
molado, el cual no quiso confiar el
cumplimiento de este sacrificio ni á
ángel ni á santo alguno, por conside¬
rarias indignos de sustituirle, ya que
no habían interesado ni conmovido el
(i) En Espafla, y en Catalufla ei»pecialincD(c, se re*
presenta auo en el teatro la Pasión dei SeSor, durante
los dias de Cuaresma, en particular en la Semana Santa;
pero Ul espectáculo va cayendo hoy en desii-soí contrl-
buycndo á ello el haber condenodo los Prelados dlchas
representaclones por las Irreverências & que daban lu*
gar. l*otn dtl inijHvtor,
Cristo renueva su muerte 185
corazón dei Padre celestial. Por este
motivo renueva en cada Misa su dolo-
rosísima muerte tal como tuvo lugar en
el Calvario.
Permítasenos demostrarlo por me¬
dio de un ejemplo referido por César
de Heisterbach.
Vivia en Frisia un cura llamado
Adolfo de Dieveren el eual tenía vivos
dcscos de ver la sagrada humanidad
de Cristo en la santa Misa, porque su
espíritu estaba combatido por constan¬
tes dudas.
Celebrando un dia los divinos mis¬
térios al llegar al A^nus Dei y pre¬
tender partir la Hóstia contemplo en¬
tre sus manos á un hermoso nino con
la sonrisa en los lábios.
Profundamente asustado en un prin¬
cipio, contemplo después al tierno in¬
fante con alegria.
Mas teniendo después la curiosidad
de ver lo que había en la parte opues-
ta de la Hóstia se encontró con Cris¬
to clavado en cruz, con la cabeza in-
1R6 Capitulo IX
clinada sobre cl pecho, próximo á ex¬
pirar.
P21 sacerdote movido á compasión
sintióse desconcertado y lloró copiosa¬
mente. Largo rato permaneció visible
el espectáculo de la muerte dei Salva¬
dor y aquél dudó si debía interrumpir ó
continuar la santa Misa.
Los íieles, impresionados, llamaron
la atcnción dei cura. Al fln desapareció
la visión y al tomar la Hóstia su forma
ordinaria el sacerdote concluyó la
Misa.
Pero sucedió que queriendo los fie-
les indagar el motivo de la larga in-
terrupción y la causa de tantas lágri-
grimas subió el pastor al púlpito para
complacerles. Estaba tan conmovido,
era su voz tan entrecortada por los
suspiros y sollozos, que nadie enten¬
dia una palabra.
Rctiróse después, pasó algunos dias
llorando sus pecados y meditando la
Pasión de Jesucristo y seguidamente
explicó sus visiones á muchas personas
piadosas.
Cristo renueva su muerte
187
Estas apariciones sirv’en para hacer-
nos comprender la manera cómo el
Salvador representa su muerte ante el
Padre, ante el Epíritu Santo y la corte
celestial, recordándoles por ella el
grande amor que le ha Uevado al ex¬
tremo de entregar su vida para la sal-
vacíón de la humanídad.
i Ah, si recibiésemos el mismo fa¬
vor de Adolfo de Dieveren! ; Si nos
fuere dado contemplar en la santa Hós¬
tia á Jesüs moribundo, con qué em-
peflo asistiríamos á Misa! ; con cuánta
piedad iríamos siguiendo cada una de
sus partes!
Pero si no lo vemos con los ojos
corporales, en cambio los ojos de la
fe nos lo descubren con toda certeza.
Además, con ob jeto de fortalecer nues-
tra fe, Jesucristo dió á la santa Misa
ciertos datos y seilales manifiestas de
su muerte, como vamos á exponerlo
seguidamente.
Al instituir en la última Cena el
Santísimo Sacramento no quiso hacerlo
ni por una sola vez ni bajo una sola
188
Capítulo IX
especie, sino que consagró dos veces
y bajo dos especies diversas. Lo hizo
de esta forma para recordamos y re¬
presentamos más vivamente sumuerte
por más que en la especie de pan tam-
bién la sangre está presente y el cucr-
po se halla en la especie dc vino. Pero
á pesar de ello, en virtud de la consa-
gración bajo dos especies y la eficacia
de las palabras sacramentales, el cuer-
po solo es apellidado bajo la especie
de pan y la sangre bajo la dei vino,
de manera que representan acertada-
mente la separación dc ambos, en lo
cual consiste la muerte, por más que
lo repetimos, por concomitância, el
cuerpo está también en la especie dei
vino y la sangre en la especie dei
pan.
Sobre este punto escribe Lanscicio:
“ Así como la muerte se verificó de re¬
sultas de separarse dei cuerpo la san¬
gre y así murió Cristo en la cruz, de
la misma manera en la Misa se nos
representa su muerte por medio de la
separación dei cuerpo y de la sangre.“
Cristo renueva su muerte
189
Al morir Jesucristo á la vista dei
Padre le da tcstimonio de la misma
pcrfecta obediência que al morir en la
cruz. Si había sido sumiso en todo,
nada Ic costú tanto á su naturaleza
humana como hacerse “ obediente y
obediente hasta la muerte y muerte de
cruz.“ (^)
Tal obediência fué tan agradable á
Dios que para recompensaria “ Dios le
ensalzü sobre todas las cosas y le dió
nombre superior á todo nombre.“(-)
Según hemos manifestado esta ab¬
soluta obediência Ia ofrece el Salvador
á su Padre durante la Misa y con ella
las sublimes virtudes en que se ejer-
citó durante las horas de su agonia:
su tiema inocência, su profunda hu-
mildad, su inalterable paciência, su ar-
diente caridad hacia su Padre celestial,
como también hacia sus propios ver¬
dugos, sus enemigos y los pecadores
todos.
Muestra también Jesús á su Padre
(1; iclip. II, 8.
(2) rjip. II, 9.
190
Capitulo IX
los acerbos dolores que sufrió cn la
cruz, su agonia horrorosa, sus miem-
bros dislocados, la lanzada que le atra-
vesó el corazón; todo lo cual lo re¬
presenta tan vivamente como si estu-
viesc aún en el Calvario. Y de la misma
manera que entonces había apaciguado
la ira de su Padre y le había reconci¬
liado con cl mundo, así también mueve
aún este corazón paternal en favor
nuestro en cada Misa y prosigue así
la obra de nuestra salvación.
Veamos, según los doctores, el va¬
lioso provecho que nos reporta esta
muerte mística.
San Gregorio dice: “ Este sacrifício
libra de la perdición etema al alma
renovando la muerte dei Hijo de Dios.“
Consoladoras palabras para los que
á la vista de sus pecados, temen el
infierno, porque el santo papa afirma
expresamente que la inmolación dei
Salvador tiene lugar místicamente en la
Misa, y proclama su cxcelencia para
preservamos de la muerte eterna, i Que¬
remos libramos dei infierno? Oígamos
Cristó renueva su muerte
191
debidamente la santa Misa, honremos
la muerte de Jesucristo y ofrezcámosla
al Dios Padre.
Según el sabio Mansi: “ La misa no
es simple memorial dei sacrifício cruen¬
to de la cruz, sino que, al ofrecerse
en ella la misma víctima que se ofre-
ció en el Calvario, el sacrifício mís¬
tico tienc el mismo valor que cl crucn-
to.“ (^)
El cardenal Hosio no es menos
consolador: “Aun cuando en la Misa
no inmolemos por segunda vez mate¬
rialmente á Jesucristo, no por esto de-
jan de aplicárscnos los méritos dc su
muerte como si tuviese lugar cn aquel
mismo momento.“ Y para que se cn-
tienda mejor prosigue el docto carde¬
nal: “ \o cabe duda de que cn este
mistério, la muerte de Cristo y los fru¬
tos de su muerte se hacen nuestros
como si Cristo realmcnte muriera.“ (^)
Rupcrto, abad dc Deutz, dice: “ Es
tanta verdad que Cristo puesto cn cruz
( 1 ) In very Eccl., lib 1 cap. VI
(2) Dc Kuch. c. 4L
192
Capítulo IX
alcanzó el pcrdón de los pecados de
todos los que habían esperado en su
advenimiento, desde los eomienzos dei
mundo, que, debajo de las especies de
pan y vino, nos alcanza la misma gra-
cia.“ (‘)
El padre Segneri se expresa en esta
forma al tratar de la presente maté¬
ria: “El sacrifício de la cruz ha sido
la causa general dei perdón de los pe¬
cados ; el sacrifício dei altar es la
causa particular que adjudica á éste ó
á aquél los efectos de la preciosísima
sangre. La Pasión y la Muertc de Cris¬
to han atesorado las gracias que se
reparten en la Misa. La Muerte de Cris¬
to es la caja de caudales y la Misa
la llave para abrirla.“ (-)
i Ojalá los citados textos sean sufi¬
cientes á animar á los que distrutan de
escasos méritos y á llegar al corazón
de Jcsús por la asistcncia á la santa
Misa.
La santa Virgcn dijo un día á su
(1) In Joann. c. 2.
i2) Homili. Crist. Discur. XII, c. 9,
Cristo renucva su muerte
193
fiel servidor Alain; “ En tan alto grado
quiere mi hijo á los que asisten á Misa
que si fuese menester, moriría nueva-
mente por eUos cada vez que la
oyen.“(‘)
Palabras apenas crcíbles, y no obs¬
tante en ellas se manifiesta el amor in¬
finito que obliga á Nuestro Senor á
morir diariamente, no una sola vez sino
millares de veces, por los pobres pe¬
cadores.
Asistamos, pues, cada día á Misa
con toda la devoción posible, figurán-
donos que acompaiíamos á Jesús á mo¬
rir en el Gólgota: “ Porque, dice la
Imitación, cuando celebras el santo sa¬
crifício ó asistes á él, débete parecer
tan grande, tan nuevo, tan digno de
amor, como si en aquel mismo día,
Jesucristo pendiente de la cruz, pnde-
ciere y muriere por la salvación de los
hombres.“ (-)
(1) Part. II. c. V’U, o. 2^
(2) Imit Líb. IV, c. 2.
6096
CAPITULO X.
En la santa Misa
Jesucrlsto renueva la efusión
de su sangre.
“ Moisés, despucs que hubo leído
todos los mandamientos de la Ley al
pueblo, tomando de la sangre de los
novillos y de los machos de cabrío,
mezclada con agua, lana teíiida de car-
mesí y de ^rana, y el hisopo, rocio al
mismo libro de la Ley, y lambién á
todo el pueblo, diciendo: Esta es la
sangre que scrrird de sello dcl testa¬
mento que Dios os ha ordenado d he-
cho en favor vuestro. Y asimismo ro-
ció con sangre el tabernáculo y todos
los vasos dei ministério. Y según la
Ley casi todas las cosas se purifican
con sangre, y „sin derramamiento de
sangre no se hace la remisión." (‘)
Esta efusión de la sangre de las
victimas era una imagen de la sangre
de Nuestro Sefíor, en la cual debíamos
La sangre de Cristo
195
ser purificados como en un bafio, se-
gún San Pablo lo manifiesta: “Si la
sangre de los machos de cabrío y de
los toros y la ceniza de la temera sa¬
crificada esparcida sobre los inmundos
los santifica en orden á la purificación
le^al de la carne, cuánto más la san¬
gre de Cristo, el cual por impulso de
el Espíritu Santo se ofrece á sl mismo
inmaculado á Dios, limpiará nuestras
conciencias de las obras muertas de los
pecados para que tributemos un verda-
dero culto al Dios vivo.“ (*)
Alguien exclamará desconsolado:
Jesucristo derramó la sangre en su
Pasión, rociando con ella á los fieles
que entonces vivían; pero nosotros,
que aun no habíamos nacido, nos ve¬
mos privados de esta inmensa gracia.
Consolaos, cristianos. La sangre dei
Salvador ha sido derramada por noso¬
tros, lo mismo que por los fieles de
aquel ticmpo.
San Pablo lo dicc explícitamente:
(1) Hcbr. LX, 13-1-t.
196
Capítulo X
Cristo nos ha rescatado á todos, ha
muerto por todos, por los justos de su
época, por vosotros, por mí, por los
que vendrán después de nosotros. Ade-
más, Jesucristo ha dado con el medio
de derramar su sangre diariamente y
de rociar y purificar con ella nuestras
almas.
Este medio es la santa Misa.
Veámoslo por medio de las siguien-
tes palabras debidas á San Agustín;
“Derrámase en Ia Misa la sangre de
Cristo por los pecadores.^ (*)
Son tan claras estas e.xprcsiones,
tan terminantes, que no necesitan nin-
gún comentário.
San Juan Crisóstomo afirma por su
parte que “El cordero de Dios es in-
molado en beneficio nuestro; su san¬
gre fluye místicamente dei altar para
purificamos: brota la sangre dei cos-
tato herido dei Salvador y recógese
en el cáliz.“(*)
El Padre Kisseli interpreta este
(1) Serm. 21.
(2) De Eochar.
La sangre de Cristo 197
pasaje de la manera siguiente: “ En la
Misa, tiene invisiblemente abiertas las
heridas de Ias manos, atravesados los
pies, abierto el costado y brota á rau-
dales su sangre. Nos aplicamos sus
méritos infinitos mediante la contrición
y ardientes deseos, la comunión, y la
devota asistencia á la Misa. Porque, en
ésta, á las palabras de la consagración,
el sacerdote saca dei costado de Cristo
la sangre de Cristo para que fluya en re-
misión de los pecados y para nuestra
purificación y santiôcación." (*)
Y por último he aqui otro testi-
monio que podremos citar entre los
innumerables; “ La sangre que ha bro¬
tado dei costado dei SeHor se halla en
el cáliz destinada á perdonar los pe¬
cados, según indican las palabras de
la consagración: “ Este es el cáliz de
mi sangre derramada por vosotros y
por muchos en remisión de los peca¬
dos."
Quiso Jesús que al sacerdote repi-
(1) Alv. 2, çonc. 36.
198
Capítulo X
tiera estas palabras que El pronunció
primeio en el momento en que consa-
gró, no para simplemente recordar las
palabras que Cristo dijo en la consa-
gración dei cáliz — en cuyo caso no
consagraria — sino para obrar la con-
versión dei vino en la preciosa san¬
gre.
No dice sólo el sacerdote: “ Este
es el cáliz de mi sangre" sino afíade
“derramada por vosotros y por mu-
chos en rcmisión de los pecados." Re¬
sulta que verificándose infaliblemente
las primcras palabras, se veriflcan tam-
bién las segundas; luego hay derrama-
miento de sangre, por vosotros y por
muchos, como si dijera, por vosotros
que estáis presentes, por los ausentes,
por los que hacen celebrar, por los
que asistirían, si pudiesen, por los im¬
pedidos, los presos, los ocupados en
ncgocios importantes que no pueden
dejar, por todos estos y semejantes á
condición de que se unan en espíritu
al sacrifício y moralmcnle participen
de él.
La sangre de Cristo
199
; Qué sublime mistério! El dulce
Jesiís, después de haber derramado
hasta la última gota de su sangre, quiere
proseguir dcrrámandola diariamente j
en todas las horas, con el fin de que
nosotros esternos limpios y lavados de
todo pecado y tengamos asegurada la
salvación eterna.
iQué incomparable beneficio es la
santa Misa para los que la oyen devo¬
tamente !
He aqui lo que dice San Ambrosio
sobre el particular: “Se ha derramado
la sangre de Cristo para la remisión
de los pecados.“
Muchos hechos milagrosos apoyan
este artículo de fe. Veamos lo que le
pasó á San Pedro de Savaynellas de la
orden de San Jerúnimo.
Este religioso estaba desde hacía
largo tiempo atormentado por esta duda:
£ en la santa Hóstia está también la pre¬
ciosa sangre de Cristo? Al llegar un
día á estas palabras que preceden á la
elevación: “ Supplices te rogaraus “ co¬
mo 61 se inclinara profundamente se
200
Capitulo X
vió de repente rodeado de una nube
que le ocultaba la santa Hóstia y cl
cáliz, lo cual Ic confundió, no sabiendo
lo que aquello significaba.
Un momento después una mano di¬
vina elevaba las especies, y entonces
su turbación fué extremada ya que le
pareció haber sido juzgado indigno de
celebrar la santa Misa. Se anonadó en¬
tonces en profundos actos de arrepen-
timiento y suplicó al Sefior viniera cn
su auxilio.
Sus quejas y súplicas fueron escu-
chadas al fin y vió de nuevo el cáliz
y la Hóstia. Sus lágrimas de dolor se
convirtieron en llanto de alegria y mi¬
rando piadosamente la santa Hóstia vió
que destilaba gotas de sangre, con lo
que comprendió al momento el signi¬
ficado de aquel mistério; dcsvanecic-
ronsc SU3 dudas y abrigó desde enton¬
ces una fe inquebrantable en la pre¬
sencia de la preciosa sangre en el San-
tísimo Sacramento.
Así, pues, la santa humanidad dei
Sefior se encuentra toda entera en cada
La sangre de Cristo
201
especie, por más que cn virtud de las
palabras de la consagración el cuerpo
esté principalmente en la Hóstia y la
sangre en el vino especialmente.
Reflexionemos ahora sobre la in-
mensidad de la gracia que se nos con¬
cede cuando tenemos ante nosotros y
en el altar la preciosa sangre de Nuestro
Seiíor Jesucristo.
Nada hay más augusto que esta san¬
gre divina. Una sola gota excede cn
valor á todos los tesoros dei cielo y
de la tierra. Pero hay más; esta san¬
gre adorable no solamente la tenemos
ante nosotros sino que nos pertenece
como dón que hemos recibido.
§ 1. En qué consiste la efuslón de
Ia preciosa sangre en Ia Misa.
La sangre de Jesucristo se derrama
en realidad en la santa Misa, en bene¬
ficio de los fleles que asisten á ella y
dc las almas dei purgatório.
Vayamos á dcmostrarlo.
En el antiguo Testamento tenemos
una imagen de este mistério contado
202
Capllulo X
por San Pablo: “ Moisés... tomando de
la sangre de los novillos y de los ma¬
chos de cabrío... rocio á todo el pue-
blo, diciendo; Esta es la sangre dei
Testamento que Dios os ha ordenado
d hecho en favor nuestro.^^ if)
Jesucristo en la Cena pronunció
casi idênticas palabras sobre el cáliz:
“ Esta es mi sangre, la sangre de la
nueva alianza."
Porque, dice San Pablo: “Fué ne-
cesario que las figuras de las cosas ce-
lestiales (esto es el tabernáculo y sus
utensilios), se purificasen con tales ri¬
tos; pero las mismas cosas celestiales
lo deben ser con víclimas mejores que
estas, y así ha sucedido." {“')
Con lo que quiere significar el após-
tol: la Sinagoga, que era imagen de
la Iglesia, fué purificada con la sangre
de los animales, más la Iglesia se pu¬
rifica con la sangre dei Cordero de
Dins. Nada puede ser purificado con
sangre y agua sin ser rociado con di-
(1) Hebreos, IX. 19-20-
Hebreos, l.X. 23.
La sangre de Cristo 203
cho licor, por consiguiente ya que nu es¬
tias almas son purificadas en la Misa
con la sangre de Cristo, esta misma
sangre ha de ser derramada sobre
ellas.
San Juan Crisóstomo dice: “ Guando
ves al Sefior inmolado yacer en cl al¬
tar, al sacerdote inclinado hacia la
víctima en ademán de orar, tenidos los
oferentes de la preciosa sangre, te pa¬
rece que estás en la tierra ó entre
hombres ? {No te parece más bien estar
en el cielo, libre de las concupiscências
dc la carne, contemplando las celestia-
les maravillas?“
Interpretemos lo dicho por el doc-
tor en el sentido de que la sangre de
Cristo no solamente se vierte sino que
se derrama por nosotros.
Marchant afirma: “ La preciosa san¬
gre derrámase en sacrificio en la Misa
y los que asisten son rociados de ella
cspiritualmente“, y más claramente se
expresa aun San Juan cuando exclama:
“Jesucristo nos amó y lavó nuestros
204
Capítulo X
pecados con su sangrc.“ (*) Esto mis-
mo enseiía San Pablo; “ Os habéis acer¬
cado... á Jesús mediador de la nueva
alianza y á su aspersión de aquella su
sangre que habla mejor que la de
Abel.“ (2)
iiEn qué ocasíón nos acercamos á
Jesús nuestro mediador? En la santa
Comunión nos acercamos tanto á El
que le recibimos en nuestros corazones,
pero entonces vamos en su busca más
bien como á alimento espiritual que es,
que no como á mediador, mientras que
en la santa Misa nos acercamos á EI
como á intercesor ó mediador nuestro,
porque Jesucristo desempena las fun¬
ciones de gran sacerdote y ora oficial-
mente por el pueblo.
Al ir en busca de nuestro media¬
dor nos acercamos también á la san-
pire de aspersión, de que habla San
Pablo, que inunda espiritualmente nues-
tras almas.
En su Pasión el Salvador derramó
(1) .Apoc. I, 3.
(2) Hebreos, XII, 22-24.
La sangre de Cristo
205
su sangre, mas este precioso manan-
tial no ti2ó más que las manos de los
verdugos, las piedras y el suelo. En la
Misa corre también esta sangre, pero
cae sobre las almas de los fieles.
Moisés rociaba á su pueblo con san¬
gre de animales; el sacerdote lo rocia
con sangre bendita y el Salvador con
su sangre de un precio infinito.
Este rocio espiritual es incompara-
blemente más eficaz que la aspersión
material. Los verdugos y dcicidas que
rodeaban á Jesucristo tiSeron sus pro-
pios cuerpos con la sangre preciosa y
no se convirtieron; antes al contrario,
se pervirtieron más. Si Cristo hubiese
rociado sus almas se habrian indudable-
mente convertido y purificado.
De idêntico modo de nada nos ser¬
viria ser rociados materialmente en la
santa Misa con la sangre divina, pucs-
to que la aspersión espiritual de esta
sangre adorable purifica, santifica y em-
bellece nuestras almas.
Santa Maria Magdalena de Pazzi
dice; “ El alma que recibe la sangre
20G
Capitulo X
divina quédase hermosa como si se
vistiese de traje precioso y recamado
de oro. Es esta sangre tan deslumbra-
dora, tan resplandcciente, que si lo-
grases veria, no podrias menos de caer
de hinojos y adorarla.“ (*)
i Bienaventurada la criatura que está
adornada con tal magnificência! jBie-
naventurado el ojo digno de contem¬
plaria!
jAh, lector carísimo! Asiste á la
santa Misa para que la sangre de nues-
tro Redentor adorne á tu alma con esta
vestidura de gracia y te haga digno de
ser introducido en la sala dei festín,
para regocijarte eternamente con los
ángeles y santos.
En la vida dei papa Urbano IV se
Ice el siguiente sucedido referido por
Platina.
En 1263 un sacerdote de Bolsena
después de haber pronunciado las pa-
labras de la consagración sobre la
Hóstia, ccdiendo á una tentación dei
(1) In iiionítis vítae suae annexis, cap. IV, a. 14.
La sangre de Cristo
207
espíritu infernal dudó de la eficacia de
las mismas.
— Nada veo ni oigo — murmuró
— y por lo tanto no acepto tal cam¬
bio; no es cierto que Jesus esté aqui
presente; esta Hóstia no es más que
un trozo de pan.
De la duda cayó en una abomina-
ble herejía, pero no por ello dejó de
proseguir el santo sacrificio proce-
diendo á la elevación dei cuerpo dei
Sefíor. En este preciso instante vió
como de la Hóstia se desprendían go¬
tas de sangre tal como cae de las nu-
bes una ligcra lluvia.
El estupor dei sacerdote ante ta-
maiío espectáculo no es para decir.
Sosteniendo el cuerpo de Cristo con
las manos contempló largo tiempo esta
misteriosa lluvia, mientras el pueblo,
que contemplaba el mismo milagro, de-
cía entusiasmado;
— jOh preciosa sangre, oh sangre
divina! .iCuál es la causa de tu efu-
sión?
V otros clamaban;
208
Capítulo X
— ; Oh sangre de Cristo, cae sobre
nuestras almas y purifícanos de nues-
tras culpas! jOh sangre bendita, atrae
sobre nosotros la divina misericórdia!
Y los fieles todos se deshacían cn
lágrimas.
La confusa gritería y los dolorosos
lamentos hicieron volver cn sí al sa¬
cerdote quicn bajó la Hóstia, hallán-
dose entonces con el corporal hume¬
decido de sangre, sin encontrar más
que un pcquefío sitio donde depositaria.
Cayó la venda de sus ojos, reconoció
su falta, se arrepintió de todas veras
y continuú la santa Misa con tal efu-
sión de lágrimas que le era preciso
interrumpirse á cada paso.
Después de comulgar plegó el cor¬
poral lo mejor que pudo y determinó
guardar el secreto sobre el milagro;
pero una vez concluida la Misa fué
acosado á preguntas por los fieles que
querían asegurarse de la certeza de lo
que habían visto y el sacerdote se vió
obligado á enseiíar el corporal impreg¬
nado aun con la sangre de Jesús, á
La sangre de Cristo
209
cuya vista el pueblo se arrodilló dán-
dose golpes de pecho é implorando las
gracias y misericórdias dei cielo.
Este hecho atrajo á Bolscna gran
número de peregrinos y llegó á oídos
de Urbano IV quicn mandó que se pre-
sentase el sacerdote con el corporal á
Orvieto, donde entonces se encontraba
el Papa.
Acudió el sacerdote y tcmblornso
se echó á los pies dei Sumo Pontífice,
contándole sus dudas pasadas y el mi-
lagro. El Papa y los cardenales se arro-
dillaron, adoraron la sangre preciosa
y besaron con senalada emoción el sa¬
grado lienzo.
Urbano IV hizo construir después
una magnífica iglesia en Bolsena en
honor de la preciosa sangre y ordenó
como recuerdo dei milagro, una pro-
cesión que debía celebrarse en cada
aniversario de día tan memorable.
El corporal milagroso puede verse
aun hoy en la catedral de Orvieto.
Esta fué una de las principal es causas
por las que aquel gran Papa confirmo
210
Capitulo X
la institución de la fiesta dei Santísimo
Sacramento. (‘)
Lo que siglos atrás tuvo lugar en
Bolsena se cumple cada día en todas
las iglesias donde se celebra el santo
sacrifício. Guando el sacerdote eleva la
Hóstia y el cáliz, corre de una ú otra
forma la sangre preciosa tal como cae
la lluvia de las nubes y no se derrama
ni sobre la tierra ni sobre las cabezas
de los hombres sino en los corazones
y en las almas.
Purifícanse con cila los sinceros
fieles, los vuelve fecundos cn buenas
obras, los auxilia en sus fragilidades y
causa benefícios proporcionados á las
disposiciones de eada uno. Se esfuerza
en hacer buenos á los maios, mueve á
los indiferentes y convierte á los obs¬
tinados; ofrece el perdón y llena de
(1) Esta fiesta fué instituída en 1245 en la diócesis
de l.ieja á consecuencla de una tísIód de la venerable
Juliana de Mont Cornillon. Más tarde Urbano IV la bizo
extensiva á toda la Ij;lesla y la fljó en el primer Jueves
después de la Qctava de Pentecostes; confiando á Santo
Tomás de Aquino la redaccíón de un ofício propio, el
mismo que lioy conocemos.
La sangre de Cristo 211
gracia á los enemigos de Cristo y si
el pecador permaneciese de tal manera
endurecido que persistiera en el mal,
pide misericórdia por él y detiene el
brazo de la Justicia divina.
Reconozcamos, pucs, por medio de
los cfectos de la adorable Sangre cuán
útil nos es á todos, á los justos y á
los pecadores, asistir con asiduidad á
la santa Misa; porque con una sola vez
“ la sangre de Cristo nos purifica de
todo pecado“ (') y en ella los maios se
preparan para su justificación.
Si nos hubiera sido posible asistir
á la crucifixión y vcrnos tenidos con
la sangre que corria por la cruz, ijno
nos hubiéramos creído favorecidos de
un modo infinito? Pues si oímos la
santa Misa con las mismas disposicio-
nes con que hubiéramos subido al Cal¬
vário, el derramamiento místico de la
sangre de Nuestro Senor nos será de
la misma suerte beneficioso como si
hubiéramos presenciado la crucifixión
y muerte de Cristo.
( 1 ) Jujn, I, 7.
212
Capitulo X
§ 2. Cómo la preciosa sangre clama al delo
por nosotros.
Una de las principales gracias que
reciben los que asisten á la santa Misa
es el ruego de la sangre divina para
reportamos la misericórdia dei cielo.
i Cuán provechosa es para los pe¬
cadores esta voz! iQué poder tiene
para apaciguar la cólera divina!
La Sagrada Escritura dice que los
crímenes de los hombres claman vcn-
ganza al cielo. “La voz de la sangre
de tu hermano está clamando á mí
desde la tierra'‘ (') dijo Dios â Caín.
Y en otra ocasión: “ El clamor de
Sodoma y de Goraorrha se aumenta
más y más, y la gravedad de su pe¬
cado ha subido hasta lo sumo. Quiero
ir y ver si sus obras igualan al clamor
que ha llegado â mis oidos.“ (-)
El Espiritu Santo dice á los opre-
sores de viudas y de huérfanos; “No
haréis dano á la víuda ni al huérfano.
(1) Gen. IV, 10 ,
(:•) Ccn. .WIll, 20-21.
La sangre de Cristo
213
Si se lo hiciereis, clamarán á mí, y
yo escucharé sus clamores y encen-
derse ha mi enojo.“ (')
Y Santiago, reâriéndose á otro pe¬
cado de este genéro exclama; “ He aqui
que clama al delo contra nosotros el
jornal que no pagasteis á los trabaja-
dores que segaron vuestras mieses; y
el clamor de los segadores ha pene¬
trado los oídos dei Sefior de los ejér-
citos.“ ('■*)
Finalmente, el Seflor, por boca de
Isaías, llama al pecado en general, un
clamor: “La vifía dei Sefíor de los
ejércitos es la casa de Israel, los hom-
bres de Judá son su plantei delicioso;
y me prometí de ellos precio ó accio-
nes justas, y no veo más que iniqui¬
dades; y esperé la justicia y no oigo
sino clamores de los oprimidos.“ (^)
i Quién desarmará la cólera dei Al-
tísimo? í Quién apaciguará su terrible
y justa venganza? Quién, sino la pre-
(1) Exoüo. XXII, 21r;3.
.'2) Jacob. V, 4.
(0) Isai, \', 7.
214 Capítulo X
ciosa Sangre de Nuestro Senor Jesu-
cristo?
El clamor de nuestros crímenes se
eleva hasta las alturas dcl cielo, pero
más alto llega aün la voz suplicante
de la sangre de Jesus, la que, infinita
y omnipotente, no sólo hiende los aires,
sino que llega al cielo y penetra hasta
el corazón dei Padre celestial. Ante la
suavidad y dulzura de esta voz se de¬
sarma el brazo dei Altísimo levantado
amenazador por la multitud de nues¬
tros pecados.
{Como, preguntará alguien, la pre¬
ciosa sangre clama al cielo cuando
nada se oye desde la tierra? Y noso-
tros preguntamos á la vez: £ Cómo cla-
maba la sangre de Abel va que éste
había muerto ? Y no obstante Dios ase-
gura á Caín haber oído el grito de
aquella sangre, no un grito material,
sino espiritual que tan potente fué que
llegó al corazón dei Padre y armó su
brazo justiciero contra cl asesino.
De la misma suerte la voz de la
sangre preciosísima es espiritual; pero
La sangre de Cristo
215
es tal su poder que obliga á Dios á
apiadarse de nosotros.
Véase el significado de este pasaje
de San Pablo: “Os habéis acercado á
Jesus mediador de la nueva alianza
y á la aspersión de aquella su sangre
que habla mejor que la de Abel.“ (*)
Así, pues, cuando nos acercamos á
nuestro mediador Jesus para ser ro¬
ciados con su sangre: ésta clama á Dios,
puesto que el apóstol dice que el de-
rramamiento de la sangre es la que ha¬
bla ó clama.
Mientras la sangre de Jesus perma¬
necia en su cuerpo no se dejaba oir;
pero una vez derramada en su dolo¬
rosa Pasión elévase su voz omnipo¬
tente para implorar el perdón dei hu¬
mano linaje.
He aqui como esa misma voz se
dirige en la Misa con acentos irresis-
tibles al Padre celestial:
— Ved, Dios mio, en qué humilla-
ción y dolor y con cuánta abundancia
(I) Hebrcos, XII, 22-24.
216
Capítulo X
he derramado mi sangre, Yo que soy
vuestro único Hijo. Considerad cuán
ignominiosa y cruelmente he sido in¬
sultado, despreciado y escarnecido, y
cómo he sido maldecido y pisoteado.
Todo esto lo he soportado con la ma-
yor paciência y con el fin de purificar
á los pecadores y abrirles las puertas
dei cielo. Pero vos, oh juez severo,
vais á condenarlos y precipitarlos en
lo profundo dei infierno, iquién me in¬
demnizará suplícios y oprobios tantos?
No serán, no, los condenados, quienes
me maldecirán con rabia diabólica en
vez de alabarmc y ensalzarme. |Oh
Dios de las misericórdias, escuchad mi
oración y por mi amor conceded á los
pecadores la gracia de la conversión y
á los justos la de la perseverancia y
amor hacia vosi
i Cómo podría Dios permanecer
sordo á tales súplicas, Él, que á la voz
de la sangre de Abel maldijo al punto
á Caín? La sangre de Abel clamaba
Justicia, la de Jcsucristo clama miseri¬
córdia, á lo que Dios está más dis-
La sungrc de Cristo
217
puesto, segün dice la Iglesia: “ Oh, Dios,
de quien es propio el perdonar y com-
padecerse de todos...“
Y San Pedro aSade: “El Sefíor....
espera con mucha paciência por amor
de vosotros, no queriendo que nadie
perezca, sino que todos se conviertan
á penitencia." (‘)
La preciosa sangre abogó por no-
sotros tanto en la circuncisión como
en el huerto de los Olivos, en la fla-
gelación, la coronación de espinas y la
crucifixión de Xuestro Seflor y obtuvo
la reconciliación dei mundo con Dios. (®)
En la santa Misa esta divina san¬
gre no ruega con una sola voz sino
con otras tantas voces como gotas se
derraman. Ruega de un modo eficaz,
con toda su virtud divina y humana y
ruegan con ella las innumerables heri-
das de Cristo, su corazón, con todos
sus latidoS; su boca sagrada, con to¬
dos los suspiros que por ella han sa-
lido.
(O II 1-ctr. III. 9.
C-J II Coriatb. V. 12.
218
Capitulo X
íEs posible que una oración ema¬
nada de la sangre, dei eorazón, de la
boca, de las llagas y dei alma de Je-
sús, no traspasara el eorazón dei Pa¬
dre?
Por más que se olvidara Dios de su
misericórdia y no pensara más que en
su justicia, este clamor desgarrador de
la sangre de Jesucristo le volviera be¬
nigno y clemente.
El milagro de Walldürn está rela¬
cionado con el asunto que tratamos.
En esta pequena ciudad, situada en
el Odenvvald, perteneciente al antiguo
arzobispado de Maguncia, sucedió en
el ano 1330 que celebrando Misa el
cura Otto tuvo la mala suerte de que
le cayese el cáliz derramándosc la pre¬
ciosa sangre sobre el corporal. Acto
seguido apareció en la parte central
dei lienzo la imagen de Jesucristo cia
vado en la cruz y en torno dei cruci-
fijo la cabeza dei Salvador reproducida
once veces, coronada de espinas y en-
sangrentada, tal como había quedado
impresa en el lienzo de la Verónica,
La sangre dc Cristo
219
Estas imágenes eran tan naturalcs y de
un arte tan acabado que ningún pintor
hubiera sido capaz de reproducirlas.
A la vista de este prodígio tembló
el sacerdote, pues temia la cólera de
Dios y la dei obispo y después de ha-
ber dado fin al santo sacrifício ocultó
el corporal ensangrentado debajo de
una piedi‘a dei altar.
Transcurrieron rauchos anos sin que
el culpable sacerdote revelara á nadie
esta manifestación de la presencia real
de la sangre de Cristo, pero no reco-
bró tampoco la tranquilidad de su co-
razón.
No pudiendo apartar de su con-
ciencia semejante recuerdo cayó enfer¬
mo y combatido por cruelísimos tor¬
mentos así físicos como morales, llamó
á la muerte en su ayuda. Acercósele
ésta, pero sin Ilcvárselo, de manera que
no podia ni vivir ni morir ; entonces
comprendió que semejante estado ex¬
cepcional era un castigo dei cielo por
haber ocultado cl valioso corporal.
Atormentado atrozmente Otto hizo
220
Capitulo \
llamar á un cura vecino y le confió el
secreto, con autorización de hacerlo
público y murió.
Acto seguido se procedió á una in-
vestigación,' se levantó la piedra y, se
halló el corporal tal como lo había
descrito Otto.
Realizáronse muchos milagros en
dicho lugar y Urbano V concedió una
indulgência á los que acudiesen en pe-
regrinación á Walldtlm en honor á la
preciosa sangre.
£ Porquê la sangre derramada tomó
en aquella circunstancia la forma dei
crucifijo rodeado de once cabezas?
Creemos, entre otros motivos, que fué
para representar que esta sangre es
mediadora acerca de la divina miseri¬
córdia; segün nuestro parecer se ne-
cesita de la boca para hablar y llamar,
las onces cabezas ó bocas signiíicaban
indudablemente, las once gotas de san¬
gre que dcbieron de ser derramadas en
el corporal.
Si la preciosa sangre sube al cielo
como una plegaria omnipotente, es tam-
La sangre de Cristo
221
bién un incicnso de agradable olor. En
el Antiguo Testamento Dios recibía con
agrado el olor y el perfume de los ho¬
locaustos ; í qué no llegará á conseguir
el perfume penetrante de la sangre di¬
vina de Jesucristo derramada en el al¬
tar y ofrecida en la santa Misa?
En la ofrenda dei cáliz dice el sa¬
cerdote: “ Ofrecémoste, Senor, el cáliz
de salvación, suplicando á vuestra cle¬
mência que le hagáis subir á la pre¬
sencia de vuestra divina Majestad como
oloroso perfume para nuestra salvación
y la de todo el mundo. “ (^)
Y San Pablo exclama: “ Cristo nos
amó y se ofreció á sí mismo á Dios
en oblación y hóstia de olor suaví-
simo.“ (^)
Cuando esta preciosa víctima fué
inmolada en la cruz y su sangre corria
por el suelo desprendióse un perfume
cuya suavidad purificó la atmósfera de
las infecciones emanadas de los sacri-
licios abominablcs de los idólatras é
(1) Misal.
(2) Efés. V, 2 .
222
Cnpítulo XI
infamias dei mundo, y pudo más en
üios la muerte de su Hijo que lo que
le habían irritado todas las iniquidades
dei humano linaje.
De igual manera hoy, cuando se
inmola por nosotros el inmaculado Cor-
dero y se derrama la sangre divina en
el cáliz, sube hasta Dios un perfume
de incomparable dulzura tal como se
eleva el aroma de una flor desde su
cáliz.
i Oh perfume embriagador de la san¬
gre de Cristo, que embalsamas al ciei o,
conmueves al Padre Eterno y fortale¬
ces á los ángeles y santos!
CAPÍTULO XI
La santa Misa es el holocausto
por excelencia
En la antigua ley había cuatro es-
pecies de sacriflcio: el holocausto ó
sacrifício lairdutico por el cual se re-
conocía la suprema autoridad de Dios;
el sacrifício de alabau-a y reconoci-
Ln Misã es holocausto
223
miento, el sacriflcio pacífico, ya euca¬
rístico, ya impctraorio para implorar
su socorro, y el sacriflcio expiatório
en el que se honraba á Dios como Juez
y se ofrecía por la remisión dei pe¬
cado y por la expiación de la culpa.
Cada uno de ellos tenía su rito par¬
ticular.
Desde la creación dei mundo hasta
la venida dei Mesías se ofrecían al Se-
nor innumerables holocaustos y la Sa¬
grada Escritura asegura que los reci-
bía con agrado.
La ley de Moisés ordenaba á los
judios el sacriflcio perpetuo, 6 sacri¬
fício de la uiaúana y de la tarde, que
consistia en la inmolación de un cor-
dero. El dia dcl sábado el número cra
doble. En cada novilunio inmolaban
siete corderos, dos temeras y un ma¬
cho cabrio. Este mismo número debía
ser ofrecido durante los siete dias que
siguen á la Pascua y toda la octava
de Pentecostés.
En la fíesta de los Tabernáculos
aumentaba el número de victimas, siendo
224
Capitulo XI
éstas catorce corderos, trece temeras,
dos carneros y un macho cabrío que
SC inmolaban diariamente durante toda
la octava.
Además de estas ofrendas obligato-
rias cada uno presentaba, según su
piedad ó sus médios, bueyes, temeras,
ovejas, carneros, corderos, palomas,
vino, incienso, pan, sal, aceite, etc.
Anotamos todo eso para que se vea
cuán costosos les eran los sacrifícios
impucstos á los patriarcas y sacerdo¬
tes judios, á pesar de lo cual rendían
á Dios menos honores y mciecían me¬
nos recompensas, según hace notar San
Pablo en su carta á los Hebreos. Sin
embargo el Sefíor los aceptaba con
agrado porque eran el símbolo dei sa¬
crifício cruento de Jesucristo. Si los
comparamos con nuestro holocausto,
tan poco costoso y fácil de otrecer
veremos no obstante que éste es el sa¬
crifício más agradable á Dios, el más
apreciado por el ciclo, el más útil al
mundo y cl más consolador para las
almas dei purgatório.
La Misa es holocausto 225
Supongamos que un solo hombre
hubiese inmolado todas las víctimas
sacrificadas desde el principio dei mundo
hasta Jesucristo y no podremos menos
de comprender y afirmar que induda-
blemente hubicra rendido un homenaje
grandioso á Dios; pero, iqué seria este
culto en comparación con el que ren-
dimos á la divina Majestad en una sola
Misa?
He aqui como expone Santo Tomás
de Aquino la esencia y objeto de nues-
tro holocausto; “Atestiguamos con el
sacrifício que Dios es el autor de to¬
das las criaturas, que es fín último y
bienaventuranza, Seftor absoluto de todo
á quien ofrecemos en testimonio de
nuestra sumision y adoración un sacri¬
fício visible que representa la ofrenda
invisible por la cual cl alma sc entrega
plenamente á Dios, principio y fín de
olla.“(’),
Sólo á Dios pueden ofrecerse holo¬
caustos, en lo cual es sumamente cc-
( 1 ) l.’.a Z.e, quesL 85» ar. 1.
6096
8
226
Capítulo XI
loso: “Yo soy el Sefior, Jehová, éste
es mi nombre: la gloria mia no la ce-
deré á otro, ni el honor mio á los va-
nos simulacros de los ídolos.^ (^)
Esta prohibición dei Sefior de ofre-
cer holocaustos á otros que no sea
El, nos dice con toda claridad que el
santo sacrifício de la Misa no puede
ofrccerse á otra criatura, ni á la Vir-
gen, ni á los santos, ni á los ángeles.
Se nos permite alabar á los santos,
honrarlos, invocarlos, quemar incienso
en su honor, encenderles cirios, en una
palabra, rendirles culto tanto interno
como externo, pero jamás ofrecerles
la santa Misa.
Tal es la doctrina dei Concilio de
Trento que dice; “Aun cuando la Igle-
sia acostumbra celebrar misa, en ho¬
nor y memória de los santos, no pre¬
tende con esto ensefiar que á ellos se
les puede ofrecer sacrifícios sino sólo
á Dios que les ha dado la corona. Por
esto nunca dice el sacerdote: “ Oh
(1) Isaías. XLII, S,
La Misa es holocausto 227
San Pedro, oh San Pablo, os ofrezoo
este sacrifício; sino dando gracias á
Dios de que les haya concedido Ia vic-
toria, implora el auxilio de ellos para
que se dignen interceder por nosotros
en el cielo, cuando nosotros celebra¬
mos su memória en la tierra.” (‘)
Estudicmos ahora la naturaleza mis-
ma dei holocausto para comprender
mejor su excelencia,
En el holocausto judio la víctima
era enteramente consumida por el fuego.
otros sacrifícios no se quemaba más
que una parte 3- el resto quedaba para
los sacerdotes ó para aquellos que los
habían ofrecido.
En el holocausto todo era consu¬
mido por las llamas para reconocer
que todo pertenece al Seiíor y todo
debe serie consagrado. Dios podría aún
y con toda justicia, exigir que el hom-
bre sacrificara su vida, como había
mandado á Abraham que sacrificase á
Isaac, por más que se dió por satis-
( 1 ) Cone. Trid., scs. XXII» c. 3.
223
Capítulo XI
fecho con la pronta obediência de este
patriarca, y como ordeno á Moisés:
“ Conságrame todo primogénito... tanto
de hombres como de animales: porque
mios son todos“, (*) por más que per¬
mitia á las madres el rescatarlos el dia
de la prescntación en el templo. Jesus,
el Hijo de Maria, se sujetó también á
esta ley. Su bendita madre lo llevó al
templo y lo rescató con dos palomas,
que era el precio de los pobres; pero
á pesar de ello tenia que sacrificarle de
nuevo y verle inmolado en holocausto
en bien dei género humano; porque;
“Si uno murió por todos, luego es con-
siguiente que todos murieron... y Cristo
murió por todos.“ (-)
Así, pues, siendo la vida de Jesiís
más noble que la de todos los hombres
juntos, su muerte fué también más me¬
ritória y preciosa á los ojos de Dios
que lo podria haber sido la de todos
los hombres.
Y puesto que Jcsucristo renueva
01 Exod. XIII, 1.
V'-’) IL Corinih. V, 14-15.
La Misa es holocausto
229
su mucrte en cada Misa, síguese que el
Dios Padre recibe más honor y gloria
dei santo sacrifício que si fuese in-
molado en holocausto todo el humano
linaje.
Marchant dice: “^Qué es esta Misa
sino una embajada que se envia á la
Santísima Trinidad para poner en sus
manos una ofrenda de incstimable valor,
por la cual reconocemos su soberania
y le ccrtifícamos nuestra sumisión in¬
condicional y absoluta r“ (*)
Este presente cotidiano es Jesu-
cristo, el mismo Hijo de Dios, quien
conoce la infinita majcstad de Dios y
el honor que le es debido; y El solo
puede en efecto tributar este honor, y
lo rinde dignamente, aniquilándose c
inmolándose en el altar.
La adorable víctima se entrega á
nosotros toda entera y podemos ofre-
cerla como un bien propio nuestro al
Dios tres veces santo y nosotros, mi-
serables pecadores, le rendimos de esta
( 1 ) Candcl. irost. lib. IV, sac. 19.
230
Capítulo XII
suerte el culto y honor que se le de-
ben. Si nos hubiese faltado el divino
Cordero y la Misa, habríamos perma¬
necido siendo los eternos deudores de
Dios.
jCristianos! íSerá posible que no
sintamos vivos deseos de ofrecer to¬
das las maõanas á nuestro SeSor y Pa¬
dre el más precioso de los dones? iQué
excusa tendríamos de semejante des¬
cuido en el día dei juicio?
CAPITULO XII.
La santa Misa
es el más sublime sacrifício
de alabanza.
Dios es inefable; ninguna criatura
es capaz de comprender su esencia, su
santidad, su gloria y su riqueza. Es la
justicia más severa, la misericórdia más
dulce, le belleza más maravillosa, y cn
una palabra, es la totalidad de la per-
fección en la unidad absoluta.
Por más que los ángeles y santos
Sacrifício de alabanza
231
le amen con todo su afecto tiemblan
ante su sublime majestad y postrados
Ic adoran con el más profundo respeto,
le alaban, ensalzan y bendicen sus in¬
finitas perfecciones, sin llegar á sa-
ciarse jamás. Y Dios quiere recibir de
ellos esta alabanza, puesto que le cs
debida.
Al principio, antes de la creación,
Dios en tres Personas se alababa á sí
mismo. El Padre alababa la insondable
sabiduría dei Hijo, el Hijo alababa la
dulcísima bondad dei Espíritu Santo, y
éste tributaba alabanzas á la omnipo¬
tência dei Padre.
Jesucristo decía á Santa Matilde:
“ Si quieres alabarme, alábame y glo-
rifícame tomando parte en la soberana
esplendidez con que, desde toda la eter-
nidad me han glorificado el Padre, y
el Espíritu Santo, únete á mí, que, en
mi infinita sabiduría glorifico al Padre
y al Espíritu Santo; únete al Espíritu
Santo quien con su inalterable bondad
ensalza al Padre y á mí.^
Con el deseo de ser alabado el Dios
232
Capítulo XII
Todopoderoso ha criado el cielo y la
tiena, los ángeles y los hombres, los
seres animados y los inanimados : “ To¬
das las cosas las ha hecho el Sefior
para gloria de sí mismo.“(*)
Los ángeles le han alabado desde
los primeros instantes que fueron cria¬
dos y lo alabaron, lo alaban y lo ala-
barán hasta la consumación de los si-
glos; y á éstos los imitan el sol, la
luna y las estrellas, scgún preguntó Dios
á Job; “ Dimc donde estabas cuando yo
cchaba los cimientos dc la tierra? En-
tonces que me alababan los nacientes
astros, y prorumpían en voces de jú¬
bilo todos los ángeles hijos de
Dios?“ (2)
Estos astros de la mafíana y las
criaturas de Dios representan los án-
gelcs que fueron criados antes de los
orígencs dei mundo.
Las restantes criaturas, animales
domésticos y salvajes, árboles selvá¬
ticos y hierbas, picdras y metales, ben-
(1) XVI, i,
(j; Job. c. X.V.W III, V. 4-7.
Sacrifício dc alaban^a
233
dicen todos al Scilor, conforme á su
especie propia y los médios dc que dis-
ponen, contribuyendo así á su mayor
gloria.
Si toda clase dc criaturas deben
alabar al ScHor, con tanta más razón
está obligado cl hombre á haccrlo, por¬
que éste fué criado para este iin, con
un alma racional.
David, el rcy Profeta, comprendió
admirablemente esta misióniy por eso
invita al cielo y á la tierra, á los se¬
res animados c inanimados á bendecir
con él al SeHor, y con el fin de que
las generaciones futuras continúcn ce¬
lebrando la gloria de su nombre trans¬
mite sus salmos á los sacerdotes y le¬
vitas con orden dc cantarlos durante
las ccremonias dei culto.
Otro monumento de fervor para la
gloria dei Altísimo es cl cantar de los
tres jóvenes en el horno, invitando en¬
tre las llamas á todas las criaturas á
bendecir al Scilor: “Obras dei Seflor,
bcndecid todas al Senor, alabadle y en-
salzadlc cn toda la duración dc los si-
234
Capítulo XII
glos. Angeles de Dios, bendecid al Se-
nor; cielos, bendecid al Ser5or...“
Nosotros estamos indudablemente
más obligados á alabar á Dios que los
judios, ya que nosotros somos aquellos
á quiencs “ha predestinado para ser
hijos suyos adoptivos... á fin de que se
celebre la gloria de El.“(^)
En otros términos; Dios adoptó á
los cristianos para que alabaran y ben-
dijeran lo imponderablc de su gracia.
Tal es el sagrado deber dei cual no
podemos sustraernos sin grave pecado.
Con el fin de cumplir este deber em-
peradores, reyes y príncipes piadosos
edifican hermosos templos y fundan mo-
nasterios donde no deben interrumpirse
ni de día ni de noche las alabanzas
al Sefior con el canto de las horas ca¬
nónicas.
For eso la Iglesia obliga á los clé¬
rigos desde que reciben el subdiaco-
nado al rezo cotidiano dei brevario,
obligación que hace extensiva á la ma-
(1) 1, 5-6.
Sacrifício de alabanza
235
yor parte de órdenes de religiosos,
tanto de hombres como de mujeres.
Todas las cumplen con satisfacción y
ensalzan “ al Senor y adóranle en su
santo Monte; porque el Seiíor Dios
nuestro es el Santo por excelencia.^i})
Para que pudiéramos responder dig¬
namente á este llamamiento, Jesucristo
instituyó la santa Misa, el sacrifício de
alabanza por excelencia, ofrecido al
Senor todos los dias y cn todas ho¬
ras.
Demos una ojeada, desde este punto
de vista, á las diferentes partes de que
se compone el divino sacrifício y ve¬
remos palpablemente si es ó no cierta la
anterior afirmación.
El gloria iii exxelsis es un himno
magnífico: “ Latidamus te“ “ te alaba-
mos “ òenedicitíms “te benedeci-
mos“, “ adoramtis te “ “ te adoramos^,
“glorijicaiitus “te glorificamos.“
íQuó cântico más ardiente no es el
SaJicttis! “ Santo, santo, santo es el
(1) Ps. XCVIII, 9.
236
Capítulo XII
Scnor de los cjércitos, llenos están los
cielos y la ticrra de tu gloria, hosanna
en las alturas, bendito el que viene en
nombre dei Sefior."
Isaías oyó en arrobamiento los co¬
ros de los ángcles que prorrumpían
altcrnativamente con este cântico, y
cuando seis dias antes de su Pasión
entró Jesús en jerusalén brotó dei pe-
cho de los judios el hosatuia de ale¬
gria.
Al mezclar en la Misa nuestras dé-
biles voces con estos acentos celestiales,
procuramos á Dios la mayor alabanza
que se le puede tributar asi en el cielo
como en la ticrra.
“ La Iglesia por medio dei cuerpo y
de la sangre de Jcsucristo ofrece sa¬
crifício de alabanza,'^ dice San .Agustin
y anade San Lorenzo Justiniano: “ Es
cierto que Dios no puede recibir ala¬
banza mayor que la que rccibe en la
■Misa instituída por el Salvador á este
fin“, á lo que agrega Molina: “En la
Misa el Hijo de Dios ofrécese á su
Padre, y le tributa toda la honra y
Sacrifício de alabanza 2r<7
toda la gloria que le tributaba en la
tierra.“
Así y solamente así es como se
glorifica al Padre de una manera digna
de El, y por eso recibe Dios más ho¬
nor de una sola Misa que el que le
puedan procurar todos los ángeles y
santos.
Si en honor de la Santísima Trini-
dad el cielo entero organizara una pro-
cesión, al frente de la cual marchara
la Madre de Dios, seguida de los nueve
coros de ángeles y de innumerables
cjércitos de santos y de bienaventura-
dos, ciertamente que Dios recibiría un
senalado honor; pero si la Iglesia mi¬
litante enviase uno solo de sus sacer¬
dotes para presidir esta proccsión au¬
gusta con el santo sacrifício de la Misa,
este pobre sacerdote, por medio de una
sola Misa que celebrara, tributaria á
Dios urv homenaje infinitamente mayor
que el que resultaria de aquella tan es¬
plêndida y conmovedora ceremonia.
El homenaje de una misa con res-
pecto al primcro estaria sobre este,
238 Capítulo XII
como está Dios por encima de las cria¬
turas.
Para alabar á un sér cualquiera es
preciso conocer lo que en esta per-
sona es digno de alabanza. Si de ella
no se sabe nada de bueno, nada se
puede decir, pero es fácil hablar de la
misma si mucho y bueno se sabe de
ella. Lo mismo sucede tratándose de
Dios.
Los ángeles y santos le conocen de
una manera e.xcelente, puesto que le
contemplan cara á cara, le alaban con
todas sus fuerzas y no obstante sus
alabanzas quedan infinitamente por de-
bajo de lo que se merece. Solo Jesu-
cristo, á causa de la uniòn hipostática,
conoce por entero la esencia de Dios
y su excelencia, y El sólo ofrcce una
alabanza infinita y digna de la eterna
Majestad.
Este honor, no hay que olvidarlo,
lo tributa Nucstro Scfíor ante todo en
el altar, durante la santa Misa, y ade-
más lo ofrece en nombre de los fieles,
satisfaciendo las omisiones de éstos y
Sacríflcío de alabanza
239
dándoles su mismo poder, de tal suerte
que pueden ofrecerlo ellos al Altísimo
como si fuese un tributo propio, .satis-
faciendo dignamente la obligación que
tenemos de alabar al Seflor.
Así, pues, si un hombre dice en su
interior: “Sciior, os ofrezco el honor
y alabanza que os ofrece vuestro Hijo
en el altar tributa á la Majestad
divina una alabanza más insigne y me¬
ritória que la de los ángclcs y santos.
Santa Brígida vió cómo los santos
y los ángeles tomaban parte en las
alabanzas tributadas por Jesucristo du¬
rante la Misa.
He aqui como se expresa:
“ Un día que asistía al santo sacri¬
fício dei altar, parecióme, en el mo¬
mento de la consagración, que el sol,
la luna, las cstrellas, los planetas, to¬
dos los cielos y sus moradores canta-
ban las melodias más dulces y embria¬
gadoras.
Mezelábanse con ellos una multitud
de cantores celestiales cuyos acentos
240
Capítulo XII
eran demasiado sublimes para que se
puedan explicar y comparar. Los coros
de ángeles contemplaban al sacerdote
y ante dl se inclinaban con el más pro¬
fundo respeto, á la par que huían los
demonios poseídos de espanto. Tan
pronto como el sacerdote pronunció
sobre la Hóstia las palabras de la con-
sagración, divisé un pequeno cordero
que tenía el rostro de Jesiís y fué re¬
verenciado y adorado por la multitud
de ángeles. Un número infinito de al¬
mas de bienaventurados alababan tam-
bién con los ángeles al Altísimo y Cor¬
dero inmaculado." (')
Almas piadosas, vosotras os halláis
entre esa reunión celestial cuando asis-
tís á la santa Misa y cooperáis á en-
salzar al Senor.
Sí, la santa Misa satisface por las
alabanzas que nos descuidamos de ren-
dir á Dios; ella repara las blasfêmias,
los insultos que los hombres insensa¬
tos profieren todos los dias. Sin este
(1) Lib. Vlll, c. 56.
Sacrifício de alabanza
241
augusto sacrifício de alabanza, el mun¬
do no subsistiría y: “Qué debo yo aqui,
después que mi pueblo ha sido llevado
esclavo por nada. Todo el día sin
cesarestá blasfcmándosemi nombre,“(')
decía el Seiior á Isaías.
Su propósito cra el dc retirarse dei
mundo, abandonarlo á Satán y precipi¬
tar á los blasfemos al infierno; y en
verdad no le faltaban al Todopoderoso
motivos para cumplir su amenaza: un
solo pecado mortal le bastaba para
ello.
Pero, iquó es lo que detiene su
brazo sino el augusto sacrifício dei al¬
tar?
Este es el que á las blasfêmias y
ultrajes de los impíos opone homenajes
dignos de la soberana majestad. Esta
alabanza de Jesus y de sus sacerdotes
es mayor infinitamente que los escân¬
dalos y crímenes dei siglo.
Agradezcamos sin cesar á nuestro
buen Maestro la institución de este
(t) Isains, LII, 3.
'IVl
Capítulo XIII
sacrifício de perfecta alabanza. Y si, por
desyracia nuestra, no hemos pensado
hasta ahora en glorificar á nuestro Dios,
confesemos humildemente esta falta y
con el corazón arrepentido reparémosla
con un creciente fervor durante la santa
Misa.
CAPÍTULO xiir.
La santa Misa es el mejor sacrifício
de acción de gracias.
Los benefícios de Dios, con respecto
á nosotros, son infinitos y están fuera
dei alcance de nuestra consideración,
puesto que El nos ha creado y dotado
de sentidos y miembros corporales, nos
ha dado un alma hecha á su imagen
y semejanza que ha santificado con el
bautismo, le ha infundido las virtudes
teologalcs, la ha escogido por esposa
suya y la ha confiado á un ángel para
guardaria.
Cuida de nosotros día y noche, nos
perdona los pecados por el sacramento
Sacrifício eucarístico 243
de la Penitencia y nos alimenta con su
came en la Eucaristia. Soporta pacien¬
temente nuestras ofensas y nos envia
consoladoras inspiraciones en espera
de nuestra conversión; nos instruye
por boca de sus ministros, escucha
nuestras pobres plegarias, nos preserva
de mil peligros y es nuestro consuelo
en las penas, nuestro escudo en las
tentaciones, la recompensa de nuestras
buenas obras y nuestro libérrimo bien-
hcchor en todas circunstancias.
Como si no bastaran tantas gracias
aüadió otra, la más insigne entre todas:
nos adoptó por hijos suyos.
“ Mirad qué tierno amor hacia no-
sotros ha tenido el Padre, queriendo
que nos llamemos hijos de Dios y lo
seamos en efccto“(‘) escribe el discí¬
pulo muy amado, y San Pablo: “ Y
siendo hijos, somos tambien herederos:
herederos de Dios y coherederos con
Jesucristo.“ (^)
iNo es un e.vceso de bondad cl he-
(l; I Joan. III, I. (:’) Kom. VIII, 17.
214
Cipítulo XIII
cho de que unos pobres pordioseros
scan admitidos á la adopción y heren-
cia dei rey de los reyes?
Además de este dón incomparable,
como su mano liberal será pródiga
eternamente, al habernos nosotros en¬
tregado al poder de Satanás por el pe¬
cado nos ha librado Dios dc él por
medio de su Hijo Jesus: “Amó tanto
Dios al mundo, que no paró hasta dar
á su Hijo unigénito“ (’) no solamente
rcvisticndole con el ropaje de la natu-
raleza humana, sino también entregán-
dolo por nosotros á la más dolorosa
de las muertcs.
De este inmenso beneficio partici-
pan asimismo sus enemigos: “Lo que
hace brillar más la caridad de Dios
hacia nosotros, es que entonces mismo,
cuando éramos pecadores ó enemigos
siiyos, Jiié cucindo al tiempo seflalado
murió Cristo por nosotros." (*)
Aunque Dios no nos hubiese con¬
cedido otro favor que una sola mi-
(1) Joan, Ilí, \C. (2) Roíu. V, 8-5.
Sacrifício eucarístico
245
rada de misericórdia íquiénpodría agra-
decérsela merecidamente ó justamente
satisfacerla? ^No es El por ventura la
infinita majestad y nosotros un vil gu¬
sano de la tierra? íCómo. pues, re¬
compensaremos la Encarnación dei Se-
nor, así como su vida y su muertc?
Osorio nos prcvicnc que “ aquél que
muchas cosas dcbe á alguien está obli-
gado á correspondcrle debidamente, si
no quiere pasar por ingrato “ (‘) y en
tal caso deberíamos tencr constante¬
mente en los lábios el canto de David
“iCómo podré corresponder al Sefíor
por todas las mercedes que me ha he-
cho?“ (^) “Qué ofrecerc, pues, al Se-
nor que sea digno de El?“ (*) pedire¬
mos con cl profeta Miqueas. j Qué ha-
remos, ingratas criaturas, para dar tcs-
timonio dc nuestra gratitud?
Véase la respucsta inspirada que
da el santo rcy; “Tomaré el cáliz (*)
de la salud é invocaré el nombre dd
(1) Cone. de Missa.
(2) l*s. CXV, U'.
(3) Micheas, V(, C.
(4) i'rcsci'ilu pur la Icy para dar gracias á Dios.
246
Capítulo XIII
Sefior. Cumpliré al SeKor mío mis vo¬
tos en presencia de todo su pue-
blo.“ (■)
Este sacrifício de acción de gracias
no es otro que la santa Misa. Asistir
á ella con esta intención es, por con-
siguiente, una manera perfecta de agra¬
decer á nuestro soberano bienhechor,
porque, según San Ircneo: “El divino
sacrifício ha sido instituido para que
no seamos ingratos á Dios. “
Así, pues, fuera de este sacrifício
nada encontraríamos digno de ser ofre-
cido á la Santísima Trinidad en pro-
porción á sus benefícios.,.
Por lo dcmás las palabras dei mi-
sal indican claramente el carácter de
acción de gracias de la santa Misa. A
parte de los versíeulos ya citados dei
Gloria se dice en el Prefacio-. “Ha-
gamos gracias al Seiíor nuestro Dios.
Veidaderamcnte cosa justa y razonable
cs, equitativo y saludable haceros gra¬
cias siempre y do quiera, Seiíor Santo,
íl) 1 ’ 5 . CXV, 13.
( 2 ) Contr. liacres Itb. 1\\ c. '.Z,
Sacriflcio eucarístico
247
Padre Todopoderoso, Dios eterno, por
Jesucristo Senor nuestro. “
Los términos de esta acción de gra¬
das son los más expresivos de los que
usa la santa Iglesia.
Inmediatamente antes de la consa-
gración el sacerdote exclama: “ Tomó
el pan en sus manos santas y venera-
bles, y levantando los ojos al cielo,
hízole gracias. “
i Oh adorable elevación de los ojos
de Jesus! jOh poderoso testimonio de
reconocimiento verdadcro que suple á
nuestros agradecimicntos incompletos!
Lo que Jcsús llevó á cabo después de
la Cena se renueva en cada Misa y
siendo infinita esta acción de gracias
de una persona divina encuentra Dios
en ella una satisfacción incomparable.
Consideremos ahora esta acción de
gracias. Si desde los dias de nuestra
infanda hasta los momentos actuales
hubiéramos dado sin ccsar gracias á
Dios por sus innumerables Ijeneficios,
no habríamos hecho tanto como asis-
tiendo á una sola Misa.
248
Capítulo XIII
Veamos otra comparación; si hu-
bicramos invitado á todas las almas
piadosas á que juntasen sus cânticos
de reconocimicnto á los nuestros, y
durante todo el tiempo de nuestra vida
hubiéramos unido nuestros votos y
nuestros corazones, jamás haríamos
tanto como asistiendo una sola vez al
santo sacrifício.
Más aun ; si el ejército celestial hu-
biera acometido tamafía empresa no
habría llevado á cabo ni una sombra
dcl reconocimicnto, tcstimoniado á Dios
por Jesucristo en el altar.
;Oh Dios mío! ^Cómo es posible
que podamos llcgar á comprendcr el
tesoro inmenso contenido en cadaMisa?
i Qué felices nos haría tal apercibi-
miento! íQué cclosos nos mostraríamos
de asistir al divino sacrifício!
“Las gracias, dicc Santo Tomás de
Aquino, debcn darse á su autor, por
medio de la gratitud y reconocimicnto
y por el mismo conducto por donde
bajan.“
Jesucristo es el camino por donde
Sacrifido eucarístico
249
nos llegan toda clase de bienes, pues
por medio de Jesucristo inmolado en
el altar deben remontarse hacia el cielo
nucstras acciones de gracias.
Por eso San Pablo escribía á los
ficlesdc Corinto: “Continuamente estoy
dando gracias á Dios por vosotros, por
la gracia de Dios, que se os ha dado
en Jesucristo: porque en él habéis sido
enriquecidos con ioda siierlc de bienes
espirituãles, con todo lo que pertenece
á los dones de la palabra y de la ciên¬
cia, de manera que nada os falte de
gracia ninguna..." (‘)
“Considera, pues, devoto cristiano,
cuánto debemos á Dios por haber ins-
tituido la Misa, y que sin ella, no ten-
diíamos medio para dar dignamente gra¬
cias á Dios. Ojalá que nos hagamos
cargo de nuestra gran dicha.
En el santo sacrificio, Jesús es todo
nucstro; en El poseemos todos sus
méritos, de modo que uniéndonos á la
víctima divina podemos ofrecerlos al
(1/ I Corinlh. I, y 7,
250 Capítulo XIV
Padre y pagar la deuda que nos aba-
te.“ (‘)
CAPÍTULO XIV.
Lã santa Misa es el sacriflcio más eficaz
para que nuestras súplicas
sean atendidas.
Además de los holocaustos y sacri¬
fícios eucarísticos cxigió Dios de su
pueblo ofrendas pacífícas que consis-
tían en sacrifícios de paz y de ora-
ción de maravillosa efícacia. porque
hacían llover sobre Israel las más abun¬
dantes gracias de bendición y pcrseve-
rancia.
Amcnazados los israelitas por los
fílisteos suplicaron aquéllos á Samuel
que rogara por cllos. Samuel inmoló
un cordero, imploró al Senor y subi¬
tamente se apoderó el pânico dei ene-
migo y huyó atropelladamcnte. f **)
Más tarde, cuando Dios castigó á
su pueblo con una peste, David ofreció
(l> Segneri. ( 2 ) 1 Keg. VII, T-ll.
Sacrificio impctratorio 251
igualmente un sacrifício de paz y de-
sapareció el azote. Ejemplos de este
género los encontramos numerosos en
la Sagrada Escritura.
Si Dios concedió á los hebreos ta¬
les médios con que apaciguarlc. en
cambio los cristianos recibieron otro
incomparablemente más eficaz.
En efecto; jqué es lo que no con¬
seguirá el cordero divino inmolado en
el altar, cuando los corderos de los
judios lo conseguían todo dei Altí-
simo?
Los sacrifícios de las Sinagogas tan
sólo podían ser ofrecidos con una sola
intención y con un rito particular;
pero la Iglesia aunque no tenga más
que un solo sacrifício, lo ofrece con
intenciones diversas en todas circuns¬
tancias y obtiene más gracias que los
judios con sus múltiples ofrendas :
“Anatema á quien sostenga que el sa¬
crifício dc la Misa es únicamente un
sacrifício dc alabanza ó de hacimiento
de gracias ó una simplc representación
dei sacrifício verificado en la cruz, y
252
Capftulo XIV
no un sacrifício de propiciacifín. Ana-
tenia al que diga que sólo sirve al
que comulga y que no puede ser ofre-
cido para los vivos y para los difun-
tos, por los pecados, por las penas,
por las satisfacciones y por otras nc-
cesidades.“ (')
Es de ley en la Iglesia el que la
Misa puede ofrccerse con’ múltiples in-
tenciones y que por medio de ella ob-
tenemos de Dios los más diversos fa¬
vores.
Podemos oir ó celebrar la santa
Misa á mayor gloria de Dios. en ala-
banza á Maria, en honor de los ánge-
Ics y santos, por nuestra salvación, para
la conservación ó restauracion de nues¬
tra salud, para ser preservados de los
males temporales, para obtener la re-
misión de nuestros propios pecados,
cnmienda de nuestra vida o la gracia
de una buena muerte; y todo ello po¬
demos pedirlo para nuestros parientes
( 1 ) Trident Sess. 23, can. 3.
Sacrifício impctratorio
253
y amigos, para tòda la Iglesia militante
y para toda la purgante.
Los doctores están acordes en pro¬
clamar el poder de la Misa como sa¬
crifício impetratorio; “Es sumamente
eficaz, dice uno de cllos, á causa dei
valor de la víctima y de la dignidad
dei sumo sacerdote que sacrifica. No
hay gracia ni don que no pueda obte-
nerse por ella. Foco importa que sean
muchos ó pocos los que pidan, todos
recibirán según la medida de su peti-
ción; porque siendo Jesús el principal
sacrificador, su ofrenda es infinitamente
agradable al Padre. Son además inago-
tables los méritos que le son presen-
tados. La Pasión, la sangre, las llagas
de Jesús tienen un valor sin limi¬
tes." (*)
En el mismo sentido se expresa San
Lorenzo Jastiniano: “ Ningún sacrificio
más excelente, ni más util, ni más agra¬
dable á su divina .Majestad que el sa¬
crificio de la .Misa en el que las llagas
(1) Caade], my^L 2*-*, Uct. 5, pag. 3.
254
Capitulo XIV
de nuestro Mediador, sus azotes y opro-
bios que sufrió por nosotros, se ofre-
cen nuevamente á su Padre quien vien-
do inmolar al que había enviado al
mundo, concede el perdón á los peca¬
dores, auxilio á los débiles y á los
justos la vida eterna." (')
Por la 0 frenda dei santo sacrifício
damos más de lo que podemos pedir.
íA qué, pues, el temor de que nuestra
súplica sea rechazada ó desatendida?
Para obtener alguna cosa limitada ofre-
cemos una víctima de precio infinito.
^Cómo Dios, ensu liberalidad, que pro-
metió recompensar un vaso de agua
dado en su nombre dejará de atender
nuestras súplicas, al ofrecerle el cáliz
lleno de la sangre de su Hijo, de aquella
sangre que implora misericórdia por
nosotros?
En el testamento de su corazón, en
las últimas palabras que pronunció des-
pues de la Cena, dijo nuestro buen
Maestro: “ En verdad, en verdad os digo,
( 1 ) Scroi. Jc Corp Cbrístl.
Sacrifício impctratorio 255
que cuanto pidicreis al Padre en mi
nombre, os lo concederé.“ (^j
i Qué momento más propicio para
pedir en nombre de su Hijo aquél en
que muriendo nucvamente por nosotros
se presenta Jesús á la presencia dei
Padre!
San Bucnaventura da otra razón
sobre la eficacia dei santo sacrifício:
“ Guando un príncipe se halla prisio-
nero, no se le da libertad, sino mediante
un crecido rescate. Cuidemos, pucs,
de que no se vaya Jesús de la Misa
donde es nuestro prisionero, sin que
antes nos conceda el pcrdón de los
pecados y nos asegure que iremos al
cielo.“
A este fín, eleva el sacerdote la sa¬
grada Hóstia como quien da voces al
pueblo y Ic dice: “ Mírale, aquel al
cual el mundo no puede encerrar, le
tengo prisionero en mis manos, no le
dejemos ir, si antes no nos concede lo
que le pidamos.“ Sí, repitamos las pa-
( 1 ) Jiian \VI, 23.
25S
Capítulo XIV
labras de Jacob al ángel: “No te de-
jaré ir si antes no me das tu bendi-
ción.“ (*)
Veamos ahora, con el siguente suce¬
dido, lo que puede llegar á conseguir
una oración dicha con fervor durante
la santa Misa.
Vivia en Spello cn el afio 1582 (-)
una piadosa mujer cuyo esposo mal-
tratábala con palabras y hechos. Con
los anos su situación empeoraba de
día en día y la desdichada esposa es-
taba ya desesperada. Iba á cometer al-
guna mala acción, ciiando dos religio¬
sos capuchinos, llamados Lactancio y
Francisco de Nursia, fueron á pedirle
limosna, y les contó ella, con lágrimas
en los ojos, su situación insostenible.
Los religiosos se esforzaron en conso¬
laria y Ic aconsejaron que oyese todos
los dias la santa Misa y juntase sus
sufrimientos á los que por ella había
sobrcllevado el Salvador dcl mundo,
asegurándole que entonces su despótico
(1) Genes. XXXII, 26 .
(.') Crüniea Ue los Cupucblnos.
Sacrificio impctratorio 257
marido se iria apaciguando poquito á
poco.
Llena de confíanza la pobre mujer
prometiü seguir el consejo, que agra-
deció; pero su marido era tan tirano
que le llegó á prohibir que los dias
laborables saliese de casa. Semejante
medida la afligió sobremanera, ya que
así no podia cumplir lo que á los re¬
ligiosos prometió.
Afortunadame.nte el déspota se vió
obligado á emprender ün largo viaje
que su esposa aprovechó gozosa para
oir Misa todos los dias. Con un fervor
sin igual se encomendaba ellamismay
á su marido á Nuestro Seíior, supli-
cándole tu\ãese compasión de ella y
trocase cl perverso corazón dei tirano
esposo.
Un dia llegó éste de improviso y
sabiendo por la criada que su esposa
estaba en el templo, el que no habia
dejado de frecuentar todos los dias, su
furor no tuvo limites.
Fuera de si se desató en impropé¬
rios y juró extrangular á su victima y
B096
9
258
Capítulo XIV
en efecto, al llegar ésta le puso las ma¬
nos al cucllo. La infeliz, viéndose per¬
dida, imploro los auxílios dei Seiíor en
pago de su asistcncia á la santa Misa,
y este socorro no sc hizo esperar, pues
ias manos dei verdugo permanecieron
sin fuerzas para consumar el crimen
ni para apartarse dei cuello de su es¬
posa.
Esta impotência irritó más al mi-
serable que invocando á Satanás redo-
bló sus esfuerzos; pero la parálisis
aumentaba en proporción á su ira y
pronto sus manos quedaron rígidas y
frias como las de un cadáver.
Entonces él mismo comprendió que
aquello era un castigo de Dios y se
arrepintió, prometiendo á su esposa
que se corregiría si obtenía la curacion
completa.
Pero la esposa quiso aguardar la
súplica para otro día, porque descon-
âaba de aquellas promesas, y decía que
era preferible un marido paralizado que
un encarnizado perseguidor.
Finalmente convencida de la since-
Sacríficio impctratorio 259
ridad dei arfepentido imploraron jun¬
tos la divina misericórdia c hicieron
votos y promesas hasta que Dios les
escuchü. Tal severo castigo produjo
los mejores frutos, pues el marido se
convirtió en dulcc j bueno para su
esposa, acompanándola desde entonces
á oir la santa Misa.
“ Por abundar en tesoros y ser su¬
mamente agradablc la oblación de la
Misa, puede cualquiera alcanzar de
Dios, de la Virgen Santísima y de los
santos cuanto necesite para su salva-
ción. Nada más eficaz." (‘)
Crcemos haberlo probado suficien¬
temente en el presente capítulo; reasu-
mamos, pues. En la santa Misa no ora¬
mos solos; con nosotros y por noso-
tros rezan el sacerdote, los ángcles y
el mismo Jesucristo, y no solamente
oramos, sino que también ofrecemos á
Dios un dún divino.
Si nuestras súplicas fueran estériles
en estas condiciones «idónde y cuándo
podrían ser atendidas?
(1) Moliaa.
260
Capitulo MV
Pero, ipor qué no escucha siempre
á los que le ofrecen la santa Misa? A
esta pregunta de Santa Gertrudis le
contestó Nuestro Senor: “Si alguna
vez no atiendo á tus súplicas y á tus
deseos, es porque te preparo algo que
te será de mayor utilidad, puesto que
tú no eres capaz de pedir lo que más
te conviene á causa de la miséria hu¬
mana/' (')
£n otra ocasión se lamentaba dul-
cemente la misma Santa; — ^De qué
les sirven mis oraciones á mis amigos
si no obtengo fruto alguno? — No te
admires, le dijo el Salvador, si no ves
los efectos de tu oración, puesto que
yo lo ordeno todo según mi sabiduría
impenetrable; sin embargo, ten la se-
guridad de que cuanto más se pida por
una persona, tanto más favorecida será
ésta, porque ninguna oración sincera es
desatendida, por más que este efecto
puede quedar oculto. (*)
Si, según las palabras de Jesucristo,
( 1 ) Lib llí, Revel 33.
(2) Lib. Ul, Kev. 3. cap. 3 , § 13.
Sacrifício impetratorio 261
á cada oración corresponde su fruto,
i cuál no será el de la Misa, que es la
oración por excelencía? Pero fijémonos
en que Jesucristo habla de una oración
sincera, la oración que va acompafíada
de la confianza.
El que ora sin confianza recibirá
poco ó nada, como podemos probarlo
con el ejemplo siguiente:
Cuéntase en la vida de San Seve-
rino Abad, que en los alrededores dei
castillo de Corull cayó una inmensa
nube de langostas, que ocasionó gran¬
des perjuicios á Ias cosechas.
El pueblo acudió á San Severino
implorando su intercesión cerca de
Dios, para que cesara el azote. El reli¬
gioso, compadecido los reunió á todos
en la Iglesia, donde les exhortó á la pe¬
nitencia y á la oración, terminando su
sermón con estas palabras:
— No conozeo otra oración más
eficaz que la santa Misa y voy á ofre-
cerla por vuestra intención. Ofrecedla
también vosotros conmigo y poned en
ella toda vuestra confianza.
262
Capítulo XIV
Todo el pueblo se dispuso á seguir
cl sabio consejo, á excepción de un
solo indivíduo que dijo en tono de
burla;
— jVana confianza es la vuestra!
Aunque oigáis todas las Misas dei mun¬
do y permanezcáis todo el día en ora-
ción, no conseguiréis ahuyentar ni una
sola langosta.
Y se marcho á su casa para reanu-
dar el trabajo.
Los restantes junto con el sacerdote
suplicaron fervorosamente al SeBor les
librase de la plaga.
Cuando la Misa había terminado to¬
dos se fueron al campo y ; oh sorpresa!
las langostas habían volado formando
una espesa nube.
La alegria y el reconocimiento lle-
naron todos los corazones y el incré¬
dulo no queria convencerse de la efi¬
cácia dei remedio, hasta que siguiendo
con su mirada el ejército devastador,
lo vió dirigirse y pararse en sus tierras
de labranza. Considerando entonces
cierta su mina invocó al cielo, pero
Sacrifício impetratorio 263
nada consiguió, ya que los voraces in¬
sectos no huyeron hasta después de
haber destruído su cosecha.
Esta narración nos demuestra no
sólo el poder de la santa Misa, sino
también el castigo reservado á los que
la desprecian.
A semejanza de aquel pueblo cre-
yente tengamos entera confianza en el
santo sacrifleio.
“ Lleguémonos, pues, confiadamente
al trono de la gracia á íin de alcanzar
misericórdia, y hallar el auxilio de la
gracia para ser socorridos á tiempo
oportuno." (‘)
íY CLiál es esc trono de gracia? No
es el cielo, porque no podemos llegar
á él; ni cl arca de la alianza, porque
era un símbolo tan solo, sino el altar,
cn el cual es inmolado el Cordero de
Dios con el fin de alcanzarnos gracia
y misericórdia.
No dejemos, pues, de ir todas las
r.iananas á ese trono de gracia donde
( 1 ) Hebreof. IV, 16 .
264
Capitulo XV
recibiremos los auxílios necesarios. Acu¬
damos á él con satisfacción y entera
confianza, porque es trono de gracia y
no de venganza, de misericórdia y no
dc justicia.
CAPÍTULO XV.
La santa Mlsa
es el sacriflcio má.s poderoso
de reconciliación.
Después que sus hijos se habían re-
gocijado juntos levantábase Job muy de
maSana y ofrecia el sacrifício por cada
uno de ellos diciendo:
— No sea que mis hijos hayan pe¬
cado y desechado á Dios en sus cora-
zones. (^)
Este comportamiento nos dice que
basta la simple razón natural para co-
nocer la necesidad dei sacrifício ex¬
piatório. Este estaba ya en uso en
tiempo de los antiguos patriarcas, an-
(l) Job. I, 5.
Sacrifício expiatória 265
.tes que Moisés hubiese publicado la
Ley.
Si alguno hubiese cometido pecado
haga penitencia por él y “ofrezca de
los rebaüos una cordera ó una cabra,
y el sacerdote hará oración por dicha
persona y por dicho pecado. Pero si no
pudiese ofrecer una res, ofrezca al Se-
fior dos tórtolas ó dos pichones, uno
por el pecado, y otro en holocausto...
y el sacerdote orará por este hombre
y por su pecado,ysele perdonará.“ (‘)
Así lo ordenó el Seüor.
Pose)xndo el Antiguo Testamento
tal sacrifício, no podia faltarle á la
Iglesia el suyo, sacrifício tanto más
noble que el primero, cuanto [más su¬
perior es el cristianismo al judaísmo.
Este sacrifício expiatório es eviden¬
temente el de la cruz, por el cual se
reconcilió el mundo con la justicia di¬
vina. Pero para que esta reconciliacién
nos fucse ofrecida cada día, hasta la
consumación de los tiempos, instituyó
(1) Levit. Y, 6-7 y lO.
8096
9*
266
Capitulo XV
Jesucristo el sacrifício de la Misa, que
no es un sacrifício nuevo sino la re-
novación dei de la cruz bajo una forma
incruenta.
Por esta razón la Iglcsia lo llama
saerificio e.xpiatorio j dice explícita¬
mente que lo instituyó Jesucristo: “ para
dejar á la Iglesia su esposa santa, un
saerifieio visible que representase el
sacrifício sangriento de la cruz y apli-
case el poder saludable de él para la
remisión de los pecados^cotiJianos.“ (^)
Las oracioncs y ceremonias de la
Misa indican su carácter cxpiatorio. El
sacerdote empicza recitando el Confi-
teor durante el cual se da tres golpes
de pecho; lo mismo hace el monaguillo
en nombre dei pueblo, y el celebrante
dice á los fíeles: “Dios todopoderoso
tenga misericórdia de vosotros, os per-
done los pecados y conduzca á la vida
eterna."
Hace después la seiíal de la cruz y
exclama: “Dios todopoderoso y mise-
(1) Tríd. Sess \\[I, cap. I.
Sacrifício cxpiatorio
267
ricordioso nos otorgue el perdón, la
absolución y remisión de nuestros pe-
cados.“
Seguidamente implora el perdón de
nuestros pecados en el Krrie elcison.
‘•Seõor, tcn compasión de nosotros;
Cristo, ten compasión de nosotros."
Humilde y confortable invocación
que sube al cielo y mucve el corazón
dei Padre hacia sus hijos.
La voz de perdón se repite en mu-
chas colectas, secretas y posteomunio-
n s, y finalmente, en el Ag^iiis Dei:
" Cordero de Dios, que borras los pe¬
cados dei mundo, ten compasión de no¬
sotros."
^Cómo demostrar con más eviden¬
cia que el sacrificio de la Misa es un
sacrifício de reconciliación ?
Marchant sc expresa en estos tér¬
minos: “Sobre Nuestro Senor Jesu-
cristo que cargó con los pecados dei
inundo para limpiarlos con su sangre
descargamos nuestras faltas personales
como sobre una víctiraa llevada á la
268 Capítulo XV
inmolación para que los expie por no-
sotros.“ (*)
“Por esto el sacerdote se inclina
profundamente ante el altar para al-
canzar el perdón de todos. Así inclinado
representa también á Jesucristo en el
huerto de los Olivos en donde el peso
de nuestros pecados le hizo caer en
tierra bafiado dei sudor de sangre yle
arrancó desgarrador grito de perdón.
Y porque como É1 y en lugar de Él,
el sacerdote intercede por todos los
pecados dei mundo entre los cualcs
incluye los suyos propios, y como por
otra parte el precio de la Rcdención
debe pagarse de nuevo, el precio de la
Misa sirve para pagar lo que debemos
por nuestros pecados cotidianos."
Hermosas y consoladoras palabras
para el corazón arrepentido y á propó¬
sito para estimular nuestro ceio por la
asistencia á la santa Misa, donde se
opera el beneficio de nuestra reconci-
liación.
( 1 ) Cand. myst. Iract IV, lect. 13, S
Sacrifício expiatório 269
Santiago en su Liturgia exclama;
“ Ofrecémoste, oh Scnor, este sacrifício
incruento por los pecados cometidos
por ignorancia“ ; cometemos en efecto
muchos pecados de los que no nos da¬
mos cuenta y no los confesamos y de
los cuales somos reos.
A sus culpas ignoradas referíase
David cuando decía; “Senor, echa en
olvido los delitos ó flaquezas de mi
maldad y mis necedades.“(^) “^Quièn es
el que conoce todos sus yerros? Purífl-
came de los mios ocultos.“(-)
Pues si no queremos aparecer ante
Dios cubiertos con estos pecados de
ignorância y malicia como con un ves¬
tido abominable, aprovechémonos dei
santo sacrifício “ que sirve para expiar
nuestros pecados ignorados que no no¬
tamos á pesar de un sincero examen
de concencia.“
También esto es de Marchant, y no
de otro modo se expresan el Papa Ale-
jandro 1, San Cirilo y San Ambrosio;
(0 l’sal. XXIV, 7. (2) Psal. XVllI, 13.
270
Capítulo XV
“ Por medio de la oblación dcl santo
sacrifício, el Seilor se reconcilia con
nosotros y perdona la multitud de nues-
tros pecados qucofrecemos á Jesucristo,
Cordero de Dios inmolado por nues-
tros pecados á fin de mover al Senor
á que tenga misericórdia de nosotros.
Jesucristo ofrecióse como sacerdote para
que Dios perdone nuestros pecados. “
Llenaría páginas enteras si quisiera
citar todos los textos de los Padres
que se refieren á este punto. Me de-
tendré cn el Concilio Tridentino que
así nos habla; “ El sacrifício de la Misa
es realmente un sacrifício propiciató¬
rio, mediante el cual si nos dirigimos
á Dios con corazón recto y fe sincera,
con temor y respeto, contritos y arre-
pentidos, alcanzamos misericórdia y re-
cibimos los auxílios de que tenemos
necesidad." (‘)
Páginas enteras podríamos llenar si
nos empefíáramos en citar todos los
te.xtos de los Papas sobre el particular,
Tríd Sgss. X\ir, cap. 2.
Sacrifício expiutorio 2T1
pero nos limitaremos á la doctrina dei
Concilio de Trento: „Apaciguado, cn
efecto, por esta oblación, el Scfior con¬
cede la gracia y el don de penitencia,
y perdona los crímenes, aun los más
graves.“ (M
Después de tantas citas podríamos
preguntar: qué un sacrifício de rc-
conciliación, cuando podemos reconci¬
liamos con Dios por medio de una con-
trición sincera ?
Indudablemente la contrición per-
fecta nos devuelve la gracia; pero, £de
dónde sacarás dicha contrición? Le es
tan imposible al hombre sentiria por
sí solo, como á un muerto resucitar
por su propia voluntad.
Si cada uno de nosotros pudiésemos
experimentar, por nuestras propias fuer-
zas los sentimientos de penitencia y
arrepentimiento, no estaria el infíerno
tan poblado, porque nos esforzariamos
en la hora de nuestra muerte y saldría-
mos de este mundo en estado de gracia.
(1) Trid. Sess. XXK, cap. 2.
272
Capitulo XV
Guando nos sentimos conmovidos y
movidos á piedad al oir un sermón, ó
al leer un libro de devociones, todo
cuanto experimentamos es efecto de
una gracia particular con que desinte-
resadamente nos obsequia el Seüor,
pero que la concede sólo cuando fervo¬
rosamente se le pide.
Para lucrar dei tesoro de sus gra¬
das, no hay cosa más segura que el
santo sacrifício dei altar, pues en el la
severa justicia dei Padre se trueca en
amor, compasión y misericórdia.
; De qué ternuras por los pobres pe¬
cadores se siente inundada la divina
víctima, Nuestro Sefíor Jesucristo, du¬
rante su inmolación!
Sus palabras á Santa Gertrudis,
atentamente meditadas, pueden ayudar-
nos á formamos idea de ello.
Era un día de Jueves Santo en el
momento en que se cantaban estas pa¬
labras de I.attdes: Oblatus est quia ipse
voluit... fué ofrecido en sacrifício por¬
que El mismo lo quiso cuando Nuestro
Sefíor dijo á la Santa:
Sacrifício expiatório
273
— Si crees que no fui ofrecido en
la cruz á mi Padre celestial, sino por¬
que quise ofrecerme de tal suerte, cree
también que ahora desco ofrecerme por
cada uno de los pecadores al mismo Dios,
mi Padre, tan afectuosamente como en-
tonces para la salvación de todos los
hombres en general. Así no hay nadie
por cargado que csté de pecados que
no pueda esperar cl pcrdón ofrcciendo
á mi Padre mi Pasión y muerte, puesto
que cree que cilas pueden obtcner para
él el fruto y el dón de la gracia. Debcn
convencerse todos de que el recuerdo
de mis sufrimientos es el remedio más
poderoso, cuando va acompanado de una
fe viva y una penitencia verdadcra. (')
En otra circunstancia el divino
Maestro había dicho á Santa Matilde:
— Hija mia, acudo á la Misa con tal
mansedumbrc que no hay entre los con¬
correntes ningiín pecador, por pervertido
que sea, que yo no soporte y á quien
no perdone gustoso, si tal cs su deseo.
CO Lib. IV, cap. X.W.
274
Capítulo XV
Fijcmonos en que, Icjos dc recha-
zar ai pecador, su enemigo, Ic mira
por el contrario Jcsucristo con ojos
llenos de dulzura, Ic tiende la mano,
y al primer suspiro de contrición, se
aprcsura á perdonarle.
La ) 'ida ufc los primeros Padres, con-
tiene un tierno ejemplo dc esta amo¬
rosa conducta dei Sagrado Corazón.
San Pablo ermitafío había rccibido
cl dón dc leer en las conciencias. Los
domingos se situaba cn la puerta dc la
iglcsia, y al pasar los eremitas por
delante de él. á aquellos que veia car-
gados con alguna falta se las revelaba
y les e.xhortaba á penitencia.
Un dia llegó un hombre, con la cara
y el cucrpo negros, que estaba poseído
dcl demonio; desde lejos le seguia el
ángel de su guarda triste al contem¬
plar á su infeliz protegido. A la vista
de semejante espectáculo, San Pablo
derraraó amargas lágrimas y se golpeo el
pecho, compadecido dcl pobre pecador.
A pesar de las súplicas de los soli¬
tários monjes, San Pablo permaneció
Sacrificio expiatório
275
en la puerta de la Iglesia durante cl
santo sacrificio y prosiguió llorando.
Al salir de Misa los fieícs buscaron al
pecador; su rostro estaba como ilumi¬
nado y el ángel de su guarda, lleno de
gozo, permanecia cerca de él mientras
los demonios le seguian de lejos.
— iOh indecible bondad de nuestro
Dios! — exclamo San Pablo entonces
— ; Oh insondable mistério de la mi¬
sericórdia divina! Venid, hermanos, á
admirar las maravillas dei Sqiíor, ved
lo que acaba de suceder. Ese hombre
que penetró en el templo con el rostro
negro y poseído dcl demonio salc trans¬
figurado, radiante de gozo y guardado
por un ángel bueno.
Volviéndose después bacia el inte-
resado, le dijo:
— Da gracias á Dios y revélanos
el estado de tu alma.
Y respondió el desconocido:
— Soy un desdichado que ha vivido
largo tiempo en la impureza, sin hacer
caso de los avisos de Dios; pero hoy
276
Capítulo XV
en Ia Epístola las palabras de Isaías
me han conmovido: “ Lavaos, pues, y
purificaos, apartad de mis ojos la malig-
nidad de vuestros pensamientos, cesad
de obrar mal, aprended á hacer bien,
buscad lo que es justo.... Aunque vues¬
tros pecados os hayan tefiido como la
grana, quedarán mestras almas blan-
cas como la nieve, y aunque fuesen
teüidas de encarnado como el bermellón
se volverán dei color de la lana más
blanca.“ (‘)
Al oir estas expresiones he elevado
mi corazón al Senor y hc dicho:
— i Oh Salvador mío que viniste al
mundo para salvar á los pecadores,
cumplid en mí vuestra promesa y li-
bradme dei mal! Estos pensamientos y
otros parecidos no me han dejado en
toda la Misa y hc prometido al Senor
no cometer ningún otro crimen, ya que
El se ha dignado perdonarme y reci-
birme hoy como hijo suyo.
Entonces todos los reunidos excla-
maron:
(1) Isaías I, 16-18.
Sacrifício eicpiatorlo 277
— iSefior, vuestras obras son ad-
mirables! Por la virtud de la santa
Misa convertís á los pecadores y les
colmáis de mercedes.
;Oh admirable sacrifício dei altar!
;Cuán grande es tu poder! jAcuántos
pecadores, entre los cuales debemos
contamos, has convertido y preservado
de la muerte eterna! jQué reconoci-
miento debemos al dulce Jesus que nos
facilita de tal suerte nuestra reconci-
liación con Dios! jAh, cuán pobres
eran los judios sin este sacrifício, ellos
que, según tcstimonio dei Apóstol, no
podían borrar ni un sólo de sus peca¬
dos con la sangre de los animales in-
molados!
Si la sangre de los animales fuera
suficiente para borrar nuestras faltas,
ide dónde sacaríamos víctimas suficien¬
tes ó dinero para satisfacerlas debida-
mente? Seria, pues, locura la nuestra
no aprovecharnos dcl sacrifício tan scn-
cillo y eficaz de nuestro Sefíor Jesu-
cristo, malogrando de esta suerte la
venida dei Mesías.
278
Capítulo XV
lugar de expiar entonces nues-
tros pecados los habríamos aumentado
en número todos los dias precipitán-
donos por siempre jamás en los pro¬
fundos infiernos.
§ 1. De qué suerte la santa mha òbra
la remlslón de los pecados
y la converslón de los pecadores
empedernidos.
“El efecto dei sacrifício de la santa
Misa consiste en reconciliamos con
Dios.“
Santo Tomás apoya esta doctrina
con esta excelente comparación; “Per-
dona uno la ofensa recibida, si el ofen-
sor ofrece algún dón precioso ó presta
un servicio senalado. De la misma ma-
nera Dios nos perdona por la honra
que le tributamos al asistir devotamente
ú Misa y por el dón sublime que le
hacemos por medio de la oblación dei
cuerpo y sangre de nuestro Scflor Jcsu-
cristo.“
La Sagrada Escritura enseiía lo
mismo: temiendo Jacob la cólera de
Sacriificio expiatório 279
Esaú, á quien había quitado el derecho
de primogenitura y la bendición pa¬
terna se decía á sí mismo: “ Le apla-
caré con los regalos que preccdcn, y
dcspués me presentaré á él; quizá se
me mostrará propicio." (')
Envióle en efecto camellos, vacas,
bueyes, ovejas, cabras, y ante estos
presentes se ablandó el corazón de su
hermano.
Si en la Misa ofrecemos á Dios,
tan juStamente irritado contra nosotros,
las virtudes, los méritos, la Pasión, la
muerte de su hijo, evidentemente tro¬
caremos sus sentimientos hacia noso¬
tros más prontamente que Jacob cam-
bió el corazón de Esaú, ya que nues-
tros dones son de más precio á los
ojos dei mismo Senor.
“ Ante esta ofrenda — dice Alberto
el Grande — desaparece la cólera é
indignación de Dios."
Al llegar á este punto se nos pre-
senta una cuestión de no cscasa monta.
(1) Genes. XXXII, 30.
280
Capítulo XV
i ün pecador impenitente puede, en
virtud de la santa Misa, recorfciliarse
con Dios? En otros términos: Si una
persona en estado de pecado mortal,
hiciera celebrar la santa Misa y asis-
tiera á ella {recobraria la gracia en
virtud de este hecho?
No, de ninguna manera, porque la
gracia no se recobra más que por una
sincera contrición.
Pues, entonces, {qué fruto recoge el
pecador dei santo sacrifício ? Que le es
muy útil tanto por lo que á bienes tem-
porales como á espirituales se reflere;
le preserva de muchos males y le aca-
rrea bendiciones, porque Dios jamás
deja el menor bien sin recompensa. El
provecho de la santa Misa es entonces
ante todo espiritual, pero como el pe¬
cador no puede gozar de esta gracia,
Dios, en su infínita bondad, le concede
otro bien inferior, el de los favores
temporales.
No obstante no deja de ser de al-
guna utilidad en el orden espiritual. Los
teólogos enseüan que la santa Misa atrae
Sacrifício expiatório
281
sobre el alma la gracia necesaria para
conocer y detestar los pecados morta-
les, y predispone para el arrepenti-
miento y la penitencia.
Esta gracia actual no obra en todos
con la misma eficacia; unos se convier-
ten al momento, otros lo hacen con
lentitud, segün la docilidad de sus co-
razones en dejar obrar las influencias
divinas.
Para hacer más asequible esta ver-
dad diremos que en la Misa Nuestro
Sefíor derrama un bálsamo consolador
en los corazones ulcerados de los pe¬
cadores; este bálsamo lo compuso en
la cruz con sus propios sufrimientos,
lágrimas y sangre. Si el pecador deja
obrar á este remedio precioso y se¬
guro, su curacion es completa; si en
su malícia infernal, lo aparta de la he-
rida, es segura su muerte eterna. La
malicia humana no despoja el santo sa¬
crifício dei carácter de reconciliación,
pero tiene el triste poder de rehusar
la reconciliación con que le brinda
Dios.
282
Capítulo XV
Entre los pecadores que se halla-
ban cerca de la cruz solamente algunos
se convirtieron y golpeándose el pecho
exclamaron;
—iVerdaderamente este es el Hiio
de Dios! (')
Los demás, obstinados en su ce-
guedad rechazaron los rayos de luz y
de misericórdia que irradiaban dei co-
razón lacerado de Jesús.
Pero, á pesar de ello, el día de Pen-
tecostés la palabra de San Pedro en-
contró el camino trillado y tres mil
personas se convirtieron en discípulos
dei Salvador.
Obra también la santa Misa como
remedio lento y al conocerse la con-
versión de un gran pecador, se atri-
buye ésta á la influencia de las Misas
que oyó ó hizo celebrar.
De esta suerte piensa Marchant y
dice: “ Muévenos la Misa á arrepentir-
nos ó á lo menos á desear el arrepen-
timiento. Esto acontece muchas veces
( 1 ) Maieo, XXVir, 54.
Sacrificio expiatório
283
durante la celebración y no pocas des-
pués. Muchos pecadores reciben alguna
gracia sefíalada que no dudan atribuir
á la virtud de la Misa. Otros perseve-
ran en la impenitcncia porque rccha-
zan la gracia ó abusan de ella.“
Con mayor razón una alma que sea
piadosa luego de haberse libertado dei
pecado, obtendrá por la santa Misa su
curación completa, puesto que la Igle-
sia enseila que; “Si asistimos á Misa
con afcctos ó deseos de contrición, Dios
se reconciliará con nosotros, nos con¬
cederá la gracia de la penitencia y
perdonará nuestras culpas por más abo-
minables que sean.“
Asistid á Misa, pecadores, y decid-
le á Dios: “Senor, por este augusto
sacrifício ablandaos y atraed hacia vos
á mi rebelde voluntad.“
Dios escuchará tu oración y por el
amor de su Hijo inmolado en el altar
inundará tu pobre alma de una lluvia
de gracias.
Alguien objetará con la Sagrada
Escritura: “Quiencierra sus oidos para
284
Capítulo XV
no escuchar la I.ey, execrada será de
Dios su oración.^ (‘)
• A esto responde Santo Tomás de
Aquino: “Aun cuando la Sagrada Escri¬
tura nos diga en muchos lugares, que á
Dios no place la oración de uno que
está en pecado mortal, todavia Dios no
rechaza la que sale de un corazón sin¬
cero.
-Supongamos aún que Dios rechaza
]a plegaria dei pecador, cuando éste le
olTece el sacriflcio de la Misa; pues El
no podra aeeptarlo con complacência.
Entendámonos bien; no queremos decir
que sea la oración dei pecador durante
la santa Misa. lo que agrade ó no á
Dios, sino la misma santa Misa que el
pecador ofrece á la divina Majestad.
Si al encontramos en extrema ne-
cesidad un enemigo nos enviara una
suma de dinero por medio de su criado,
aceptaríamos sin escrúpulo este pre¬
sente diciendo en nuestro interior;
— Aunque venga de mi más irre-
0) PrOT X.\V1II, 9.
Sacrifício expiatório 2S5
conciliable enemigo remediará mi an¬
gustiosa situación, y la acepto gus-
toso.
De la misma manera Dios, ante el
cuerpo y sangre de su Hijo ofrecido
por el pecador se emocionará y dirá:
— Por más que este dón venga de
un enemigo encarnizado no puedo me¬
nos de agradeccrlo y accptarlo. Y como
quiera que este pecador, por tal ofrenda,
me honra y glorifica, quiero recom-
pensárselo ofrcciéndole mi gracia; si la
acepta, olvidaré todas sus injurias y le
devolverá mi amistad.
jAnímate, pues, pecador descorazo-
nado, tu salvación no es imposible!
Mira cómo Jesus rompe las cadenas de
tus maios hábitos cuando asistes al
santo sacrificio; sigue sus divinas ins-
piraciones y tu alma se volverá más
blanca que la nieve.
Ahora bien, si una persona piadosa
ruega por un pecador, .iqué fruto sa¬
cará éste?
Esta cuestión la trata santa Gertru-
dis y la desarrolla en esta forma. L'n
286
Capítulo XV
día estando orando á Dios para que
infundiera su gracia á los pecadores en
bien de su pronta conversión y no atre-
viéndose á pedir por los que mueren
impenitentes, Nuestro Seííor la repren-
dió por su indecisión.
—çCon que — le dijo Jesus — la
presencia de mi cuerpo sin mácula y
de mi sangre preciosa no es capaz de
conducir por mejor camino á los que
están en el de la perdición ?
Reflexionando la santa sobre estas
consoladoras palabrasrepuso con entera
confianza á su divino Esposo:
— Puesto que tu caridad inefable
desea premiar hasta tal punto mis in¬
dignas oracioncs te suplico me conce¬
das que vuelvan al estado de gracia
todos aquellos que viven en pecado y
están en peligro de perecer.
Entonces el Scnor, rebosante de be-
nignidad, respondió:
— I.a confianza puede obtenerlo todo
facilmente
Y aparto á cierto número de almas
dei camino de perdición.
Sacrifício expiatório
287
Cristianos, especialmente esposas y
madres cristianas, no os desaniméis ja-
más, si vuestras oraciones, exhortacio-
nes y buenos ejemplos son ineficaces
en apariencia para las almas que os
están confiadas y á pesar de vuestros
esfuerzos no quieren marchar por la
buena senda ni frecuentar los Sacra¬
mentos.
Acudid á la santa Misa, oídla, ha-
cedla celebrar para estas ovejas des¬
carnadas y llegará la hora dei triunfo
de la gracia, tanto más pronto cuanto
mayor sea vuestra confianza,
§ 2. De qué manera la santa Mlsa
obra Ia remislón
de los pecados venlales.
Otro bien inestimable que sacamos
dei santo sacrifício de la Misa, es la
e.xpiación de los pecados veniales, los
cuales ofenden á Dios mucho más de
lo que se cree,
San Basilio hace resaltar la malicia
de este pecado por medio de la siguiente
parábola:
2S8
Capítulo XV
“ ç Qué se diría de un hijo que razo-
nasc cn esta forma ?
— Me guardaré de hacer traición á
mi padre y de cometer contra él un
atentado cualquiera que le obligue á
desheredarme. Pero yo obraré en todo
como mejor mc plazca, tanto si le agra¬
da como si no mi conducta.“
He aqui nuestra actitud ante Dios
al cometer un pecado venial con pro¬
pósito deliberado. Es como si dijéra-
mos:
— Comprendo perfectamente que
dependo de Dios, que se lo debo todo
y que todos los dias me colma de be¬
nefícios ; me guardaré de ofenderle gra¬
vemente, pero debe soportar mis pe-
que2as imperfecciones. Le desagrada
mi vanidad, pero no tengo intención de
renunciar á ella; le contrarían mis ím-
pctus iracundos, pero no pienso en
euidarme de refrenarlos; sé que es con¬
tra su voluntad que pierda yo en la
ociosidad horas cntcras, que hablc sin
frcno, á troche y moche, que rece con
incúria, que rehuse las ocasiones de
Sacrifício expiatório
289
practicar el bien, pero no me siento
en disposición de combalir estos de-
fectos.
i Dios mío! i Qué terrible seria vues-
tra justicia á no haber institaído un
sacrifício para apaciguar vucstra in-
dignación ante tal conducta! “Para que
gracias á él alcancemos el perdón de
nuestras faltas cotidianas." (‘)
Estas faltas cotidianas son, cn el
sentir de la Iglesia, los pecados ve-
niales.
Un escritor místico que es muy
explícito en este punto se expresa así:
“Celebraré cada día el santo sacrifício
porque cada día pecamos y cometemos
faltas inherentes á la naturaleza hu¬
mana."
Es verdad que el Seüornos ha dado
otros médios para reparar estas faltas
cotidianas, tales como la oración, la
limosna, el ayuno, pero ninguno hay
tan eficaz como la Misa.
Teologicamente hablando cl pecado
(1) Cuneíl. TriJent
809Ô
10
290
Capítulo XV
venial no se perdona sino con la con-
trición como el pecado mortal.
Pero es innegable que asistiendo á
la santa Misa para la e.\piación de es¬
tos pecados se siente, á lo menos im¬
plicitamente, la contrición y el deseo
de purificarsc.
Scgún el P. Gobat: “Los que asis-
ten á Misa alcanzan el perdón de los
pecados veniales, aun cuando sea su
contrición imperfecta.“
Del mismo parecer es Suárez: “Je-
sucristo instituyó el santo sacrifício de
la Misa y en él vinculó los méritos de
su muerte, para que, en virtud de ellos,
nos sean perdonados nuestros pecados
dc cada día.“(')
Osorio dice así mismo: “ En virtud
dei santo sacrifício bórranse los peca¬
dos veniales y págase la deuda ú pena
temporal."
Y otro teólogo es más explicito aún
cuando e.xclama: “ Por eficacia de la
Misa, derrítense los pecados veniales
(1) De poen disp. 69, sce. V.
Sacrificio expiatório
291
oomo cera en el fucgo y se nos per-
dona gran parte de Ias penas por ellos
merecidas.“ (^)
En efecto; las llamas dei amor di¬
vino que arden en el altar consumen
los pecados veniales y las penas que
aquellos se merecen.
Cuanto más se ofrezca la Misa por
la remisión dc las faltas tanto más
quedan borradas éstas.
Por nuestra parte estamos conven¬
cidos de que una sola Misa piadosa-
mente oída, borra gran numero de pe¬
cados veniales cometidos durante el día.
Pero aiin hay más; á parte de esta
remisión de nuestras faltas por medio
de la santa Misa queda nuestra alma
purificada de las manehas y huellas dei
pecado.
San Juan Damasceno escribe: “El
sacrificio inmaculado é incruento de la
Misa, es la c.vpiación de todas las fal¬
tas y la puriftcación de todas las man¬
chas." (*)
(l) De poen. disp. 69, sec. V.
('/) Cone. de Mibíia.
292
Capftulo XV
El Sefíor lo había prometido por
boca de Ezequiel: “Derramaré sobre
vosotros agua pura y quedaréis purifi¬
cados de todas las inmundicias.“(*)
Esta agua purificadora emana dei
Sagrado Corazón de Jesus, desde la
lanzada dei centurión, segün estas pa-
labras proféticas: “En aquel día habrá
una fuente abierta para la casa de Da-
vid... á fin de lavar las manchas dei
pecador." (^)
De este manantial sagrado brota en
la Misa á torrentes la preciosa sangre,
el agua simbólica, de la cual todos po¬
demos aprovecharnos, purificándonos y
refrigerándonos con ella.
Su abundancia es inagotable, sus
espitas no se cierran jamás.
Cuantos pecadores llegan á ellayto-
man “ con gozo de las fuentes dei
Salvador." (*j
A todos ellos dice San Juan: “Asf
mismo el que tiene sed que venga; y
(1) Kztq. XXXVI, 25. (2) Zacar. .XIII, 1.
(3) Isaias, Xíl, 3.
Sacriíicio satisfactorio 293
el que quiera tome de balde el agua de
vida!“ (1)
i Permaneceremos alejados de un
manantial tan maravilloso cuyo salu-
dable murmullo se deja oir en cada
Misa ?
Ciertamente que no. En Io sucesivo
nos apresuraremos á acudir al pie dei
altar animados dei ardiente deseo de
hallar allí para nucstras almas laropa
i'esplandeciente de su pureza bautis-
mal.
G.4PÍTULO XVI.
La santa Misa es el más dig^no sacriflcio
de satlsfacción.
Por más que el sacrifício de satis-
facción este comprendido en cl de re-
conciliación, hay no obstante notable
diferencia entre ellos; el de reconcilia-
ción hace al hombre amigo de Dios,
mientras que por medio dei de satis-
(I) Apoc. XXII, 17.
294
Capítulo XVI
íacción quedamos rescatados de las pe¬
nas temporales.
Por este motivo nos ha parecido
eonveniente tratar de cada uno de es¬
tos sacrifícios en capítulos especiales.
En el presente probaremos cómo la
santa Misa es el más digno sacrifício
de satisfacción.
El mal producido por el pecado es
doble; la culpa y la pena. La culpa nos
aparta de Dios, pero se nos perdona en
el sacramento de la Penitencia. La pe¬
na nos podría ser perdonada dei todo
por la Confesión, pero en general, á
causa de la imperfección con que re-
cibimos el sacramento, y tal vez tam-
bién á causa de ciertas circunstancias
producidas en nuestros pecados, no se
nos perdona más que una parte de la
pena, y lo que sobra de la pena mere¬
cida por el peeado podemos expiaria
en este mundo por medio de oraciones,
vigilias, ayunos, limosnas, peregrina-
ciones, recepciones frecuentes de los
sacramentos y sobre todo ganando in¬
dulgências.
Sacrifício satisfactorio
295
■ Si morimos sin haber satisfecho en-
tcramente por nuestros pecados iremos
á expiarlos en el purgatório. Las peni¬
tencias cn la vida presente cuestan mu-
cho á nuestra pobre naturaleza y la
amenaza dei purgatório horroriza ai
alma creyente.
^No existe algún medio para librar-
nos de ellas en esta vida y evitar las
dei purgatório, abreviar su duración ó
disminuir la intcnsidad dei fuego?
Sí, lo hay, sin duda alguna, y nos
lo indica Nuestro Scfíor con esta pa¬
rábola :
“El reino de los cielos viene á ser
semejante á un rey que quiso tomar
cuentas á sus criados. Y habiendo em-
pezado á tomársela, le fué presentado
uno que le debía diez mil talentos. (*)
V como éste no tuviese con qué pa¬
gar, mandó su Scnor que fuesen ven¬
didos él y su mujcr y sus hijos con
toda su hacienda y se pagase así la
deuda.
(1) 55COO OOÜ de pesetas aproiimadamente.
296
Capitulo X\T
“Entonces el criado arrojándose á
sus pies, le rogaba diciendo: ten un
poco de paciência, que yo te lo pagaró
todo. Movido el Seiíor á compasión de
aquel criado, le dió por libre y aun le
perdonó la deuda.* (')
^Es preciso hacer consideraciones
sobre esta parábola? El deudor es el
pecador, eres tú, cristiano, de quien dijo
Jesuciisto: “No conoces que eres un
desdichado y un miserable y pobre y
cicgo y mudo.“ (^)
No, tú no sabes, tú no puedes com-
prender toda la extensión é importân¬
cia de esta deuda. ;Como es que por
tus buenas obras puedes llegar á go¬
zar diez mil talentos, siendo así que
durante toda tu vida no has podido
reunir lo suficiente para satisfacer uno
tan solo?
Un pecado mortal supone una pena
tan enorme que si tuvieses que pagaria
con tus propias y exclusivas fuerzas,
no te bastaria la eternidad. No te de-
( 1 ) Mateo XVIII, 23-27. (:’) Apoc. III, 17.
Sacrifício satisfactorio
297
sanimes por eso, pues el medio de li-
brarte de ella no pucde ser más sen-
cillo: ofrece el sacrifício de le Misa y
tu divino acreedor se dará por satis-
fecho; pero “ al ofrecerla recuerda que
cs cosa tuya, de tu propiedad“ (M se-
gün expresión de Sánchez.
Esto lo confirma el sacerdote cuan-
do al volverse hacia el pueblo le dice:
“Orad, hcrmanos mios, para que mi sa-
crificio que también es vuestro, plazca
á Dios Padre tO(iopoderoso.“
Penetrado dei valor de tu tesoro,
dile al divino Maestro: “ iCuánto os
debo, Sefior, cien, mil, diez mil talen¬
tos? Reconozco mi deuda y estoy dis-
pucsto á pagaria, no con cosa mia, sino
con los ricos méritos de vuestro Hijo
que está presente en el altar. Os ofrczco
este tesoro, cobraos de él, hasta que
quede pagada toda la deuda.“
Si acaso nos asombramos al consi¬
derar la facilidad y eflcacia de este
medio bendito, volvamos los ojos hacia
(1) In Thesaur. Missa, c. 1\.
293
Capítulo XVI
el capítulo donde dcclamos que Jesu-
cristo en la Misa es al mismo tiempo
sacerdote y víctima y es él quien íija
el precio.
La virtud y la piedad dei ministro
nada afladen á la eficacia dei sacrifício;
su indignidad no le hace desmerecer,
ya que la santa Misa obra por sísola,
por su propia virtud.
En esto consiste su diferencia ab¬
soluta con los sacrifícios de la nueva
ley. ya que el valor de aquéllos depen¬
dia de la piedad dei que los ofrecía.
Por consiguiente durante la celebración
de la santa Misa sc abre sobre el al¬
tar el inagotable manantial de los mé¬
ritos dc la vida y muerte dei Salva¬
dor.
Todos y eada uno de nosotros po¬
demos aproveeharnos de ellos y apro-
picárnoslos según los deseos de satisfa-
cer, con este preciosísimo tesoro, la
deuda de las penas temporales.
Acerquémonos, pues, á él, cristianos,
que jamás se agotará. Si todos los pe¬
cadores pasados, presentes y futuros
Sacrifício satisfactorio
299
tomaran á la vez todo lo que nccesi-
tan para satisfacer sus deudas respec¬
tivas, quedaria aún con que libertar á
las almas de innumerables mundos.
Nuestro Seiior nos ha favorecido ya
muchas veccs con los benefícios de este
tcsoro, tales como en el Bautismo, la
Penitencia, la Comunión y siempre y
cuando realizamos alguna obra meritó¬
ria; pero nunca es tan pródigo como
en la Misa, en que: “los frutos dei sa¬
crifício cruento de Ia cruz se nos apli-
can por medio dei sacrifício incruento
abundantemente “ (*) lo que interpreta
Marchant al decir que “en la Misa nos
hacemos realmente nuestros los méri¬
tos de Cristo. En ella se nos brinda
con un rico tesoro de donde saquemos
todos los dones celestiales que necesi-
tamos para pagar de sobras nuestras
deudas.“
Imaginémonos á nuestro buen Maes¬
tro bajando dei altar yendo de un lado
para otro y entregando á cada oyente
(1) Trid. Sess. X\II, cap. 2 .
300
Capítulo XVI
una parte de ese tesoro celestial en
recompensa de su piedad hacia el au¬
gusto sacrificio.
Todos se han enriquecido por más
que en distintas proporciones, excepto
los que se encuentran en pecado mor¬
tal ó los que están distraídos.
Si cada uno se preocupa de hacer
valer tan inagotable tesoro y los po¬
bres pecadores se apresuran, desde que
han delinquido, á asistir á Misa y ofre-
cer este santo sacrificio en expiación
de sus faltas, Dios les perdonará, les
e.ximirá de sus penas y les preserverá
de caer de nuevo.
En qué medida la santa Misa
perdona las penas
& los vivos y á, los muertos.
La consideración de las verdades
que acaban de ser expuestas desper¬
tará sin duda en el lector una compren-
sible curiosidad: la de saber en qud
medida se nos perdonan las penas tem-
porales por medio de la piadosa asis-
tencia á la santa Misa.
Sacrifício satisfactorio
301
• La mejor contestación que pode¬
mos dar es puntualizar el infinito valor
dei sacrificio dei altar, atendiendo á lo
que dice el Padre Lancicio: “El valor
dei santo sacrificio de la Misa es infi¬
nito en sí. Aun cuando ahora se hace
por mano de sacerdotes es de tanto
valor como en el de la última cena,
cuando Jesucristo lo ofreció personal-
mente á su Padre, siendo él juntamente
sacerdote y víctima. El primer sacrifi¬
cio que se ofreció, como es propio de
todas las obras de Jesucristo, era de un
valor infinito á causa de la dignidad
de su pcrsona divina. Síguese, pues,
que el sacrificio de la Misa ha sido
siempre y es ahora de infinito valor. “
El mismo Padre Lancicio demuestra
á continuación cómo á pesar dcl valor
infinito de la Misa no se aplica su mé¬
rito á los flcles más que en una me¬
dida limitada, pues, sin ello, una sola
misa bastaria para obtcner la remisión
de nuestros pecados, y de todas las
deudas que éstos nos hacen contraer
con la eterna justicia.
302
Capitulo XVI
Toda penitencia seria inútil por la
misma razón, y la Iglesia no lo cree
así, sino que ensena que en virtud dei
santo sacrifício pueden condonarse mu-
chas penas, y aun, en caso de ser muy
grande nucstra devoción, pueden bo-
rrarse dei todo algunos de nuestros pe¬
cados y penas consiguientes. “Si colo¬
cas, dice San Lorenzo Justiniano, en
un platillo de una balanza todas las
buenas obras, oraciones, ayunos, li-
mosnas, raaceraciones, mortiftcaciones,
romerías etc., y en el otro una sola
misa, verás cómo pesa más la Misa.
Pues en ésta ofrcces á Aquél que mora
en la plcnitud de la divinidad, á Aquél
en quien se encierra un incomparable
tesoro de méritos y cuya mediación es
omnipotente."
El venerable Luis de Argentan se
vale de una comparación parecida :
“Tengo en mucho las penitencias vo¬
luntárias hcchas con ânimo de alcanzar
el perdón de los pecados ; está fuera
de duda que quien, durante toda su vida,
ayunara á pan y agua, repartiera todos
SacríAcio satisfactorio
303
SUS bienes á los pobres, perseverara
en incesante oración, adquiriría gran¬
des méritos delante de Dios y de los
hombres; pero todas estas buenas obras
puestas en el platillo de una balanza,
no igualarían en peso á una sola Misa,
porque en ésta ofreces á Dios la pre¬
ciosa sangre de la que una sola gota
tiene un valor infinito, con la que nin-
guna obra ni acción humana puede com-
pararse. “
Sin embargo no hay que interpretar
torcidamente estas explicaciones y creer
que ya que la santa Misa es de un pre-
cio infinito y constituye el medio más
fácil de reconciliamos con Dios, nos
libraremos de hacer penitencia.
Esto seria querer engaSarnos, por¬
que las penas temporales no nos son
perdonadas hasta tanto que lo merez-
camos por la contrición, humildad y
humillación, pues la contrición y el
sincero arrepentimiento dei pecado nos
llevan siempre á practicar diversos ac-
tos de penitencia.
La santa Misa no inutiliza las res-
304
Capítulo XVI
tantes buenas obras, sino que las hace
obligatorias á fin de que seamos dignos
de obtener per medio dei sacrificio dei
altar la remisión de una gran parte de
nuestras penas, scgún el parecer dei
Padre deArgentan: “Xo son supérfluas
las obras de penitencia, antes sumamente
necesarias por contribuir á la cnmienda
de nucstros defectos y al mejoramiento
de nuestra vida.“
Por otra parte el catecismo no da
lugar á ningún género de dudas sobre
este punto: “ Las penitencias preservan
de caer en pecado, enfrenan Jas pasio-
nes, hácennos más cautos y más pru¬
dentes, y desarraigai! los maios hábitos
cn fuerza de practicar las virtudes que
se les oponen.“
Dadas las precedentes explicaciones
podemos preguntar ahora: ^Cuál es, por
lo tanto, la efícacia de la santa Misa
respecto á las almas dei purgatório?
Lector amable, Dios no ha creído
necesario revelárselo á su Iglesia, así
como tampoco ha revelado la magni-
tud de la pena impuesta á cada pecado;
Sacrifício satisfactorio
305
mis ãl considerar que nada manchado
entra en el cielo » y que el purgatório
es «una cárcel de la que no se sale
sin haber pagado el último cêntimo »
y si por otra parte tenemos en cucnta
el carácter y la duración de las peni¬
tencias impuestas antiguamcnte por la
Iglesia, debemos deducir que la perma¬
nência de las pobres almas en el pur¬
gatório ha de ser de larga duración.
La incertidumbre sobre este punto ha
impuesto el uso ó institución de los
aniversários, ceremonias que pueden re-
petirse por un mismo difunto durante
siglos.
Lo que sí sabemos positivamente
es que «podemos socorrer á las almas
dal purgatório con oraciones, y, sobre
todo, con el santo sacrifício dei altar.»
Si queremos, pues, á las almas dei pur¬
gatório hagamos celebrar por ellas la
santa Misa y asistamos á ésta con de-
voción.
Es opinión muy generalizada entre
los teólogos el que las almas que su-
fren sacan más fruto dei santo sacrifi-
306
Capítulo XVI
cio cuanto mayor era el ceio con que
íisistían á él durante su vida terrena.
Sé prudente, pues, cristiano, y abo¬
rra á tu alma, en cuanto te sea posi-
ble, la duración de Ias penas expiató¬
rias.
Supón que, habicndo cometido un
enorme crimen has sido condenado á
permanecer durante media bora tendido
en unas parrillas ardientes ó á oir una
Misa con devoción. Indudablemente co¬
rrerás bacia el templo para oir no una
sino cien misas, antes que someterte al
suplicio dcl fuego.
Ahora bien, no es probable que tu
alma vaya directamente al cielo así que
mueras, sino que deberá estar limpia,
purificada, por medio de las penas dei
purgatório; así, pues, no descuides ni
una vez tan sólo de oir la santa Misa
con devoción, que así suavizarás, abre¬
viarás y extinguirás las llamas expia¬
tórias.
Si alguien insistiera en querer sa¬
ber la justa medida de la efícacia de
una Misa que se baga celebrar para la
Sacrifício satisfactorio
307
propia alma, puede respondérsele que
aquel que hace celebrar el santo sacri¬
fício obtiene más, para la expiación de
sus penas, que aquél que se limita á
asistir á él, porque los frutos dei santo
sacrifício le llegan en buena parte por
conducto de Dios y dei sacerdote. Pero
la medida exacta que le corresponde
Dios no la ha revelado.
El que, no contento con hacer ce¬
lebrar una Misa, asiste á ella al pro-
pio tiempo, ganará mucho más, según
afirma el ya citado Marchant; “Aun
cuando obtenga, estando ausente, la
parte dei fruto que le aplica el sacer¬
dote, no recibirá el fruto que hubiera
percebido si hubiese asistido á la Misa.“
De todo lo expuesto se deduce una
consecuencia poco sabida. Cuando se
manda celebrar una Misa, sea para
honrar á un santo, sea para obtener
una gracia, sin determinar á quien debe
aplicarsc la virtud satisfactoria, esta
virtud se junta al tesoro de la Iglcsia,
á menos que Dios, por piedad á la igno¬
rância casi siempre involuntária dis-
308
Capítulo
ponga otra cosa. No nos olvidemos,
pues, de senalar nuestra intención y
digamos al Sefíor:
— Deseo hacer celebrar esta Misa
en honor á la Virgen Maria, ó á tal
santo, para obtener tal ó cual gracia,
y os suplico os dignéis aplicarme la
virtud satisfactoria dei santo sacrificio.
De esta forma nuestro provecho será
doble.
.Estas consideraciones son muy con¬
venientes para acrecentar nuestro amor
bacia la santa Misa. A semos posible
oigámosla todos los dias y el domingo
y dias festivos procuremos asistir á
varias.
Dios no olvida ninguna de nuestras
faltas y los pecadores deben recordar
que: aiit paenítendum, aiit ardendum,
ó penitencia ó condenación. Más vale
satisfacer en esta vida que caer car-
gado de deudas en manos de la divina
Justicia, y si nos asustamos ante las
mortificaciones de las almas esforzadas,
suplámoslas con cl dulce medio de la
piadosa asistencia á la santa Misa.
CAPÍTULO XVTI.
La santa Misa es la obra más excelente
dei Espírltu Santo.
Hasta ahora hemos tratado de lo
que se relaciona la Misa con Dios Pa¬
dre y con Dios Hijo. Estudiemos ahora
la parte que en ella toma la tercera
persona de la Santísima Trinidad.
Los bienes que el Espíritu Santo
derrama sobre nosotros son innumera-
bles y nadie es capaz de llegarlos á
contar.
El Espíritu Santo es todo amor y
misericórdia, aplaca la justicia y pre¬
serva de la condenación eterna á las
almas de los pecadores. El principió y
terminó la obra de nuestra santificación.
La empezü, cuando por su intercesión
cl Verbo se hizo carne en el seno in-
maculado de Maria y el alma santísima
de Jesús se unió con su cuerpo, es de-
cir, al unirse la divinidad con Ia hu-
manidad. La terminó el día de Pente-
310
Capítulo XVII
costés, cuando se comunicó con sus
apóstoles y discípulos y por la con-
versión de las almas empedernidas ante
el espectáculo dei Calvario.
El Espíritu Santo habita entre los
irerdaderos fieles, sin alejarse dei todo
de aquellos que le rechazan y, sin cesar,
llama á las puertas de su corazón para
entrar nucvamente en él.
Esta cooperación en la Redención
no puede dejar de ser calificada de obra
grande, magnífica.
No obstante, refiriéndonos al titulo
dei presente capítulo, vamos á demos¬
trar que la santa Misa es la obra más
excelente dei Espíritu Santo.
Todos los teólogos andan acordes
al considerar como la mayor maravilla
la unión de la divinidad con la huma-
nidad, eso es, la Encamación. Esta ma¬
ravilla, como todas las obras eternas
de Dios, es común á las tres Personas
divinas. Pero la Iglesia, en conformi-
dad á la Teologia, la atribuye al Espí¬
ritu Santo como obra de amor, y con
mayor motivo se le atribuye la obra
Es obra dei Espiritu Santo 311
de amor más maravillosa y admirable;
y ésta es la maravilla que canta la Igle-
sia en el símbolo dc la Fe: Et incar-
vátus est.
A pesar de ello el milagro que se
realiza en el altar aventaja al primero,
porque desciende el Hombre Dios dei
cielo y se oculta en la parte más pe-
queHa de la Hóstia.
La liturgia de Santiago atribuye este
milagro dc los milagros al Espiritu
Santo.
Inmediatamente antes de la fórmula
de la consagración se lee. “Envia, Se-
fior, sobre estos dones, al Vivificador,
al Divino, al Eterno, que, en unión
contigo, Dios Padre y de tu Hijo único,
reine y gobierne, á fin de que por su
santa, saludable y gloriosa presencia,
sea este pan santificado y transubstan-
ciado en el cuerpo, y este vino en la
sangre preciosa de tu Cristo."
Otra oración parecida se encuentra
en la liturgia de San Juan Crisóstomo:
“Bendice, Seiíor, este pan: conviértele
en el cuerpo adorable de tu Cristo
312
Capítulo XVII
Bendice el cáliz santo y convierte, por
obra dei Esplritu Santo, el vino en la
sangre preciosa de Cristo. “
En los primitivos misales se atribuye
la transubstanciación al Espíritu Santo
y se le invoca para dar cumplimiento
á esta obra, como cumplió la de la En-
carnación, según las palabras de San
Gabriel á Maria: “El Espíritu Santo
descenderá sobre ti, y la virtud dei
Altísimo te cubrirá con su sombra.“ (')
El sacerdote dice lo mismo cuando
con los brazos estendidos y en alto,
suplica al Espíritu Santo que baje dei
cielo; “Vén, Santiticador Todopoderoso,
Dios eterno, y bendice este sacrificio
preparado en honra de tu santo nom-
bre. (^)
De la misma mancra suplica San
Ambrosio antes de la Misa: “Haz, Se-
nor, que la Majestad invisible de tu
Espíritu Santo descienda, como descen-
dió en otras ocasiones sobre las vícti-
mas ofrecidas por nuestros padres."
( 1 ) Luc. 1, 35. (2) Misal romano: ofeiioria
Es obra dal Espfritu Santo 313
Del modo como desciendc el Espí-
ritu Santo nos lo dice claramente Santa
Hildegarda;
“Guando el sacerdote ya revestido
— exclama — de sus ornamentos sa-
cerdotales se dirigia al altar para ce¬
lebrar, vi bajar dei cielo una gran cla-
ridad que iluminú el altar durante la
santa Misa.
“En el Sanctus una llama celeste
atravesó el pan y el vino, como pene-
tran los rayos dei sol á través dei cris¬
tal. Esta llama levantó al ciclo las dos
especies y las dejó enseguida sobre el
corporal. Desde ese instante no hubo
más que la carne y la sangre verda-
dera de Jesucristo, aunque aparente¬
mente sólo se vicsen el pan y cl vino.
Mieatras yo contemplaba las santas
especies vi pasar ante mis ojos, tal
como SC habían realizado en la tierra,
la Encarnación, el Nacimiento, la Pa-
sion y la muerte dei Hijo de Dios.“ (')
EÍ Antiguo Testamento ya nos-ha-
(IJ Cap VI, Ilevel. 1-3.
314 Capitulo XVII
bía ofrecido dos hermosas imágenes de
este mistério.
El primero, cuando el sacrificio de
Aardn: “Y la gloria dei Sefior se dejó
ver de toda la muchedumbre: pues un
fuego enviado por el Sefior, devoró el
holocausto y los sebos que había so¬
bre el altar. Lo cual visto por las gen¬
tes dei pucblo, postrándose sobre sus
rostros, alabaron al Senor.“ i*)
El otro, al consagrarse el Templo:
“Luego que Salomón acabó de hacer
sus fervorosas plegarias, bajó dei cielo
fuego que devoró los holocaustos y las
víctimas ; y la Majestad dcl SeHor llenó
toda la casa. Asímismo todos los hijos
de Israel estaban viendo bajar el fuego
y la gloria dei Senor sobre la casa, y
postrándose rostro en ticrra sobre el
pavimento enlosado, adoraron y ben-
dijeron al SeHor, repitiendo: Porque
es bueno y porque es eterna su mise¬
ricórdia. “ (®)
Como somos indignos pecadores no
( 1 ) Levitico, IX, 23-24. (2) U Paralip. VII, 1 y 3.
Es obra dei Espíritu Santo 315
nos es dado apreciar con los sentidos
la rcalidad de estos símbolos y, sin
embargo, más de una vez el ojo dei
hombre ha contemplado en la tierra la
llama dei Espíritu Santo.
Según Baronio, San Ignacio, Pa¬
triarca de Constantinopla, micntras ce-
lebraba la santa Misa vió muchas ve-
ces cómo cl pnn consagrado tomaba la
forma de un carbón encendido. La Igle-
sia griega no consagra, como la ro¬
mana, una Hóstia, sino un pedazo de
pan con levadura. iQué admirable debió
de ser este pan inflamado con la llama
dei fuego divino! El fuego es el símbolo
dei amor por el cual el Padre está
unido al Hijo y siendo el Espíritu de
amor la tercera persona divina gusta de
manifestarse á los hombres bajo el em¬
blema de llamas de fuego.
El propio Baronio refiere un hecho
relativo á la participación que toma
el Espíritu Santo en cl acto de la con-
sagración.
Vivia en Fornello, ciudad poco dis¬
tante de Roma, un obispo virtuoso cn
316
Capítulo XVII
grado sumo que acostumbraba celebrar
la Misa con gran fervor; pero á pe¬
sar de ello alguien encontró un medio
de acusarle al Papa Agapito de haber
comido en los vasos sagrados con gran
escândalo de los fieles y el Papa le
llamó á Roma y le encarceló.
En la noche dei tercer día vió el
Papa en un sueno misterioso á un án-
gel ayudando por tres veccs la Misa
que celebraba el obispo prisionero, y
al despertar llamó Agapito al prelado
haciéndole celebrar los santos mistérios
en su presencia.
Obedeciü el acusado y después dei
ofertorio, en la oración que dice: “Vén,
Santificador Todopoderoso, Dios eterno,
y bendice este sacrificio preparado para
gloria de tu santo nornbre" el Papa, al
propio tiempo que el celebrante, vió
bajar al Espíritu Santo, que les cubría,
así como á los diáconos, semejante á
una nube.
Entonces el Papa reconoció la ino¬
cência y santidad dei obispo y se arre-
pintió en gran manera dei rigor que
Es obra dei Espíritu Santo 317
había desplegado contra él, promctiendo
en lo sucesivo no dar crédito desme¬
dido á tales acusaciones.
La citada oración sirve en todas las
Misas para Uamar al Espíritu Santo,
según refiere el P. Mansi: “El sacrifício
incruento es tan sublime que el Espi-
ritu Santo desciende dei cielo, para
bendecirlo, todo lo cual contempla el
coro de los ángcles con indecible jú¬
bilo" ó bien, dicho en otras palabras:
cuando el Espíritu Santo lleva á cabo
la transubstanciación, los ángeles rodean
y adoran á su Sefior bajo las especies
de pan y vino.
i Cuán grande es el poder y la dul-
zura de este pan celestial que ha sido
preparado por el Autor mismo de toda
santidad!
Pero la llama dei Espíritu Santo
tiende más á consumar el sacrifício que
nos hace propicios ante Dios y nos
enriquece con toda clase de bienes, que
á preparamos el alimento espiritual.
Según San Pablo, su solicitud en bien
de nuestras almas no tiene limites: “Y
318
Capítulo XVII
además el Espíritu divino ayuda á nues-
tra flaqueza, pues no sabiendo siquiera
qué hemos de pedir en nuestras oracio-
nes, ni cómo conviene hacerlo, el mis-
mo Espíritu hace ó prodttce en ttttes-
tro interior nuestras peticiones á ^ios
con gemidos que son inexplicables. Pero
aquél que penetra á fondo los corazo-
nes, conoce bien que es lo que desea
el Espíritu, el cual no pide nada por
los santos qne no sea según Dios.“ (')
Indudablemente que una persona
divina no pide á la otra, porque las
ires tienen igual poder y generosidad;
pero como la justicia se atribuye ge¬
neralmente al Padre, la sabiduría al
Hijo y la misericórdia al Espíritu Santo,
se puede dccir que la misericórdia, ó
sea el Espíritu Santo «pide con súplicas
indecibles » á la justicia, ó sea al Dios
Padre, que perdone á los pecadores.
Esto es lo que viene á decir San Pablo,
El Espíritu Santo ruega por noso-
tros costantemente, pero en especial
(1) Rom. Vllf, 3Ó-27.
Es obra dei Espírilu Santo 319
en la santa Misa, como podemos de-
ducirlo dei pasaje siguiente de San
Juan Crisóstomo: “En la Misa no ora¬
mos solos, póstranse los ángeles é in-
terceden por nosotros.“ (')
Si los espíritus celestes eligen pre¬
ferentemente el momento de la santa
Misa para abogar por nosotros lo ha-
cen á ejemplo dei Espíritu Santo que
uniéndosc á Jesucristo inmolado cn el
altar se empeda en abiandar álajusti-
cia divina.
Sabido esto comprenderemos ya la
infinita bondad dei Espíritu Santo quien
no dirige á Dios una oración tan sólo,
sino súplicas constantes. Depositemos,
pues, toda nuestra confianza en un ami¬
go tan fiel, y puesto que ora por no¬
sotros en la santa Misa oigámosla al-
gunas veces en su honor y en acción
de gracias por todos sus beneficios.
(1) Homil. 3- De incorop. Del Datara.
CAPITULO XVIII.
La santa Misa
es el mayor regoctjo de Ia Madre de Dlos
y de los santos.
íCómo probaremos la proposición
que acabamos de apuntar?
Para ello cedamos la palabra al
bienaventurado Alano quien la demues-
tra por revelaci(3n, cuando dice; “Así
como la subiduria divina escogió entre
las vírgenes á una virgen de quien na-
ciese el Salvador dei mundo, dei mismo
modo instituyó Cristo el sacerdócio
para repartir en todos tiempos al mun¬
do los tesoros de la Redcnción por me¬
dio dei santo sacriôcio de la Misa y
de los sacramentos; por esto la Misa
es en la que experimenta mayor gozo
la Madre de Dios, y es la delicia de los
bienaventurados, el auxilio más eficaz
de los vivos y el mayor consuelo de las
almas dei purgatório." (*)
(1; Alacus Redív. p. 4, c. 27.
Gozo de la Virgen y de los Santos 321
La Madre de Dios, así como todos
los santos goza, de una doble beatitud:
la esencial y la accidental. Consiste la
primera en la visión y posesión de
Dios, según el grado de gloria que se
les scfiala á su entrada en el cielo, y
no puede aumentar ni disminuir. La
beatitud accidental consiste en los ho¬
nores particulares tributados á los bie-
naventurados por Dios, los santos y los
hombres
Podemos creer, por ejemplo, que
cuando celebramos su fiesta en la tie-
rra recibe cada uno honores particula¬
res en el cielo y todas las oraciones y
buenas obras llevadas á cabo en su ho¬
nor se las presentan los ángeles como
un ramillete de delicado perfume.
En apoyo de esta creencia citamos
las revclaciones de santa Gertrudis, y
lo indica claramente el Evangelio con
estas palabras de Nuestro Sefior: “Así
03 digo yo, que harán fiesta los ánge¬
les de Dios por un pecador que haga
penitencia.^ (')
(1) Luca», XV, la
8006
11
322
Capítulo XVIir
Este gozo lo experimentan, el buen
Pastor, los ángeles y los santos, cada
vez que una oveja descarriada vuelve
al buen camino; pero cesa cuando el
pecador se aparta dei redil por medio
de una nueva caída en el pecado.
Esta breve explicación nos da á en¬
tender en qué sentido la santa Misa es
la alegria mayor de Maria; es el ma-
yor regoeijo accidental que aventaja á
las demas felicidades de este orden.
Si en honor de la Reina dei cielo
recitamos el rosário, el oficio parvo,
las letanías, ó entonamos algún cântico,
y entretanto oye otro con devoción la
santa Misa. éste último habrá Uevado
á cabo un acto religioso muy superior
á aquéllos, y además habrá complacido
de un modo infinito á la Virgen, reno¬
vando ante su vista la presencia de su
dulcísimo Hijo.
Lo que hace además que la Misa sea
tan grata á la Santísima Virgen es su
ceio por la gloria de Dios, que su di¬
vina Majestad hace consistir sobretodo
en la salvaciún de las almas. En el
Go 70 de la Virgen y de los Santos 323
santo sacrifício de la Misa tributamos
á la Santísima Trinidad el solo y único
homenaje digno de ella y al mismo
tiempo Ic ofrecemos el prccio de la Rc-
dención dei género humano.
; Qué placer tan agradable, tan tierno
para Maria al vernos al pié dei altar
donde se adora á su amadísimo Hijo,
donde lloramos nuestros pecados, donde
meditamos la dolorosa Pasión y se de¬
rrama la sangre preciosa sobre nues-
tras almas!
Según esto podemos comprenderper-
fectamente con qué complacência rc-
cibe la Virgen Maria las preces de los
cristianos devotos dei santo sacrifício
de la Misa.
A propósito de ello cita Baronio el
siguiente ejemplo.
En el afio 998 (‘) Roberto, rey de
Francia, puso sitio al castillo de San
Germán. Los sitiados se defendieron
heroicamente y el ejército dei rey su-
frió en gran manera.
(1) Baron. Ann. 999, noin. VI.
324
Capitulo XVIII
Al sexto día, Roberto, desesperado,
mandó dar el asalto definitivo. Los si¬
tiados, en su pavor, acudieron al bie-
naventurado Gisleberg, monje de la or-
den de San Benito, y éste los exhortó
á que se encomendaran á Maria. El
mismo celebró el santo sacrificio en
honor de la excelsa Virgen y en su pro-
pio altar, asistiendo á ella las tropas
con gran devoción.
Pero sucedió que mientras toda la
gente estaba orando, una espesa niebla
envolvió la fortaleza y sus alrededores.
El ataque se hacía imposible y la
guarnición, perfectamente segura, desde
lo alto de las torres seguia todos los
movimientos de los sitiadores, hacién-
doles sufrir grandes pérdidas.
Entonces Roberto, viendo su ejér-
cito diezmado, levanto el sitio y se alejó
de alli apresuradamente.
No sicmpre Maria responde con mi-
lagros extraordinários á nucstros gritos
de angustia, pero jamás se la invoca
en vano, y como, por otra parte, por
su dignidad de Madre de Dios se en-
Gozo de la Virgen y de los Santos 325
cuentra más cerca de la Santísima Tri-
nidad que los demás santos, su inter-
cesión es también más poderosa que la
de éstos.
En cuanto á la eâcacía de las sú¬
plicas de Maria ella misma se lo re-
veló al bienaventurado Alno.
He aqui lo que anotó el santo reli¬
gioso :
1. Lo que Maria pide á Dios le es
concedido.
2. Dios ha resuelto ser misericor¬
dioso con todos aquellos por quienes
ella pida, ó interceda.
3. Su intercesión tiene inmenso po¬
der en los destinos de los hombres.
4. Maria ama más á los pecadores
que lo que un hombre puede amar á
otro.
5. Maria desea en tal grado la sal-
vación de los pecadores que estaria
dispuesta, si Dios lo permitiese, á satis-
facer por cada uno de ellos con todas
las penas posibles.
6. El menor acto hecho en su ho-
326 Capitulo XYIII
nor vale más que el culto de los de-
más santos.
7. Una sola Ave Maria, rezada‘con
devoción, es recibida por ella como el
más precioso obséquio.
8. La misericórdia de Maria aven-
taja á la de los demás santos.
9. Asi como el sol es más útil á la
tierra que los otros astros, asi también
la intercesión de Maria es más útil que
la de los santos, ángeles y serafines.
10. El homenaje que rendimos á Ma¬
ria regocija á todos los santos.
11. Si el homenaje que tributamos
á los santos puede compararse con la
plata y el de Maria con el oro, el que
tributamos á Jcsucristo es semejante á
las picdras preciosas y el de la Santi-
sima Trinidad reluce más que los astros
en la bóveda celeste.
12. Maria redime todos los dias al-
gún alma de las penas dei purgatório.
Estos doces privilégios son como la
corona dc doce estrellas que vió San
Juan sobre la cabcza de la Santisima
Cozo de la Virgen y de los Saatos 327
Virgen y quien quicra que los medite
atentamente no podrá menos que sen-
tirse irresistiblemente atraído al culto
de la Madre de Dios.
En efecto: íQuién no la saludará
gozoso con una Ave Maria sabiendo
que esta sencilla oración Ic es agrada-
ble de un modo indecible? ^ Quien de-
jará de constituirse en uno de sus sei-
vidores, si no ignora que el scrvicio
con que se la obsequia aventaja á to¬
dos los que se pueden tributar á los
santos?
Empleemos, pues, todo nuestro ceio
en festejar y honrar á la Santísima Vir-
geri, especialmente por medio de la asis-
tencia á la santa Misa, teniendo pre¬
sente que, en cada Misa Jesús renueva
su nacimiento, de suerte que la digni-
dad maternal de Maria experimenta un
nuevo gozo.
Réstanos aún exponer la utilidad que
reporta la santa Misa con respccto á
los santos.
Venimos obligados á rendir , nues-
tros homcnajes á los santos, porque tis-
328
Capitulo XVIII
tos son amigos de Dios, el cual nos pre-
vicne en honrarlos.
“ Y andarán conmigo en el cielo
vestidos de blanco porque lo mere-
ccn, “ (*) y esto es lo que de ellos dice
Nuestro Senor; “Yo honraré á todo el
que me glorificare." (*)
Durante su vida los santos tributa-
ron sus honores á Dios, con desprecio
de sí mismos y sufrieron con paciência
las burlas, los insultos y las persecu-
ciones de los malvados.
Por este motivo hizo Dios brillar
su inocência y virtud y mandó que
fueran reverenciados por toda la cris-
tianidad.
La historia de Mardoqueo es un
ejemplo de lo que estamos diciendo.
Este piadoso servidor de Dios se vió
cruelmente perseguido por elorgulloso
Amán, pero el Altísimo burló las inten-
ciones perversas dei favorito de Asuero
y gloriflcó á Mardoqueo ante el pueblo
todo.
0) Apocal. III, 4. (?) I Rcyes, II, 20.
Gozo de la Virgen y dc los Santos 329
“ Pues cunndo el rey preguntó á
Amán: «Qué debe hacerse para honrar
á uno á quien el rey quiere colmar de
honores?» Amán pensando que se trataba
de él respondió; “ El hombre á quien quiera
honrar el rey, debe vestirse de la ropa
real, hacerlc montar en su caballo, cc-
nirle de su diadema y el más noblc de
la corte tomando dei diestro el caballo,
vaya por las plazas de la ciudad, di-
ciendo: De este modo será honrado al
que quiera el rey honrar. “ Respòndióle
el rey: Paréceme bien; ea, toma la ropa
y caballo y haz lo que acabas de decir
con el judio Mardoqueo que se halla
en el zaguán dcl palacio. Guárdate mu-
cho de olvidar ni un pormenor de lo
que has dicho.“ (')
Si aquel rey pagano ensalzó de tal
suerte la gloria de un hombre y sus
valiosos servicios, iqué gloria reservará
Dios á sus fleles servidores? ide qué
magnificência no los rodeará el día de
su dichosa entrada en el cielo y aquél
(1) Esth. VI.
330 Capítulo XVIII
en que. la Iglesia celebra su íiesta en
esta tierra?
Clon la inspiración dei Espíritu Santo
la Iglesia expresa su admiración por
sus hijos victoriosos por medio de los
ofícios propios dei breviário, de los cân¬
ticos, de las oraciones, dc las predica-
ciones, de las procesiones, de las pe-
regrinaciones y especialmente por me¬
dio dei santo sacrificio de la Misa. “De
esta mancra será honrado al que qui-
siere el rey honrar."
Sí, el honor más excelso se lesrinde
á los santos en el santo sacrificio dei
altar, sca haciéndolo celebrar, sea asis-
tiendo á cl con intcnción de aumentar
su beatitud accidental.
Para festejar á un príncipe se pone
muchas veces en escena una represen-
taciún teatral y por más que en la obra
no se haga mención de él, el príncipe
recibe no obstante gustoso el home-
naje.
Pues de la misma manera, por más
que la Misa no representa más que la
vida y Pasión dei Salvador, los santos
Gozo de la Virgcn y de los Santos 331
son glorificados cuando aquel acto tiene
lugar en su honor, y se lo apropia toda
la corte celestial.
Cuando el sacerdote pronuncia su
nombre, su corazón se conmueve, por¬
que hace notar San Juan Crisóstomo:
“El rey, después de una victoria, si ve
que el pueblo desca aplaudir sus hechos
militares, tendrá gusto cn nombrar á
los valientes compancros de armas que
le ayudaron á vencer á los enemigos.
Y así, es gran gloria de los santos oir
que les citan por su nombre delante de
su Senor, cuando se conmemora el
triunfo de su Pasión y Muertc 3 '^ se ala-
bari los hechos ilustres que llevaron
á cabo luchando con el enemigo infer¬
nal. “(‘)
Y Molina escribe sobre lo mismo:
“Nada agradará tanto á los santos como
el ofrecimiento dei sacrifício en su ho¬
nor á la Santísima Trinidad, en acción
de gracias por las muchas que recibie-
ron y en memória de sus méritos.“
(1) Homil. 21.
332
Capítulo XVIII
Santa Gertrudis observaba esta prác-
tica y la enscnaba á las religiosas de
su orden, y por esto vió con frecuen-
cia en espíritu su poderosa eficacia:
“El día de San Miguel, en laMisa, ofre-
ció al Padre el Sacramento dei cuerpo
y sangre dei Salvador, invocando á los
príncipes, celebrando su gloria y ale-
grándose de su bienaventuranza eterna."
“El Senor, atrayendo bacia sí ine-
fablemente el Santísimo Sacramento
produjo en los coros angélicos tan ex¬
traordinário gozo que parecia hallaban
en él toda su felicidad. Vió en esto
Santa Gertrudis á los ángeles postrarse
reverentes ante ella para significarle lo
mucho que Ic agradecían el beneficio
que les había proporcionado y la dili¬
gencia con que la guardarían y harían
digna de presentarse delante de su es¬
poso, adornada de todas las joyas que
complacen al Esposo." (*)
Fijémonos en que Santa Gertrudis
ofrece el Santísimo Sacramento no á
(1) Rcvelac. libr. IV, çap. 35.
Gozo de la Virgen y de los Santos 333
San Miguel ni á los otros ángeles, sino
á Dios Padre, y en parte alguna dei
presente libro se encontrará que se
pueda ofrecer el santo sacrifício ni á Ma¬
ria, ni á los ángeles, ni á los biena-
venturados sino á la Santísima Trini-
dad y tan sólo se hace mención de los
dichos moradores dei cielo, pues dice
San Agustín: “No levantamos altares
á los mártires, sino únicamente á la
memória de los mártires. íQué sacerdote
ha dicho jamás en el altar donde reposan
las reliquias de los santos: “Te ofrece-
mos el sacrifício, oh San Pedro, oh San
Pablo, oh San Cipriano“?
El Concilio de Trento se vale casi
de los mismos términos con referencia
á lo propio; “Aun cuando la Iglesia
acostumbra á celebrar la Misa en honra
de los santos, no entiende con esto ofre¬
cer el sacrifício á los santos, sino á Dios
que les ha coronado. Por esto el sa¬
cerdote no dice: ofrézcote este sacri¬
fício, oh San Pedro, oh San Pablo, sino
dando gracias á Dios de la victoria
concedida á tal santo, ruega á aquellos
334
Capítulo XVIII
cuya fiesta sc celebra aqui en la tierra
que intercedan pornosotros en el ciclo."
Y continúa la misma Iglesia; “Si
alguno dijere que es ilícito celebrar la
Misa en honor de algún santo y para
obtener su intercesión delante deDios,
sea anatema. “
Empleemos, pues, nuestro maravi-
lloso poder de aumentar la gloria acci-
dental de los elegidos, ofreciendo el
santo sacrifício en su honor á la San-
tísima Trinidad y en la elevación diga¬
mos al Senor;
“üfiezco esta Misa á vuestro cari-
simo Hijo para mayor gloria y rego-
eijo dei bienaventurado X...“
Para ello, antes de irai templo con¬
sultemos el calendário, sin olvidamos
jamás de nuestro propio patrón, y en
ia hora de la muerte bendeciremos una
y mil veces el día en que hayamos prac-
ticado tal requisito.
CAPÍTULO XIX.
La santa Misa es el mejor tesoro
que poseen los fleles.
Los santos padres, y con ellos los
demás autores ascéticos, han escrito
tanto y tanto sobre la utilidad de la
santa Misa, que es imposible hacer ni
un simple extracto de ello.
No obstante, obligados á citar al-
gunos textos, veamos los siguientes.
San Lorcnzo Justiniano escribe: “No
hay lengua humana que pueda explicar
los frutos de gracia y bendición que
trae consigo el ofrecimiento dei santo
sacrifício de la Misa. En él halla el
pecador la reconciliación con Dios, ge¬
nerosa y más amplia justificación el
justo; en él acreciéntanse las virtudes
pcrdónanse los pecados, abróganse los
vicios, multiplícanse los méritos y des-
cúbrense las asechanzas ocultas de los
enemigos.“ (‘)
(1) Libr. de Obcd. c. 24 .
336
Capítulo XIX
El P. Antonio Molina nos ha dejado
cn su tratado ‘-Sobre la dignidad dei
sacerdote” sentencias y pensamientos
capaces de inflamar el corazón dei amor
más ardiente por la santa Misa: “Nada
más ventajoso al hombre, ni más útil
á las almas dei purgatório que el sa¬
crifício de la Misa cuya cxcelencia es
tal, que todas las demás bucnas obras
y el ejercicio de las más acendradas
virtudes carecen casi de valor en com-
paración dc él.“(‘)
Forner se expresa de esta manera:
“Quien libre dc pecado mortal asiste á
la Misa con devoción, adquiere más
méritos que si hiciese por amor de
Dios las obras de mayor mortifícación
y emprendiera romerías á los lugares
más distantes. Y esto es evidente, por¬
que las obras de piedad sacan su valor
y precio dei objeto. Por consiguiente
iqué puede haber más noble, de mayor
valor y más divino que el santo saci i-
fício de la Misa?“
(1) Tratado üobre la dignidad dei sacerdote.
El tesoro de los fieles
337
Marchant demuestra en los siguien-
tes términos la utilidad de nuestro sa¬
crifício: “La Iglesia católica no tiene
horaenaje más perfecto que ofrecer á
Dios ni cosa más agradable para pre-
sentar á Maria, á los ángeles y á los
santos; nada más saludable á los jus¬
tos y á los pecadores que el sacrifício
de la Misa.“
En el prefacio dei Misal la Iglesia
exhorta al sacerdote “á formarse eleva-
dísimo concepto de la excelencia de la
Misa y á persuadirse á que, mediante
una sola oblación se tributa á Dios
Todopoderoso un homenaje más agrada¬
ble que si se practicasen todas las virtu¬
des y se arrostrasen con los mayores
padecimientos.“
sabéis por qu6, cristianos? Por¬
que Jesucristo en la Misa practica to¬
das las virtudes y las ofrece á su Pa¬
dre con la suma de sus méritos; y los
actos de alabanza, amor, adoración, re-
conocimiento, que se elevan desde el
corazón de Jesús hasta el trono de la
divina Majestad, durante su inmolación
338
Capítulo XIX
en el ara santa, aventajan infinitamente al
culto que le tributan los ángeles y santos.
Y por fin, la prueba más convin¬
cente es la misma Iglesia, cuando dice:
“Confesamos que nada pueden los cris-
tianos hacer ni más santo, ni más di¬
vino, que celebrar ú oír el Santo Sacri¬
fício, en el cual se ofrece cada día en
el altar, por mano dei sacerdote, la
víctima vivificadora que nos reconcilia
con el Padre.“ (') Con lo cual quiere sig¬
nificar, que los sacerdotes no pueden
ofrecer nada más sublime ni más divino
que la celebracion de la santa Misa, y
los fieles nada más santo que oírla, ayu-
darla, hacerla celebrar, recitar sus ova¬
ciones y unirse íntimamente á las inten-
ciones dei sacerdote. Por consiguiente,
siendo esta ofrenda dei santo sacrifício
un acto divino, es al propio tiempo
el más ütil y meritorio para nuestras
almas.
Alma devota, abre los ojos y mira;
abre los oídos y cscucha; y abre en
(1) Trid. sess. XXII. In decreto de obserr. In Missa.
El tesoro de los íieles 339
especial tu corazón y saborea la con¬
soladora doctrina de la Santa Madre
Iglesia.
Puedes llevar á cabo gran número
de excelentes obras, pero ninguna tan
divina y agradable á üios como el santo
sacrifício. Puedes hacer imperecedero
tu recuerdo con buenas acciones y sa-
ludables, pero ninguna te será de tanta
utilidad como la piadosa asistencia á
la Misa.
Así como el sol excede en fuerza y
brillo á todos los planetas, y presta á
la tierra más servicios por sí solo que
los restantes astros en conjunto, así tam-
bién la asistencia á la Misa es supe¬
rior en dignidad y en mérito á todas
las otras acciones que puedes practicar
durante el día.
Sabido esto ^ tendremos el triste va¬
lor de asistir al santo sacrifício con
negligencia y poca devoción, ó de ex-
cusarnos de dicha asistencia por fútiles
motivos?
San Francisco de Sales preferia la
Misa á la misma oraciún, por más que
340
Capitulo XIX
sea este ejercicio una de las formas
más perfectas de la penitencia; y es-
cribia á una religiosa de la Visitación
que había enviado á fundar un con¬
vento: “Hija raia, te ruegq que prime-
ramente establezcas un oratorio donde
podáis oír Misa todos los dias, y si no
puedes tenerlo en la propia casa, no
dejes ni un solo día de ir á la iglesia
más vecina y oír el santo sacrifício ;
porque el alma cobra gran vigor y ener¬
gia si se ha acercado al Seiíor real¬
mente presente en el altar." (*)
Juana de Chantal, que ésta era la
religiosa, preguntó después á su direc-
tor:
— i Debo durante los dias de la se¬
mana, interrumpir ú omitir la oración
para oír la Misa, ó bien renunciar á la
Misa para entregarme á la oración?
El Santo le respondió:
— Te cs mucho más útil asistir to¬
dos los dias al santo sacrifício que
renunciar á él con cl pretexto de de-
(1) Carta 11.
£1 tesoro de los fielcs
341
dicarte á la oración; puesto que la pre¬
sencia real de Jesus que disfrutamos
en la Misa, no puede ser reemplazada
por la presencia espiritual; y por lo
tanto, la Iglesia desea ardientemente
que todos los fieles oigan la Misa co¬
tidianamente.
Forner participa dei sentir dc San
Francisco de Sales; “La oración de
quien ove devotamente Misa, es de ma-
yor importância que todos los otros ejer-
cicios de pietad, así sean contemplacio-
nes muy elevadas."
Al que sintiera preferencia por la
meditación de la vida y muerte dei Sal¬
vador, le exhortaríamos á que asistiera
á Misa, ya que en ella se renuevan to¬
dos estos mistérios.
(iQuieres ver á Cristo y conversar
con él? Ahí le tienes, en el altar, con
su Divinidad y Humanidad. La presen¬
cia dei sacerdote no puede ser obstá¬
culo á tu recogimiento; pues lejos de
ser una distracción, es más bien una
edificación, si seguimos los actos dei
celebrante y atendemos y meditamos
342 Capitulo XIX
la signiâcación de cada una de las cc-
remonias.
Como en conclusión de la matéria de
este capítulo, citaremos un hecho que
rcfiere Lucas Pinell. (*)
Un pobre jornalero, muy devoto de
la santa Misa, tenía la costumbre de
Icvantarse muy de mafíana para ir al
mercado, y aguardar, en companía de
otros, que fuesen á contratarles. Cierto
día, oyendo tocar á Misa, se separó de
sus companeros, y se encaminó á la
iglcsia para asistir devotamente al santo
sacrifício.
A su regreso, todos los obreros ha-
bían sido contratados, y lucgo de aguar¬
dar por largo rato, viendo que nadie
se acercaba á él, volvió á su casa con
el corazón entristecido y nublado el
semblante.
Por el camino encontró á un rico
caballero que le preguntó la causa de
su aflicción, y luego de contársela Ic
repuso el seiior:
0) LIbr. II Dc Mi&sa, cap. IIJ.
El tesoro de los fieles
343
— En vez de apurarte, ve á oír otra
Misa á mi intención, y yo te pagaré el
jornal.
El obrero volvió al templo, que era
la capilla de un monasterio, y oyó to¬
das las Misas que allí se celebraron
aquella maiíana; y después fiiéálauasa
dei caballero el cual le convido á comer
y le dió una moncda de plata.
Sumamente reconocido cl trabajador,
tomó contento el camino de su casa,
siendo detenido al llegar á ella por un
extranjero, que le preguntó la causa de
su alegria.
El pobre le contó lo que le acababa
de suceder; á lo que el extranjero re-
puso:
— Poco te ha dado por tantas Mi¬
sas ese rico; ve á decirle, que si no se
muestra más generoso contigo, lo pa-
sará mal.
Obediente el obrero, refirió á su
bienhechor la conversación que acababa
de tener con un noblc desconocido. El
caballero sospechó que seria un Santo,
3^4
Capítulo XIX
y le dió cinco monedas de plata, reco-
mendándole que orara por él.
El pobre corrió ansioso á su casa,
para ensenar la suma recibida á su es¬
posa é hijos; pero halló otra vez al ex-
tranjero, que quiso saber cuánto había
recibido de nuevo dcl rico.
Al enterarse dei donativo e.xclamó:
— Vuelve otra vez á su casa, y ad-
viértele que, si no te da cien monedas
de plata, maSana á estas horas habrá
dejado de existir.
Al obrero le repugnaba reclamar
más dinero; pero el desconocido le
obligó á cllo.
El seSor se asustó, pues era un gran
pecador, que jamás se había confesado
bien; y prefirió dar las cien monedas
de plata, á exponerse á una muerte
pró.vima.
La misma noche se le apareció en
suenos Jesucristo y le dijo:
— Soy yo quien te ha enviado el
pobre jornalcro; los crímenes que jamás
has confesado clamaban venganza, y esta
misma noche Satanás debía presentarte
El tesoro dfc los fieles 345
ante mi tribunal. Por suerte tuya, te ha
salido al paso ese obrero, el cual ha oído
la Misa con tal fervor por tu intención,
que me ha conmovido; voy á conce-
derte el tiempo necesario para hacer
penitencia. Ve, confiesa tus pecados,
enmienda tu vida y sé generoso con los
pobres.
El caballero se convirtió; y desde
entonces asistió á la santa Misa, que
le fué más ütil que todo el oro, y por
medio de ella fué preservado de la
muerte dei cuerpo y dei alma.
Alguien preguntará tal vez si se puede
vender una Misa.
Jamás; esto seria renovar la acción
de Judas, que vendió á Cristo por treinta
dineros.
i Por qué aceptan, pues, dineros los
sacerdotes ?
Porque, como dice el apóstol, el
que sirve al altar tiene que vivir dei
altar. (M
En los primeros siglos de la Iglesia
(1) 1 Corinth., cap. IX» t. 13.
346
Capitulo XIX
los fieles llevaban para el santo sacri¬
fício no solamente el pan y el vino ne-
cesarios, sino también aceite, harina,
frutos, ü otras cosas semejantes para
sustento dei sacerdote y de los pobres.
Allá por el siglo XI, estos dones en
especies fueron reemplazados por li-
mosnas en dinero, y de aqui procede la
costumbre de ofrecer limosnas por las
Misas y de hacer colectas en los tem¬
plos.
Por consiguiente, el dinero que ofre-
cemos al sacerdote, sea por la celebra-
ción de la Misa, sea por cualquier otro
oficio de su ministério, debe conside-
rarse como una limosna, como el pre-
cio de la moléstia; jamás como precio
de los benefícios espirituales.
Comprar ó vender bienes espiritua¬
les constituye el abominable crimen de
:iimonia. (')
Seria una cosa mala que una mujer
pobre dijese á una seSora:
(1) £1 nomhre de este crimen procede de SImòn el
Mago, á quíen San Pedra roaldijo por baber propuesto á
los Apóstolcs comprarlcs los dones dei Espirltu Santa
El tesoro de los fieles 347
— Si queréis darme de comei, os
cederé los frutos que he sacado de la
Misa que he oído hoy.
Dicha mujer pretendería comprar un
bien temporal con un bien espiritual;
cambio imposible, puesto que el mérito
dc la santa Misa se aplica en el mismo
instante.
Por lo tanto, la pobre que oyese la
Misa habría lucrado de sus benefícios
ella misma, si tal fuera su intención;
pero si quisiera aplicarlos á otros, Dios
lo tendría en cuenta;y si por ignorân¬
cia ú olvido no hubiese destinado ó
aplicado dichos benefícios, pasarían és-
tos al tesoro de la Iglesia, cuya llave
no obra en poder de ningún particular.
La cuestión seria dcl todo distinta,
si la pobre dijese á la senora:
— Si queréis darme de comer, oiré
hoy ó maüana la santa Misa por vues-
tra intención.
Esto signifícaría lo siguiente;
— Quiero privarme, por gratitud á
vuestra limosna, de la recompensa es-
348
Capítulo XX
piritual que me corresponde, para apli¬
caria en provecho vuestro.
En este caso, el bien cedido por la
pobre aventajaría infinitamente á todas
las limosnas que se le pudieran ofrecer;
puesto que cede, en virtud de la eficá¬
cia de la santa Misa, una parte de los
méritos de Nuestro Seííor.
Vosotros, los que disfrutáis de bie-
nes de fortuna, haced que los pobres
os ayuden de esta suerte; ellos son
los preferidos dei Sagrado Corazón de
Jcsús, y así pagaréis vuestra inmensa
deuda á la divina Justicia j aumenta¬
reis vuestra futura gloria en el cielo.
CAPÍTULO XX.
La santa Misa
aumenta en nosotros la gracla divina
y la gloria celestial.
En muchos pueblos j ciudades, se
acostumbra celebrar frecucntes merca¬
dos, en que se venden toda suerte de
objetos útiles. La Iglesia y el ciclo ce-
Aumento de gracia y gloria 349
Icbran también como una especie de
mercado diário. qué es lo que se
nos ofrece ? La gracia divina y la glo¬
ria celestial. Pero estos son dones pre¬
ciosos y carísimos; jy dónde bailar
dinero suficiente para adquiridos? | Ah!
no os aflijáis; pueden adquirirse gra¬
tuitamente.
El profeta [saías nos lo enseSa:
“Vosotros que no tenéis dinero, apre-
suraos, comprad y comed; venid y com-
prad sin dinero." (‘)
El Salmista confirma lo mismo: “Dará
el Sefior la gracia y la gloria." (®)
A diário las distribuye el Sefior gra¬
tuitamente, pero nunca con tanta abun-
dancia como en la santa Misa, como
confio demostrarlo en este mismo ca¬
pítulo.
Empecemos por comprender bien lo
que es la gracia.
La gracia es un don ó un au.vilio
sobrenatural, que Dios nos concede en
virtud de los méritos de Jcsucristo.
(1) Isa(. LV, 1 . (2) Ps. LXXXin, 12.
350
Capftulo XX
Distínguense dos clases de gracias: la
gracia santificante y la gracia actiial.
La gracia santifícante es un estado dei
alma, que nos hace justos á los ojos de
Dios y nos otorga el derecho á la hc-
rencia de los biencs ctemales. Esta gra¬
cia, elevándonos sobre nuestra propia
naturaleza, nos hace partícipes de la
naturaleza divina.
Según el Concilio de Trento, la gra¬
cia santificante es, “no solamente la re-
misión de nucstros pecados ó un favor
sensiblc de la bondad de Dios, sino un
estado divino, una luz resplandeciente
que hermosea nuestras almas.“ Nuestra
alma permanece en este estado feliz y
dichoso, hasta que por el pecado mortal
perdemos la gracia.
La gracia actual es un auxilio pa-
sajero, mediante el cual Dios ilumina
nuestra mente é impulsa nuestra vo-
luntad para evitar el mal y obrar el
bien.
Si nuestra alma se halla en estado
de mucrte, la gracia actual atrae la gra¬
cia santificante; si, por el contrario,
Aumento de gracia y gloria 351
estamos en amistad con Dios, la grada
actual la aumenta poderosamente, mo-
viéndonos á cumplir las obras buenas.
Santo Tomás de Aquino nos ensefia
que ^ la grada concedida á una sola
alma supera en valor á todo el mundo
y á cuanto cl mundo contiene.‘* El mismo
ciclo, con sus ángeles bellísimos y con
sus esplendores, no podría comparársele;
y por lo mismo, el hombre debería ma-
nifestarse más reconoddo á Dios por
la menor gracia que de É1 haya reci-
bido, que por la perfección de los espí-
ritus de primer orden ó por la omnipo¬
tência sobre el firmamento y los as¬
tros.
Todo esto se comprenderá mejor
por los efectos de la gracia santifi-
cante.
En primer lugar, el alma se reviste
de una hermosura sin par; el sol, las
estrellas, las flores quedan deslucidos
y despojados de todo encanto, si se los
compara con esta hermosura. Si nos
fuera dado ver claramente una alma en
estado de gracia, todo aquello que hasta
352
Capítulo XX
entonces era esplendoroso á nuestros
ojos nos parecería desde este instante
desprovisto de encantos, segün indica
con estas palabras el bienaventurado
Blosio: “Si pudiera contemplarse la be-
lleza dc una alma en estado dc gracia,
seríamos arrebatados fuera de noso-
tros mismos.“
Santa Catalina de Sena, después de
haber gozado tan celestial favor, cu-
bría de besos las pisadas de los misio-
neros que trabajaban por atraer á la
gracia á los infelices pecadores, y, trans¬
portada de asorabro. decía á su confc-
sor; Padre mío, si hubiérais podido
contemplar el esplendor de esta hermo-
sura, mil veces daríais vuestra vida por
convertir una sola alma á Dios.“
El dulce Jesus decía á Santa Eri¬
gida. que la contemplación de una alma
santa -‘la .cegaria, la subyugaría y la
sumiría en profundo desraayo."
En segundo lugar, la gracia es el
lazo de caridad que une á Dios con el
hombre. Por ella, el Criador y la cria¬
tura hácense el uno para el otro, ami-
Aumento de gracia y gloria 353
gos tiernos y confidentes, como dice
el mismo Jesucristo: “Vosotros sois
mis amigos... ya no os llamaré sier-
vos.“ (*)
,! Puede haber algo más grande, más
excelente, que ser llamado amigo de
Jesucristo, y serio en efecto? Esta dig-
nidad excede la naturaleza humana,
porque todas las cosas sirven al Sefíor
y no hay nada que no esté sometido
al yugo de su dominación. Hé aqui por
qué Dios eleva á sus servidores á una
dignidad sobrenatural, dándoles el nom-
bre de amigos y tratándoles como ta¬
les. (=)
Esta amistad nos une á Dios tan ín¬
timamente, que le encontramos, por de-
cirlo así, en nosotros mismos, amándo-
nos con amor semejante á aquel eon
que á sí mismo sc ama. Y cuando por
nuestra infidelidad, por el pecado, he¬
mos roto el lazo de esta tierna amis¬
tad, Dios no se retira completamente
de nosotros; se queda á la puerta de
(1) Juan, 14 y 15. (2) S. Cirilo de Alejandrla.
6096 12
354
Capitulo XX
nuestra alma, llama dulcemcnte y pide
entrar de nuevo; “He aqui que estoy á
la puerta y llamo; si alguien oye mi
voz y me abre la puerta, entraré en su
habitación y me sentaré á la mesa de
él y él á la mía.“ (')
Finalmentc en tercer lugar, el alma
santificada está de tal sucrte ennoble-
cida, que se convierte en la criatura
predilecta dei mismo Dios. \ Qué honor
para el hijo de un mendigo el ser adop-
tado por un príncipe! ; Qué honor para
el hombre el ser adoptado por el So¬
berano Sefior!
Meditando sobre esto, exclama San
Juan en un transporte de entusiasmo:
“Mirad, qué tierno amor hacia nosotros
ha tenido el Padre, queriendo que nos
llamemos hijos de Dios y lo seamos
cn cfecto.“ (-)
Y San Pablo aSade: “Y siendo hijos,
somos también herederos, herederos de
Dios y coherederos con Jesucristo." (®)
; Ser heredero de Dios! ; qué her-
(\) Apoc. III, 17. (‘J) I Juan, III, 1.
(3; Kom. VIII, 17.
Aumento de gracia y gloria 355
mosura, qué gloria! Nada tan á propo-
sito como esto, para hacernos compren-
der las excelcncias dc la gracia dc esta
divina adopción, que es al mismo tiempo
la prueba evidente dei amor infinito de
Dias hacia sus desvalidas criaturas.
Además, esta gracia santificante au¬
menta incesantemente por nuestra co¬
rrespondência á la gracia actual, en vir-
tud de la cual Dios adorna el alma de
virtudes, de piedad; la inunda de con-
suelo, la inspira deseos santos, la con¬
cede alegria espiritual, la proteje, la
fortifica, la gobierna, la dirige; y por
la cual, en fin, se une estrechamente á
ella y le da todo lo concemiente á la vida
y á la piedad, según las grandes y
preciosas promesas hechas á nuestros
padres “para hacernos partícipes, por
medio de estas mismas gracias, de la
naturaleza divina.“ (*)
Estas consideraciones nos harán
comprender, aunque imperfectamente, el
valor infinito de la gracia. No obstante,
(1) II Petr. I, 3-4.
356
Capítulo XX
confio demostrar hasta la evidencia, que
la santa Misa aumenta poderosamente
la gracia, y como consecuencia, nues-
tra futura gloria. Y, por último, insis-
tiré sobre la comunión espiritual, como
parte que es de la santa Misa, muy pro-
pia para enriquecer nuestra alma con
nuevas gracias.
§ t. La santa Hisa aumenta en nosotros
la gracia divina.
Un autor piadoso dice: “No sólo el
sacerdote, sino aquellos que encargan
la celebración de la santa Misa y los
que asisten á ella pueden, según su
piedad y devoción, merecer un aumento
de gracia y de gloria, por su coopera-
ción al santo sacrifício." (')
El sacerdote es, pues, el primero que
se aprovecha de estos benefícios.
Los que encargan la celebración de
la Misa para sí misraos ó en sufrágio
de otros, participan igualmente de aque¬
llos preciosos frutos y obtienen un au-
(1) Cervas. De .Missa.
Aumento de gracia y gloria 357
mento de gracia, si están libres de pe¬
cado mortal.
Por último tienen también suparti-
cipación los fieles que asistcn á la santa
Misa, no sólo por su piedad y devoción
hacia el santo sacrifício, sino también
como recompensa de las múltiples y
variadas virtudes que practican. Porque
ellos renuevan en su corazón el dolor
de haber pecado cada vez que golpean
su pecho; hacen actos de fé confesando
la real presencia de Jesus en la Hóstia
sacrosanta, y su sacrifício por los pe¬
cados de los hombres. Este dogma es
el fundamento de toda nuestra salva-
ción.
Además, practican también actos in¬
teriores y exteriores de adoración; y
aunque estos sentimientos sean debidos
á Dios nuestro Senor, no por eso Ic
son menos agradables, ni deja de com-
placerse en ellos de una manera sin¬
gular.
Si á la elevación de la Hóstia di¬
vina y dei Cáliz consagrado ofreces á
tu Padre celesti^^l este don divino, rea-
358
Capitulo XX
lizas un acto de perfecta generosidad;
Y si oras por los vivos y por los di-
funtos, haces además un acto de cari-
dad; y en fin, si participas dei sacra¬
mento de su cuerpo y sangre, aun cuando
sólo sea por la comunión espiritual, me¬
recerás gracias especialísimas de la bon-
dad divina.
No se olvide tampoco que los he-
rejes han menosprcciado en todo tiempo
el santo sacrifício dcl altar, tachándolo
de idolátrico; por lo cual Dios mira
amorosamente á todos aquellos que re-
paran tales insultos con su piadosa
asistencia. Los Santos Padres nos ha-
blan de gracias especiales concedidas á
este acto de reparación.
S. Cirilo nos dice: “Los dones es-
pirituales serán distribuídos abundante¬
mente entre aquellos que asisten á la
santa Misa.“
S. Cipriano anade: “El pan sobre¬
natural y el cáliz consagrado, contri-
buyen á la vida y salvación dei hom-
bre entero.“
El Papa Inocencio 111 dice también :
Aumento de grada y gloria 359
“Por la eflcacia dei santo sacrifício se
nos aumentan todas las virtudes y par¬
ticipamos abundantemente de los fru¬
tos de la gracia.“
S. Máximo exhorta á los cristianos
“á no olvidar jamás la Misa, porque
en ella se comunican á los fíeles las
gracias dei Espíritu Santo."
Y Forner cree que “ en la Misa los
méritos de la Pasión de Jesucristo ejer-
cen sus divinas influencias sobre nues-
tra alma, de suerte que quedamos como
inundados por la abundancia de los bie-
nes celcstiales." (')
Pennitidme todavia aiSadir á lo ex-
puesto hasta ahora el testimonio de
Osorio: "Dios Padre os da en la Misa
á su Hijo Unigénito, en quien reside la
plenitud de la divinidad unida á la Hu-
manidad, y en quien están ocultos to¬
dos los tesoros de la infínita sabi-
duría."
Y al damos á su Hijo, ^no nos lo
da todo? Sí, nos da á Jesús con todos
(1) Cone. 83. In Miscrere.
360
Capitulo XX
SUS méritos y satisfaccioncs; nos da la
carne y la sangre, el cuerpo y el alma
dc este adorable Salvador. íQué más
puede darnos.=’ jY qué medio más se¬
guro podia haber ideado para hacernos
partícipes de sus infinitos tesoros?
Ciertamente que, si nuestra alma se
halla todavia sumida en la miséria, cs
debido tan sólo á nuestra imperdonable
torpeza y á nuestra pereza espiritual.
Si á esto agregamos las setenta y
sicte prerrogativas enumeradas en el ca¬
pítulo 111, fuerza será eonfesar que nin-
guna obra dei mundo podrá valemos
tantas giacias y méritos como la celc-
bración y audición dc la santa Misa.
§ 2. La santa Misa
aumenta de una manera particular
la gflorla celestial.
; Oh! cuán deliciosa é incomprensi-
ble es esta gloria celestial, para la cual
hemos sido criados y por la que sus¬
pira sin césar nuestro corazón. ^Como
podré yo tratar de su aumento, cuando
la más pequefia parte de ella es tan
Aumento de gracia y glotia 361
embriagadora que hace exclamar al
Apóstol: “Ni ojo alguno vió, ni oreja
oyó, ni pasó á hombre por pensamiento,
cuáles cosas tiene Dios preparadas para
aquellos que le aman.“ (*)
La Iglesia nos ensefía, que las bue-
nas obras aumentan la gloria futura,
pero no nos indica el grado de esta
gloria. Contentémonos, pucs, con estas
palabras de nuestro Salvador á Santa
Gertrudis: “El cristiano aumenta sus
merecimientos para la vida eterna, cada
vez que asiste devotamente á la Santa
Misa.“ (®)
De esta recompensa eterna dice el
Evangelio: “Se os echará en el seno
una buena medida, apretada j bicn
colmada, hasta que se derrame.” (®)
En efecto, en la Misa merecemos un
nuevo grado de gloria. El Santo sacri-
flcio es como una escala celestial: cada
vez que los fleles asisten á él, suben
un peldafio; los más fervorosos suben
dos, tres y aun cuatro á la vez, y á
(1) 1 Corinth. 11, 9. (2) Revel. llb. II, c. 18, 53.
(3) Luc. VI, 3S.
8096
120
362
Capítulo XX
medida que se le elevan hacia Dios, se
clevan también su conocimiento y su
amor de Dios.
Con cada grado, hácese más hcrmoso,
más resplandeciente, más glorioso, más
apreciable á los ojos de los Santos.
Cada vez que asistes á la santa Misa,
el cielo lo anota y tc asegura un grado
de gloria más elevado.
Esta gloria puede perderse por cl
pecado mortal; pero, gracias á la infi¬
nita bondad de Dios, puedes recupe¬
raria, por medio de una sincera confe-
sión. íQué gloria, qué riqueza, qué bie-
navcnturanza. te esperan allá en el cielo,
si á diário asistieres al santo sacrifí¬
cio!
“ Las aflicciones tan breves y tan
ligeras de la vida presente, nos produ-
ccn el eterno peso de una sublime é in-
comparable gloria.“ (')
Grabad estas palabras en vuestro
corazón, oh cristianos, y no dudéis que,
si el Apóstol promete tan hermosa re-
(1) 11 Cgrinth. IV, 17.
Aumento de gracia y gloria 363
compensa á los sufrimientos pasajeros,
Dios reserva todavia otras más esplên¬
didas á los íieles asistentes á la santa
Misa, porque esta práctica lleva con¬
sigo multitud de pcquciías mortifica-
ciones.
Ninguno de vosotros lo ignora. La
iglcsia está distante de vuestra casa, y
habéis de levantaros temprano; el ca-
mino es maio y peligroso; en invierno,
os azota la cara el viento norte; en
verano, el sol despide sobre vosotros
sus ardientes rayos; después, el oficio
es á veces largo, el fervor desaparece,
os espera un trabajo urgente, despre¬
ciais una ocasión provechosa. Animo,
ânimo; todo esto son otros tantos títu¬
los de gloria, otros tantos tesoros para
el cielo.
íQueréis la pnieba?
Un aldeano sentia tierna dcvoción
por el santo sacrifício de la Misa. Tra-
bajando en el campo o en la selva, oía
á lo lejos el eco argentino de la cam¬
pana de la aldea, que convidaba á los
íieles á la asistcncia de la Misa; y al
364
Capitulo XX
punto, abandonando sus labores, su carro
y sus ganados, encaminábase á la Igle-
sia. Tenía esta piadosa costumbre desde
la infancia, y habíala conservado hasta
una edad avanzada.
Cierto día, en que se dirigia peno¬
samente á la Iglesia por un sendero
casi impracticable, se decía á sí mismo;
— Hc aqui que mis aSos me impiden
ya hacer lo que hacía en mi juventud;
y por lo mismo, creo no desagradar á mi
Dios, renunciando en adelante á estas
largas y penosas carreras. Desde casa
iré á ^iisa; pero cuando me hallc en cl
campo, asistiré en espíritu y continuaré
mis labores.
Hallábase preocupado todavia con
este pensamiento, cuando percibió un
ccrcano ruido de pasos que le hizo vol¬
ver la cabeza. Era un Angel que, car-
gado de rosas recién abiertas, le seguia;
tan bcllo era aquel Angel que el al-
deano creyó ver al mismo Dios, y pos-
trándose de hinojos exclamó: “^Òh mi
Dios, cómo es posible que me dispen-
séis el favor de acompa2armc?“
Aumento de gracia y gloria 365
El Angel cntonces respondió: “ No
soy tu Dios, soy el Angel de tu guarda.“
“Oh Angel mío querido, iqué signi¬
fica esta visi(5n?“
“Dios me ha ordenado que te siga
en pos, siempre que abandones tus la¬
bores y tus campos para asistir á la
santa Misa.“
“{Y para qu6?“ rcplicó cl aldeano.
“A cada paso que das en dirección
á la Iglesia, brota una rosa bajo tus
plantas. Yo las voy recogiendo todas y
las llevo al cielo. Mira las que hoy he
encontrado en tu camino; por tanto te
aconsejo que abandones tu proyecto y
continues yendo á Misa. Si perseveras
hasta cl fin, yo te coronaré de rosas á
la hora de tu muerte, y cubriré de flo¬
res tu trono celestial." Así dijo el An¬
gel y desaparcció.
El anciano aldeano besó sollozando
el sitio donde el Angel se le apareciera,
y bendijo á Dios por tan singular fa¬
vor. No podia apartar su espíritu de
aquclla celeste aparición; la hermosura
dei Angel, el delicado perfume de las
366
Capitulo XX
rosas, en una palabra, aquel goce an-
ticipado dc las delicias de la patria
celestial había cautivado su corazón, y
las cosas de la tierra sólo le inspira-
ban profundo desprecio.
Poco tiempo después murió, agota-
das sus fuerzas más por el deseo dei
cielo que por la misma enfennedad.
Si el esfuerzo físico que este aldeano
realizaba para ir á la iglesia, fué tan
espléndidamente remunerado, iqué te-
soro dc gracias merecería asistiendo
con piedad y devoción á la santa Misa?
Xo nos es posible comprenderlo; mas
esperemos que, por nuestra fidelidad en
cumplir esta misma práctica, le veremos
un día en el cielo y participaremos con
él de estos incfables frutos.
§3. De la Comunlón espiritual.
Después de haber declarado que el
deseo de la Iglesia seria que todos los
neles recibieran la sagrada comunión
en la Misa á que asisten, el Concilio
Tridentino rccomicnda con insistência
Aumento de gracia y gloria 367
que reciban la Comunión espiritual, por
lo menos, los que se consideren indig¬
nos de recibir la Eucaristia.
Es la comunión espiritual un deseo
ardentísimo de recibir á Jesucristo en
su corazón en el momento en que el
sacerdote, por la comunión, termina el
sacrifício. Esta práctica no hubiera sido
recomendada con tanta insistência, si no
fuera sumamente provechosa á nuestras
almas, y medio eficacísimo para aumen¬
tar en nosotros la gracia divina y la
gloria celestial.
Mientras Jesucristo anduvo sobre la
tierra realizó muchas curaciones, por la
imposición de las manos; pero á mu-
chos devolvió también la salud desde
lejos, como acontecio á la hija de la
Cananea y al criado dei Centurión. La
infinita generosidad de Xuestro Seüor
Jesucristo no se limita á las almas que
dignamente se acercan al Sacramento
dei amor, sino que se extiende á los que
no pueden recibirle realmente. É1 nos
dice; “Yo soy el pan de vida; el que
368
Capítulo XX
viene á mí, no tendrá hambre y el que
cree en mí, no tendrá sed jamás.“(‘)
Acercarse á Jesus es creer en El,
esperar en Él, y amarle. Quien se acer¬
que á Él de esta manera, saciará su
hambre y apagará su sed.
Jcsucristo no ha unido su gracia á
la sagrada comunión, de tal suerte que
no pueda concederia sin la recepción
dei sacramento. Una comunión espiri¬
tual, hecha con ardientes deseos, pro-
duce en nosotros más gracia que una
comunión real hecha sin fervor. La in-
tensidad de nuestros deseos es la me¬
dida de la gracia que recibimos por la
comunión espiritual.
tQué es necesario para una buena
comunión espiritual? Forner nos lo dice
con estas palabras: “Todos los que oyen
la Misa con las disposiciones debidas,
se alimentan de un modo místico con
el cuerpo de Jesucristo. La virtud de
la santa Misa es tan grande, que basta
unir nuestra intención á la dei sacer-
(1) Juan, VI, 35.
369
Aumento de gracia y gloria
dote, para participar con él dei fruto
dei sacrifício. “ (')
Esta enseiianza es sumamente con¬
soladora, para todos aquellos que no
sabcn cómo debe hacerse la comunion
espiritual. Basta decir: “ Úno mi inten-
ción á la dei sacerdote, y deseo parti¬
cipar dei santo sacrifício comulgando
con él.“
“Aunque nuestros miembros no co-
men, aSade el mismo Obispo de He-
brón, se alimentan sin embargo lo mismo
que la boca; de la misma manera, los
fieles que asisten á la Misa se alimen¬
tan espiritualmente por mcdiación dei
sacerdote, aunque ellos no comulguen;
es muy natural que el que asiste en
espíritu con el sacerdote á la Mesa dei
Senor, se alimente también espiritual¬
mente con él. Si los invitados á una
mesa real no salen jamás hambrientos
de la sala dei festín, icémo nuestro
dulce Salvador dejaría marchar sin con-
tortarles á los que han asistido á la
Misa para adorarler“
(i; Cunim. €3, in Miácrere.
370
Capítulo XX
‘•La Misa es la gran cena dcl Se-
nor; cada uno recibe su parte corres-
pondiente, si no cierra obstinadamente
la boca de su espíritu ante la mano de
Jesiís que le ofrece su cucrpo en ali-
mento.“
Surio rcíiere un hecho que confirma
nuestra doctrina.
Bcrtranda Carmara era una fervo¬
rosa cristiana y de conducta ejempla-
rísima. Un día festivo, deseosa de acer-
carse á la sagrada Mesa, observó que
el celebrante no consagraba formas
para distribuirias entre los fieles. A pe¬
sar de su vivo dolor, Bertranda conti¬
nuo oyendo atentamente la santa Misa.
Pero he aqui que, en el momento de la
comunión, vió un Angel que, tomando
en sus manos, de encima dei altar, una
particula de la sagrada Hóstia, se la
aproximó para que comulgara. Su alma
quedó inundada de alegria, ante esta
milagrosa visita de su Dios. Mientras
tanto el sacerdote advirtió la desapa-
rición de la partícula, y buscábala en
vano por todas partes, sin que le fuera
Aumento de gracia y gloria 371
posiblc tranquilizarse hasta tanto que
Bertranda le dió cuenta dei maravilloso
suceso, realizado en su favor.
La comunión espiritual es, pues, santa
y saludable. Expresamente lo enseiía la
Iglesia cuando diee: “Los que con el
deseo gustan este pan celestial, colo¬
cado en su presencia, gozan de sus fru¬
tos y utilidad en virtud de esta fc viva
que la caridad hacc fecunda. “
Ko debes por consiguiente, oh alma
piadosa, considerarte despojada de todo
bien; aunque á vcces no te sea posi-
ble participar sacramentalmente dei
cuerpo y de la sangre de Jesucristo.
Inflama más bien tu deseo. y apro.xí-
mate en espíritu á Jesús; El te saciará
y te abrirá los infinitos tesoros de su
sagrado Corazón.
CAl^ÍTULO XXL
Lasanta Misa es la más segura esperanza
de los moribundos.
Sólo aquel que ha sufrido las ago¬
nias de la muerte conoce su amargura;
372
Capítulo XXI
no obstante llegamos á vislumbraria
cuando presenciamos la agonia de al-
guno de nuestros hermanos. Entonces
vemos con cuánta razón dijo Aristóte¬
les que “la muerte es la más horrososa
de todas las cosas.“
Y sucede así, no sólo porque Ia
muerte es la separación de nuestra
alma de nuestro cuerpo, sino principal-
mente, porque es la puerta que nos da
acceso á la eternidad y nos conduce á
la presencia dei tribunal de Dios. La
viva representación de estas dos terro-
ríficas cosas, inspira al moribundo tal
pavor, que hace temblar su corazón y
baila su frente con un frio sudor.
iQué hacer en semejante angustia?
.;Çómo consolar esta alma, cómo ani¬
maria, cómo protegeria para que el de-
monio no la arrastre á la desespera-
ción? jAh! arrójese en el seno de la in¬
finita misericórdia de Dios, y su espe-
ranza no será confundida.
Asi lo asegura S. Gregorio: “Quien
ha hecho cuanto de cl depende, debe
confiar en la misericórdia divina que no
La esperanza dcl moribundo 373
ha de abandonarle jamas; quien, por el
contrario, ha sido negligente, no haria
bien en confiar, porque se engaffaría á
sí mismo.“(')
iPcro dónde está el alma que ha
permanecido constantemente fiel? iHay
acaso una entre mil? ^No podríamos
nosotros ser mejores si quisiéramos?
ijQuc garantia pucs tcndrá el mori¬
bundo en su última hora? No vacilo en
afirmar, que la fuente más pura de es-
peranza es la santa Misa, si, durante
nuestra vida, la hemos oído con asi-
duidad y devoción.
El Salmista nos afirma en esta creen-
cia, cuando dice: “Ofreced sacrifício de
justicia y confiad en el Sefior.“ (-)
Este sacrifício no es otro que la
santa Misa, por la cual nosotros nos
congraciamos con la justicia divina,
cosa que no podían realizar los sacri¬
fícios de la antigua ley. Ved aqui por
qué no se podia, hablando en propie-
dad, llamarlos sacrifícios de justicia;
(1) Moral, lib. II, c. 9. (2) 1’s. IV, 6.
374
Capitulo XXI
esta es también la razón de que David
no se dirija en su exhortación á los sa¬
cerdotes judios, sino á todos los cris-
tianos y á los sacerdotes católicos, con
cl objeto de que desplieguen su ceio cn
la celebración de la santa Misa, para
aplacar la cólera de Dios y borrar la
pena merecida por cl pecado.
Tan exacto es esto, que David ter¬
mina su salmo diciendo: “ In paca in
idipsiim dormiam et reqiiicscam'-'-: tran¬
quilo el corazón, á causa dei sacrificio,
dormiré mi último sueno y descansaré
durante la cternidad, porque Vos, Se-
íor, me babéis conservado mi espe-
ranza.
David habla así en nombre dei cris-
tiano moribundo, y nos indica el fun¬
damento más seguro de nuestras espe-
ranzas en la hora de la muerte. Así lo
entiende también la Iglesia en estas pa-
labras dei oficio de difuntos: Reqiiies-
cant in pace.
David había dicho: Descansaré en
paz; la Iglesia dice: Senor, conccdedlc
el descanso. Así, el que en vida ha ofre-
La espcranza dcl moribundo 375
eido con el sacerdote el sacrificio de
justicia, puede esperar firmemente en
la misericórdia de Dios, y repetir con
David, cn la hora dc la muerte; “ Se-
fíor, lleno de confianza en la santa Misa,
dormiré en paz y descansará en el se¬
pulcro hasta que llcguc el gran día de
la eternidad. Xo temo la muerte eterna,
porque sois Vos cl ancora de mi espe-
ranza. No, Senor, no puedo crecr que
seré repudiado por Vos, ya que con
tanta frccuencia os he ofrecido cl sa¬
crificio de justicia, cuya virtud purifi¬
cadora y santificante habrá borrado mis
pecados y satisfecho vuestra infinita
justicia.
Tal cs mi dulce espcranza; cn cila
confiado, compareceré sin temor ante
vuestro severo tribunal."
Todos los moribundos pueden escu-
darse de este modo contra el abati-
miento y la descsperación.
Cierto individuo, cuenta Pinelo, que
había sido durante su vida muy devoto
de la santa Misa, puso toda su confianza
en esta santa práctica, hasta que llegó
37.)
Capítulo XXI
su última hora y murió dulcemente. Su
párroco, entristecido por la pérdida de
tan edificante fcligrés, le aplicaba to¬
dos sus sufrágios.
Al cabo de cierto ticmpo, se le apa-
reció el fcligrés resplandeci ente de her-
mosura. “iQuién eresr" e.xclamó el pá¬
rroco.
“Soy aquél por quien tan fervoro¬
samente has pedido á Dios.“
“iCómo te encuentras cn el otro
mundo ■“
"Por la gracia de Dios estoy entre
los escogidos, y aunque no necesitaba
tus oraciones, te quedo profundamente
agradecido.“
Quiso saber entonces el Párroco,
cuál, entre las virtudes que habían en¬
riquecido durante su vida cl alma dei
difunto, era la más meritória y grata
en la presencia de Dios. “La asistencia
diaria á la santa Misa, respondióle, me
ha proporcionado una muerte apacible
y un juicio misericordioso.“
No desmayéis, pues, oh espíritus apo-
cados. Porque es cosa fácil imitar el
La esperanza dei moribundo 377
ejemplo de este buen cristiano; sobre
todo los que habitáis en pueblos donde
se celebran Misas á todas las horas de
la manana; circunstancia ésta que os
permite escoger el momento más favo-
rable, según vuestro trabajo y los de-
beres de vuestro estado. Los que, á pe¬
sar de sus deseos, no puedan ir á la
iglesia, dediquen algunos momentos á
la lectura de las oraciones de la Misa.
Esto constituye también un medio ex¬
celente para prepararse á una buena
muerte.
Es indudable que los méritos de la
Pasión y muerte de Jesucristo consti-
tuyen las más legítimas bases de nues-
tra esperanza. Pues bien, en la Misa
estos méritos se distribuyen entre to¬
dos los asistentes que se hallan en es¬
tado de gracia; esperar, por lo tanto,
lleno de confianza en la santa Misa,
es esperar en los méritos mismos dei
Salvador.
Y no se diga, que estos divinos me-
recimientos se nos comunican también
en la confesión y en la comunión; por-
378
Capitulo XXI
que hay gran diferencia entre el que
rccibe los sacramentos y el que oye la
Misa. El primero debe acercarse digna-
mente al tribunal de la penitencia con
verdadero arrepentimiento y á la santa
Mesa con fervor, so pena de cometer
un nuevo pecado; mientras que el que
oye la Misa, aun cuando esté en pe¬
cado mortal, su estado, lejos de em-
peorar, se mejora, porque el santo sa
crifleio Ic proporciona la gracia de la
conversión, si él no opone una resis¬
tência voluntária.
Podría también objetarse á esto di-
ciendo : Que todo moribundo, quien-
quiera que sea, puede confiar en la Pa-
sión y muerte dei Salvador, ya que
Jesús sufrió por todos los hombres,
para satisfacer por todos nuestros pe¬
cados y preservamos de la condenación
eterna.
Mas yo os diré: jDe qué servirían
á nuestra alma los frutos preciosos de
la Pasión y muerte dei Salvador, si de
algún modo no le son aplicados?
cómo los alcanzará más eficazmente que
La esperanza dcl moribundo 379
en la santa Misa, siendo así que la
misma Iglesia nos enseSia: “ que los
frutos dei cruento sacrifício de la cruz
se distribuyen abundantemente por el
sacrifício incruento? “(')
“El sacrifício de la Misa, aõade la
Iglesia, ha sido instituído, para que la
virtud saludable dei sacrifício de la cruz
sea aplicada por la remisión dc nues-
tras faltas y defectos cotidianos.“ (®)
El cristiano que de esta suerte es¬
pera, no confia en sí mismo ni en sus
propios méritos, sino en Jesucristo, en
las oraciones y méritos dei Salvador,
de los cuales ha participado en el al¬
tar santo; confia cn un don más per-
fecto que ha ofrecido al Padre celes¬
tial por las manos dei sacerdote, en la
sangre preciosa que ha brotado dei al¬
tar sobre su alma; confia, y puede y
debe confiar en la oración de Jesús.
Esta esperanza es tan maravillosa
que Sánchez dice; “La santa Misa nos
infunde una esperanza de la vida eterna
(i; Trid. Scss. XXII, cap. 2. (2) Ibld., Cap, 1.
380
Capítulo XXI
con tantas garantias que, para creer en
cila, nos basta la gracia de Ia fe." Así
pensaban los Santos Padres, que tan
bien se prepararon para la muerte, me¬
diante la devota celebración de la santa
Misa,
S. Teodoro Studita, celoso defensor
de la fe católica contra los iconoclas¬
tas, cayó gravemente enfermo. Se ha-
llaba ya en la agonia, cuando pidió al
Scflor la gracia de celebrar por última
vez los santos mistérios, y prepararse
de este modo para la suprema lucha
contra el enemigo infernal.
\o bien hubo terminado esta ora-
ción, sintió aligerarse la intensidad de
su mal. Se levantó, fué á la Iglesia,
y celebró la Misa con un fervor y una
compunción tales que hicieron derra¬
mar lágrimas á todos los asistentes.
Esta fué su mejor y su última prcpa-
ración; al descender dei altar se tendió
sobre el lecho, y se durmió dulcemente
en el Seiíor. (‘)
( 1 ) Baronlo. Ano 826, n. XLIV.
La esperanza dcl moribundo 381
S. Tarasio, patriarca de Constanti¬
nopla, igualmente fiel á esta santa de-
voción, sobrellevaba sus dolores corpo-
rales y reanimaba sus agotadas fuerzas,
gracias á su ardiente amor por Nues-
tro Senor. Guando j'a no podia tenerse
de pié, se apoyaba con el pecho en el
altar.
De esta manera continuo hasta el
último día en que su alma voló hacia
Aquel, á quien sus lábios habían hecho
descender sobre el altar tan piadosa y
frecuentemente. (’)
Muchos Santos Padres tuvieron la
misma devoción, y no conocieron mejor
preparación para la muerte que la Misa
diaria.
Adcmás, Jesucristo lo ha prometido
á Santa Matilde; “A la hora de la muerte
consolaré y protegeré al que haya asis-
tido con asiduidad al santo sacrifício
de la Misa; y para acompaãarle á mi
tribunal, le enviaré tantos grandes de
mi Corte como Misas haya él oído.“ (“)
(1) Baronío. (2) UcvcL I, III, c. \l\.
382
Capitulo XXI
jOhJesús! si en mi favor queréis
cumplir esta promesa, repetiré al mo-
rir las palabras de David: “El Sefior es
mi luz y mi salvación: iá quién he de
temer yo? El Seilor es el defensor de
mi vida; ^quién me hará temblar?'* (^).
i Ah! si para mi consuelo y defensa
enviáis tantos Santos como Misas haya
oído, no temeré al ejército entero de
Satán, porque basta un Santo para po-
ner en fuga todas las tropas infer-
nales.
Fortificada por el pensamiento de
la santa Misa, el alma abandona este
mundo y comparece ante el tribunal de
Dios. -Hallarse cn presencia dei justo
Juez! Hombre infeliz, ^cuál será enton-
ces la serenidad de tu alma? Oye la
relación autêntica de un monje rcsuci-
tado, conservada por S. Bonifácio, obis-
po de Maguncia, en una carta á su
hermano.
“Guando fui llamado al juicio de
Dios, todos los pecados que había co-
ín i>s. xxví, i.
La esperanza dei moribundo 383
metido avanzaron como otros tantos
seres vivientes y horrorosos. El uno
me decía: Yo soy la vanidad, por la
cual te elevaste sobre tu prójimo. El
otro e.vclamaba: Yo soy la mentira, que
tú has proferido. Y nosotros, la multi-
tud de palabras inútiles que has pro¬
nunciado; y las distracciones, los pcn-
samientos inútiles á que te has entre¬
gado dentro y fuera de la iglesia. De
esta manera, una machedumbre de fan¬
tasmas me rodeaba, y me acusaba con
voces espantosas de estos pecados y de
todos los que había omitido en la con-
fesión, por negligencia, olvido ó igno¬
rância.
Allí estaban también los demonios
precisando el tiempo, lugar y circuns¬
tancias en que yo había pecado. En fin,
las pocas buenas obras que yo había
hecho en mi vida, se presentaron á su
vez, tratando de hacerse escuchar: Yo
soy la obediência que has rendido á tus
superiores, dijo la una; y yo el ayuno,
con el cual afligiste tu cuerpo; y yo,
e.vclamaba una tercera, la oración á que
384
Capítulo XXr
te has dedicado. Al aproximarse cada
una de estas obras buenas, sentia yo
inefable consuelo; los ángeles presen¬
tes aportaban su testimonio y ensalza-
ban mis pobres obras.“ (*)
Lector querido, lo que sucedió á este
buen religioso, nos sucederá también
sin duda á ti, á mí y á todos los hom-
bres. Nuestros pecados aparecerán re¬
vestidos de horrendas formas; nuestras
buenas obras estarán allí presentes para
sostenernos; y, si has oído muchas Mi-
sas, ellas aparecerán también en forma
de hermosísimas vírgenes, que desvane-
ccrán tu terror con su dulce presencia.
Ellas dirán entonces: Nosotras, las Mi-
sas á que helmente has asistido, te acom-
pafíarémos al tribunal dei justo Juez;
allí te excusarémos, serémos testigos de
tu piedad hacia el santo sacrifício; ha-
rémos constar todos los pecados que
hayas borrado y todas las deudas que
hayas satisfecho. No desmayes; noso¬
tras aplacaremos la cólera dei supremo
Juez y obtendrémos el perdón.
(li Uaronio. Aífo 71n. XXIII.
esperanza dei moribundo 385
i Qué consuelo para tu oprimida alma
hallar amigos tan fieles, abogados tan
poderosos!
jAh! Dios quiera que te suceda lo
que, al dccir dei verídico Raynaldi, su-
cedió á S, Nantier, obispo dc Breslau.
Este prelado era muy devoto de la santa
Misa y asistía á todas las que se ce-
lebraban cn su catedral.
Al morir, una piadosa senora oyó
cantos angélicos tan dulces que se creyó
transportada al Paraíso. Quiso averi¬
guar la causa, y una voz celestial la
dijo; Acaba de separarse de su cuerpo
el alma dei Obispo Nantier, y los án-
geles la conducen al cielo. Preguntú
entonces la mujer como había merecido
el Obispo tanto honor y tanta gloria,
y la misma voz le respondió: “ Por
su devoción al santo sacrifício dc la
Misa.“
iQué ejemplo tan consolador! El
piadoso prelado se libró de las penas
dei purgatório y fué elevado entre can¬
tos angélicos, merced á su devoción á
la santa Misa.
386
CaplLulo XXn
Imitemos tan santo amor, y, si no
nos fuere posible oír tantas Misas, po-
drémos siempre unimos en espíritu á
todas las que se celebran. Depositemos
al pié dei altar un fervor scmejanteal
dei bienaventurado Nantier, y Dios aco-
gerá con agrado nucstra buena volun-
tad y nos concederá una muerte di-
chosa.
CAPÍTULO xxn.
Le santa Misa es el alivio más eficaz
para las almas dei purgatório.
Xo podemos comprender, durante
esta vida el rigor de las llamas dei
purgatório, pero día vendrá en que no-
sotros mismos las experimentarémos.
Entretanto meditemos la doctrina de los
Santos Padres.
S. Agustín declara que: “El esco-
gido y el condenado son atormentados
por el mismo fuego, cuya acción es
más violenta que todo lo que se puede
Alivio dcl purgatório 387
imaginar, ver y sentir sobre la tie-
rra.“ (*)
Este testimonio bastará para infun¬
dimos un saludable temor; porque los
males de la tierra son incalculables, y
nuestra capacidad de sufrimiento es un
abismo á cuyo fondo nadie ha llegado.
Considcrad las tcrribles enfermedades
que roen el cucrpo; lecd en cl marti¬
rológio las espantosas torturas á que
fueron sometidos los confesores de la
fé; y sin embargo, todo esto no es más
que una débil imagen de lo que os es¬
pera, según afirma S. Cirilo: “Todas
las penas, torturas y tormentos de esta
vida, comparados con la más pequeBa
pena dei purgatório, parccen todavia un
consuelo.‘‘
Santo Tomás dice lo mismo: “La
menor chispa de este fuego es más cruel
que todos los males de esta vida.“ (‘^)
[Oh Dios mío! ícómo podrá sopor-
tar nuestra alma tan terribles dolores ?
No obstante, es casi seguro que no lle-
(t) Scrm. 41. (L’) In 4 bem. dist. 20, 9, cap. II.
388
Capitulo XXII
gará al ciclo, sin atraversar antes es¬
tas llamas abrasadoras; porque, lejos
dc ser bastante perfecta para evitarias,
está llena de impurezas y de malas in-
clinaciones.
Acuden á mi memória otros muchos
pasajes de los Santos Padres, pero bas¬
tará citar á S. Bernardo; “ Entre el
fuego natural y el dei purgatório hay
tanta diferencia como entre el fuego y
su imagen." (‘)
Santa Maria Magdalena de Pazis, que
veia frecuentemente el purgatório donde
había encontrado á su propio hermano,
atestigua, que el fuego terrestre es, com¬
parado con el dei purgatório, un deli¬
cioso jardín.
No he visto jamás comparación tan
sorprendente, ni tan oportuna para esti¬
mulamos á la penitencia por el temor
de estas intolerables penas. Al mismo
tiempo despierta en nosotros una com-
pasión sincera por las pobres almas
encerradas en esta tenebrosa prisión.
(1) .Serm. 1j.
Alivio dei purgatório 389
desde la cual nos dirigen sus voces su¬
plicantes.
Hay muchos médios para aliviarias,
pero el más saludable, declara el Con¬
cilio de Trento, es el santo sacrifício
de la Misa. “Las almas dei purgatório
son socorridas por los sufrágios de los
fíeles, principalmcnte por el sacrifício
dei altar.“ (')
Dos siglos antes había dichoya Santo
Tomás de Aquino: “Según costumbre
general, la Iglesia ofrece sacrifícios y
ruega por los difuntos; y así les libra
prontamente dei purgatório.“ C^)
La razón de esto es, porque en la
santa Misa el sacerdote y los asisten-
tes, no solamente imploran misericórdia,
sino que ofrecen también á Dios un
prcciosísimo rcscate. Las almas dei pur¬
gatório no están cn su desgracia, ya
que por su contrición y confesión se.
han reconciliado con El; pero perma-
necen prisioneras, para purifícarse de
sus imperfecciones.
fi) Trid. Sess. XXV. Dccrel. de pounit.
i'i) ia 4 Sent. quust. 45,
390
Capitulo XXII
Por tanto, si llenos de compasión,
rogáis por ellas y las aplicáis vuestros
merecimicntos, contribuís á saldar una
parte de esta deuda de la que el mismo
supremo Juez dice: “Cuida de que no
te metan en la cárcel; porque te ase-
guro que no saldrás de ella, hasta que
hayas pagado el último ccntimo.“ (')
Pero si oyes ó mandas celebrar la
Misa por una de estas almas, satisfaces
una gran parte de su deuda.
Guando el bienaventurado Enrique
Suzo, de la Orden de Predicadores, es-
tudiaba en Colonia, pacto con un su
amigo para que el que sobreviviera
celebrara un cierto número de Misas
por el difunto. Terminados sus estúdios,
Suzo continuó en Colonia y el otro re¬
ligioso fiic enviado á la Suabia donde
murió al poco ticmpo.
Enrique recordó su promesa; pero,
habiendo ya dispuesto de la intención
de sus Misas, suplió el santo sacrifício
por la oración, el ayuno y otras mor¬
ei) Malh. V. 26.
Alivio dei purgatório 391
tificaciones. Pasado algún tiempo se le
apareció su compafiero en un estado
lamentable y le dijó entristecido: “jAsí
cumples tu palabra, ó amigo infiel ?“ El
P. Enrique se turbo y respondió tem-
bloroso: “Amigo querido, yo no me
descuido; me ha sido imposible cele¬
brar la santa Misa por ti, pero he orado
y me ha mortificado tanto á tu inten-
cicjn.“
“No basta eso, replicó el alma in¬
fortunada, tus oraciones no son bas¬
tante poderosas para sacarme de estos
tormentos; necesito la sangre de Jesu-
cristo, esta preciosa sangre que se ofrecc
en la Misa; si hubieras cumplido tu
promesa, habría salido ya de esta cár-
cel de fuego; á tu olvido debo el con¬
tinuar en ella.“
Fácilmente se comprcnde el dolor
dcl bienaventurado Suzo; vuelto en sí
de su primer asombro, conto al prior
la aparición y la súplica. El Prior le
dispenso sus obligaciones, y le mandó
celebrar por su amigo. Hízolo así, y
pronto el muerto le anunció su liber-
392 Capitulo XXII
tad y Ic prometió su intercesión en d
cielo.
Considera estas palabras: “Tu ora-
eión, aunque muy agradable á los ojos
de Dios, no es bastante poderosa para
librarme de estas penas.“
Si las oraciones dei bienaventurado
Suzo eran insuficientes, íqué decir de
las nuestras tan tibias y secas? Uná-
moslas pues durante la Misa á las de
Jesus y á las dei sacerdote, y entonces
pasará como refrigerante soplo, como
dulcc promesa de próxima liheración,
sobre el valle desolado que habitan las
pobres almas.
No sabemos en qué proporción son
perdonadas las penas dei purgatório
por el santo sacrificio. Siempre es cierto
que una Misa, celebrada ú oída por uno
mismo en vida, vale más que si se ofrece
á nuestra intención después de la muerte,
según lo afirma S. Anselmo: “Una sola
Misa oída por una persona durante su
vida, le es más ventajosa que muchas
dichas por ella después desu muerte."
Ué aqui el por qué:
Alivio dei purgatório 393
1. Si estás en gracia, al oír ó en-
cargar la celebración de la Misa, ob-
tienes un aumento de gloria para el
Paraíso, ventaja que cien Misas cele¬
bradas después de tu muerte no podrían
procurarte, pues que habría entonces
pasado ya la época de merecer.
2. Si estas en pecado mortal, la santa
Misa te procurará, por la misericórdia
infinita de Dios, la luz necesaria para
reconocer tus pecados y el dolor de
haberlos cometido; dolor que nos vuelve
al estado dc gracia, cosa imposible des¬
pués de la muerte. Habías de estar ya
sellado con el estigma de la reproba-
ción, y todavia la santa Misa podría
retenerte sobre el borde dei infierno y
otorgarte el inefablc beneficio dc morir
reconciliado con Dios.
3. Las Misas dichas ú oídas te espe-
ran más allá de la tumba donde. Como
otros tantos elocuentes abogados, soli-
citarán tu gracia en el tribunal de la
justicia. Si no te libran completamente
dei purgatório, abreviarán su duración
y atenuarán su intensidad. Aunque el
394
Capítulo XXII
mismo Dios te aplicara toda la vii tud
de una Misa después de tu muerfe, se¬
ria necesario esperar á que fuera cele¬
brada. jCuán triste y dolorosa es la
espera de las almas dei purgatório!
Supón que murieras por la tarde
y que habías de permanecer en las lln-
mas dei purgatório solamente hasta la
hora de la Misa dei dia siguiente. iAh!
cuán larga seria esta noche I Supón to¬
davia el caso más favorable, de que
tu alma habia de permanecer solamente
el tiempo que durara la celebraeión de
una Misa; oh alma querida, esta media
hora corta te pareceria una eternidad.
Si se te obligara á poner la mano en
el fuego, por espacio de una Misa, ^qué
no darias por evitar una prueba tan
terrible ?
Sin embargo, el fuego sólo atormen¬
taria' un miembro de tu cuerpo, y no
podria compararse con la pena muchi-
simo más intensa que sufre el alma en
el purgatório. sentiremos menos
compasión por nuestra alma que por
nuestro cuerpo? En todo caso, es mu-
Alivio dei purgatório 395
chísimo incjür que las Misas nos espe-
ren en la otra vida, que no cl que las
esperemos nosotros. Ks decir, amonto-
nemos tesoros para el ciclo por medio
de la piadosa asistcncia á la santa Misa,
porque vendrá la noche y ^quién tra-
bajará entonces por nosotros f
4. La limosna que dedicas á la cc-
lebración de la Misa, es un dón espon¬
tâneo, voluntário y muy agradable á
Dios; pero después de muerto, no eres
tú, son tus herederos los que ofrccen
este dón.
iXo estamos viendo todos los dias
el ceio escaso con que procuran éstos
cumplir los últimos deseos de los mori¬
bundos?
Créeme, lo más acertado cs asegurar
el porvenir de esta vida, mientras eres
duciío de tus bienes.
5. No olvidemos, por último, que esta
vida es el tiempo de la misericórdia,
y la vida futura el de la justicia.
San Buenaventura dice: “Como un
hilo de oro cs mucho más precioso que
un lingote de plomo, así también una
396
Capítulo XXII
pequeSa penitencia hecha voluntaria¬
mente en esta vida, es mucho más es-
timable á los ojos de Dios, que una
gran penitencia impuesta en la otra.“
La siguiente historia te demostrará
la doble utilidad de la santa Misa para
nosotros mismos y para las almas dei
purgatório.
Maria, joven y piadosa costurera,
encargaba todos los meses una Misa
por el alma más próxima á salir dei
purgatório. Dios prueba á la que ama:
Maria debia sufrir una larga serie de
pruebas. Una penosa enfermedad la re-
tuvo un ano entero en su lecho y per-
dió todos sus clientes. Para librarse de
la miséria, hubo de buscar una plaza
de sirvienta.
Preocupada por tan triste pensa-
miento se dirigió á la Iglcsia al salir,
por vez primera, de su casa. En el ca-
mino se acordó de no haber cumplido,
durante su enfermedad, la promesa he¬
cha á las almas dei purgatório. iQué
hacer? La enfermedad había consumido
sus modestas economias, le quedaba tan
Alivio dei purgatório 397
sólo una moneda de plata, suficiente, en
verdad, para encargar una Misa, pero
.nsí mismo necesaria para procurarse
un pedazo de pan.
Maria no vaciló: un poco de ham-
bre puede soportarse, mejor que las
terriblcs llamas dei purgatório; encar-
gó la Misa y se abandonó totalmente
en brazos de la Divina Providencia.
Llegada á la iglesia, vió un sacer¬
dote dispuesto á salir al altar y le pi-
dió si podría celebrar á su intenciòn.
Contestólc afirmativamente y Maria le
entrego su modesta ofrenda; asistió al
santo sacrifício, y comulgó cn favor dei
alma que estuviera más próxima á vo-
lar al cielo.
Al salir de la Iglesia, se dirigia á
casa de una amiga, cuando un joven, de
noblc aspecto, la saludió y la dijó:
■'^No busca V. una colocación.’“
“Si sefíor; pero ,iCÓmo puede V. sa-
berlo si á nadie he hablado de seme-
jante cosa y yo no conozeo á V. ?“
“N’o importa, dijo el desconocido
393
Capitulo XXII
sonriendo, siga V. por esta misma calle
hasta tal número, y allí hallará V. una
senora que la tomará á su servicio, y
junto á la cual, será V. completamente
feliz.“ Y despareciü al punto.
Maria siguió la dirección indicada;
llcgü a un magnífico edifício, cuyas
puertas la franqueo una vencrable sc-
iiora.
"Cierto, dijo ella, después de haber
oído á la joven, es cierto que necesito
una doncella y ahora mismo me dispo-
nía á salir en su busca; ; pero como lo
ha sabido Ayer por la tarde des¬
pedí, por graves motivos, á mi cama-
rera; pero nadie sabe nada de esto: no
me explico como ha podido V. cono-
cer mi necesidad.'*
Maria no pudo resistir al deseo de
referir su encuentro con el Joven, cuyo
aspecto tanta confianza la había inspi¬
rado.
Al entrar en la câmara de su nueva
seiíora, Maria fijó .sus ojos en un her-
moso retrato de tamaiío natural.
“Seiiora, exclamó ella, he aqui el
Alivio dei purgatorio 399
bondadoso joven que me ha indicado la
casa de V. y cuya angélica hermosura
no olvidaré jamás.“
La seflora palideció y se dejó caer
sobre un sillón: Qué dice V. ? este es
el retrato de un hijo mío, muerto hace
cuatro afíos.“
Maria comprendió al punto la ma-
ravillosa bondad de Dios para con ella;
se arrodilló junto á la pobre madre
dcshccha en llanto, y la refirió su his¬
toria : su enfermedad. la última moneda
ofrecida por él alma dcl purgatorio que
el mérito de una sola Misa pudiera li¬
bertar, su abandono en brazos de la
Providencia.
“;Oh. hija querida, exclamo entonces
la senora, yo te debo así la salvación
de mi hijo! Murió piadosamente, ; ay de
mí! y le creia ya en el cielo desde
hace mucho tiempo; sin embargo su
purgatorio duraria todavia, si no hubiera
sido por tu piedad. El es quien te en¬
via, bendito sea Dios. Permanecerás
aqui durante toda mi vida, no en cali-
400 Capítulo XXII
dad de sirvienta, sino como amiga y
hermana.“
Hemos oído esta conmovedora his¬
toria á un sacerdote venerable, á quien
la misma Maria la había referido.
i Ah! si nosotros pudiéramos con¬
templar con nuestros mortales ojos los
raudalcs dc gracias que, desde el altar,
se distribuyen sobre cl purgatório, jcon
qué ceio procuraríamos á las almas des¬
terradas este divino beneficio! No me
hables de tu pobreza. Verdad que ella
no te permitirá el gozo dc hacer cele¬
brar los divinos mistérios, pero ya te
lo he dicho más arriba: la sola audi-
ción dc la santa Misa es sumamente
meritória. Asiste á cila, y, para aumen¬
tar tu caridad, invita á tus amigos para
que oigan una ó varias Misas á inten-
ción de las almas dei purgatório.
Tal erá el consejo que un santo va-
rón daba á una pobre viuda, que se la-
montaba de no poder encargarlas por
su difunto marido, por la ascasez de
recursos. “Asiste frccuentementc al santo
sacrificio por él, y saldrá dei purgato-
Alivio dei purgatório
4Ü1
rio, antes que por una ó dos Misas cele¬
bradas á tu intcnción.“
Este excelente consejo do}' yo tam-
bién de corazón á los pobres; es indu-
dablemente más beneflcioso hacer cele¬
brar, si es posible, la santa Misa; pero
es un dulcísimo consuelo, para una alma
que padece el veros ofrecer al Padre
Eterno la sangre de Nuestro Seiíor por
ella.
Entonces esa preciosa sangre la
inunda como un rocio celestial. Un vaso
de agua fresca no consolará jamás á
un enfermo, devorado por la fiebre, tanto
como á nuestros difuntos algunas go¬
tas de la divina sangre que derrama¬
mos místicamente sobre ellos en la santa
Misa.
Permitidme todavia que afiada algo
en beneficio de nuestros difuntos que¬
ridos. Al incensar las tumbas ó rociarias
con agua bendita, las pobres almas ex-
perimentan un alivio dulcísimo. Las go¬
tas de agua bendita, es cierto, no to-
can más que la tierra; pero la virtud
que la bendicion y las oraciones de la
402
Capítulo XXIII
Iglesia les concede, Megan como suave
refrigério hasta el purgatório. Rociad,
pues, frecuentemente las tumbas de
vuestros muertos, para consolarlos y
aliviarlos.
CAPÍTULO xxm.
De la oración dei sacerdote y
de los ángeles, por los fleles que asisten
á la Misa.
Es general entre personas piadosas,
quejarse de frecuentes distracciones du¬
rante la oración. Para esto no conozco
remedio más eâcaz que la frecuentc
asistencia á la santa Misa, en la que
unes tu pobre oración á la de Jesus y
su ministro.
A la manera que una pieza de co¬
bre, se embellece y abrillanta arrojada
en oro fundido, así tu oración seca y
distraída se hace atenta y fervorosa:
“la oración, hecha en la Misa en unión
con el sacrifício, es más eficaz que to¬
das las dcmás, por muy largas y fervo-
O/ación dcl sacerdote y de los ángclcs 403
rosas que scaii.“ (*) Expondré en este
capítulo el fundamento de tan consola¬
dora doctrina.
El celebrante debe orar no sólo por
los fieles en general y ofrecer el santo
sacrifício por su salvación. sino que
además está obligado á hacerlo de una
manera particular por todos los asis-
tentes, y á presentar al Padre celestial
sus peticiones. Así, la oración dei prin¬
cipio llamada Collecta, la Secreta que
sigue al 0/ertorio, la Postcoinmiaiio,
y, en general, todas las oraciones en
que la petición se hace á nombre de
muchos, son recitadas por la asamblea
de fieles, por ti, si formas parte de ella,
y pueden ser tan provechosas como si
estuvieras á solas en la Iglesia con cl
sacerdote.
Para conocer con puntualidad las
oraciones en que tienes, por decirlo así,
una participación oficial, vamos á enu¬
merarias cuidadosamente.
(1) Küi-ncr.
404
Capitulo XXIII
^ 1. Qué pide el sacerdote y cómo lo plde
para los aslstentes.
Al principio de la Misa el ayudante
recita el Conjiteor, cn nombre dei pue-
blo, sobre el cual el sacerdote pronun¬
cia la sigiiiente absolución: “Dios po¬
deroso tenga misericórdia de vosotros,
y, perdonados vuestros pecados, os lleve
á la vida eterna. El Seiíor Todopode-
roso y misericordioso nos conceda cl
perdón, la absolución y remision de
nucstros pecados. Amén.“
Al Kiric, que es un grito de angus¬
tia hacia la Santísima Trinidad, al Glo¬
ria in exculsis y á la Collecta, el sa¬
cerdote habla en su nombre y en el
nuestro. Saluda al pueblo, reunido alre-
dedor dei altar, con la santa salutación
Doitiitius robiscum, que “el Sefíor esté
con vosotros.“
Este era el saludo dei ángel á Ge-
deón, de üooz á sus segadores, dei Ar-
cángel Gabriel á la Santísima Virgen.
Por estas palabras, ocho veces re¬
petidas, el sacerdote desca para el pue-
Oraciún dcl sacerdote y de los ángcles 4C3
blo salud y bendición, porque rqué po-
drá faltamos si Dios está con noso-
tros ?
Al Credo pronuncia en su nombre
y en el de los fieles esta confesión de
la fe católica, en la cual deseamos to¬
dos vivir y morir.
A la oblación dei pan dicc: “Recibe,
oh Padre Santo, Dios todopoderoso y
etemo, esta Hóstia inmaculada, que yo,
indigno siervo tuyo, ofrezeo á ti, que
eres mi Dios vivo y verdadero, por
mis innumerables pecados, ofensas y
negligencias, y por todos los que están
presentes, y también por todos los fie¬
les cristianos vivos y difuntos: para
que á mí y á ellos sea de provecho
para la salvación en la vida eterna.
Amén.“
Guando pone el agua y el vino en
cl cáliz: “Oh Dios que maravillosamente
formaste la dignidad de la humana na-
turaleza, y más maravillosamente la
reformaste; concédenos, por el misté¬
rio de mezclar esta agua y vino, que
seamos participantes de la divinidad de
406
Capftulo XXIII
Aquél que se dignó participar de nues-
tra humanidad, Jesucristo, Hijo tuyo
Senor nuestro; que como Dios vive y
reina contigo en unidad dei Espíritu
Santo; por todos los siglos de los si-
glos. Amén."
A la oblación dei cáliz: “Ofreeé-
moste, Senor, el cáliz de Ia salud, im¬
plorando tu clemencia: para que suba
con suave fragancia hasta la presencia
de tu divina Majestad, por nuestra sal-
vación y la de todo el mundo. Amén.“
Despues dei lavabo el sacerdote se
inclina y dice: “Recibe, oh Trinidad
santa, esta oblación, que te ofrecemos
en memória de la Pasión, lesurrección
y ascensión de Jesucristo nuestro Se¬
nor; y en honor dc la bienaventurada
siempre Virgen Maria y dc San Juan
Bautista y de los santos Apostoles Pe¬
dro y Pablo, y de estos, y de todos
los Santos, para que á ellos les sirva
de honra y á nosotros nos aproveche
para la salvación; y se dignen interce¬
der por nosotros en el cielo aquellos
cuya memória veneramos en la tierra.
Oración dei sacerdote y de los ángelcs 407
Por el mismo Jesucristo, nuestro Seflor
Amén.“
A continuación pronuncia en voz
baja por todo el pueblo la oración mis¬
teriosa de la Sccretíi. Ordinariamente
se dicen tres oraciones, á veces cinco,
y en las grandes festividades no hay
más que una.
En el Prefacio, el sacerdote excita
al pueblo á mezclar las alabanzas con
las suyas, y después continua solo en
alta voz: “El Senor seacon vosotros.“
“Y con tu espíritu."
“Elevad vuestros corazones.“ “Los
tenemos ya elevados al Senor.“
“Demos gradas á Dios nuestro Se¬
nor." “Digno y Justo es.“
“Verdaderamente es digno y justo,
debido y saludable, que en todo tiempo
y lugar te demos gradas, Senor santo,
Padre todopoderoso, Dios eterno: Por
Jesucristo Senor nuestro. Por quien los
ángeles alaban tu majestad, las domi-
naeiones la adorán, las potestades la
temen. Los delos y las virtudes de los
cielos, y los bienaventurados serafines.
40S
Capitulo XXlil
en unânime concierto, la celebran. Con
los cuales, suplicamos que te dignes
admitir también nuestras voces que con
humilde acatamicnto proclaman:
“Santo, santo, santo, Sefior Dios de
los ejércitos. Llcnos están los cielos y
la tierra de tu gloria, hosanna en las
alturas. Bendito sea el que viene en
nombrc dcl ScSor. Hosanna en las al-
turas.“
Entonces comienza el Canon, parte
dc la Misa que se pronuncia en voz baja,
y dei cual citaremos aqui únicamente
el Mentenio de los vivos: “Acuérdate,
Seiíor, de tus sicrvos y siervas N. N.
(Aqui designa mentalmente el sacerdote
á aquellos por quien se ofrece el sa¬
crifício), y de todos los que están aqui
presentes, cuya fc y devoción te es
conocida, por los cuales te ofrecemos,
ó ellos mismos te ofrccen, este sacri¬
fício de alabanza, por sí y por todos
los suyos, por la redención de sus al¬
mas, por la esperanza de susalvacióny
conservacion ; y te cumplen sus prome-
sas áti, Dios eterno, vivo y verdadero. ’
Oración dei sacerdote y de los ángcle.s 409
Estas palabras deben servirte de
consuelo, aunque tu pobreza no te per¬
mita hacer celebrar Misas. La que oyes
es ofrecida por el sacerdote á tu in-
tención, y te aplica su mérito á ti y á
todos los tuyos, según tu piedad y tu
deseo.
Después dei Memento continúa la
oración pública: “Unidos en la misma
comunión y venerando la memória, en
primer lugar de la gloriosa siempre
\lrgen Maria, Madre de Jesucristo nues-
tro Dios y Senor: y también la de tus
bienaventurados Apóstoles y Mártires
Pedro y Pablo, Andrés, Santiago, Juan,
Tomás, Felipe, Bartolomé, Mateo, Si-
món y Tadeo; de Lino, Cleto, Clemente,
Sixto, Cornelio. Cipriano, Lorenzo, Cri-
sógono, Juan y Pablo. Cosme y Da-
mián; y de todos tus santos; por sus
mcrecimientos y ruegos te suplicamos
nos concedas, que en todas las cosas el
auxilio de tu protección nos detienda.
Por el mismo Cristo, nuestro Sefíor.
Amén.“
Con las manos extendidas sobre la
410
Capitulo XXIII
oblata continua el sacerdote: “Rogá-
moste, pues, Sefior, recibas propicio
esta ofrenda de nuestra servidumbre,
que lo es también de toda tu familia:
y nos hagas pasar en tu paz los dias
dc nuestra vida, y mandes que seamos
preser\ados de la eterna condenación
y contados en la grey de tus escogidos.
Por Cristo nuestro Seõor. Amén.“
Después de la elevación dice: “Por
tanto, Sefior, nosotros siervos tuyos, y
también tu pueblo santo, en memória
así de la bienaventurada Pasión dei
mismo Jesucristo, tu Hijo, nuestro Se¬
fior, como de su resurreción de entre
los mucrtos, y también de su gloriosa
ascensión á los cielos; ofrecemos á tu
excelsa Majestad de tus dones y dádi¬
vas esta hóstia f pura, hóstia f santa,
hóstia f inmaculada, el pan f santo de
la vida eterna y el cáliz f de perpetua
salvación. Hacia los cuales dígnate, Se¬
fior, mirar con rostro propicio y se¬
reno ; y aceptarlos, así como te dignaste
de toner por aceptos los dones de tu
siervo el inocente Abel y el sacrifício
Oración dei sacerdote y de los ingeles 41 1
de nuestro patriarca Abraham,el que
te ofreció tu sumo sacerdote Melqiiise-
dech: sacrifício santo, hóstia inmacu-
lada.“
Profundamente inclinado dice luego:
‘^Rogámostc con todo rcndimicnto, om
nipotente Dios, mandes sean llcvados
estos dones por las manos de tu santo
ángel á tu sublime altar, ante la pre¬
sencia de tu divina Majestad: para que
todos los que participando de este al¬
tar recibiéremos el sacrosanto cuerfpo
y sanfgre de tu Hijo, seamos llenos
de toda bendieión celestial y graeia.
Por el mismo Cristo, Sefíor nuestro.
Amén.“
En el Memento de los difuntos ruega
por todos los fieles difuntos, después
por aquellos á la intención de los cua-
les él celebra la Misa ó que le han
sido recomendados, y luego continúa:
“También á nosotros pecadores, siervos
tuyos, que esperamos cn la abundancia
de tus misericórdias, dígnate damos al-
guna parte y companía con tus santos
Apóstoles y Mártires: con Juan, Este-
412
Capítulo XXIII
han, Matías, Bernabé, Ignacio, Alejan-
dro, Mpcelino, Pedro, Felicidad, Per¬
petua, Águeda, Lucía, Inés, Cecilia, Anas-
tasia, y con todos tus santos: en cuya
compafiía te pedimos nos recibas, no
como apreciador de méritos, sino como
perdonador dc culpas. Por Cristo, Se-
nor nuestro.“
Recita á continuación el Paler >jos-
ter por él y por todos los cristianos,
y agrega: “Te rogamos, Senor, nos li¬
bres de todos los males, pasados, pre¬
sentes y venideros, y por la interce-
sión de la bienaventurada y gloriosa
siempre Virgen Madre de Dios, Maria,
con tus bienaventurados Apóstoles Pe¬
dro y Pablo y Andrés, y todos los san¬
tos, danos propicio la paz en nuestros
dias; para que ayudados con cl auxilio
de tu misericórdia, vivamos siempre
libres de pecado, y seguros de toda
perturbación. Por el mismo SeHor nues-
tro, jesucristo, Hijo tuyo.*'
Sigue el Dei, repetido tres
veces; “Cordero de Dios, que quitas
Oración dei sacerdote y de los ángeles 413
los pecados dei mundo: ten misericór¬
dia de nosotros: dános la paz.“
Fil sacerdote recita entonces una
oración por él solo, y dice la última
collecta por él y por el pucblo entero
y sigue diciendo: “Séate agradable, oh
Trinidad santa, cl obséquio de mi ser-
vidumbre: y concede que el sacrifício
que yo indigno he ofrecido á los ojos
de tu Majestad, sea digno de que tu lo
aceptes; y, para mí y para todos aque-
llos por quienes le he ofrecido, sea por
tu misericórdia propiciatorio. Por Cristo,
Sefíor nuestro. Amén.“
Por último bcndice á los fieles en
nombre de Jesucristo y de su Iglesia, y
1 :e el Fh’augelio según San Juan.
He aqui las oraciones cuyos bene¬
fícios se recibcn asistiendo á la santa
Misa. Sencillas en aparência, tienen
maravillosa eflcacia, pues están inspi¬
radas por el Espíritu Santo, compues-
tas por los Apóstoles y los Santos Pa¬
dres, y sancionadas por la Iglesia. El
sacerdote no las dice en nombre pro-
pio, sino en nombre de Jesucristo y de
414 Capítulo XXIII
toda la cristianidad, de quienes es el
representante.
En efecto, la Iglesia, es dccir, la
sociedad de los fieles, envia al sacer¬
dote al altar, como su embajador acre¬
ditado. Le encomienda sus peticioncs
para que las exponga ante Dios du¬
rante el santo sacrifício, y procure el
bienestar temporal y eterno de todos
sus hijos, y muy espccialmente la libe-
ración de las almas dei purgatório. Las
palabras de esta sublime embajada han
sido Jictadas una á una por la Iglesia
é incluidas en cl misal.
Así, cuando el sacerdote llega al al¬
tar y se presenta ante la Divina Ma-
jestad, Dios no le considera como un
pobre pecador, sino como el embajador
de su Iglesia, como el representante de
su Hi jo, cuyas veces hace, cuyos vesti¬
dos é insígnias lleva, y en nombre dei
cual pronuncia las palabras de la con-
sagración: “Este es mi cuerpo. Esta es
mi sangre.“ En estas condiciones, su
oración es para Dios la oración dei
mismo Jcsús.
Oraclún dei sacerdote y de los ángeles 413
El sacerdote no se limita á orar,
ofrece además un don, un tesoro de in¬
finito valor; el cuerpo y la sangre dcl
Salvador. Dios no puede rechazar este
don, ni rehusar al sacerdote sus pia-
dosas solicitaciones.
Unamos pues nuestras oraciones á
las dei sacerdote para que sean mejo-
res, más nobles, mas eficaces, y obten-
gan lo que por nosotros solos jamás
podríamos obtener. Por último, te ben-
dice el sacerdote con la senal de la
cruz, para preservarte de mal durante
el día.
íQuieres saber si son igualmente
buenas todas las Misas?
Antes de responder, te ruego distin¬
gas bien entre el sacrifício y la piedad
dei que lo ofrece. iPreguntas si el sa¬
crifício es tan santo, ofrecido por un
sacerdote bueno, como por uno maio?
Sí. Como es válido el bautismo, ya sea
conferido por un pecador ó por un
justo, con tal que el ministro tenga in-
tencion de bautizar y se conforme con
las prescripciones de la Iglesia, dei
416
Capítulo XXIII
mismo modo la santa Misa es siempre
igualmente santa y saludable, si el sa¬
cerdote observa las ceremonias pres¬
critas.
Pero acaso desearás saber, £ la obla-
ción dei sacrifício es entre todos los
sacerdotes igualmente piadosa y edifi¬
cante? jAy, no! Este será en el altar
un émulo de los ángeles, el otro será
poco fervoroso; y, en este sentido, Dios
considera una Misa más agradable que
la otra.
El sacerdote lo sabemuybien: hoy
está recogido, manana se distraerá. Por
esto pide él á los fieles el auxilio de
sus plegarias para que su sacrifício sea
agradable al Dios Omnipotente. Tal es
el sentido dei Orate, fratres.
Hermanos y hermanas, dice volvién-
dose bacia el pueblo, tenemos que rea¬
lizar una gran empresa, para la cual
son insuficientes mis fucrzas. Os suplico,
pues, que me ayudéis todos á ofrecer
este sacrifício, que es también vuestro.
Si lo bago dignamente, obtendréis in-
Oración dei sacerdote y de los ángeles A17
mensos benefícios, que naturalmente
disminuirían en el caso contrario.
San Buenaventura escribe; “Todas
las misas son igualmente buenas en lo
que al Salvador se refiere. Por lo que
toca al celebrante, las hay mejores y
menos buenas. Por tanto, vale más oír
la Misa de un sacerdote virtuoso, que
la de uno malo.“
El Cardenal Bona confirma este pen-
samiento al decir: “Cuanto más santo
y agradable á Dios sea el sacerdote,
más favorablemente acogidas serán sus
oraciones y su sacrifício; más útil será
su Misa, porque en ésta, como en otras
obras piadosas, á mayor fervor corres-
ponden mayores frutos.“
§ 2. Cómo oran los ángeles por nosotros
en Ia Misa.
Es indudable que los ángeles están
presentes en la Misa. La Iglesia lo
afirma y David canta en sus salmos:
“Mandó á sus ángeles que cuídasen de
S096
14
41S
Capitulo XXIII
ti; los cuales te guardarán en cuantos
pasos dieres.“ (')
Donde quiera que vayamos nos acom-
paSan estos esplritus celestiales, nos
amparan con su protección y nos col-
man de favores. Pero cuando dirigimos
nuestros pasos hacia el altar dei Se-
nor, icon qué regocijo, con qué satis-
faccion cumplcn su misión de ahuyen-
tar á los maios espíritus que quisieran
perturbar nuestra dcvoción, imponiendo
silencio á nuestros disipados cuchicheos
y apartando todas las distracciones.
Por lo menos asisten ála Misa tan¬
tos ángcles como personas, pues cada
uno tiene su ángel custodio, que le
ayuda á orar y á adorar á Jesucristo
sobre el altar. Pcdid al vuestro que
oiga la Misa por vosotros y con voso-
tros, y su ardiente oración suplirá con
ventaja las misérias y defectos de la
vuestra.
Además de los ángeles custodios,
están también presentes en el altar los
( 1 ) Salmo .XC. 13.
Oraci(')n dcl sacerdote }' de los ángelcs 419
príncipes de la milícia celestial; porque,
bajando allí el Hey de los ángeles á
realizar la obra más excelsa de su po¬
der, es natural que se halle rodeado de
sus ministros y le rindan vasallaje.
Entonces podéis exclamar en ver-
dad con David: “En presencia de los
ángeles te cantaré himnos; te adoraré
en tu santo templo y tributaré alaban-
zas á tu nombrc.“ (‘)
Estáis arrodillados en medio de es¬
tos espíritus puros, que oyen la Misa
con vosotros y ruegan ardientemente
por vuestra salvación. “Recuerda, oh
hombre, al lado de quien estás durante
este misterioso sacrifício. Te hallas en¬
tre querubines y serafines, y en medio
de las potestades celestes. Procura, pues,
no afligirles con tu impiedad y rego-
cijarles con tu fervor.
“Guando el sacerdote celebra el su¬
blime y tremendo sacrifício dei altar,
los ángeles le asisten, y elevan en coro
su voz, para cantar la gloria de Aqucl
(1) rs cxxxvii, 1-2.
420
Capitulo XXIII
que es inmolado... Entonces los hom-
bres oran, los ángeles doblan su rodilla
en la presencia de Dios, y los arcán-
geles interceden por nosotros. Estos
son los momentos más propícios para
nosotros.
El santo sacriflcio está á la dispo-
sición de estas potestades angélicas, y
ellas defienden nuestra causa, dicíendo:
“Se 3 or, os rogamos por aquellos que
vuestro Hijo amó hasta la muerte, por
los que redimió con su sangre, y por
quienes ofreció su cuerpo en sacrifi-
cio.“ (‘)
; Qué diferencia entre sus oraciones
y las nuestras! Ellos arden cn amor
por Dios, á quien contemplan cara á
cara, y á quien adoran eternamente.
He aqui, por que alcanzan ellos lo que
nosotros pediríamos en vano. No obs¬
tante, nuestras oraciones, unidas á las
suyas, rasgarán las nubes y serán más
atendidas que si oráramos en la sole-
dad de nuestras casas.
(1) S. Juan Crisóst. Dc sacerdot. lib. VI.
Oración dei sacerdote y de los ángeles <121
Los ángeles están presentes en la
Misa, pero además ofrecen el santo sa¬
crifício y nuestras súplicas al Dios to-
dopoderoso.
S. Juan, el Evangelista, ha contem¬
plado á estos espíritus angélicos de-
sempeSando tan sublime función: “Vino
entonces otro ángel, y púsose ante el
altar con un incensário de oro; y dié-
ronsele muchos perfumes, compuestos
de las oraciones de todos los santos,
para que los ofreciese sobre el altar
de oro, colocado ante el trono de Dios.
Y el humo de los perfumes ú aromas
encendidos de las oraciones de los san¬
tos, subió por la mano dei ángel al aca-
tamiento de Dios.“(*)
Así, los ángeles recogen nuestras
oraciones durante el santo sacrifício,
para llevarlas al ciclo y depositarias,
como perfume delicioso, ante el trono
de Dios. Y como nuestras súplicas van
unidas á las de Jesucristo, su fragan-
cia es infínitamente agradable á la Ma-
( 1 ) Apoc. VIII, 3-4.
422
Capitulo XXIV^
jcstad divina, y son mucho más efica-
ccs que las plegarias hechas fuera de
la santa Misa.
Nuevo motivo para asistir diaria¬
mente al santo sacrifício, donde te es-
peran tan poderosos mensajeros para
elevar á Dios tus votos, vivificados con
la santidad de su ardoroso ceio.
CAPÍTULO XXIV.
La santa Misa
no Implde nuestras ocupaciones,
antes, por el contrario, las ayuda
y favorece.
El trabajo es uno de los pretextos,
que más comunmente alcgan los hom-
bres, para dejar de asistir á Ia santa
Misa. Nochc y día se preocupan de él,
se lamentan de Ia pérdida de tiempo,
por consagrar una hora al servicio de
Uios; y tachan de perezosos á los que
examinan el empleo de su vida bajo un
punto de vista sobrenatural.
Refutar tan grosero error y demos-
La Misa enriquece
42r,
trar á esos pobres extraviados los gra¬
ves perjuicios que de ello se les han
de seguir, será para mí verdadera sa-
tisfacción.
Si al ir uno al trabajo, se encuentra
con un amigo, se entretiene voluntaria¬
mente un buen rato, que pierde misera-
blemente en adquirir noticias, hablar de
mil bagatelas y formar propósitos inii-
tiles y sin trascendencia alguna. Se
trata de oír la santa Misa, y el recuerdo
dei trabajo que le espera es un continuo
tormento.
iNo comprendes que es obra dcl
demonio este desmedido apego á las
cosas de la tierra, y sobre todo, ese
gran interés en apartarte de la santa
Misa? Créeme; lejos de perjudicar al
trabajo, la santa Misa lo hace más fá¬
cil y provechoso.
El Divino Maestro nos recomienda,
que busquemos ante todo el reino de
Dios y su justicia, "y todas las demás
cosas se os darán por afíadidura." (‘j
(1; Malh. VI, 33.
“524 Capítulo XXIV
(lon lo cual quiere decir: No os preo¬
cupeis demasiado por el sustento de
vuestro cuerpo, yoíd la santa Misa antes
de empezar vuestro trabajo. Así daréis
á Dios el culto que le es debido, y Él,
cn cambio, os dará el pan de cada día.
Si prestáis á un grande de la tierra al-
gún importante y agradable servicio,
ino se os recompensará?
Pues, asistiendo á la Misa, tributáis
á Dios un esplêndido homenaje, una
gloria infinita, una satisfacción incom-
parable; le ofrecéis un don más pre¬
cioso que el mismo cielo.
El Sefior. tan rico y tan generoso,
idejará este acto sin remuneración?
i Permitirá que os sea perjudicial vues-
tra devoción - Jamás; Él recompensa
toda acción buena, y con mayor mo¬
tivo recompensará la mejor de todas.
Si Dios descuidara esta recompensa,
podríais dccirle el día dei juicio; “Se¬
fior, oi una Misa para glorificaros y
no me rccompcnsásteis. Lejos pues de
ganar he perdido en vuestro santo ser¬
vicio.“
La Misa cnriqutce
425
No; jamás Dios merecerá tal repro¬
che; porque, no contento con reservar-
nos una recompensa imperecedera en el
cielo, bendice acá en la tierra las em¬
presas de los que asisten con asidui-
dad á la santa Misa.
Testigos de ello son aquellos dos ar-
tesanos de que nos habla S.Juan el Li-
mosnero; tenía el uno numerosa famí¬
lia, vivia el otro solo con su mujer.
El primcro provcía á toda su familia y
aumentaba sus recursos; todo le salía
á maravilla, y, al fin dei ano, había
hecho algunas economias. El otro, aun-
que solo, siempre estuvo luchando con
la más espantosa miséria.
“E.xplicame, dijo éste confidencial¬
mente á su veeino, cómo te las arrc-
glas. Diriase que Dios derrama sobre
tu casa toda suerte de bienes; mientras
que yo, infortunado de mi, me veo
agobiado de desgracias.*
“Con mucho gusto, le contestó su
amigo; mafíana temprano pasaré por tu
casa é irémos juntos al lugar donde yo
cncuentro mi buena suerte. “
426
Capítulo XXIV
Al día siguiente por la manana, cl
piadoso obrero fué por su compafiero,
y le llevó á la iglesia, donde oyeron
Misa. Después le acompanaba á su ta-
ller; y así hicieron el segundo y el ter-
cero día.
“Si no es más que esto, dijo el des-
dichado obrero, no hace falta que á
diário te molestes; sé bien el caraino
de la iglesia.“
“Pues este es precisamente, le re¬
plico su amigo, mi único secreto. En la
Misa obtengo el beneficio de que nada
falte en mi casa. Si imitaras mi ejem-
plo, Dios te concedería lo mismo. Apelo
sino al testimonio de Nuestro Seflor
Jesucristo que dice: “Buscad primero
cl reino de Dios y su justicia, que todo
lo demás se os dará por aBadidura.“
“Desde los primeros dias de mi ma¬
trimonio he buscado el reino de Dios
oyendo á diário la santa Misa, y nada
nos ha faltado; en cambio, con la es¬
cusa dei trabajo, tú has abandonado la
Misa, y has aprendido, á costa tuya, cuán
fiel es el Scnor á sus promesas.“
La Misa enriquece
427
Esta exhortación llcgó hasta el co-
razón dei infeliz; desde entonces asis-
tió todas las mananas al santo sacriti-
cío y la bcndición de Dios vino visi-
blemente sobre su casa.
[Ah! con cuánta razón este buen
zapatero había calificado de tesoro la
santa Misa. Sí “es un tesoro infinito
para los hombres; que, d cuantos se han
valido de cl, los ha hecho partícipes
de la amistad de Dios.“ (‘)
Es una mina de donde se extraen
el oro de la tierra y el oro dcl cielo.
El que asiste á la Misa, sale de ella
enriquecido con los méritos de Jesu-
cristo, colmado de bendiciones por el
Padre celestial, bendiciones mucho más
suaves que aquclla que Jacob reeibió
de Isaac diciendo: “Dcte, Dios, por me¬
dio dcl rocio dei ciclo y de la fertili-
dad de la tierra, abundancia de trigo y
de vino.“ (-)
Esta bendición era terrena, pero la
de la Misa es á la vez temporal y es-
( 1 ) Satid. VII, 14. C) Cdncs. .\XVII, L’S.
428
Capitulo XXIV
piritual, como lo vemos por la oración
que sigue á la consagración. “Todos
cuantos estamos presentes y participa¬
mos dc este sacrifício, habiendo reci-
bido el cuerpo santísimo y la sangre de
vucstro Hijo, seamos colmados de ben-
diciones y gracias celestiales."
En virtud de esta oración y dei
santo sacrifício se os bendice en vues-
tro cuerpo y en vuestra alma, en vues-
tras empresas y en vuestros trabajos,
temporal y eternamente. [Dios os ben¬
dice!
“Todo depende de la bendición de
Dios“, dice un antiguo provérbio. Los
labradorcs y artesanos saben muy bien
que, sin la mano de Dios no serían fe¬
cundos su habilidad y su ceio por el
trabajo. Pues, no hay medio más eficaz
de atraersc los favores dcl cielo que la
audición de la santa Misa, donde reci-
bes la bendición dei sacerdote y la dei
mismo Jesucristo.
En una visión. Santa Brígida con¬
templo al Salvador, que, después de la
elevación delas santasespecies, trazaba
La Misa enriquece
429
con su mano derecha sobre el pueblo
el signo de la cruz y le oyá pronun¬
ciar estas palabras: “Yo os bendigo á
todos vosotros que creéis en Mí.“
Juzgad, por lo tanto, el daHo que
causáis á vuestro trabajo absteniéndoos
de la santa Misa, y no culpéis á nadie
dei mal estado de vuestros negocios.
Tal vez algún pobre me replicará;
Estáis equivocado; la santa Misa no
produce tantos benefícios materiales.
Yo la he oído, y no soy más rico; la
he abandonado y mi miséria no ha sido
más tcrrible. Sólo la ignorância puede
discurrir así, y no dudo que la lectura
de este trabajo iluminará vuestra inte¬
ligência, y os hará comprender el valor
y la eficacia dei augusto sacrifício de
nuestros altares.
“El dia en que habéis oído Misa,
dice Forner, vuestro trabajo es más
llevadero, más dulces vuestras penas,
y vuestra cruz menos pesada,“
Otro autor afirma que “el que ha
oído la Misa por la mafíana será más
afortunado en sus trabajos, en sus ne-
430
Capítulo XXIV
gocios y en su viaje. El Senor fortifi¬
cará su cuerpo y su alma, los ángeles
le rodearán más afectuosamente, y, si
llegara á morir, Jcsús le asistiría en
sus últimos momentos, como él le ha
asistido en la santa Misa.“
Yo agrego, que mi propia expe-
riencia y la de algún otro me atesti-
guan, cómo la asistencía á Ia santa Misa
favorece al trabajo.
Rccordad sino este conmovedor epi¬
sódio de la vida de San Isidro, campe¬
sino espailol;
Este santo cultivaba las tierras de
un potentado senor. Trabajaba con todo
el ceio posible. sin abandonar un solo
día la iVlisa. De tal suerte agradó á
Dios su devoción que mandaba á sus
ángeles para que le ayudaran en el
campo. Guando su mujer le llevaba la
comida, veia frecuentemente dos ánge¬
les que trabajaban á su lado, condu-
ciendo cada uno un carro tirado por
bucycs blancos. Isidro no los veia, y su
mujer no le decia nada para que no se
envaneciera.
La Misa enriquece
431
Sin embargo, algunos criados dei
mismo senor, hostilcs al santo, se que-
jaron de él diciendo: “Sin duda igno-
riás, Seflor, que Isidro pasa el tiempo
en la iglesia, y apenas realiza la mitad
de su trabajo; os lo advertimos, por¬
que esto es contra vuestros intereses.“
El amo montó en cólera y corrió al
campo á reprochar al acusado su ne¬
gligencia en servirle; mas éste replicó
con dulzura; “Es cierto que yo dependo
de vuestra sefioría; pero dependo tam-
bién dei Rey de reyes y no puedo des¬
cuidar mis deberes para con cl. Si te-
méis que os perjudique, por venir al
trabajo un poco más tarde que los de-
más, os indemnizará al recojer la co-
secha.“
La humilde respuesta dei Santo apa-
ciguó á su seflor, que no censuró ya
sus ejercicios de piedad; pero quiso
averiguar por sí mismo, á qué hora em-
pezaba á trabajar.
Se fuc al campo muy de manana, se
oculto tras una roca y vió que, en efecto,
Isidro empezaba á trabajar bastante
432
Cupílulo XXIV
tiempo después que los otros. Encole¬
rizado, se dirigió hacia él para repro-
bar su proceder, cuando de pronto vió
á su lado dos trabajadores más que
conducían bueyes blancos.
Sorprendido, se detuvo y consideró
atentamente aqucl extrano tiro, pero,
jnuevo prodigio! al aproximarse habíau
ya desaparecido carros, bueyes blancos
y conductores.
Accrcóse al Santo y preguntole dul-
cemente: “Dime, por amor de Dios, quié-
nes son esos hombres que te ayudan á
trabajar.“
Isidro se sonrió sin saber qué res¬
ponder.
El amo insistió diciéndole: “Yo te
aseguro que he visto junto á ti otros
dos trabajadores, que desaparecieron á
mi llegeda.“
“Dios es testigo, respondió Isidro,
de que no tengo otro ayuda, ni á nadie
invoco en auxilio mío, más que á Él.“
El ducno comprendió que eran án-
gcles los trabajadores, y se rcgocijó de
tener un criado tan bueno y pcrfecto.
CAPÍTULO XXV.
De la manera de ofrecer la santa Mlsa
y dei valor de la oblación.
Alma piadosa, lee atentamente este
capítulo, grábalo profundamente en tu
memória, sigue sus consejos y obten-
drás un inmenso provecho.
Hemos dicho ya que la santa Misa
es el único sacrifício dei Cristianismo
ofrecido al Dios omnipotente. El Padre
Gobat dice; “La santa Misa no es so-
lamentc una oración, es también un
acto de adoración, una ofrenda divina.
El Gran Sacerdote, el verdadero sacri¬
ficador es Jesucristo. Después de El,
vicne el ministro, instrumento que le
presta su mano y su boca. En tercer
lugar siguen los asistentes, pues todos
los fieles pueden ofrecer el santo sa¬
crifício.
“A continuación los que dan la li-
mosrra ó los objetos necesarios para el
culto; y, en fln, todos aquellos que por
sus ocupaciones no pueden asistir cor-
434
Capitulo XXV
poralmente á la santa Misa, pero se
unen en espíritu. Todos ellos ofrecen
la víctima divina y á todos alcanzan
los frutos de su ofrenda.“ (‘)
Estas palabras debcrían inundar nues-
tras almas de consuelo. ^No es acaso'
una gracia maravillosa el que Dios haya
concedido á todos los fieles sin distin-
ción de sexos, edades, ni condiciones,
la facultad de ofrecer á su soberana
Majestad este sacrifício augusto? Los
judios no conocieron este privilegio.
Según su ley, solamente los sacerdotes
podían inmolar las víctimas y quemar
incienso en el templo.
En la Iglesia católica, los laicos no
solamente pueden manejar el incensá¬
rio, sino que además pueden y deben
ofrecer el holocausto dei cuerpo y de
la sangre de Jesucristo. Por esto el
Apóstol San Pedro nos proclama: “ Li-
naje escogido, una clase de sacerdotes
reyes, gente santa, pueblo de conquista,
para publicar las grandezas de aquel
(ij Alphab. 0, saci'. aud.
Modo y valor de la oblación 43S
que os saco de las tinieblas á su luz
admirable.“ (‘)
San Pedro indica con estas palabras
esta especie de sacerdócio de que todos
los fieles, hombres, mujeres y nifíos se
hallan investidos en la Misa. j Qué pri¬
vilegio, oh cristiano, de poder ofrecer
con tanta facilidad cl cuerpo y la san¬
gre dcl Salvador! jOh! Aprovccha este
sagrado poder, ejerce todos los dias el
sacerdócio de que por la misericórdia
de Dios te hall as investido.
Sin la oblación dei divino sacrifício
no comprenderías debidamente la Misa.
Porque “oir la Misa no es asistir sola-
mente, sino ofrecer el sacrifício en
unión con cl sacerdote. Los fíeles pue-
den ofrecerla, no por si mismos, sino
por las manos dei sacerdote. Sin em¬
bargo, aunque miembros de la Iglesia,
los laicos no la ofrecen, en efecto, si
no contribuycn de una manera activa,
ya dando la limosna, ya asistiendo ó
ayudando la Misa." C^)
(1) 1 Helr. II, 9. (2) 1'. Anlonio dc .Spira.
436
Capitulo XXV
Esto me parece á mí también. Para
oirla debidamente es necesario ofre-
cerla con el sacerdote; esto depende de
su misma naturalcza, porque es un sa¬
crifício. Por consiguiente, los fícles que
en la Misa se entregan á toda clase de
devociones particulares sin ocuparse
de la oblación dei santo sacrifício se
pi ivan de un número infinito de gra-
cias.
§ 1. Cómo debe ofrecerse la santa Hlsa.
No estará ciertamente por demás
que te explique minuciosamente la ma-
nera de ofrecer á Dios el santo sacri-
ficio.
Supón que uno recita devotamente
vários rosários ofreciéndolos á jesu-
cristo y á su Madre Santísima, mien-
tras que otro oye y ofrece una sola
Misa. iCuál de los dós crees que ga-
nará más y será más espléndidamente
recompensado? El segundo, á no du-
darlo. íQué ofrece el primero? Una
oración muy santa, compuesta en su
Modo y valor dc la oblación 437
mayor parte por Jesus y el ángel, pero
cuyo valor depende en absoluto de la
devoción personal dei hombre, y es, por
consiguiente, siempre imperfecta. i Qué
se ofrece en la santa Misa? Un d(jn
absolutamente sobrenatural, perfectísi-
mo, augustísimo, divino: el cuerpo y la
sangre de Jcsucristo, sus lágrimas, su
muerte, sus merecimicntos.
Podrás replicar sin embargo: el que
ofrece cl rosário ofrece un dón adqui¬
rido por el mismo, mientras que los
méritos dei Salvador son solo de éste.
Pero yo te repetiré, que el que ofrece
la santa Misa ofrece su propio bien,
“porque mediante el incruento sacrifí¬
cio, nos apropiamos rcalmcnte los mé¬
ritos, y la Pasión y muerte de Jesu-
cristo.“ >
Si no quieres creerme, cree por lo
menos á la santa Iglesia; “Por el sa¬
crifício incruento recibimos los frutos
dei sacrifício cruento * El don recibido
de esta suerte te pertenece en realidad
como aquello que adquieres por tus es-
íucrzos pcrsonales; pucdes, por consi-
43S
Capítulo XXV
guiente ofrecer á Dios, como cosa pro-
pia, los méritos de Jesucristo.
Considera qué inmenso favor te hace
el Senor cuando, en la Misa, te insti-
tuye espiritualmcnte sacerdote y te
concede la facultad de ofrecer á Dios
su Padre á la manera de los sacerdotes
no sólo por ti, sino también por los
demás, porque Forner dice: ‘ No es el
sacerdote el único que ofrece el santo
sacrifício, con él podeis ofrecerlo vo-
sotros y todos los cristianos."
Por esto el celebrante dice después
dei Saiictiis: “Acuérdate, Senor, de tus
siervos y sicrvas... y de todos los que
están aqui presentes... por los cuales te
ofrecemos: ó ellos mismos te ofrecen
este sacrifício de alabanza por sí y por
todos los sin'os, por sus amigos, sus
bicnhechores, vivos y muertos.“
El sacerdote insiste sobre esta coo-
peración de los fieles al decir: «Orate,
fratrcs.» “Orad, hermanos, para que mi
sacrifício, ^ite lo es también vuestro,
sea agradable á Dios todopoderoso.“
En otros términos: este sacrifício os
Modo y valor de Ia oblación 439
pcrtenece como á mí, es obra vuestra
como lo es mia, ayudadme, pues yo os
lo suplico, á ofrecerlo.
Después de la elevación dei cáliz,
dice: “Nosotrossiervos tuyos, y también
tu pueblo santo... olrecenios á tu ex¬
celsa majcstad, de tus dones y dádivas
esta hóstia pura, hóstia santa, hóstia
inmaculada, clpan santo dela vida eterna,
y el cáliz de perpetua salvación.“
Tu coopcración en la oblación es,
pues real, y el celebrante cuenta con
ella. Si no atiendes su invitación ni
unes tu voz y tu corazón á sus actos,
le engafias en sus espcranzas y te en¬
ganas con él quedando frustrados los
benefícios de la oblación.
Forncr nos lo advierte: “Los que
se descuidan de ofreccr la santa Misa
por ellos y por los suyos, se privan de
un inmenso beneficio.“
Tan injusto resulta para nosotros
faltar á la Misa como asistir sin ofre-
cerla. La ofrenda es la mejor de las
prácticas; cuanto más la renueves, más
regocijarás cl ciclo, más deudas pa-
440
Capitulo XXV
garás y más gloria obtendrás. Decir á
JJios: “Yo os ofre2Co“ vale tanto como
decir: “Yo os pago.“ Yo os pago con
el oro de los méritos de Jesucristo el
perdón de mis pecados, los bienes ce-
lestiales, la libcración de las almas dei
purgatório.
Cicrto que fucra de la Misa y á toda
hora puede decirsc conprovecho: “Se-
nor, os ofrezco á vuestro Hijo querido;
os ofrezco su dolorosa Pasión y muerte;
aceptad sus virtudes y sus merecimien-
tos“, pero esta oblación es solamente
espiritual, mientras que en la Misa es
real. Jesucristo está realmente presente
y, con El, sus méritos y virtudes; se
inmola de nuevo y renueva su Pasión
y muerte; nos dá sus méritos para que
los ofrezeamos á su Padre celestial; se
dá á sí misrao.
Santa Matilde oyó en cierta ocasión
que Nuestro Sefior le hablaba así du¬
rante la Misa: “Te doy mi amor, mis
oraciones, mi Pasión para que á tu vez
puedas tú ofrcccrmelas. Dámelas y tc
las devolverá multiplicadas, y cada vez
Modo y valor de la oblación 441
que me las ofrezcas las duplicaré de
nuevo; así el hombre recibe el cêntu¬
plo en el tiempo y la gloria infinita en
la eternidad.“ (‘)
§ 2. Del valor de la oblación.
Entre todas las oraciones de la Misa,
dice Sánchez, ninguna tan consoladora
como la que sigue á Ia elevación dei
cdliz, cuando el sacerdote ofrece al Pa¬
dre celestial el Cordero inmaculado,
diciendo:
“Senor, nosotros siervos tuyos, y
también tu pueblo santo... ofreccmos á
tu excelsa Majestad... hóstia pura, hóstia
santa, hóstia inmaculada.“
El llama al pueblo, es decir, á los
concurrentes, santos, porque son santi¬
ficados por la santa Misa según la pa-
labra de Jesucristo; -"Yo por amor de
ellos me santifico, me ofrezco por víc-
tima á mí mismo, con el fin de que ellos
sean santificados en verdad.“ ('-)
Jesucristo les santifica por la aspcr-
(1; Lib I, c.ip XIV'. Juan WII, 1 ?.
442
Capitulo XXV
sión de la sangre divina, según la ex-
presión de S. Pablo.
jCuán preciosa es la Hóstia pura,
santa é inmaculada! Es la carne purí-
sima, cl alma santísima, la sangre in¬
maculada de Jesucristo. Su valor es in-
menso, infinito, pues el orbe entero,
comparado con ella, no es más que un
pufíado de polvo. £Quédigo?La inmen-
sidad de los cielos no contiene nada
más precioso.
Lo que ofreces á Dios por esta Hós¬
tia es un dón perfectamente digno de
su infinita Majestad, es su Hijo con su
Humanidad santísima, es Dios mismo.
Si todos los pucblos de un pode¬
roso monarca labraran de oro purísimo
una artística copa, adornada de pcdre-
ría inestimable, de un conjunto per-
fecto; y si este tcstimonio de su amor
y de su fidelidad le fuera presentado
por embajadores escogidos, serían vcr-
daderamente intensos el reconocimiento
y la alegria dcl Soberano. V si esta
copa encerrara adcmás una Joya dei
Modo y valor de la oblación 443
valor de un reino, la emoción dei prín-
sipe seria todavia más profunda.
En la Misa ofrecemos al Altisimo
la Humanidad de Jesacristo, esto es, lo
más excelente y sublime que ha sido
creado por su mano omnipotente. Hé
aqui el precioso vaso, y la joya de va¬
lor incomparable que en él se encierra
es la Divinidad dei Salvador, “en qiiien
reside la plenitud de la divinidad.“ (’)
Hablando en propiedad, no es la di¬
vinidad sino más bien la Humanidad de
Jcsucristo lo que nosotros ofrecemos
á la Trinidad adorable. Pero las dos
naturalczas están estrechamente unidas;
en realidad no están nunca separadas,
y por esto las ofrecemos reunidas. jQué
alegria para el Padre celestial cuando
recibe de tus manos este dón incompa¬
rable dei cual ha dicho: “Este es mi que¬
rido Hi jo, en quien tengo puesta toda
mi complacência." (-)
Piensa el prêmio que te espera y las
deudas que satisfaces por esta preciosa
ofrenda.
(1) Colos. II, 9. (2) MaUo UI, 17.
444
Capítulo XXV
Reflexiona también que reciirres á
la mediación dei sacerdote para ofre-
cer el santo sacrifício. Esto procede de
un sentimiento de humildad implícita
que podría expresarse así: “SeRor, yo
no soy digno de acercarme á vuestro
altar y de tocar con mis impuras ma¬
nos ei Cordero inmaculado, pero yo me
adelanto en espíritu para asistir á vues¬
tro sacerdote y ayudarle á elevar la
Hóstia y el cáliz.“
Según Rainaldi, Enrique I, rey de
Inglaterra, oía todos los dias tres Mi-
sas, arrodillado al pic dei altar. Llegada
la consagración, se aproximaba al ce¬
lebrante y sostenía sus brazos durante
la elevación de las santas especies. Era
este el más dulce consuelo dei piadoso
monarca.
Si se conservara esta costumbre,
jcúmo te apresurarías á ocupar un sitio
cerca dei sacerdote! Pero Dios se con¬
tenta con tus deseos, basta decirle desde
el fondo de tu corazón; “Sefíor, yo os
ofrezco á vuestro querido Hijo por las
Modo y valor de la oblación 445
manos dei sacerdote." Y Dios sabrá
interpretar fielmente tu intención.
A la oblación de la santa Hóstia
hay que agregar la de la Preciosa San¬
gre. Este es un medio excelente para
la salvación de las almas.
Se cuenta en la vida de Santa Ma¬
ria Magdalena de Pazis que Nuestro
Sefíor en persona la había instruido
sobre este particular, dándola á cono-
cer cuán propia era la oblación de su
Preciosa Sangre para aplacar la cólera
divina.
Lamentábase el Salvador dei escaso
número de aquellos que procuran apa-
ciguar la jiisticia de su Padre y exhor-
taba á la Santa á que lo hiciera. Desde
cntonces ofrecía ella la Preciosa San¬
gre hasta cincuenta veces cada día por
los vivos y por los difuntos, y su ce¬
lestial esposo la mostraba con frecuen-
cia las almas que por este medio había
sacado ella dcl purgatório.
“Guando ofrcccis la Preciosa Sangre
al Padre celestial, dice la misma Santa,
Ic ofrecéis un dón tan agradableque É1
446
Capítulo XXV
se considera como dcudor vuestro.“ En
efecto, iqué hay en el ciclo ó en la
tierra cuyo valor iguale á la Preciosa
Sangre, una de cuyas gotas vale más
que un mar de sangre de mártires?
“Pues una sola gota de esa sangre seria
suficiente para purificar al mundo de
todo pecado." (‘) Por consiguientc, si á
cambio de la oblación de esta Preciosa
Sangre, Diós te otorga el cielo, toda¬
via así no recibes un bien de igual va¬
lor.
Quiero insistir sobre esta suposi-
ción; Si hubieras estado presente á la
crucifi.vión dei Salvador y hubieras po¬
dido recogcr la sangre adorable que
corria de sus sacratisimas llagas; si
hubieras elevado esta Sangre Preciosa
hacia el cielo implorando misericórdia
para ti y para el género humano, el
corazón dei Padre celestial se hubiera
enternecido y lo habría perdonado todo.
Pues esto es lo que haces realmente en
la santa Misa.
(1) S. Tomás dc Aquino.
CAPÍTULO XXVI.
Cõmo se puede partieipap de los frutos
de varias Misas.
Como has visto en el capítulo XXllI,
todos los sacerdotes oran y ofrecen el
santo sacrifício á la intención de los
concurrentes.
Es pucs una ventaja considerable
hallarse en una iglesia en que se ce-
Icbran varias Misas á la vez, porque si
no hay más que un sacerdote no hay
más que una oración, pero si hay vá¬
rios, aumentará vuestro provecho espi¬
ritual.
Para obtener, pues, provecho de va¬
rias misas á la vez es necesario coo¬
perar en cierta medida á cada una de
ellas; no quiero decir que se atienda á
muchas misas á un mismo tiempo, por¬
que esto seria imposible, aconsejo sen-
cillamente atender á una sola dei mejor
modo posible y rccomendarseá las otras
diciendo: “Dios mío, os ofrezeo tam-
443 Capítulo XXVI.
bién este sacrifício que va á renli-
zarse.“
Mas cuando veáis alzar sobre un
altar la Hóstia santa y el caliz, adorad
al dulce Jesüs y ofrecedle á su Padre
celestial. No temáis perder el fruto de
la Misa que ois, antes al contrario ob-
tendrcis mayores benefícios.
Me direis acaso que, si os entregais
á esta práctica, habréis de descuidar la
Misa y abandonar vuestras cotidianas
devociones. Escuchad esta parábola. Un
viõador cultivando su viõa, encontró un
tesoro; Ic llcvó secretamente á su casa
y volvió á su traba jo. A los pocos ins¬
tantes descubrió otro tesoro é hizo lo
mismo. Por último, su pico encontró
un tcrcero, se lo llevó rapidamente, y
no pudiendo contener su alegria lo co-
municó á su mujer.
{Como, dijo ésta asombrada, consi¬
deras esto como una fortuna? Yo te
aseguro que es una verdadera desgra-
cia, porque si continuas así no culti¬
varás la vina y perderemos la cosecha.
El hombre contestó con una sonrisa
Fruto de oir varias Misas
449
á este razonamiento y dijo; “Quiera
Dios que continue hallando tesoros pa¬
recidos, y poco importa que se pierda
la cosecha, serémos bastante ricos sin
ella.«
Seguid cl sentido de la parábola y
no dudéis de que la oblación reiterada
de Cristo, elevada por las manos dei sa¬
cerdote es incomparablemente más útil
que toda otra oración.
Pero aún hay más. Guando al en¬
trar en una iglesia veas que el cele¬
brante ha llegado ya al Paler uusle?\
ó al A^ntis Dei, ó á la Comunión, haz
la oblación de nucstro Sefíor mientras
el sacerdote consume las sagradas es-
pecies; así obtendrás grandes benefi-
'cios. Si á tu entrada, dos sacerdotes
consagran á un mismo tiempo, haz iin
acto dc adoración con la intención de
ofrecer á Jcsús presente en los dos al¬
tares. Si tus ojos no pueden ver las
santas cspccics, pueden darte cuenta
dei momento de la elevación por el
sonido de la campanilla. No abandones
la iglesia inmediatamente antes de la
sn?6
is
450
Capítulo XXVI
consagración, espera á que Jesus des-
cienda sobre el altar, adórale y pídele
su bendición.
Estas tardanzas producen siempre
grandes ventajas, júzgalo por la rela-
ción siguientc.
Un caballcro de la corte dei Rey
de Portugal que se hallaba en el trance
de la muerte, dijo á su hijo: “Hijo mío,
yo abandono este mundo confiado en
la misericórdia divina, y te dejo único
heredero de mis biencs. Pero ante todo,
no olvides esta mi última recomenda-
ción: Ove misa todos los dias y sé fiel
á tu Key.“
Muerto su padre, el joven entrócn
la corte á servir como paje de honor
de santa Isabel que lo tenía en grande
estima por su piedad. Diole sábios
consejos, le confiaba frecuentemente la
distribución de sus limosnas y Ic tra-
taba con maternal carifio. La Reina te¬
nía otro paJe de malas costumbres, el
cual, celoso dei favor que gozaba su
companero, Ic calumnió ante el Rey de
la manera más odiosa. Sus infames
Fruto de oir varias ^^isas
451
calumnias hallaron cco cn cl cora-
zón dei Rey con suma facilidad, por¬
que Uevaba también una vida desorde¬
nada; y en su furor juró la mucrte dei
pnje.
Un día cn que se paseaba á caballo
por los alrededores de su capital, rc-
volviendo en su espíritu pensamientos
de venganza vió á lo lejos un horno
de cal en plena actividad. Su plan es-
taba preparado. Habló al encargado y
Ic dió la orden de arrojar al horno al
paje de corte que al día siguiente iria
á preguntar si había sido ejecutada la
orden dei Rey. A su regrcso, el Rey
mandó llamar al paje tan injustamente
calumniado y le dió orden de que al
día siguiente por la maiíana fucra al
horno de cal á informarse de la ejecu-
ción de sus ordenes. El joven partió
al amanecer, é iba triste por no haber
oído Misa antes de marchar, y temia
no poder oirla ya aquel día. En el ca-
mino hallü una iglesia donde hacían
precisamente la seãal de la consagra-
ción. Entró al punto, adoró á Cristo y
452
Capítulo XX^^
Ic ofreció al Padre Eterno por su sal-
vación eterna y temporal, salió de allí
contentísimo por haber podido oiruna
parte tan importante de la Misa.
Momentos después pasaba junto á
otra iglesia cuyas campanas anuncia-
ban también el momento de la consa-
gración, lo cual le regocijó de nuevo.
Penetro en la iglesia, hizo sus actos
habituales de piedad, adoró al Sefíor,
y salió de prisa, porque las órdencs
dei rey eran urgentes. No obstante, su
camino á traves de la ciudad le con-
dujo á otra tercera iglesia. También en
aqucl momento sonaron las campanas
y sin vacilar entró por tercera vez á
adorar á su Dios y Sefíor. Su devoción
era tan grande que permaneció allí
hasta el fin de la santa Misa.
El Rey deseaba saber si se había
llevado á cabo su obra de venganza, y
envió al otro paje para averiguar si se
habían cumplido sus órdenes. Este
aguardaba la ocasión, y, conocedor de
lo que aquella orden signifleaba, mar¬
cho inmediatamente. Llegó y pregunto
l'ruto de oir varias Misas
453
al hornero. Pero, joh terror! Se apoderó
de él y á pesar de su resistência y sus
protestas, fué precipitado en cl horno
encendido.
Poco dcspués llcgó cl pajc inocente,
cumplió su misión y se le respondió
que habían sido cjccutadas al pié de la
letra las disposiciones de su majestad,
y volvió á Palacio, sin darse cuenta
de la amorosa protccción con que la
divina providencia Ic había defendido.
Al vcrle el Key y oir sus palabras,
comprendió que cl acusador había su-
frido la pena dei fuego. Se aterrorizo
y admiro la condueta maravillosa dei
Cielo humillando su corazón delante de
Dios protector de la inocência. El paje
'entonces refirió al Rcy como su padre
en el lecho de la muerte Ic había re¬
comendado oir todos los dias la santa
Misa y servir lealmcnte al Rey su se-
fíor. Fiel á las ensefianzas de su pa¬
dre, quiso en el día de hoy asistir
por lo menos á la consagraeión en las
iglesias, que había encontrado en su ca-
mino, porque temia quedarse sin Misa.
Capítulo XXVr
4,'.4
Entonces comprcndió el paje como de-
bió á su piedad el haber escapado dei
pcligro que le amenazaba.
El Rey pensó, desde este momento,
reconciliarse con Dios. Dió las gracias
á su santa esposa y á su fiel servidor,
cuya inocência acababa de ser demos¬
trada de modo tan evidente.
Imita la piedad de este paje, y como
él, no olvides el rendir tus homenajes
al Senor en el momento de la consa-
gración.
Los que no pueden asistir á Misa
deberían, por lo menos, asistir en es-
píritu y decir: ‘‘Dios mío, permitidme
participar de los preciosos frutos de to¬
das las Misas que se celebren hoy en
vuestra Santa Iglesia. ;Quién pudiera
aproximarse al altar y ofrecer con el
sacerdote el cordero inmaculado!“ Dios
bendccirá tu buena voluntad y acce-
derá á tus súplicas, según el grado de
tu caridad.
{No es sumamente consolador para
los enfermos, los religiosos de clau¬
sura, las personas que viven Icjos de
Fruto de oir varias Misas
455
la iglesia, el poder participar de los
méritos dei santo sacrifício, unicndose
en espíritu al mismo? En fin, aprove-
chemos todas las ocasiones, para pe¬
dir á los sacerdotes que se acuerden dc
nnsotros cn el altar; este es segura-
mente el más precioso de todos los re-
cuerdos.
He aqui como habla sobre esto un
autor piadoso;
“Es para vosotros motivo de gran-
dísima alegria el que un sacerdote os
prometa su Memento en la santa Misa.
Debiais pedirlo á todos los sacerdotes
conocidos vuestros; de esta manera
dispondriais, por decirlo asi, de otros
tantos tesoreros que os abririan la te-
'soreria de nuestro Senor Jesucristo.
Guando á pesar de vuestros deseos no
os sca posible oir la Misa, sabed que
Dios considera esta voluntad como si
la hubierais oido. Y aún puede suce¬
der que una Misa oida espiritualmente
os valga más gracias que si hubierais
asistido corporalmente con negligencia
y distracción. Seguramente Jesús dis-
456
Capítulo XXVII
tribuye sus gracias entre los fieles asis-
tentes, pero no es menos generoso para
con aquellos que, por obediência ó por
ütras justas causas, no pueden ir á l:i
iglesia.
CAPÍTULO xxvn.
I«
Exhortación importante para olr
todos los dias la santa Misa.
Dcspués de lo dicho, podrá parecer
inútil que tc e^horte á oir todos los
dias la santa Misa. Anadiré sin em¬
bargo algunas refle.xiones muy propias
para afirmarte en esta resolución.
Desde luego la hora más preciosa
dei día es la de la santa Misa. Verda-
deramente es un tiempo precioso, y por
su influencia, todo lo que hagas en el
día será, por decirlo así, convertido en
oro. Sin esta bendicion que se obtiene
en el altar, sólo reportaríamos una vil
ganancia. Y no me digas que el tra-
bajo te cs más necesario que la asis-
tencia á la Misa, pues que por él sos-
Oigase Misa diai'iamcnte 4‘i7
tienes tu familia. No, lector querido.
La audioión de Ia Misa te es más ne-
cesaria que el trabajo, porque sin ella
seria muy difícil tu salvación. No es
esto aconsejarte que no trabajes, yo
intento solamente que consagres á Dios
media hora corta todas las mananas.
Bcndecido por su mano paternal, será
tu trabajo muchísimo más fecundo.
jAh, si nuestros obreros lo creye-
ran así, si quisieran comenzar su tra¬
bajo en la iglesia! iQué pueden ganar
durante media hora en el campo ó en
el taller? Apenas algunos cêntimos, y
por esta insignificante ganancia, re-
nuncian á los tesoros celestiales. £ Que
digo? Renuncian á la misma felicidad
'temporal privándose de la bendición
fecunda unida por Dios al santo sacri¬
fício.
Si lloviera oro, ^no abandonarias
para recogerlo, tus más apremiantes
ocupaciones? Pues en cada Misa llueve
oro dei cielo; y este oro cs el aumento
de la divina gracia, de los méritos, de
las virtudes, de la gloria celestial; es
458
Capitulo XXVII
cl consuelo y la piedad, es la protec-
ción de Dios sobre tus ncgocios tem-
porales, el perdón de nuestros pecados,
y la remisión de las penas merecidas.
Es la felicidad, la salvaciõn, la gracia,
la misericórdia, Todas estas cosas no
son preciosas como el oro puro ? Guando
por temor á un desorden sin transcen¬
dência, ó por una miserable ganancia,
faltas á iMisa un día de trabajo, tu lo-
cura es mayor que la de aqucl que con¬
tinuara trabajando en vez de recoger
la lluvia de oro.
Por esto, Forner llama á Ia Misa
“mina de oro“ cn donde se gana bas¬
tante más que en cl acarreo de piedra.
La Iglesia misma la proclama “la más
excelente de todas las obras“, la más
propia, por consiguiente, para enri¬
quecemos.
“Si este adorable sacrifício seofre-
ciera en un solo lugar, y un solo sa¬
cerdote cn todo el mundo consagrara
la Hóstia santa ícon qué ardor se di-
rigirían los hombres á este lugar, bacia
este sacerdote único para asistir á la
Oigase Misa diariamente 4j9
celebración dc los santos mistérios?
Pero hay muchos sacerdotes y Cristo
es oírecido en muchos lugares, para
que resplandezcan más y más la mi¬
sericórdia y el amor de Dios hacia el
hombre. jCuán lamentable es la indi-
ferencia que muchos demucstran por
este sagrado mistério, que es la joya
dei cielo y la admiiación dei mundo!
‘•;Oh ccgucdad inconcebible I ; Oh
dureza dei corazón humano! Xo con-
moverse por este don inefable y per¬
mitir que la costumbre nos haga indi¬
ferentes!
§ 1. — Motivos para oip todos los dias
la Santa Hisa.
Toda mi ambiciún, oh Cristiano, es¬
triba en estimularte á oir todos los dias
la santa Misa. Y por esto quicro cx-
poner todavia los altos y variados mo¬
tivos en que se apoya esta excelente
devoción.
Escucha y considera; Dios te ha
(1) Imit. de Cristo. Llb. IV, c. 1, v. 12.
460
Capítulo XXVIl
criado para servirlc. La Misa cs el
culto divino por excelencia. Estás obli-
gado á dar gracias á Dios por sus be¬
nefícios tcmporales y espirituales: la
Misa es el más perfccto sacrifício de
acción de gracias. Estás en el mundo
para alabar á la Divina Majestad: la
santa Misa es el más sublime sacrifí¬
cio de alabanzas. Has contraido una
deuda grandfsima; la santa Misa es el
más rico sacrifício de satisfacción. Te
amenazan el pecado, la enfermedad y
la muerte: la Misa cs el más eficaz sa¬
crifício de impetración. El demonio te
persigue, te acecha con sus intrigas y
se esfuerza por arrastrarte á los in¬
flemos: la Misa es el escudo contra el
cual se estrella su poder infernal. La
muerte te infunde pavor, buscas de¬
fensores para la última hora: el Sefíor
te promete la asistencia de sus san¬
tos en número igual al de las Misas
que hayas oido.
Guando no te sea posible asistir
(1) Santa Matilde.
Oigase Misa diariamente 46 1
diariamente á la Misa, manda por lo
menos celebrar algunas á fin de suplir
tus omisiones en el servicio de Dios,
y pagar tus faltas habituales. Y si eres
pobre, hé aqui un consejo.
il-lama un mendigo á tu puerta?
iun amigo, en la desgracia te pide
tu auxilio? Ofrece la limosna de tu
pobreza, presta el esfuerzo de tu brazo,
y después dí á los que te quedan obli-
gados:-^Queréis oir, por amor de Dios
una santa Misa á mi intención?“ Con
seguridad, los pobres te reemplezarán
voluntariamente al pié dei altar y atra-
erán sobre ti y sobre ellos mismos la
bcndieión dei Seiíor.
Recuerda la historia referida en el
'capítulo XIX.
La práctica de oir la Misa unos por
otros es sumamente conveniente y per-
fectamente posible, como ya hemos e.x-
plicado. No es lo mismo oir la Misa
que comulgar. Puede deeirsc: yo co-
mulgaré por ti y por las almas dei
purgatório, pero esto no significa lo
mismo que si se dice: yo oire la Misa
462
Capítulo XXVII
por ti. Es tan imposible recibir un sa¬
cramento por otro como comer por él.
Sin embargo tu comunión será muy
ventajosa al prójimo. porque todas las
buenas obras borran usa parte de la
pena merecida por nuestros pecados,
beneficio que podemos ceder á nuestro
hermano; además, la comunión aumenta
cn nosotros la gracia, y hace más ar-
dientes y eficaces nuestras oraciones.
En cuanto á la santa Misa, Jesucris-
to no la ha instituído solamente para
el celebrante ó para los asistentes, quiere
que participen tambien de ella los au¬
sentes, y por eso se dice en el Me¬
mento dc los vivos: “Acuérdate, Se-
nor, de tus siervos y siervas, por los
cuales te ofrecemos, ó eUos mismos te
ofrecen, este sacrifício por sí y por to¬
dos los suyos.‘^
En fin, todos podemos despojamos
cn favor dei prójimo de los mereci-
mientos adquiridos ó de los tesoros
satisfactorios obtenidos cn el santo sa¬
crifício.
Parece pues más convehiente oirla
Oigase Misa diariamente 4ú3
Misa por otro que comulgar por él. Lo
mejor será siempre unimos á la víc-
tima inmolada por nosotros sobre cl
altar, recibiéndola en nuestro corazón.
Esta cs la participación más intima dei
sacrifício.
§ 2. — Lüs santos nos han dado ejemplo
aslstlendo freeuentemente
á Ia santa Misa.
“Las palabras conmueven, el ejem¬
plo persuade.“ Si mis e.xhortacioncs no
tc han convencido todavia, te citaréel
ejemplo de los santos que, no obstante
sus múltiplcs é importantes ocupacio-
ncs. consideraron la santa Misa como
la primera de cilas.
’ San Agustín reficre de su santa ma¬
dre Móniea, que no pasaba día alguno
sin asistir á la santa Misa. Tenía en
mucho el valor dei santo sacrifício ciiya
saludable virtud borra hasta la huella
de nuestras faltas. Al morir Icjos de
su patria, pedia á su hijo, no pompas
fúnebres, sino un recuerdo diário cu el
altar.
464
Capítulo XXVII
Santa Heduvigis, duquesa de Polo-
nia, asistla diariamente á varias Misas,
y cuando en la corte no había bastan¬
tes sacerdotes, llamaba á otros para
cumplir su devoción.
S. Luís, Rey de Francia, asistía á
dos y á veces á cuatro Misas. Sus
vasallos le censuraban y decían que el
Rey debía ocuparse con más asiduidad
de los asuntos de gobierno. El Santo
respondia á sus críticas: “No com-
prendo tanta inquietud. Si en el juego
ü en la caza invirtiera doble tiempo
nadie me censuraría.“
Respuesta admirable no solo para
los cortesanos de Euis IX, sino para
todos nosotros. Efectivamentc, si un día
dc la semana asistimos á varias Misas
4 no creemos ya que hemos descuida¬
dos nucstras ocupaciones ?.. y sin em¬
bargo pasamos horas enterasperdiendo
el tiempo miserablemente, bebiendo.
jugando, durmiendo, ó acicalándonos
delante dei cspejo! j Qué vergíienza!
Hemos citado yá más arriba al Rey
de Inglaterra, Enrique 1, á quien el peso
Oigílse Misa diariamente 465
dei gobierno no impidió jamás oir tres
Misas cada día.
En una entrevista con el Rey de
Francia, hablaron de asuntos religio¬
sos. “Creo, dijo el último, que la asi-
duidad al sermón es preferible á la de
la Misa.“
“Pues yo, replicó Enrique, prefiero
contemplar mi amigo á escuchar sus
alabanzas.“
Esta es también mi opinión, lector
querido, y en varias ocasiones he re-
suelto la cuestión en favor de la Misa,
sin menospreciar la utilidad de las ins-
trucciones religiosas.
S. Vcnceslao, duque de Bohemia,
daba también el mismo ejemplo. Se re-
íiere en su historia, que durante la dieta
de Vorms, el emperador Otón convocó
un día muy de madrugada á todos los
príncipes. Asistieron todos puntual-
mente, menos Venceslao, que había ido
á oir la santa Misa. Pasaron algunos
instantes, y el emperador con acento
impaciente dijo á la asamblea: “Abra¬
mos el consejo, y cuando venga V'^en-
466 Capitulo XX\'II
ceslao, nadie se levante para hacerle
sitio.“
Entre tanto terminó la santa Misa
y llegó el duque á palacio. Vióle en¬
trar el emperador, acompafíado de dos
ángeles que adornaban su pecho con
una cruz de oro. Al punto el empcra-
dor abandonó su tronoj se acercó á él
y le abrazó tiernamcnte.
La asamblea se sorprendió al ver
que el emperador contravenía el pri-
mero sus propias órdenes. Pero el em¬
perador se excusó: “He visto, di jo muy
conmosido, dos ángeles que aeompa-
flaban al duque, ,|cómo hubiera podido
yo no rendirle este homenajeí“ Pocos
dias despues, Venceslao recibió la in¬
vestidura dei poder real y fué coro-
nado rey de Bohemia.
Baronio refiere dei emperador Lo-
tario, que aún en el campo oía tres
Misas todas las mafianas. Y Surio afirma
que Carlos V no faltó á Misa más que
una vez, durante una guerra en África.
El breviário romano nos hace admi¬
rar la ardiente devoción de S. Casi-
Oigase Misa diariamente 467
miro durante el oficio solemne, al que
asistía todos los dias. “Su alma se in-
flamaba en el amor de Dios, de suerte
que no parecia vivir sobre la tierra.“
El heróico confesor de la fe, To¬
más Moro, que dió su vida por jesu-
cristo en 1535, tenía en grande aprecio
la santa Misa; oiala todas las maãanas
por muy urgentes que fucran sus asun-
tos de canciller dei estado. Cierto dia
cn que oraba al pie dei altar, llego un
mensajero llamándole con urgência á
la presencia dei rcy. “Paciência, con-
testó el lord-canciller, debo antes ren-
dir homenaje á un principe más alto y
asistir hasta el fin á la audiência ce¬
lestial."
‘ Su satisfacción era grande cuando
podia ayudar la Misa; otros cortesa-
nos imbuidos dei espiritu dei mundo se
creyeron con derecho á reprocharle este
«rebajamiento», pero él les contesto:
“ Es un elevado honor el poder pres¬
tar este pequefío servicio al más Grande
entre los grandes."
Dios mio, £qué podemos decir no-
463
Capítulo XXVII
sotros, qué excusas alegar el día dei
juicio, si descuidamos la Misa por in¬
significantes y vulgares ocupaciones,
mientras que personajes agobiadospor
el peso dei gobierno de un reino ha-
llaron tiempo necesario para oír cada
día una ó varias Misas? Mucho temo
que el soberano Juez pronuncie contra
nosotros esta terrible sentencia: “A ese
siervo inútil arrojadle á las tinieblas
de fuera: allí será el llorar y el cru-
gir de dientes." (^)
No pienses que Dios no te conde¬
nará por descuidar la Misa en los dias
dc trabajo, porque no es obligatoria
más que los domingos y dias festivos.
Sin duda alguna, no considerará como
transgresión positiva lo que es una
omisión, pero te obligará á expiar tu
falta de ceio en su santo servicio. El
siervo perezoso que fué arrojado á las
tinieblas exteriores, no había disipado
ni perdido en el juego el talento que
sn sefior le había confiado: habíalo en-
( 1 ) Malco XXV, 30.
Oigase Misa diariamente 469
temido y fué condenado por su negli¬
gencia en administrarlo. Procura que
Dios no haga lo mismo contigo. Se ha
visto con frecuencia el gran rigor con
que castiga el Seflor Ia indiferencia
hacia el santo sacrifício dei altar. Ci¬
tará solamcnte un ejemplo acaecido en
los alrededores de Roma durante el
invierno de 1570.
Tres mercadores se dirigían desde
Gubbio á la feria de Cisterno, hospe-
dándose en la misma casa. Hicieron
sus negocios, terminada la feria, dos
de ellos dijeron al otro: “ Convendrá
que salgamos manana muy de madru¬
gada para llegar á casa antes de la
noche.“
' “^Y estáis dispuestos, respondió cl
otro, á perder la Xlisamafíana domingo?
Vayamos antes á la Iglesia, y empren-
damos luego nuestra marcha bajo la
protección de Dios.“
No opinaron así sus compaiieros;
partirán y oirán la Misa otro día. Dios
conoce bien los motivos que tienen y
la importância de sus negocios. En re-
470
Capitulo XXVII
sumen, que marcharon á la hora fijada,
sin preocuparse para nada de su com-
pafíero que se había ido á la Iglesia.
Pero, jay! llegados á Corfiione, á dos
millas de Cisterno, al atravesar un
puente de madera sobre el rio desbor¬
dado, se hundió cl puente, y fueron
arrastrados por las aguas. jQuicn sabe
si con su dinero y su vida perdieron
también su alma!
Una hora después llego el otro mer-
cader, y los ribercnos llenos de es¬
panto le contaron lo sucedido y le lle-
varon á presencia de los cadáveres que
acababan de ser extraidos dei rfo.
; Cuán intensa seria su emoción,
tanto más penosa, cuanto que él no
podia menos de ver en esta desgracia
el severo juicio de Dios. Agradccio al
cielo el haberlc preservado mediante
la santa Misa de una muerte semejante
y le pidió inspiracion para anunciar á
las viudas de las victimas tan triste
nucva.
üjalá este castigo convierta é in¬
funda un temor saludable á los que no
Oigase Misa diariamente 471
diidan entre la Misa de obligación y
una vil ganancia material, entre un pe¬
cado mortal y algunas miserables mo-
nedas.
Sirva también de escarmiento á los
que prefieren los domingos y dias de
fiesta para sus negocios. íNo vemos á
todas horas á numerosos labradores que
se dirigen al mercado de la ciudad, cn
vez de asistir á la Misa parroquial para
edificacion de todos í Siempre creen
que les sobra ticmpo para llegar pun-
tualmcnte á la Misa. ^Cuantas veees,
dccidmc, vuestras compras os han hc-
cho perder una parte esencial dei santo
sacriácio, de suerte que, por pequenas
bagatelas, os babéis expuesto al fuego
dei intierno ?
En cuanto á los padres que disua-
den á sus hijos de asistir á Misa los
domingos, tengan presente el castigo
de Geroncia, madre de Santa Genoveva.
Un dia festivo en que no permitia que
su hija fucra á Misa, Genoveva le dijo
con firmeza: “Madre querida, en con-
cicncia no debo hoy faltar á la Misa,
472
Capitulo XXVII
y prefiero descontentarte antes que des¬
contentar á mi Dios.“
Irritada con esta respuesta, Geron-
cia llegó hasta abofetearla por su de¬
sobediência. El castigo no se hizo es¬
perar, y Geroncia quedó ciega. No re-
cobró la vista hasta dos aHos después,
gracias á las oraciones de su santa
hija.
Los padres y madres de familia tie-
nen obligación de enviar á Misa tanto
á sus hijos eomo á sus criados; deben
vigilar su conducta en la iglesia é in-
culcarles profundo respeto hacia el
Santo Sacramento.
Expresamente lo manda cl apóstol
San Pablo; ‘^Si hay quien no mira por
los suyos, mayormente si son de la
familia, este tal, negado ha la fe, y es
peor que un infiel." (^)
La palabra «no mirapor» serefiere,
según S. Juan Crisóstomo, lo mismo á
la conscrvación dei alma que á la dei
cuerpo. Ahora bien, si un padre de fa-
(l] I Tiinoth. V, 8.
Oigase Misa diariamente 473
milia que no proporciona á sus hijos
y á sus criados vestido y alimento es,
á los ojos de Dios, peor que un infiel,
ícuánto más despreciable será el que
no se cuida de la salvación de los
suyos?
Amos cristianos, ved como cumplís
vuestros debercs sobre este particular.
iDais toda clase de facilidades á vues¬
tros criados para que vayan á Misa,
cuando la proximidad de la Iglesia y
la hora matinal Ics ofrecen ocasión?
i No parece que decís con vucstra
actitud: X mí, no á Dios cs á quien
debcs servir, porque no es Dios, sino
yo quién te paga? Para mí, pues, tra-
bajarás toda la semana.
> En verdad que tales cristianos son
peores que los infielcs; cn la hora de
la muerte reconocerán la enormidad de
sus pecados.
474
Capítulo XXVIII
CAPÍTULO XXVIII.
Exhortaeión para olr devotamente
la Santa Misa.
iCuánto se aflige la Iglesia al ver
á tantos de sus hijos asistir sin devo-
ción al santo sacrificio!
Se preoeupan de cuanto les rodea,
miran quién entra y quién sale, rezan
con los lábios sin que el eorazón tome
la menor parte, se sientan perezosa-
mcntc aún después de la elevación. Tal
es su conducta en presencia dei Dios
tres veccs santo.
Es dudoso si queda todavia en el
alma de estos tales una chispa de fe,
y si raeiecen el nombre de católicos.
; Ah, que mi eorazón sangre á la vista
de tan culpable irreverencia, precisa-
mente cuando todo nos invita á la más
ardiente devoción!
La Iglesia nos impone el respeto
hacia la santa Misa por estas palabras;
“Reconocer que los cristianos no pue-
den realizar obra más santa y divina
Uigase devotamente
475
que este tremendo mistério, equivale á
reconocer que todo cuidado y diligen¬
cia son pocos par hacerlo con pureza
de corazón, con piedad y edificación.(^)
No es necesario para esto experimen¬
tar la devoción de una manera sensi-
ble, basta tener una firme voluntad de
asistir atenta y respetuosamente.
La verdadera piedad no consiste,
en efecto, en una dulzura interior sino
en servir fielmente á Dios. No temáis
pues, cuando en la Misa, no sintáis
aqucllas delicias espirituales que os pa-
rccerían tan consoladoras ; humillaos,
reconoceos indignos de tales favores,
y seguid con fe (“) cl santo sacrifício.
Si no tuvierais deseo alguno ni procu-
n) Concilio de Trentò.
r2) La piedad <5 la devoción consiate segán todos los
maestros de la vida espiritual en onn voluntad pronta y
generosa de hacer lo que Dios qulere que hagamos y su-
frir Io que qulere que suframos. Las dulauras y conso-
Inciones sensihles no son la devoción» sino un estimulo
para la devoción, que el SeBor concede según nuestras
ncccsidadcs y su sabiduria. £1 cspírítu de fc estd slcin-
pre á nuestra disposición y, podemos, Inspírdndonos en
él, sei vir á Dios con entera Bdelidad y Kgurar en el nú>
mero de aqucllos justos que viveo de fe, según la expre-
sión dcl Lspít itu Santo. (S. T.)
476
Capitulo XXVIII
rarais salir de vuestra indiferencia, cn-
tonces cometeríais tan sólo una falta
y os veríais privados de abundantes
gracias.
A este propósito referiré una con-
versación de nuestro Senor con santa
Gertrudis, aquella discípula tan amada
de su Sagrado Corazón.
La Santa se esforzaba un día por
unir alguna intcnción particular á cada
nota y á cada palabra de su canto y
conociendo su impotência por la debi-
lidad de su naturaleza, dijo para sí
iiiisma con tristeza: “iAy demí! ^qué
fruto puedo yo obtener dc este ejer-
cicio estando sujeta á tantos câmbios ?“
Pero el Sefíor que no podia ver á su
sierva en la aflicción, la presentó en
sus manos su divino corazón bajo la
figura de una lámpara ardiente y la
dijo: “Hé aqui que yo pongo ante los
ojob de tu alma mi corazón amante que
es el órgano de la Santísima Trinidad,
para que le pidas con confianza que
haga por ti lo que tú no serias capaz
de hacer, y que así yo no vea nada que
Oigasc devotamente 477
no me parczca sumamente perfccto:
porque, de la misma manera que un
criado está siempre presto á ejecutar
las ordenes de su Senor, así mi cora-
zún estará siempre dispuesto á reparar
á cada momento los defectos de tu ne¬
gligencia.
Gcrtnidis admiraba temblorosa aqucl
exceso de la bondad dei Salvador, pero
creia que seria indigno para Dios que
su corazón adorable supliera las faltas
de la criatura. Pero el Senor reanimó
su confianza con esta reparación; “,;No
es verdad, la dijo, que si tuvieras una
voz excelente, y te complacieras can¬
tando, al cncontrarte con una persona
dc voz tan ruda, desagradablc y dis¬
cordante, que apenas pudiera pronun¬
ciar y formar los más débiles sonidos,
te pareceria mal que, al ofrecerte tú á
cantar por ella, no te lo permitiera?
Asi mi divino corazón reconociendo la
inconstância y fragilidad humanas, de-
sea con incrciblc ardor que le invites
á obrar y á cumplir en ti lo que no
478 Capítulo XXVIII
ercs capaz de obrar y cumplir por ti
inisma.“ (')
;Oh qué dulce estímulo! Si te dis-
traes en la Misa, acude á Jesús, y
díle: “Lamento amargamente cl ser tan
distraído y suplico á vuestro divino
corazón que supla mi negligencia."
l’ara ayudar tu buena voluntad, te
indicaré la mancra de procedér en la
santa Misa.
Al ir á la Iglesia, debes considerar
á dóndc vas y qué vas á hacer. No vas
al templo para orar snlamcutc como
el fariseo y el publicano, vas para
hacer una oblaciún, como dice David:
“Oh Senor, siervo tuyo soy. A ti otre-
ceré yo por sacrifício de alabanza, é
invocaré el nombre dcl Senor." (^)
Vas para rendir á Diosel culto más
perfecto, para presentarle la ofrenda
más querida. Escucha lo que dice el
P. Gobat; “La audición de la Misa no
es solamente una oración, es también
un acto de adoración, una ofrenda, un
( 1 ) Uev. L. III, c- XXV, ( 2 ) Salmo CW, 16 y 17.
Oigase devotamente
479
sacrifício divino, ya que todos los asis-
tentes bien dispuestos se unen á la ac-
ción y á las intenciones dei sacer¬
dote."
El mismo autor explica á continua-
ción el signifícado dc la palabra sacri-
Jicar. “Sacrificar es lo mismo que rea¬
lizar la acción más excelente y prac-
ticar la más elevada virtud, porque, al
sacrificar, atestiguamos la soberania
de Dios, su dcrccho á ser infinitamente
honrado y glorificado ; confesamos al
mismo tiempo nuestra dependência ab¬
soluta como criaturas de quienes puede
disponcr á su arbitrio. Por esto cl sa¬
crifício cs cl acto dc religión más agra-
dable al Senor y más útil para cl hom-
bre.“
Penetrado de estas verdades, llega-
rás al pié dei altar, y entonces debes
formar en tu corazón la intención de
oir la Misa. Si tienes que rezar algu-
nas oraciones particulares, hazlo hasta
la consagración. Desde este solcmne
momento no debes pensar más que en
Jesucristo; adóralc, ofrécele á su Pa-
4S0 Capítulo XXVIIl
drc celestial, y exponle tus neccsi-
dades.
Haymuchos quesienten escrúpulo cn
renunciar á sus oracioncs habituales
por las de la Misa; pero no tienen ra-
zón. Comparadas con las de la Misa,
son sus oraciones cotidianas tan infe¬
riores, como el cobre eomparado con
el oro.
Además, estas oraciones pueden re-
zarse á otra hora cualquiera dei día,
por la noche, por ejemplo, mientras
que las de la Misa no pueden recitarse
tan provechosamente como al ccle-
brarse el santo sacrifício. Y aún su-
poniendo que hubieras de abandonar
estas oraciones particulares por falta
de ticmpo, esta omisión seria menos
perjudicial que la primera.
Al Conjiteor golpea tres veces cl
pecho, excitándote á un sincero arre-
pentimicnto de tus pecados. Represén
tate á Nuestro Scfior postrado de hi-
nojos en el huerto de las Olivas, 11o-
rando amargamente tus crímenes con
lágrimas de sangre.
Oigase devotamente
481
Sigue después las acciones y ora-
ciones dei sacerdote, y especialmente
concentra tu atención en la oblación
dei pan y dei vino. Suplica á Dios le
sean gratos estos dones destinados á
ser convertidos en el cuerpo y en la
sangre de su Hijo, y ofrécete á ti mismo
con todas tus inienciones al Padre ce¬
lestial.
Al Sanctiis, humildemente arrodilla-
do, une tus adoraciones á las de los
ángeles.
Después dei Sancftis viene el Canon.
El sacerdote lo recita en voz baja,
por respeto á los augustos mistérios
que encierra. Santiago, en su liturgia,
nos ensena la actitud en que debemos
mantenernos. “En este momento, dice,
todo hombre debe guardar un profundo
silencio, tcmblar de respeto y olvidar
las cosas de la tierra, porque el Rey
de rcyes, el Seiior dc los sciiores, des-
ciende para inmolarse y darse en ali¬
mento á los fieles. Delante de él pa-
san los coros de los ángeles, velado
8096
16
482
Capítulo XXVIIE
el rostro con sus alas, y cantando cân¬
ticos de alabanza.“
Nuestra fe no debe extranar que
todo el cielo baie sobre el altar ayu-
dando á celebrar el más grande de
los milagros. Lo que debería asombrar-
nos y llenamos de confusión es, que
nosotros, miserables pecadores, nos
atrevamos á asistir á tan sublime misté¬
rio sin respeto, sin amor y sin aten-
ción.
;Ah! si Dios abriera nuestros ojos,
contemplaríamos un espectáculo que
nos haría olvidar todo lo creado.
En el momento en que se realiza
este adorable mistério, rásganse los
ciclos, y el Hijo de Dios, llcno de in-
comparable hermosura y soberana ma-
jestad, desciende sobre el altar para
renovar el mistério de nuestra reden-
ción. Santa Matilde tuvo la dicha de
escuchar de los lábios dei Redentor la
manera como viene á nosotros.
Jesucristo la dijo: “Vengo con tal
huniildad que no hay una sola alma,
por desprcciable que sea, á la cual no
Oigase devotamenta
483
me acerque, si ella lo desea. Vengo con
tal paciancia que sufro á mis más cruc¬
ies enemigos, y me reconcilio con ellos
y les perdono todas sus deudas, si así
lo quieren. Vengo con un amor tan in¬
tenso, que no hay corazón tan duro que
no conmueva si no resiste á mis gra-
cias. Vengo con tal liberalidad que el
más pobre puede enriquecerse con los
tcsoros de mi gracia. Vengo con un
alimento tan exquisitoque no hay alma
por hambrienta y afligida que se halle,
que no sea confortada Vengo con una
Iw^ tan resplandeciente que ilumina las
conciencias más ilusionadas y ciegas.
Vengo en fin con tal plenitud de pra-
cia )' de santidad capaces de despertar
de su letargo á las almas más perezo-
zas é indiferentes."
Admira los nobles deseos de Jesus
al descender sobre el altar; El quiere
elevar á los humildes, perdonar á sus
enemigos, ablandar los corazones, en¬
durecidos, enriquecer á los necesita-
dos, iluminar á los ciegos, inflamar á
los indiferentes.
484
Capítulo XXVIII
En esto el cumplimiento de aquellas
palabras: “El hijo dcl hombre ha ve-
nido á buscar y á salvar lo que había
perecido." (‘).
No, Jesus no baja sobre el altar
para vengarse de los pecadores y con-
denarles; no, El Ics abre su corazón,
y les ofrece su misericórdia. Oh peca¬
dores, asistid á la Misa donde hallarcis
no un juez sino un mediador. Vuestro
triste estado no empeorará porque os
acerqueis á las cosas santas, lejos de
esto, es el medio más seguro, para
preparar vuestra justificación. No in-
curriréis en nuevo pecado, si, por la
fragilidad humana, os distraéis y sois
víctima de la torpeza espiritual con tal
que tengâis el firme próposito de aso-
ciaros al santo sacrifício.
Pero el momento solemne de la
Consagración ha llegado ya. Yo llamo
en mi auxilio la voz elocuente de los
santos, porque mi pobre lengua no sa-
brá expresar estos adorables mistérios.
(!) Lacas XIX, 10.
Oigase devotamente
4S5
”En el mismo instante que el sacer¬
dote pronuncia las palabras de la tran-
substanciación, el pan se convierte en
un pequefío Cordero. Este Cordero te-
nía semblante humano, estaba rodeado
de una llama resplandecicnte, adorá-
banle los ángeles y le servían. Estos
eran tan numerosos como los átomos
de polvo que revolotean por los aires.
Hab ía tambien tal muchedumbre debien-
aventurados que mis ojos no alcanza-
ban á ver el fin.“
i Oh qué magnífica solemnidad! Na-
die estaba de más ni desocupado. ^Quó
hacían? “Adoraban y servían al Cor¬
dero."
“El hombre debe temblar, dice San
Francisco de Sales, el mundo estre-
mecerse y sobrecogerse el cielo entero
cuando el Hijo dc üios se entrega, so¬
bre el altar, en manos dei sacerdote,
i oh admirable humildad!, el Verbo, el
Sciíor de todas las eriaturas se hu-
milla por la salvación dei hombre
hasta ocultarse bajo las aparências de
pan.“
486
Capitulo XXVIII
Como nuestros sentidos no pueden
testificar la presencia dei Seiíor, no le
atendemos, mientras que los ángeles
tiemblan en su presencia, como se dicc
cn el prefacio, y huyen aterrados los
demonios, según lo asegurójesucristo á S.
Brígida: “Como al pronunciar la palabra:
Yo soy, cayeron de espaldas mis ene-
migos, á las palabras de la consagra-
ción: Este es mi cuerpo, huyen los de-
moniós.“ (*)
Como los ángeles y los Santos apli-
quémonos á glorificar al Senor sobre
cl altar y á participar de su adorable
sacrifício. Dicho se está, que en el mo¬
mento solemne de la elevación debe-
mos interrumpir todo rezo para levan¬
tar nuestros ojos hacia el altar, adorar
humildemente al Cordero de Dios y
ofrecerle al Padre celestial. Estos ejer-
cicios de fe y de caridad deben ocu¬
pamos mientras Jesucristo permanece
presente cn el altar, esto es, hasta des-
pués de la Comunión.
(1) Libr. IV, cap. LVIII.
Oigase devotamente
487
Desgraciadamente, la generalidad de
los fíeles no lo practica así; sigue sus
oraciones habituales y se deja llevar
de una especie de devoción rutinaria,
como si Jesucristo no estuviera pre¬
sente ni debieran ocuparse de él. Una
cnmparación pondrá de relieve la in¬
conveniência de semejante proceder.
Un amigo te ha invitado repe¬
tidas veces por escrito á ir á su casa,
y tú deseas comunicar á su corazón
los sentimientos de tu tierna amistad.
Cediendo, por fin, á sus instancias te
pones en camino y al Uegar, ni te da
la bienvenida ni te dirige la palabra,
teniéndote de pié como si fueras para
él un desconocido.
íNo te afligiría esta desconsidera-
ción? ijNo te arrepentirías de haber
hccho el viaje?
En todas las misas Jesucristo baja
dei cielo para visitarte, para consolarte
y colmarte de favores; está sobre el
altar delante de ti, te mira con amor,
desea escuchar tu voz y recibir tus ho-
menajes.
488
Capitulo XXIX
Pero, jayl tú no le saludas ni le
adoras, y lejos de mostrarte respetuoso
con El, continuas con aquellas oracio-
nes que tal vez no tienen relación al-
guna con el santo sacriâcío; como si
no se celebrara la Misa. Por favor, oh
cristiano, no obres así; en este so-
lemne momento imita al sacerdote, do-
bla tus rodillas, y lleno de fe y de
amor, adora á Aquel que se presenta
á tus miradas bajo las especies dei pan
y dei vino.
CAPÍTULO XXIX.
Qué devoción debe practicarse
durante la elevación.
Inmediatamente después de la con-
sagración, el sacerdote eleva las san¬
tas especies; ceremonia prescrita por
la santa Iglesia para que el pueblo
pueda gozar y aprovechar mejor la pre¬
sencia real dei Salvador.
Do esta elevación y de la devoción
que debo practicarse trataremos en este
Durante la elcvación
489
capítulo; ioh! qué alegria para el cielo,
qué fuente de salvaciún para la tierra,
qué terror para el inficrno, qué alivio
para las almas dcl purgatório durante
esta elevación dei don más precioso
que pueda presentarse al Altísimo.
£ Sabes además bajo qué formas se
ofrece á su Padre por las manos dei
sacerdote la santa Humanidad de Jesús,
esta Humanidad que es la imagen más
Hei de la santísima Trinidad, la única
joya de los tcsoros celestiales y te¬
rrestres ?
Esta Humanidad se ofrece bajo di¬
versas formas, porque en las manos
dei sacerdote, el Verbo se encarna de
nuevo, nace nuevamente y sufre la Pa-
sión, el sudor de sangre, la flagelación,
la coronación de espinas, la crucifíxión
y la muerte. j Ah, qué emoción para cl
corazón dei Padre celestial durante esta
elevación de su Hijo muy amado!
Sin embargo no es sólo el sacer¬
dote quién expone á Jesucristo á las
miradas dei Padre, expónese también
el mismo Salvador.
490
Capitulo XXIX
“A la elevación, yo of á Cristo pre-
sentarse á su Padre y ofrecerse á sí
mismo de una manera que sobrepuja
toda inteligência", dice Santa Gertru-
dis (‘).
Ya que no podamos concebir este
encuentro dei Padre y dei Hijo, la fe
debe conducirnos á una oración la más
fervorosa posible en el momento en que
se realiza.
S. Buenaventura invita al sacerdote
y á los fieles á decir entonces al Pa¬
dre celestial; “Ved, oh Padre eterno, á
vuestro único Hijo, se ha hecho pri-
sionero nuestro aqucl á quien no pue-
den contener los mundos. No le deja-
remos hasta que nos hayas concedido
lo que en su nombre os pedimos con
tanta insistência; el perdón de nues-
tros pecados, el aumento de la gracia,
la riqueza de las virtudes y la dicha
de la vida eterna."
El sacerdote mostrándole la santa
Hóstia podría todavia decir al pueblo:
ftl Revel. Lib. IV. c. 62.
Durante la clevaciõn
491
“He aqui, oh cristianos, á vuestro Sal¬
vador, á vuestro Redentor y Santifica-
dor. Miradle con fe lüva y derramad en
su presencia las súplicas ardientes de
vuestro corazón. Dichosos los ojos que
pueden verle y contemplarle. Dichosos
lo que creen firmemente en la presen¬
cia de Jesucristo en esta Hostia.“ Si
le adoráis así, aseguraréis la salvación
de vuestra alma y podréis repetir con
el patriarca Jacob; “Yo he visto áDios
cara á cara y mi vida ha quedado en
salvo.“(^)
A la elevación, todo el pueblo debe
dirigir sus ojos al altar y contemplar
con devoción el Santísimo Sacramento.
Jesucristo ha revelado á Santa Gertru-
dis cuán útil sea á las almas esta prác-
tica: “Siempre que se mira con devo¬
ción, escribe la Santa, el cuerpo de
Nuestro Senor Jesucristo oculto en el
Sacramento, aumenta el grado de su
mérito para el Cielo y la dicha eterna
será proporcional al gozo que se haya
(1) Genes. .\XXII, 30.
492
Capítulo XXIX
sentido contemplando devotamente el
cuerpo precioso sobre la tierra.“ (^)
Confiad en esta promesa dei Seflor y
no dificultéis su cumplimiento convues-
tra negligencia y ligereza. No os incli-
néis tanto que no podáis ver la Hóstia;
no es eso lo que quiere la Iglesia, que
manda al sacerdote elevar durante al-
gunos instantes las santas especies so¬
bre su cabeza para que el pueblo pueda
verias y adorarias.
La efícacia de esta comparación ha
sido prefigurada en el antiguo Testa¬
mento. “Habiendo murmurado de Dios
y de Moisés el pueblo de Israel el Se-
fior envio contra el pueblo serpientes
abrasadoras, por cuyas mordeduras y
muerte de muchísimos fué al pueblo á
Moisés, y dijeron todos: Pecado hemos
y pues liemos hablado contra el Sefior
y contra ti, suplícale que aleje de no-
sotros las serpientes. Hizo Moisés ora-
ciim por el pueblo, y el Sefior le dijo:
Haz una serpiente de bronce y ponla en
(11 Rev. 1,. IV. c. .\.\v.
Durante Ia elevación
493
alto para seiSal: quien quiera que siendo
mordido la mirare, vivirá. Hizo, pues,
Moisés una serpiente de bronce y pú-
sola por seiSal á la cual mirando los
mordidos sanaban." (*)
El Evangelio vé en esto un símbolo
de Cristo, porque dicho está; “Al modo
que Moisés en el dcsierto levantó en
alto la serpiente de bronce, así tam-
bién es mcnester que el Hijo dei hom-
bre sea levantado en alto.“ (*)
Si la imagen dei Salvador pudo cu¬
rar á los israelitas y preservarles de
la mucrte, ,:cómo no ha de curar á las
almas afligidas y desgraciadas la pia-
dosa contemplación dei mismo Jesus?
Para mayor eficacia, durante la ele-
vacion dei Senor, haz actos de fe en
su real presencia y en et sacrifício que
El ofrece á su Padre celestial por nos-
otros mi.serables pecadores. Estos actos
de fe te valdrán magnífica recompensa
porque es muy meritorio crecr lo que
no ven nuestros sentidos. “ Bienaven-
(1) Númer., cap. XXL 7'9. (3) Juan, III, 14.
494 Capítulo XXIX
turados aquellos que sin haberme visto
han creído.“ (‘)
Dichosos los que, á pesar de las apa-
riencias, creen en mi presencia real en
el Sacramento, Yo aumentaré su gracia
en la tierra y su gloria en el cielo.
El aspecto meritorio de la fe re-
salta en lo que succdió á Hugo de San
Víctor. Este santo abad había pedido
con insistência la gracia de ver á Je-
sucristo en la santa Misa. Su oración
debió ser atendida, porque una manana
al ofrecer el santo sacrifício con su
acostumbrada piedad, vió al Nino Jesús
descansar sobre el corporal. Pasados
algunos instantes, el divino Nino le
dijo: “Hugo, perdiste un gran mereci-
miento al desear verme con los ojos
dcl cuerpo.“ Y desapareció, mezclando
así la tristeza con el más puro de los
goces.
San Luís, rey de Francia, apreciaba
cn alto grado el mérito de la fe. Guando
se realizó la celebre apariciún dcl Niflo
(1; Juati. \X, :-9.
liurante Ia elevacíón
495
JesiSs en la santa Hóstia y un corte-
sano le excitaba á presenciar con sus
propios ojos esta maravilla, contestóle
el Rey: “Llama á los que no creen. Yo
creo firmemente en la presencia real
de Jesucristo, y no necesito ver al Se-
fior con los ojos dei cuerpo.“
Sin duda, deseaba el Santo Rey
como el que más contemplar al Hijo
de Dios, porque ^pucdc habcrsobre la
tierra, satisfacción más grande? No obs¬
tante, antes de privarse dei mérito
de la fe, prefirió perder tan hermoso
espectáculo. Cesen pues tus quejas por
no ver á Jesús en la santa Hóstia, con-
téntate, como San Luis, viéndole con
los ojos de la fc, y esperando contem-
plarle cara á cara en el Ciclo. (')
Después dc haber adorado la santa
(1) Segán decreto de 12 de Jiinio de 1907^ de la Sa*
grada Congrcgaclòo de Indalgencias, slemprc que los fie
les, con fé, piedad y amor, míren la Sagrada Hosüa» así
en la Elevaciòo de U Santa Misa como cuando está ex-
pnesto en el Sapraiio, dlctendo; *Scflor mio y Dios mio”
puede ganar síete aüos y slctc cuurentcnas de indulgên¬
cia, y además iina Indulgcncla Plcnaria, cuda semana, sí,
hablendo mirado todos los dias la Sagrada Hostla, bica
oreparados, reciben la Sagrada Comunión.
496
Capítulo XXIX
Hóstia, ofréccla al Padre celestial. Ex-
pucsta yá la virtud dc este acto, ci¬
taremos unicamente estas palabras de
Santa Gertrudis: “La oblación de la
Santa Hóstia, borra todas nuestras fal-
tas.“
Concentremos pues, aunque seamos
miserables pecadores, todas las fuer-
zas de nuestra alma para ofrecer á
Dios la Santa Hóstia y obtcner el per-
dón y la misericórdia.
A la elevación de la Hóstia sigue
la dei cáliz, ceremonia no menos sig¬
nificativa. La preciosa sangre mana
cntonces de una manera mística sobre
los asistentes, como lo indican las pa¬
labras dei misal: “E^te es el cáliz de
mi sangre, dei Nuevo y Eterno Testa¬
mento: mistério de fe:que será derra¬
mada por vosotros y por muchos para
el pcrdón de los pecados.“
En este momento recibes la misma
gracia que si, completamente arrepen-
tido, estuvieras al pié de la cruz en el
Calvario é inundado de la Preciosa
Sangre.
Durunte la elevación
497
En cl antiguo Testamento dice Dios
á los Hebreos; “Inmolad un corderoy
rociad con su sangre cl dintel y am¬
bos postes de la puerta, y al ver la
sangre... el SeSor pasará de largo la
puerta de aquella casa, ni permitirá al
ángel exterminador entrar en vuestras
casas, ni haceros dano.“ (')
Si la sangre dei Cordero pascual
preservó á los israelitas dei ángel cx-
terminador, con mucha más razón la
sangre dei Cordero inmaculado nos de¬
fenderá contra las asechanzas dei án¬
gel de las tinieblas, quién “anda gi¬
rando como león rugiente alrcdedor de
vosotros, en busca de presa que de¬
vorar." (-)
Pero, íqué harán los que no pue-
den asistir á la Misa? Admirad la tierna
solicitud de nuestra santa Madre la
Iglesia; ella ha querido que sus hijos
ausentes pudieran rccoger igualmente
el fruto de este momento tan saluda-
ble; y para esto se lo anuncia por el
( 1 ) Exod. XII, 22 y 23. (2) I Pctr. V, 8.
498
Capítulo XXIX
toque de Ia campana. Al oir esta seflai,
oh cristianos, arrodillaos en el campo
ó en vucstras casas, y vuelto el rostro
hacia la Iglcsia, adorad á Jesús ele¬
vado por las manos dcl sacerdote. En
muchas partes se conserva fielmente
todavia esta piadosa costumbre. Pero,
i ah! el respeto humano impide á mu¬
chas personas el practicarla y les priva
así de insignes favores, hasta que lle-
gue la hora cuando Jesús á quien han
tenido vergiienza de confesar ante los
hombrcs: “ Se avcrgonzará de ellos,
cuando venga en el esplendor de su
majestad y en la de su Padre y de los
santos ángeles.“ (')
Afeamos todaví.i lo que debemos ha-
cer después de la elevación dei cáliz.
Muchos acostumbran rezar cinco Pa-
dre nuestro y cinco Ave Maria, en
honor de las cinco llagas; práctica muy
excelente pero fuera de lugar. Otros
continúan haciendo sus numerosas de-
vociones, pero seria muchisimo mejor
( 1 ) Lnc IX 26.
Durante la elevación 499
imitar al sacerdote: el santo sacrifício
te pertenece tanto como á él. A pesar
de sus oblaciones repetidas antes de la
elevación, el sacerdote no deja de ofre-
cer de nuevo, ni puede hacer nada más
agradable á Dios.
En el momento que deja el cáliz
sobre el altar pide: “Sefíor, nosotros
siervos tuyos, y también tu pueblo san¬
to»... ofrecemos á tu excelsa Majestad
de tus dones y dádivas, este Hóstia *
pura. Hóstia santa. Hóstia + inma-
culada; el pan santo de la vida eterna,
y el cáliz * de perpetua salvación.“
Sánchez dice estas palabras: “En
toda la Misa no pronuncia el sacer¬
dote palabras más consoladoras, porque
ni él, ni el pueblo podrían hacer cosa
mejor que ofrecer á Dios el augusto
sacrifício. “Fácil es comprender cuánto
pierdes al sustituir esta preciosa obla-
ción con tus pobres y áridos rezos.
Pobres criaturas, desprovistas de mé¬
ritos y virtudes, £cómo no hemos de
apresurarnos á perseguir con empeno
el único tesoro que podremos presen-
500
Capítulo XXIX
tar con êxito al Padre celestial? Este
tesoro no nos lo ha dado Dios una sola
vez, sino que nos lo ofrece en todas
las misas, y con él nos hace entrega
de todas sus riquezas para que las des¬
tinemos á la satisfacción de nuestras
deudas.
Ofrcced pues la santa Misa, ofre-
cedla una, dos y más veccs, ofrecedla
todos los dias.
Los que no saben leer los excelentes
métodos de ofrecer el santo sacrifício
contenidos en los devocionarios, po-
drían aprender de memória la siguiente
plegaria; "Dios mío, yo os ofrezoo esta
Misa; 03 ofrezco vuestro querido Hijo,
su encarnación, su nacimiento, su do¬
lorosa Pasión; os ofrezco su sudor dc
sangre, su fíagelación, su coronación
de espinas, su conducción de la cruz,
su cruciflxión, su muerte y su preciosa
sangre. Yo os ofrezco á vuestra mayor
gloria y pur la salvación de mi alma
todo lo que este Hijo querido ha hecho,
sufrido y merecido, y todos los misté¬
rios que Et renueva en esta Misa.“
Durante la ele\'ación
5Cl
Esta oración sencilla, pero suma-
mente eficaz, debería recomendarse con
insistência á las personas que no sa-
ben leer; y que pidan al mismo tiempo
á nuestro Seflor supla la insuficiência
de su oblación presentándola El mismo
al Padre celestial: y El les escuchará.
Santa Matilde habiendo rezado un
día nueve Padre nuestro, en honor de
los nueve coros angélicos, queria en-
cargar al ángel de su guarda que los
llevara al trono de Dios.
Jesucristo la dijo entonces: “Con-
fíame tu mensaje, mi mayor alegria será
cumplirlo, y toda ofrenda que se me
encomienda se cnnoblecc en mis ma¬
nos."
Medite cada uno estas palabras y
diga á Jesus: “ Senor, pues que soy
incapaz de ofrecer convenientemente
este augusto sacrificio, yo os suplico,
lo presenteis por mí á vuestro Padre
celestial."
C.\PÍTULO XXX.
Del respeto con que debe oirse
la santa Misa.
“ Todos pueden comprcnder fácil¬
mente, dice el Concilio de Trcnto, qué
cuidado es necesario para celebrar el
santo sacriticio de la Misa con todo el
respeto y veneración que debe usarse
en las cosas religiosas, si se considera
que es maldecido en las santas Escri¬
turas el que hace con negligencia las
cosas dc Dios. Forque, si necesaria-
mente hemos de confesar que los fie-
les no pueden ejecutar obra alguna tan
santa y divina como este mistério te-
rrible, en el cual esta Hóstia vivifi¬
cante, que nos ha reconciliado con Dios
Padre, es todos los dias inmolada por
los sacerdotes, se verá claramente que
es necesario poner todo cuidado y toda
aplicación para realizar este acto con
gran limpie/.a y pureza interior de in-
tención y de corazón y con la mayor
piedad y dcvoción exterior posible."
Oígase con respeto 503
Estas palabras se refieren lo mismo
á los fieles que al celebrante.
El historiador Josefo refiere que en
cl templo de Salomón había sietecicn-
tos sacerdotes y levitas ocupados con¬
tinuamente en inmolar las víctimas, cn
purificarias y quemarlas sobre el al¬
tar, lo cual se hacía en medio de un
silencio profundo y con el mayor res¬
peto.
Sin embargo, estos sacrificios no
eran más que figura. ; Con qué fervor,
con qué silencio, con qué atención no
debcremos asistir al verdadero sacri-
ficio!
Los primeros cristianos nos han
dado en este particular admirables cjem-
plos. Según el tcstimonio de S. Juan
Crisóstomo, “ al entrar en la iglesia besa-
ban humildemente el sucio y guardaban,
durante la Misa, tal recogimiento que
bien hubiera podido creerse era aquello
un lugar enteramente desierto“. (‘)
Así observaban puntualmente el ya
(1) Homil. 3 In IL Corinth.
504
Capitulo XXX
citado precepto de Santiago: “ Guarden
todos silencio, estén con temor y tem-
blor y olviden las cosas de la tierra,
cuando el Rey de reyes, Cristo nuestro
Sefior, viene á inmolarse y á darse en
manjar á los fieles.“ (')
S. Martin se ajustaba con todo es¬
crúpulo á esta recomendación: jamás
se sentaba en la iglesia; y arrodillado
ó de píé oraba con un semblante cir¬
cundado de santo temor de Dios. Al-
guien le preguntó la razón de semc-
jante actitud: “^cómo no he de temer,
respondió él, hallándome en la pre¬
sencia dei Seõor>“
Movido por los mismos sentimien-
tos exclamaba David: “Entraré en tu
casa, y poseido de tu santo temor, do-
blaró mis rodillas ante tu santo tem-
plo.“ CO
Como á Moisés, en otro tiempo, po-
drfa Dios decirte: “Quítate el calzado
de los pies, porque la tierra que pisas
es santa.“ (®)
(1) Litargia. (2) Salmo V, 0. (3) Kxodo III, 5.
Oigasc con rcspcto
505
Pero más santas son todavia nues-
tras iglesias, consagradas con tanta
pompa, con unciones y oraciones, y
santificadas todos los dias por la obla-
ción dei santo sacrificio. ;Oh cristia-
nos 1 DaviJ, el elegido de Dios, se acer-
caba lleno de temor al Arca de la
Alianza, iy no temblaremos nosotros
en el Sancta Sanctoruvi donde se en-
cierra la divina Eucaristia? No olvide¬
mos la severa amonestación dol Senor:
“Tiembla ante mi santuario“ y la ex-
clamación de Jacob: “Cuán terrible es
este lugar. Verdaderamente esta es la
casa de Dios y la puerta dei cielo." (*)
iQué pensar de tantos cristianos
que están en la iglesia y en la Misa
de la misma mancra que en la calle ó
en sus casas? Los ángeles, prosterna-
dos dclante de su Senor, le adoran
temblorosos, y ellos dejan vagar por
todas partes su mirada curiosa y pro¬
vocativa; se ocupan de las personas
presentes, piensan en los negocios
(1) Céncs. XXVUl, 17.
606
Capitulo XXX
dei mundo y sus vanidades, hablan sin
pudor de cosas inútiles y tal vez peca¬
minosas.
A imitación de los mercaderes dei
templo, hacen de la casa de oración
“ una cueva de ladrones. “ (‘)
La Iglesia católica es algo más que
una casa de oración; es la casa de Dios
habitada día y noche por Jesús. Si pues,
el mismo Salvador expulsó á latigazos
á los mercaderes profanadores dei Tem¬
plo, j cómo tratará á estos audaces
cristianos?
En cuanto á las miradas curiosas
ved lo que refiere la bienaventurada
Verónica de Binasco.
“Una manana, durante la Misa, mi-
raba yo á una religiosa arrodillada
junto al altar. Al punto el ángel de mi
guarda me reprcndió con tanta severi-
dad que quedé desvanecida de terror.
Me miró siniestramente y me interrogó
con dureza: í Por qué has cedido al de¬
sordenado deseo de tu corazón? ^Por
( 1 ) Mateo XXI, J3; Marc. XI, 15-16-17: Lnc. XTX,
tõ-46; JuaD II, 14-1/.
Oigasc coa respeto 507
qué has mirado á tu hermana con cu-
riosidad? Sabe que has ofendido á Dios.
El ángel continuó en este tono, y me
impuso, de parte de Dios, severa peni¬
tencia en castigo de mi falta. Pasé tres
dias seguidos llorando, y desde enton-
ces, cuando asisto á la santa Misa no
me atrevo á levantar la cabeza teme¬
rosa de ofender á la divina niajestad.“
íNo es esto manifestar claramcntc
cuánto desagrada á Dios la libertad con
que miramos á todas partes ? Es nece-
sario que hagamos verdaderos esfuer-
zos para impedir los desvios de la ima-
ginación durante el santo sacrificio.
iQué sucedería si no recogemos la
vista? Buscaremos las distracciones y
tal vez convertirenios en pecado grave
lo que, en sí mismo, no hubiera sido
más que una ligera falta.
Si la simple curiosidad es ya una
falta, iqué decir de las palabras inúti-
les, siendo como es más fácil guardar
la lengua que los ojos? Además de la
ofensa hecha á Dios, esta charlatanería
escandaliza al prójimo y le distrae en
608
Capítulo XXX
SUS oraciones. Bien se ha de contestar,
pudrás decirme, á los que nos pre-
guntan. No es maio, en verdad, respon¬
der á una pregunta útil ó pronunciar
una palabra necesaria; pero está pro-
hibido hablar de cosas inütiles, cuchi-
chear sobre el próijmo, saludarse como
si se estuviera en la calle, y otras co¬
sas parecidas que impiden seguir aten¬
tamente la Misa
El Senor nos lo ha advertido; “Yo
os digo qúe hasta dc cualquiera pala¬
bra odiosa que hablaren los hombres,
han de dar cuenta en el día dei jui-
cio.“ (')
íY qué palabras más inütiles que
las pronunciadas durante el tremendo
mistério dcl altar?
S. Juan Crisóstomo es de parecer
“que merecerían ser calcinados por un
rayo en la iglesia los que hablany ríen
durante la Misa.“ Mediante esta ame-
naza, el santo Doctor pieviene también
á los que por derecho ypordeber, es-
(1) Ma(ea XII, 3«.
Oigase con respeto
509
tán obligados á impedir las irreverên¬
cias, los padres que no corrijen á sus
hijos, los amos que no velan por la
compostura dc sus criados etc.
S. Juan el Limosnero, no sufría que
se hablara en la iglesia. Habiéndose
olvidado de este precepto unindividuo
le dijo: “Si has venido aqui por Dios,
emplea tu espíritu y tu lengua en re¬
zar, pero si has venido para perder el
tiempo, sabe que está escrito: “ La casa
de mi Padre es casa de oración“; no
la conviertas pues en una sala de con-
versación.“
Debemos además dar pruebas de
nuestro respeto estando de rodillas en
la Misa. S. Pablo nos invita á hacerlo
así cuando dice: “Al nombic de Jesus
se doble toda rodilla en el cielo, en la
tierra y en el infienio.“ (’)
Con más razón liemos de guardar
esta humilde postura, durante la pre¬
sencia real dei Salvador, es decir desde
la elevaciún hasta la comunión. Mu-
(1) Filip. II, 10.
510
Capítulo XXX
chos, los hombres en especial, tienen
la mala costumbre de oir de pié toda
la Misa; á duras penas se inclinan á
la consagracion, para levantar inmedia-
mente después, como si Jesiis no estu-
viera presente. Si no se puede estar de
rodillas durante toda la Misa, que se
esté de pié hasta la consagración, y
después de la comunión.
En algunos paises, apenas Nuestro
Senor ha descendido sobre el altar,
hasta las mismas mujeres no tienen re¬
paro alguno en sentarse. Si estuvieran
ante los grandes de la tierra, en al-
guna reunión mundana, seguramente no
les faltarían fuerzas para adoptar pos¬
turas más incómodas y penosas que el
estar de rodillas.
Guando por motivos de salud, se
vean obligadas á sentarse, háganlo hasta
la elcvación, pero entonces arrodíllense
inmediatamente.
La piadosa emperatriz Leonor, es¬
posa de Leopoldo I, oía siempre la Misa
de rodillas. Guando se le aconsejaba
que cuidara de su salud y se sentara,
Oigase con respeto
511
respondia; “Todos se inclinan dclante
de mi que soy una pobre pecadora;
ningdn cortesano se atrevería á sen-
tarse en mi presencia, iy hnbría de
hacerlo yo delante de mi Dios y mi
Criador?"
Yo aconscjaría á las madres que no
llevasen á Misa á los pequenuelos que,
con sus lloros, pueden perturbar el si¬
lencio y distraer al sacerdote en el
altar; cuando ha3'^an llegado ya á la
edad conveniente pya poder estar quie¬
tos y respetuosos, entonces deben ser
llevados á la Iglesia.
Para terminar, censuraré todavia
otro deplorable abuso, y es el que co-
meten aquellas senoras y jóvcnes que
van á la Misa ataviadas como para ir
á un baile ó al teatro. S. Juan Crisós¬
tomo apostrofó así en cierta ocasión
á una de estas jóvenes: ‘^Eres acaso
una desposada que va de bodas, ó bien
vas á la Iglesia para hacer gala de tu
hermosura y opulência? Si vas para
que Dios perdone tus pecados, ^de qué
sirve tanta elegancía? £1 vestido que
612
Capítulo XXX
llevas no es el que corresponde á una
pecadora arrepentida; ese lujoso pei-
nado no te atraerá el perdón sino la
cólera de Dios.“
Tomás de Cantimpré refiere que un
niRo de siete aãos, que entraba en la
Iglcsia con su madre ricamente ador¬
nada, fijó sus ojos en cl Crucifijo y
dijo, serial ándole con el dedo: “He aqui,
madre querida, á Cristo suspendido en
la cruz, desnudo y sangriento, ,jy note
avergQenzas de asistir á Misa con tan
esplêndidos atavios? Mira no seas arro¬
jada á las llamas dei fuego eterno con
estos vestidos tan ricos.“
La Madre creyó oir la voz de Dios
por boca de su inocente hijo; y ape¬
nas terminada la Misa, fué á su casa,
se desnudo de sus galas, vistióse mo¬
destamente y al quedar viiida entró en
un monasterio de Bernadas.
Las mujeres vani dosas que gastan
lujo reprensible deberian avergonzarse
á la vista de Cristo crucificado, quien
desde la cruz parece como que les dice:
“ Mira, hija mia, estoy en esta cruz.
Oigase eon respeto
513
cubierfo de sangre y lleno de llagas
para expiar tus adornos y atavios. Por
cruel ironia apareces delante de mi
haciendo alarde de tus riquezas y buen
gusto < y no te averguenzas de presen-
tarte asi y de escandalizar á los fie-
les? Cuida de que tu lujo exagerado y
tu vanidad no te arrojen al fuego dei
infierno.
El traje llamativo y el lujo desen-
frenado excitan deseos pecaminosos aún
en varones sérios, iqué incêndio, pues,
no provocarán en los jóvenes lijeros
y sensualcs? Las mujeres asi vestidas
son siempre peligrosas, llaman la aten-
ción de los hombres y los distraen de
los ofícios diidnos y asi siempre son
causa de pensaniicntos criminalcs.
Quien prepara un veneno para otro,
comete pecado mortal aunque no lo
beba aquel á quien iba destinado: lo
propio sucede con las mujeres que
pecan con cl solo hecho de exponer á
otros a la tentación; pecado que es ma-
}'or en la iglesia yen tiempo de Misa.
Anade á c^to ser cebo de pecado para
G0»«
17
514
Capitulo XXXI
las demás mujcrcs que siempre tienden
á la imitación j si les faltan recursos
para trajes y modas de este quiero, se
mueren de envidia.
No quiero insistir más en tan de-
sagradable asunto; paso al ultimo ca¬
pítulo en que pretendo dar luz á tu
entendimiento y moverte á devoción,
exponiendo brevemente las ceremonias
de la Misa y su significación.
CAPÍTULO XXXI.
Be las ceremonias de la santa Misa
y de su significación.
La Misa se divide en tres partes
principales, á saber: el Ofertorío, la
(lonsagración y la Comnnión. Todas
tres fueron instituídas por Jesucristo
nuestro Senor.
UI Ofertorío es la bendición y ac-
ción de gracias sobre el pan y el vino;
es la oblación preparatória de la víc-
tima antes de su inmolación. En la
Cena esta oblación se hizo cuando Je-
Ccrcmonias y su signifícación 519
sús «tomó el pan en sus santas y ve-
ncrables manos, dándote gradas.» (’)
La Consagración es la aplicación
de las palabras de Jesucristo: “Este
es mi cuerpo, ésta es mi sangre. “ (“)
Por la consagración separada dei
cuerpo dc Jesucristo bajo la especie
de pan, la sangre de Jesucristo bajo
la especie de vino, el sacerdote que es
el representante de Jesucristo, realiza
la mística inmolación de la víctima. La
consumación de la víctima, que es ofre-
cida, después de su inmolación, pura é
inmaculada, ante el trono de Dios es
representada por la ofrenda hecha al
Altísimo dei cuerpo y de la sangre de
jesucristo, inmediatamente después de
la consagración,
La Comtuiián es la consunción de
las especies sacramentales.
La participación dei pueblo en la
víctima está representada por la comu-
nión dc los fieles en la Misa. Ksta co-
munión tuvo lugar en la Cena cuando
( 1 ) Misal. (2),Mateo XXVI, 2ó y 28 .
516
Capitulo XXXI
Jesús “tomó el pan y lo bcndijo, y par¬
tiu, y dióselo á sus discípulos dicicndo:
“Tomad y comed: este cs mi cuerpo.
Y tomando el cáliz dió gracias, lo ben-
dijo y dióselo diciendo; Bebed todos
de él; porque ésta es mi sangre.“ (*)
§ 1. — De la Hlsa de los 'Catecúmenos.'
La parte de la Misa desde el co-
mienzo al Ofertorio, se llama Misa de
los (latecinnenos porque en otro tiempo
los Catecúmenos, es decir, los que, ins¬
truídos en la fe, no estaban todavia
bautizados, podían asistir á ella.
Llegado al altar, el sacerdote hace
genuflexión ó bicn inclinación de cá-
beza, scgún que el Santísimo Sacra¬
mento esté ó no en el tabernáculo.
Sube las gradas dei altar, coloca el ca-
liz sobre el corporal, abre el Misal, se
detiene un instante en medio dei altar
para empaparse dei espíritu de Jesu-
cristo que se humilló hasta tomar la
forma de esclavo. Baja dei altar, se in-
(I) Matco XXVI, 26 y 21 .
Ceremonias y su significacíón 517
clina ó hace genuflexión, y comienza la
Vlisa por Ia sefial de la cruz que le
recuerda la grandeza y santidad dei
nombre bajo cl cual va á celebrar los
santos mistérios.
Después, alternando con el ayudante,
dice el salmo < Judica me > que con*
tiene todos los sentimientos de temor,
deseo y confianza de que su alma y Ia
dei pucblo deben estar penetrados en
este momento.
Juntas las manos y profundamente
inclinado, dice el Confilcor, que repite
el ayudante. Ambos se golpean el pc-
cho para expresar el dolor de haber
pecado y manifestar que desean ha-
cer pedazos su corazón para que Dios
les creara un corazón nuevo.
Sube al altar y lo besa por el amor
de Jesucristo que va á ser sacrificado.
Expresa también su vcneración por los
gloriosos mártires de Jesucristo cuyas
relíquias están allí encerradas y cuya
intercesión implora.
En las misas solemnes, se inciensa
entonces el altar. Según Santo Tomás,
518
Capítulo XXXI
el incienso es la imagen de Ia grada y
de los dones dei Espíritu Santo, y pone
de relieve los sentimientos de nuestra
adoracion. Como el humo dei indenso
deben subir al Cielo nuestras ora-
dones.
Se inciensa también al sacerdote,
por respeto á su dignidad y para in¬
dicar que debe distribuir, por su virtud
y por sus obras «el bucn olor de Je-
sucristo.»
Sigue el Introito, que consta ordi¬
nariamente de un versículo de la sa¬
grada Escritura y de un salmo; varia
según la época y la festividad. Al ter-
minarlo por el Gloria Patri etc., el
sacerdote adora á la Santísima Trini-
dad y hace votos para que todos los
hombres conozean, amen y sirvan al
Senor.
Recita entonces alternando con el
ayudante el Kyrie elcison, palabra
griega que significa; “Sefior, ten mi¬
sericórdia de nosotros.“ Este es el co-
mienzo dc las súplicas de la santa
Misa.
Ci^remonias y su significación 519
Al Kyrie sucede el Gloria, uno de
los cânticos más antiguos usados por
la Iglesia. Tan profundamente se res-
petaba este himno que sólo se cantaba
los domingos y dfas de fiesta, ó cuando
celebraba el obispo; á los sacerdotes
no se les permitia decirlo en el altar
más que el día de Fascua.
Desde el ano 1000 desapareció esta
prohibición, y lo recitan todos los ce¬
lebrantes, excepto cn Advicnto, Cua-
resma y en la Misa de difuntos.
Terminado el Gloria, el sacerdote
besa el altar, y vuelto hacia el pueblo
dice: pobiscnm. — Et cum
spiritu tno, responde el pueblo por
boca dei ayudante. Esta salutación se
rcpite ocho veces, para renovar la
unión entre el celebrante y cl pueblo.
El sacerdote va entonces al lado de
la epístola é, inclinando la cabeza ha¬
cia el crucifijo, dice: Orewwí, y recita
la oración llamada Collecta, dei latín
colligere, recoger, reunir, porque las
súplicas de la Iglesia y de los âeles
son, por decirlo así, reunidas por el
520 Capítulo XXXI
sncerdote, y presentadas todas juntas
á Dios.
Esta oración varia según las solem-
nidades, los mistérios y las épocas dei
aflo. Termina con la fórmulaC/zns-
twn Dominum noslrum, por Jesucristo
Nuestro Sefíor, porque El es nuestro
mediador y nuestro Pontífice, el único
que merece ser escuchado. El pueblo
responde; Amen, así sea, para signi¬
ficar que el sacerdote ha expresado lo
que el pueblo desea.
Al iJomifiits vobisciim y al Oremtts
el sacerdote extiende y eleva un poco
las manos para indicar que espera de
lo alto el cumplimiento de sus deseos.
Juntar las manos es una seilal de bu-
mildad, por la que se renuncia á la
fuerza propia para entregarse comple¬
tamente al Senor. Durante la Collecta,
el sacerdote debe tener los brazos ex-
tendidos cn memória de nuestro SeHor
que rogo por nosotros con los brazos
extendidos en lo alto de la Cruz. Los
primeros cristianos oraban de esta misma
manera.
Ceremonias y su significación 521
Después de la CoUecta y de las otras
oraciones llamadas Memórias ó con-
memorationes sigue la Epistola, dei
latín epistola, carta, porque frecuen-
temente se toma de las cartas de los
apostoles, y á veccs dei Apocalypsis
de S. Juan. Raras vcces se toma dei
antiguo Testamento. El pueblo lleno de
gratitud, dice al final: /)eo gratias.
Gracias sean dadas á Dios por todo
lo que acabamos de aprender.
Después de la Epistola, la Iglesia
manda leer algunos versículos de un
salmo, llamado Gradual, porque en el
siglo IX eran cantados sobre las gra¬
das dei coro alto, ó tribuna, especie de
púlpito levantado en el coro, al cual
se subia por varias escaleras situadas
á ambos lados. Entretanto el diácono se
disponía á cantar el Evangelio.
.\1 Gradual sucede, desde Pascua
hasta Septugésima, el Alleluia, palabra
hebrea que significa alaòan-a á Dios;
y, desde Septuagésima hasta Pascua, el
Tracto, asi llamado porque se canta so-
522
Capitulo XXXI
bre nna grave melodia, sin repetición
alguna ni interrupción.
En la Pascua y en Pentocostés y
durante sus octavas, así como en la fcs-
tividad dei Corpus, se aiíade al Alle-
Itiia, 6 al Tracto un himno llamado
Sequenlia, que se une á las notas dei
Alleliiia.
Una Seqiieníia parecida se dice tam-
bién en la Misa de difuntos: ir:e,
y en la fiesta de los siete Dolorcs de
la Santísima Virgen: Stabat Mater,
aunque no haya Allcliiia. A estos him-
nos se Ics llama también Prosa, es
decir, discurso libre, que difiere dei
verso por su estructura.
Sigue la lectura dei Evangelia. Esta
Icctura divina va acompaiíada de cere-
monias revestidas de especial gravedad.
Profundamente inclinado, el sacerdote
dice en medio dei altar el Munda cor
mewn: Oh Dios, purificad mi corazón
y mis lábios, para que dignamente anun¬
cie tu Evangelio.
En las misas solemnes, el diácono
reza esta oración de rodillas sobre la
Ceremonlas y su significaciún 523
ültima grada dei altar; se levanta des-
pués, toma el libro dei Evangelio como
si lo recibiera de manos de Jesucristu,
y de rodillas ante el sacerdote Ic pide
la bendición. En las misas ordinárias
cl sacerdote pide esta bendición á
Dios.
El diácono, una vez ha saludado el
altar y al sacerdote, eleva el libro de
los Evangelios, como para advertir á
los fieles que se levanten á saludar
este santo libro é indicar que están
prontos á seguir los caminos de la ley.
Entonces el celebrante va al lado de-
recho dei altar, para recordar que el
Evangelio ha sido rechazado por los
judios y confiado á los gentiles. El
diácono se vuelve hacia el norte ó el
Aquilón, porque, scgún S. Gregorio, el
norte indica la gentilidad. Sacerdote y
diácono se vuelven hacia éste lado, por¬
que la luz dei Evangelio y el cjemplo
de Jesucristo deben disipar las tinieblas
dei paganismo.
Esta es también la significación de
las luces que se colocan á ambos la-
524
Capítulo XXXI
dos dei libro de los Evangelios, mien-
Iras que el incienso indica nuestra pro¬
funda veneración por la palabra santa.
La lectura ó el canto dei Evangelio co-
mien2an después dei Domintis vobiscum
por estas palabras: Seqiieutia saiicli
!Í!’anp;elii secundtim... A... (se nom-
bra el evangelista de donde está to¬
mado el pasaje.) El pueblo contesta;
Gloria tibi Domine, c Gloria te sea
dada, oh Seflor».
Kl diácono ó el sacerdote hace la
senal de la cruz sobre el libro donde
el pasaje comienza, para que esta lec¬
tura nos cause una impresión saluda-
blc, y á continuación sobre sí mismo;
todos los asistentes la haccn sobre su
frente, boca y pccho, como lo hacían
los cristianos antiguos al comenzar sus
actos. Sobre la frente, para que Dios
abra su cspíiitu al sentido dcl Evan¬
gelio: sobre la boca, para obtener la
gracia de confesarle con sus palabras;
sobre el pecho, para que en él se grabc
prolundamente.
Al fin dei Evangelio se responde:
Ceremonias y su signiAcación 525
Laus iibi, Christe. Dése alabanza á ti,
oh Cristo. El sacerdote besa el libro
en sefial de respcto á la palabra de
Dios y para e.xpresar que ella nos pro¬
porciona la gracia de la reconciliación.
Tal es Ia significación de las pala-
bras: Las palabras dei Erangelio bo-
rren nuestros pecados.
Desde los tiempos más remotos, á la
lectura dei Evangelio sigue, en los do¬
mingos y dias festivos, una e.vplicación
de la palabra de Dios; la plática 6 el
scrmúu.
Terminada esta instrucción, se ha-
cía salir á los Gatecúmenos, y se reci-
taba el Credo, llamado también sím¬
bolo ó signo de la fe, porque servia
para distinguir á los cristianos de los
que no lo eran. El Credo se dice to¬
dos los domingos, en las âestas de los
apostoles y de los doctores, durante
sus octavas y en algunas otras fiestas.
Es como el fruto dei Evangelio y sirve
como de transición al Ofertorio, por¬
que, sin una fe viva, no podríamos asis-
tir dignamente á los santos mistérios.
Íi26 Capítulo XXXI
§ 2. — Del Ofertorlo.
Los Catecúmenos salínn de la Igle-
sia, y entonces se celebraba el oficio
llamado simplcmente Misa ó Misa de
los Jleles.
Después dei Credo, el sacerdote
besa el altar, sc vuelve bacia cl pue-
blo y le dice: Sea el Seíior con poso-
tros. Luego agrega: Oremos^ para des¬
pertar la atención, puesto que va á
comenzar el santo sacrificio. El versí¬
culo que precede inmediatamente á la
oblación, con el nombre dc Oferturio,
está tomado de la sagrada Escritura y
aplicado á la fiesta dcl día. El sacer¬
dote descubrc entonces el cáliz, coloca
la Hóstia sobre la patena, la eleva y
suplica al padre celestial se digne acep-
tar con agrado esta ofrenda inmacu-
lada. Ofrece el pan y el cáliz, tenién-
dolos elevados para significar nuestra
ascensión bacia el cielo y porque en
el antiguo Testamento se ofrecían las
víctimas tcniéndolas elevadas. Eleva
igualmente los ojos para indicar su
Geremonias y su significación 527
intención dc ofrecer, pero los baja in-
mediatamente por el sentimicnto de su
indignidad.
Acabada la oración de la oblaeión,
hace la serial de la cruz sobre el cor¬
poral con la patena, sobre la cual está
la Hóstia para significar el sacrificio
sangriento de la cruz que va á reno-
varse sobre el altar.
Después, el sacerdote va al lado de
la epístola, echa el vino en el cáliz,
bendice el agua de la cual echa algu-
nas gotas en cl cáliz pidiendo á Dios
nos conceda, por el mistério que re¬
presenta la mezcla dei agua y dei vino,
el participar de la divinidad de nuestro
Seiior Jesucristo. El sacerdote bendice
el pan y el vino, porque representa á
Jesucristo, fuente de toda bendición;
bendice el agua, figura dcl pueblo fiel,
que necesita ser purificado por Jesu¬
cristo. La mezcla dei agua y dei vino
es una imagen de la unión de la Hu-
manidad con la Divinidad en la per-
sona de Jesucristo.
Regresa al medio dei altar el sacer-
528
Capitulo XXXI
dote, eleva el cáliz y pide á Dios acepte
esta copa saludable por nuestra salva-
ción y la de todo el mundo. Termina
esta oblación haciendo la sefíal de la
cruz con el cáliz sobre el corporal,
donde lo coloca cubricndolo con la pa¬
lia. El pan es llamado Hostia inmacii-
Lida y el cáliz, cáli- de salración por
respcto á lo que vicncn á scr despucs
de la consagración.
Inclinado sobre cl altar, se humilla
el sacerdote orando en Ia presencia de
Dios; sc levanta Ileno de confianza, y
extendiendo las manos hacia cl Cielo,
ruega al Espíritu Santo derrame su
bendición sobre este sacrifício.
En las misas solemncs se inciensa
entonccs la oblata, el altar y el sacer¬
dote. La nube de humo dei incienso
que envuelve el altar recuerda la ma-
jestad dei Seiior que, muy pronto des¬
cenderá de los cielos. Así llenó con
su presencia el templo de Jerusalén
para declarar que los sacrifícios y las
oraciones le eran agradables.
Termina el sacerdote la prcparación
Ceremonias y su significación 529
de la ofrenda lavándose las manos, al
lado de la epístola, mientras recita cl
salmo XXV. Se recuerda al sacerdote
y al pueblo que deben presentarse ante
el Seflor con las manos puras y un
corazón inocente. El sacerdote vuelve
en seguida al medio dei altar y, pro¬
fundamente inclinado, hace, teniendo
las manos juntas, una segunda oblación
dei pan y dcl vino. Besa luego cl al¬
tar é invita al pueblo á que se una á
él diciendo: Orate /raíreí; Orad, her-
manos.
Después de la respuesta dei pueblo,
el sacerdote dice Amen, y reza á con-
tinuación la oración llamada secreta ó
sca, oración en voz bajá. Luego le¬
vanta la voz y dice; “ Por los siglos
de los siglos.“ Por esta exclamación
invita al pueblo á unirse á él y á res¬
ponder Amen. Este cs el comienzo dei
Prefacio.
El sacerdote, repetido una vez más
cl Domimis vobiscum y convencido de
la atención dcl pueblo por la respuesta:
Et cum spiritu tuo le e.vhorta á elevar
530
Capítulo XXXI
su corazón: Surstim corda, elevad viies-
tros cora^ones. El pueblo responde
unánimemente que su corazón está ele¬
vado al Sefíor: Ilabemiis ad Dominiiiti.
El sacerdote, levantando los ojos al
cielo, le invita á unirse á él para dar
gracias á Dios.
Mas las alabanzas de lábios mor-
tales son débiles é imperfectas, por lo
cual las une al cântico de los coros
celestiales, j transportado de un santo
entusiasmo, exclama con ellos:
“Sauc/us, Sanctiis, Sanctus, Santo,
Santo, Santo es el Senor Dios de los
ejercitos. Llenos están los Cielos y
la tierra de tu gloria; Hosanna en
las alturas. Bendito \el que viene en
nombre dei Sefior. Hosanna en las
alturas.^
§ 3. — De Ia Consaerraclón.
Las oraciones posteriores al Sanc¬
tus y anteriores al Pater noster, reci-
ben el nombre de Canón ó regia, por¬
que son invariables. Se recitan en voz
Ceremonias y su significación 531
baja para indicar los inefables misté¬
rios que acompafian, de los cuales el
más profundo es la consagración.
El sacerdote comienza el Canon al-
zando al cielo los ojos y las ipanos
para imitar á Jesucristo que levantaba
sus ojos al ciclo antes de realizar sus
milagros: luego los baja, besa el altar,
se levanta, y, á semejanza de Moisés,
ora con los brazos extendidos.
En esta oración se pide una vez
más al Padre celestial que acepte con
complacência los dones que le ofrece-
mos. Después de esta oración general
viene la petición particular para apli¬
car los frutos dei santo sacrifício á la
Iglesia, al Papa, al Obispo y á todos
los que profesan la fe católica y apos¬
tólica. Se ruega también al Senor se
acuerde de sus siervos y sicrvas N. N.,
de todos los asistentes, de los que ha-
cen celebrar el santo sacrifício como
de aquellos por quienes se celebra.
Sigue el Memento de la Iglesia
triunfante dc los bienaventurados, de
la Virgen Maria que nos ha dado á
D 32 Capitulo XXXI
Aqucl que va á descender sobre el
altar.
En cl antiguo Testamento, el sa¬
cerdote sacrificador, antes de inmolar
la vfçtima, extendía las manos sobre ella
implorando el perdón y la remisión de
los pecados, así como los bienes cor-
porales y espirituales. Imitando esta
costumbre, el sacerdote dei nucvo Tes¬
tamento, antes de la inmolación mís¬
tica dei Divino Cordero, exticnde igual¬
mente sus manos sobre los dones ofre-
cidos y pide para ser agradable á Dios
que “nos deje vivir cn su paz durante
la vida presente, nos libre de la con-
denación eterna, y nos ponga en el nú¬
mero de los elegidos."
El sacerdote se transporta en espí-
ritu á la Cena en que Jcsucristo insti-
tuyó el santo sacrifício y hace lo que
entonces hizo Jesus.
Jesucristo desciende sobre el altar,
el sacerdote se arrodilla, le adora y
luego le muestra á los fleles, elevando
sucesivamente la santa Hóstia y el cá-
liz sobre su cabeza.
Ceremonias y su signifícadón 533
Al pueblo se le advierte la pre¬
sencia dei SeHor con el toque de una
campanilla. Abismado en sentimiento
de amor y de humildad, saluda, pros-
ternado, al Salvador. ; Oh Jesús! haced
que yo viva por vos, que muera en vos
y que esté siemprc con vos en la vida
y en la muerte.
“Concedednos. Cordero de Dios, la
paz aqui abajo y compadeceos dc no-
sotros.“
En presencia de la inocente víctima,
el sacerdote pide á Dios Padre, con
nuevo ardor, que acepte esta ofrenda
y conceda, por su amor, gracia á los
vivos, y á los muertos el lugar de re¬
frigério, de luz y de paz. líl sacerdote
intcrrumpe entonces el silencio solemne
diciendo con voz más alta, para fijar
la atención de los concurrentes y gol-
peándose el pecho: “A'oA/'í quoqucpec-
catoribus: tamhién á nosotros peca¬
dores^ (y continua en voz baja) “sier-
vos tuyos que esperamos en la abun-
dancia de tus misericórdias, dígnate dar-
534
Capítulo XXX[
nos alguna parte y compaõía, con tus
santos apostoles y mártires.“
Aqui termina la oración dei Canon
con ]a eonclusión: Por Jesncristo iiues-
tro Seíior, á la cual se afiaden palabras
de alabanza y bendición: “por el cual
creas siempre, Senor, todos estos bie-
nes, Jos santi+ficas, los vivi*ficas, los
ben+dices y nos los repartes. Por el * mis-
mo y con el * mismo y cn el * mismo, á ti,
Dios Padre * todopodcroso en unidad dei
Espíritu Santo, te pertenece toda
honra y gloria. Por todos los siglos
de los siglos. Amén.“
Mientras dice esta eonclusión, el
sacerdote sostiene la santa Hóstia so¬
bre el cáliz, elcvándolo un poco en se¬
rial de alabanza: aqui termina el Ca¬
non y comienza la tercera parte de la
Misa.
§ 4. — De la Comunión.
Por la Consagración Jcsucristo se
inmola por nosotros; saludemos pues
á Dios como nuestro padre, Padre amo-
rosísimo que cscucha nuestras oracio-
Ceremonias 7 su significación 535
nes, y tenemos derecho á participar
por la santa Comunión. Esta hambre y
sed de la santa Eucaristia se expresa
en la petición dei “ Pater Nosíer“:
El pau uucstro de cada día dánosle
hoy.
El Patcr noster se dice con las ma¬
nos cxtendidas y en voz alta para in-
vitar á los fieles á recitarlo simulta¬
neamente. El sacerdote pronuncia en
voz baja el Ameu, y entonces pide á
Dios nos libre de todo mal pasado,
presente y futuro; por la intercesión
de la bienaventurada Virgen Maria y
de todos los santos. Entretanto se san-
tigua con la patena, la besa, y coloca
en ella el cuerpo dei Senor. Adora de
hinojos la santa Hóstia, la parte, como
Jesús partió el pan en la última Cena,
y deja caer en el cáliz la porcion de
la santa Hóstia que tiene entre los
dedos.
La separacion de las dos especies
representa la muerte dei SeSor; la reu-
nión dei cuerpo y de la sangre, por la
mezcla que de las dos especies se ve-
C3fi Capítulo XXXI
ri fica en el cáliz, significa su gloriosa
rcsurección.
Hasta aqui cl sacerdote dirigia to¬
das sus oraciones á Dios Padre; pero
ahora ruega á Jesucristo Salvador re-
pitiendo tres veces: Agntts Dei, Cor-
dero de Dios que quitas los pecados
dei mundo, ten misericórdia de nos-
otros.^ Se golpea el pecho diciendo:
Ten misericórdia de nosoti'Os, y, á la
terccra vez, en lugar de estas palabras
dice: Danos la pa-.
En las misas solemnes se da en-
tonces el beso de paz entre el cele¬
brante, sus ministros y todos los clé¬
rigos. En los primeros siglos de la
Iglesia, hacíanlo también losfíeles;los
hombres daban el beso de paz á los
horabres, y las mujeres á las mujeres.
Esto podría practicarse fácilmente, es¬
tando separados ambos sexos.
Servia esta ceremonia para hacer
revivir y fomentar en sus corazones la
caridad necesaria para aproximarse al
Sacramento dei amor dei que todos
participamos.
Cercmonias y su significación 537
Hc aqui fínalmente el instante en
que el santo sacriíicio va á consumarse
por la comunión dei sacerdote. Pro¬
fundamente inclinado,, fija su mirada
sobre la santa Hóstia, acaba de pre-
pararse para la comunión con oracio-
nes por todo extremo enternecedoras.
Tomando á continuación entre sus ma¬
nos la santa Hóstia, y sobrecogido de
respeto en presencia de este adorable
cuerpo, dicc golpeándose el pecho;
^Domine, non sum digmis^: Senor,yo
no soj digtio de que enires en mi casa;
pero mándalo con tu palabra y mi
alma será sana.
Estas son las palabras dei Centu-
rión, cuya fe admiró el mismo Jesu-
cristo. Lucgo comulga, es deeir, se une
al cuerpo y á la sangre de Jesucristo
consumiendo las santas especies. A
continuación distribuye el cuerpo dei
Senor á los fleles haciéndoles partíci¬
pes dei santo sacriíicio de la manera
más perfecta posible.
Después que cj sacerdote ha sumido
la Preciosa Sangre, purifica el cáliz, y,
638
Capitulo XXXI
tenicndo sus pulgares y la extiemidad
de los dedos que han tocado la santa
Hóstia sobre el cáliz, para que puedan
recibir el agua y el vino derramados
por el ayudante, los purifica igual¬
mente. Durante esta ablución, recita
oraciones relacionadas con la recepción
dei Seflor.
Va enseguida hacia el misal que ha
sido colocado al lado de la epístola y
lee la antífona de la Comufiióu. Besa
el altar, se vuelve y saluda al pueblo
diciendo; El Sefíor sea con vosotros,
y luego dice la Post-cominnnión. Tal
es la solemne acción de graciasquela
Iglesia dirige á Dios por la dicha ine-
fable á que se la ha admitido partici¬
pando de los santos mistérios; hace
tambien votos para conservar el fruto.
Estas oraciones comienzan por la pa-
labra Oremus, que el sacerdote reza
tenicndo las manos elevadas; su nú¬
mero depende dcl número de oraciones
de la Collccla y de la secrcla.
Finalmente, el sacerdote saluda por
última Ycz al pueblo con el Doniinns
Ceremonias y su significación 539
robiscum, j, después de la respuesta,
le despide con las palabras: Ile, Mi^sa
est; ^^Idos, se acabó la Misa,‘^ á las
cuales los asistentes responden Deo
gr ai ias.
Así termina la Misa, porque lo de-
más ha sido agregado en el transcurso
de los siglos.
Hoy el Ite, Missa est se dice en
todas las misas en que hay Gloria. Los
dias de ayuno, de feria y de peniten-
tencia, se sustitu)'e con el Benedicamus
Domino. El sacerdote bendice todavia
á la concurrencia y recita al lado dei
Evangelio el principio dei Evangelio
de S. Juan. Como en el Credo, dobla
su rodiUa al mencionar la Encarnación
dcl Hijo de Dios; y al final, agrade¬
cido porque Dios se ha dignado reve-
larse á los hombres y salvarles, ex¬
clama el pueblo: Deo gratias.
§ 5. — Ceremonlas de la Hlsa de difuntos.
Las ceremonias de la Misa de di¬
funtos difíeren en muchos puntos de
540
Capitulo XXXI
las de la Misa ordinaria. Indicaremos
brevemente estas diferencias.
Al principio, el sacerdote suprime
el salmo Judica me, porque este salmo
e.xpresa la alegria de entrar en la casa
dei Sefior, mientras que la Iglesia se
aflige con la idea de que sus hijos es-
tán todavia desterrados en el purgató¬
rio y no pueden entrar en el Cielo.
En el hitroilo, el sacerdote no hace
la scfial de la cruz sobre sí mismo, como
si allí cstuviera cl difunto por cuyo
rcposo eterno él hace votos. Nada de
Gloria Patri, ni ahora ni en el salmo
Lavabo recitado durante la ablución de
los dedos, porque también esto consti-
tuye una expresión de alegria.
Por la misma razón se omite el
Gloria in excelsis. Las pobres almas
no pueden todavia estar con los coros
de los ángeles alrcdcdor dei trono dcl
Cordero para cantar su gloria.
El rcgocijador Gradual y el Alle-
luia, son reemplazados por el Tracto
para pedir la remisión de las penas y
la luz eterna para los difuntos. La Sc-
Ccremonias y su signifícación 541
cucnoia Dies itw, es un llamamiento
conmovedor á la divina misericórdia.
Antes dei Evangclio, el sacerdote no
dice la bendición al final dei Munda
cor meuni, y en las Misas solemnes,
el diácono se absticne, en senal de
duelo de pedir la bendición al sacer¬
dote, no se llevan los ciriales al púl¬
pito ni el sacerdote besa el libro al
volver el diácono. Tampoco éste ha be-
sado la mano dei sacerdote después de
haber tomado el libro que está sobre
el altar; porque todas estas ceremo-
nias son honoríficas.
Tampoco hay Credo. La Iglesia mi¬
litante se aflige porque las almas, en
cuyo sufrágio ofrecc el santo sacrifício
no pueden gozar aún de la bendición
entera de la palabra de Dios y ser ad¬
mitidas á la paz eterna.
El sacerdote no bendice el agua. El
agua representa á los fieles, y los di-
funtos no están ya bajo la jurisdicción
de la Iglesia, sino en poder de la jus-
ticia divina.
Al Dei, en lugar dei Mise-
542
Capítulo XXXr
rcre nobis, se dice Dona eis requiem
y á la tercera vez, se agrega sempi-
ternam. Por este triple voto les desea-
mos la remisión de las penas, la glo¬
ria dei alma y la gloria dei cuerpo que
completará su fclicidad. La oración y
el beso de paz se suprimen porque
sólo se refieien á la Iglesia militante.
En lugar dei Ita Missa est, se dice:
Requiescant in pace: Descansen en pa^,
— Aiiien, responde el pueblo.
No hay bendición dei sacerdote,
porque el fruto y las bendiciones dei
santo sacrificio se aplican particular¬
mente á los difuntos.
CONCLUSION.
He terminado, lector querido. Al de-
jarte, permíteme que te dirija un hu¬
milde pero insistente ruego: abre con
frccuencia este pequefio tratado, Icelo
y vuélvelo á leer con atención. Así
aumentará tu amor hacia el santo sa¬
crifício y la \íctima divina, porque cada
día comprenderás más y más las exce-
Cúnclusión
543
lencias de la Santa Misa y los inmen-
sos tesoros que acumulas asistiendo
fíelmentc á ella. En la hora de la muerte
especialmente comprenderás la bondad
dei Sefior para con aquellos que han
honrado los sagrados mistérios dei al¬
tar, mientras que los indiferentes y los
tibios, apreciarán con un arrepenti-
miento tan amargo como inútil todo cl
dano que ellos han causado á sus in-
tereses eternos.
Ruego á Dios por la intercesión de
nuestro Sefior Jesucristo, su único Hijo,
y por la virtud dei Espíritu Santo que
ilumine la inteligência y fortifique la
voluntad de los que lean estas páginas
para que sc aprovechen de este tra-
bajo mío y me hagan á mí, pobre pe¬
cador, partícipe de sus oraciones en el
santo sacrifício.
A. M. D. G.
La Muirtc de Crislo cs la ca.ia de can-
dales y la Misa Ia llave para abriria.
(P. Segneri.)
Tres modos de oir devotamente
la Santa Misa. (')
r.
Para unirse, oyéndola, al Sagrado Corazón
de Jesus.
Os pido, mi bucn Jesus, que en este
santo sacrifício ofrezcais mi corazón
en unión dcl vuestro á honra y gloria
dc vuestro Padre Celestial: dadme una
atención contínua, un respeto profundo,
una fe viva, y una tieina dcvoción du¬
rante el adorable sacrifício para ado¬
rar dcbidamcnte, bcndecir y dar gra-
cias á la Santísima Trinidad por todos
los benefícios rccibidos; y para implo-
i\) Stm lambicti los capílulob XXIII, § 1, XXVIII y
XXXl dcl texto dei Autor.
8096
IS
5-16 Primer modo de oir Misa
rar sus misericórdias y pedirle humil¬
demente perdòn de mis innumerables
infidelidades. Abrasadme en vuestro
amor á fin de que el sacrificio de mi
corazón os sca agradable.
EL SACERDOTE AL PIE DEL ALTAR.
Vos sois, divino Jesús, la víctima
cargada de todas las iniquidades dei
mundo; vos las llorasteis amargamente;
las expiasteis con los más horribles
tonnentos y con la muerte más cruel.
Yo vengo á mezclar mis lágrimas con
las vuestras; cnnfieso delante de vos,
y en presencia de Maria, la más pura
de las vírgcnes, y de todos los santos,
que he pecado gravemente, que mis in-
gratitudes son las que han atravesado
vuestro corazón, y os han llevado al
Calvario. j Oh Dios, Salvador mío ! por
vuestras lágrimas, por vuestra agonia
en el huerto de los Olivos, por vues¬
tra preciosa sangre, y por la llaga de
vuestro corazón, perdonadme y concc-
dedmc la remisión de todas mis ini¬
quidades.
Primer modo de oir Misa
547
EN EL INTROITO.
Adoremos al Corazón de Jesus, que
tanto nos ha amado, postrémonos en su
presencia, y lloremos los pecados de
que nos hemos hecho culpables.
Concedednos, Sefior, un corazón
contrito y humilindo, y que el home-
naje de nuestras adoraciones os sea
tan agradable, cual si os ofreciésemos
millares de víctimas.
EN LOS KYRIES.
Padre infinitamente misericordioso,
tencd misericórdia de vuestros hijos.
Jesüs inmolado por nosotros, aplicad-
nos los méritos de vuestra preciosa
sangre. Espíritu Santo, Dios santífica-
dor, descended á nuestros corazones y
abrasadlos en vuestro amor.
EN EL GLORU IN EXCELSLS.
i Qué felicidad la nuestra, oh Jesús!
por haberos dignado habitar en medio
de nosotros, y haber tenido á bien ofre-
cernos una morada en vuestro divino
548 Primcr modo de oir Misa
corazón. Permitid, Senor, que junte¬
mos nuestras voces á las de los ánge-
les, para daros gracias por tan sena-
lado favor, y que digamos con ellos:
; Gloria á Dios en las alturas! Padre om¬
nipotente, nosotros os alabamos, os
bendecimos, os adoramos, os tributa¬
mos mil acciones de gracias por los
benefleios de que incesantemente nos
colmáis, joh Cordero sin mancha, que
borrais los pecados dcl mundo, tened
misericórdia dc nosotros! vos solo sois
santo, solo vos sois Sefior, que rei¬
nais con el Padre y el Kspíritu Santo
en la gloria, y que merccéis en la tie-
rra todos nuestros homenajes. Amén.
EM LAS ORAaONES.
Divino Jesus, fuente inagotable de
todos los bienes, abridnos, como ren¬
didamente os suplicamos, el interior de
vuestro corazón, á fin de que, después
que hayamos entrado por una piadosa
meditación en ese augusto santuario dei
divino amor, fijemos en él nuestros co-
razones para siempre, por ser el lu-
Primer modo de oir Misa
549
gar donde encuentran el reposo y feli-
cidad las almas santas; oh Vos, que
siendo Dios, vivís y reináis por todos
los siglos de los siglos. Amén.
EPISTOLA DE SAN PABLO A LOS ROMANOS
(Cap. 12)
Hermanos: cada uno de nosotros
tiene dones diferentes, según la gracia
que le ha sido concedida; por lo cual
el que ha rccibido el don de profecia,
úselo según la regia de la fe; el que
ha sido llamado al ministério de la
Iglesia, dedíquese á su ministério; el
que ha recibido cl don de enscfíar. aplí-
quese á enseffar; el que ha recibido el
don de exhortar, exhorte; el que re¬
parte limosna, dela con sencillez; el que
preside y gobierna, hágalo con vigilân¬
cia; el que hacc obras de misericór¬
dia, hágalas con apacibilidad y alegria.
El amor sea sin fingimiento. Tened ho¬
rror al mal, y aplicaos perennemente
al bien. Amaos rccíprocamcnte con ter¬
nura y caridad fraternal. Procurad an-
ticiparos unos á otros en las senales
650
Primcr modo dc oir Misa
de honor y deferencia. No seáis flojos
en cumplir con vucstro deber; sed fer¬
vorosos dc espíritu, acordándoos que
es cl Seflor á quien sen'^ís. Alegraos
con la esperanza dei prêmio; sed su-
fridos en la tribulación; asiduos en la
oración; caritativos para aliviar las nc-
cesidades de los fieles; sed prontos
para ejercer la hospitalidad. Bendecid
á los que os persiguen; bendecidles y
no les maldigáis. Alegraos con los que
se alegran, y llorad con los que lloran.
?2stad siempre unidos en unos mismos
sentimientos y deseos. No blasoneis de
cosas altas, sino acomodaos á lo que
sea más humilde.
EN EL GRADUAL.
Abranse nuestros corazones en pre¬
sencia dcl Seflor, corran noche y día
las lágrimas de nuestros ojos, elevemos
nuestras manos al cielo.
Perdonad á vuestros hijos, oh Co-
razón de Jesús, no permitáis que caiga
en cl oprobio vuestra herencia; salvad-
Primer modo dc oir Misa
551
nos, y no cesaremos nunca de cantar
vuestra misericórdia.
EVANCEUO SEGÜN SAN MATEO.
(Cap. V.)
En aqucl tiempo viendo Jesús á un
numeroso gentio, se subió á un monte,
donde, habicndose sentado, se le acer-
caron sus discípulos, y abriendo su
boca divina, les adoctrinaba diciendo:
Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el reino de los cie-
los. Bienaventurados los mansos, por¬
que ellos poseerán la tierra. Bienaven¬
turados los que lloran, porque ellos
serán consolados. Bienaventurados los
que tienen hambre y sed de justicia,
porque ellos serán saciados. Bienaven¬
turados los misericordiosos, porque ellos
alcanzarán misericórdia. Bienaventura¬
dos los que tienen puro su corazón.
porque ellos verán á Dios. Bienaven¬
turados los pacíficos, porque ellos se¬
rán llamados hijos de Dios. Bienaven¬
turados los que padecen persecucion
por la justicia, porque de ellos es el
552 Primer modo de oir Misa
reino de los cielos. Dichosos seréis
cuando los hombres por mi causa os
maldijeren, y os pcrsiguieren y dijeren
con mentira toda suerte de mal contra
vosotros. Alegraos entonces y rego-
cijaos, porque es muy grande la re¬
compensa que os aguarda cn los
cielos.
MIENTRAS EL SACERDOTE REZA EL CREDO.
Creo, oh Dios mío, todas las rer-
dades que babéis revelado á vuestra
Iglesia, y quicro vivir y morir en cl
scntimicnto dc esta fe. Haced, Seflor,
que mi vida sea conforme á mi creen-
cia, que jamás me avergüence de ma-
nifestarme católico, y que defienda cons¬
tantemente los intereses dc nuestra santa
religion.
iOh Iglesia romana! las grandes per-
secuciones por las cuales has pasado,
y estás pasando, lejos de debilitar mi
fe, no hacen más que robusteceria ,
puesto que tu divino esposo las pre-
di jo. Ah jcuán dignos son de lástima
los que se separan dc ti! Yo te pro-
PrimeT- modo de oir Misa 5.^3
meto una adhesión inviolable. Estre-
chad, Senor, más y más los lazos que
me unen á vuestra santa Iglesia; po-
ned en mi corazón una docilidad per-
fecta hacia mis pastores legítimos. En
su seno empece á ser hijo vuestro, y
en su mismo seno quiero vivir y mo-
rir. Así sea.
EN EL OFERTORIO.
Eterno Padre, os ofrezco el sacri¬
fício que de sí mismo os hizo sobre la
cruz y se renueva ahora sobre este al¬
tar, vuestro amado hi jo Jesus, y os lo
ofrezco en nombrc de todas las cria¬
turas con las misas que se han cele¬
brado y se celebrarán en todo el mundo
para adoraros y daros el honor que me¬
receis, para daros las debidas gracias
por vuestros innumerables benefícios,
para aplacar vuestra ira, encendida y
provocada por tantos pecados nuestros
y daros digna satisfacción y para su-
plicaros por mí, por la Iglesia, por
todo el mundo y por las benditas al¬
mas dei purgatório
554 rrimcr modo de oir Misa
Esta oraciún puede rczarsc en este lugar
ó en otro cualquiera dc Ia Misa para ganar las
indulgências concedidas por Pio IX en Breve
de 11 dc abril do 1860 y son: una indulgên¬
cia de tres afios, una vez al día. y una indul¬
gência plenária una vez al mes en ul día que
elijan los lielcs que lahabrán rezado todos los
dias. Condiciones; confcsión, comunión, visita
de una Iglesia ú oratorio público, scgún la-in-
tcnción dei Sumo Pontífice. Scgún dcclaraciún
de la S. C. de I., de 5 de Mayo de 1890, los
sacerdotes pueden ganar 'dichas indulgências,
rezando el ofrecimiento antes de celebrar la
santa Misa.
DESDE EL OEKRTOKIO HASTA EL TREF-ACIO.
El pecado nos había hccho enemigos
de nuestro Dios; pero Jesucristo con
su muerte nos reconcilio con su divino
Padre. Esta reconciliación se ha veri¬
ficado en su corazón adorable.; Oh alma
mia, cuánto nos ha amado Jesucristo!
i A que precio nos ha rescatado! No Io
hizo ni con oro ni con riquezas, sino
derramando voluntariamente su sangre;
sacrificóse todo por nosotros; así, pues,
no vivamos más que para cl, c inmolémo-
nos con él.
Primcr modo de oir Misa
555
Vos quereis, oh Jesús, que yo sea
una víctima de amor, enteramente con¬
sagrada á vuestro corazón divino: pues
bicn, este es cl más ardiente de mis
dcscos. Vuestros benefícios son infíni-
tos. Vos habéis roto los hierros de mi
esclavitud; me habéis adoptado porhijo
vuestro; me habéis admitido á vuestra
mesa; me habéis dado entrada en vues¬
tro divino corazón, y ahora mismo á
pesar de mis continuas prcvaricaciones,
me estáis preparando una eterna feli-
cidad. i Cómo podría olvidar tantos be¬
nefícios?
; Ah! quicro publicar vuestras mise¬
ricórdias, y amaros siempre con todo
cl ardor demicorazón; mas ;ay.mi co¬
razón, oh Dios mío! no tiene bastante
amor, ui fervor, para haceros de él
una ofrenda digna de vos. íQué es,
pues, lo que podré ofreceros? A vues¬
tro Hijo, sí, este Hijo, cl objeto más
digno de vuestras complacências, va á
suplir mi insufíciencia; dirigid vuestros
ojos sobre esta divina ofrenda.
Primer modo de oir Misa
EN EL PREFACIO.
Elcvad, Scnor, e!evad vos mismo
mi corazón hacia vos. Nada de pensa-
micntos profanos; nada de afecciones
terrenas. Haced que csté todo en el cielo,
donde recibe vuestro corazón tan dig¬
nas adoraciones, y en el altar donde
pronto vais á poneros sacramentado.
Mi vida es una serie no interrumpida
de beneflcios vuestros: que sea, pues,
tambicn una continua acción de gra-
cias; y puesto que vais á renovar el
mayer de los sacrifícios, (Por qué no
he dc prorrumpir en palabras de la más
viva gratitud? Permitid, pues, que una
mi voz á la de las inteligências celes-
tiales, y que de concicrto con ellas
diga transportado dc alegria, y de ad-
miración; Santo, santo es el Corazón
dc Jesús, digno objeto de las compla¬
cências de la divinidad y de los home-
najes dei cielo y de la tierra. Lleno
está el universo de su gloria y de su
misericórdia; j que lo esté también de
su amor mi corazón eternamente!
Frimer modo de oir Misa
Ciü7
EN EL CANON.
Dios infinitamente santo, si mis pe¬
cados os cnojan y me hacen objeto de
horror á vuestros ojos, fijaos en el Cor-
dero inmaculado que va á inmolarse
para borrar los pecados dcl mundo, y
ülvidad, en vista de sus méritos, mis
ingratitudes. Acordaos tan solo de que
hc tenido la dicha de ser introdueiJo
cn el corazón de vuestro divino Hijo
y de que estoy estrechamente unido á
él. Este corazón, infinitamente miseri¬
cordioso, ha rogado por mí en cl Cal¬
vário, y pronto va á ofrecerse por mí
cn holocausto.
jOJalá tuviera, oh Dios mío! toda
la contrición que por mí tuvo Jesu-
cristo, el varon de dolores, cuando
abrumado bajo el peso enorme de mis
pecados, y próximo á expiarlos con
crueles tormentos, se deshacía en lá¬
grimas en el huerto de Gctsemaní; y
cuando banado en sudor de sangre, pe¬
dia perdón por mí á vuestra Majestad
ultrajada, é imploraba vuestra miseii-
55S Primer modo de oir Misa
cordia con profundos sollozos y amoro¬
sos gemidos.
Yo desco vivamenfe poseer esta per-
fecta contrición, y os la pido con toda
mi alma. Confieso que he cometido un
delito de infinita malícia ofcndiéndoos,
y pagando vucstros beneficios sói o con
ultrajes; mas nada hay que no esté dis-
puesto á haccr para expiar tantos peca¬
dos, y me tendría por dichoso en poder
derramar mi sangre para satisfacer á
vuestra Justicia.
Mas, -'qué es lo que miro en el al¬
tar? ;\o es la santa ofrenda, pró.vima
á convertirse en víctima, que debe re-
conciliarme con Dios, borrar mis pe¬
cados y abrirme las puertas dei ciclo ?
;Oh alma mia! Ese pan va á trans-
formarse en el cuerpo dei Hijo de
Dios, y en su sangre ese vino: tan mara-
villoso cambio se verificará por el
cfecto de una sola palabra. No ncce-
sitó más que una para criar este vasto
universo; una sola palabra va también
ahora á obrar el mayor de los prodí¬
gios, y los renovará hasta el fin dei
Primer modo de oir Misa
559
mundo. Maria, madre de Dios, espíri-
tus bienaventurados que rodeáis el trono
dei Altísimo, santos y santas dei cielo,
venid para scr testigos dei prodígio di¬
vino, prueba de su inmensa caridad para
con nosotros.
Dctente, alma mia, crec que Jcsu-
cristo está rcalmcnte presente en la
sagrada Eucaristia. Sí, Dios mio: Este
es viiestro ciierpn; ésta es mestra san-
gi’e. Vos lo decís, y yo callo, creo y
adoro.
A LA ELEVACION.
Salve, víctima saludable, ofrecida
sobre cl patibulo de la cruz por mí y
por todo el género humano.
Salve, oh sangre preciosa, que brota
de las llagas de nuestro Senor Jesu-
cristo crucificado, y que lava los pe¬
cados de todo el mundo.
Acordaos, Sefior, de vuestra cria¬
tura que habcis redimido con vuestra
preciosa sangre.
Leén XIII con rescripto de Ia S. C. de I.
de 30 de Junio de 1893, concedió á los fieles
560
Primer modo de oir Misa
que rezaran esta oración, en Ia elevación de
Ia santa Misa, indulgência de 60 dias una vez
al día.
El sumo Pontífice Gregorio XIII con la
constitución “Ad excitandum" dcl lO dc Abril
de 1580, concedió á los ficles “ indulgência de
un aão‘ por cada vez que oraren de rodillas
en cualquicr lugar en que se encuentren, cuando
SC da la senal de la elevación dei Smo. Sacra¬
mento en la Misa conventual ó parroquial;
“indulgência de dos aiíos“ por cada vez que
con este objeto vayan á Ia Iglesia, y en el
ticmpo indicado adoren en ella al Smo. Sacra¬
mento.
DKSDE I-A. CONSAGRACION
HASTA EL « PATER NOSTEK. >
; Oh Jesús, víctima de vuestro amor
para conmigo! Comunicadme en este
momento los ardores de los santos que
os han amado más tiernamente, y las
llamas de los serafines que gozan de
la dicha de contemplaros. Haced que
1 legue á mi corazón el fuego devora¬
dor que consume al vuestro, á fin de
que, admirado de vuestros sentimientos,
viva una vida enteramente nueva. iOh
Salvador mío! Vos estais continua-
Primer modo de oir Misa
561
mente delante de vuestro Padre, mos-
trándole las cicatrices de vuestras 11a-
gas y vuestro corazón traspasado; vos
vivís siemprc á fin de interceder por
nosotros. no llcnáis por ventura
este mismo ministério en ese altar?
Atento en mis necesidades, las expo-
néis á vuestro Padre, y le ofrecéis
vuestro corazón para apaciguar su có¬
lera y obtenerme el perdón. ;Oh divino
intercesor! yo pongo en vuestras ma¬
nos todos mis deseos, dignaos ofrecerlos
á vuestro Padre. Yo os pido la con-
versión de los pecadores, la perseve-
rancia de los justos y el triunfo de
nuestra religión santa. Oh Jesus, que
moristeis por todos los hombres, vol-
ved al seno de la Iglesia á los que se
separaron de ella. Iluminad á los in-
fleles y herejes, y bendecid los esfuer-
zos de los que trabajan en su conver-
sión. Dignaos tambien aliviar las almas
de los fieles difuntos, perdonadles sus
deudas y dadlcs el lugar dei refrigério,
de la luz y de la paz, en especial te-
ned piedad de N.
562
Priraer modo dc oir Misa
EN EL t PATER NOSTER. »
Padre mío, si es que sea permitido
á un hijo culpable invocar con tan
ticmo norabrc á un Dios ultrajado, ha-
ced que traba je para la gloria de vues-
tro santo nombre; que obre en todo
conforme á vuestra santa voluntad, y
que suspire inccsantcmente por el cielo.
Alimcntadme, Jesus mío, con el pan
celestial con que alimentais á los hijos
queridos de vuestro corazón. Que el
perdón que otorgasteis á vuestros ver¬
dugos sea ejemplo dei que concedo yo
á todos los que me han ofendido: dadme
superiores espirituales y temporales que
os amen, companeros que os sirvan
fielmente; y si alguna vez me pongo
en peligro de pecar, apartadme de él á
fin de que no ofenda nunca á vuestro
divino corazón.
EN EI. t AGNUS DEI. >
Cordero de Dios que borrais los
pecados dei mundo, tened misericórdia
de mí. Conccdcdmc la paz que el mundo
Primer modo de oir Misa 563
no puedc darme; la paz con vos por
medio de una verdadera rcconciliación
y de una sumisión perfecta á vuestra
voluntad; la paz conmigo mismo cal¬
mando mis pasiones; la paz con el
prójimo por la unión de una caridad
sincera con todos los hombrcs. Dad la
paz al mundo, apagando en él las divi-
siones y las guerras que lo destrozan.
ORACIOM AL SAGRADO CORAZON EUCARÍSTICO
DE JESUS.
Oh corazón eucarístico, oh soberano
amor dei Sehor Jesús, que habéis ins¬
tituído el augusto sacramento para ha¬
bitar aqui en la tierra entre nosotros,
y para dar á nuestras almas vuestra
carne por manjar y vuestra sangre
por bebida. Nosotros creemos firme¬
mente, oh Senor Jesús, en el supremo
amor que instituyó la Santísima Euca¬
ristia, y aqui, delante de esta Hóstia,
es Justo que adoremos este amor, que
lo confesemos y ensalcemos como el
gran hogar de la vida de vuestra Igle-
sia. Este amor es para nosotros una
564
Primer modo dc oir Misa
urgente invitación. Parece que nos de-
cís: iVed cuánto os amo! Dándoos mi
carne en manjar y mi sangre en be¬
bida, quiero con este contacto excitar
vuestra caridad, quiero uniros á mí,
quiero realizar la transformación de
vuestras almas en mí crucificado, en
mí que soy el pan de la vida eterna;
dadme, pues, vuestros corazones, vivid
de mi vida y viviréis en Dios. Nos-
otros conocemos, Senor, que tal es la
inv itación de vuestro Eucarístico Cora-
zon, y os damos gracias por cllo, y
queremos con todo el corazón respon¬
der á ella, Concedednos la gracia de
penetramos bien dc este supremo amor,
por el cual, antes de sufrir, nos habeis
invitado á rccibir vuestro sagrado cuerpo
y á alimentamos con El. Esculpid pro¬
fundamente en nuestras almas, cl pro¬
pósito estable dc ser fieles á esta in¬
vitación. Dadnos la devoción y el res-
peto nccesario para honrar y recibir
dignamente el don de vuestro Eucarís¬
tico Corazón, que es el don de vuestro
supremo amor. Haced que podamos así
Primer modo de oir Misa 565
coQ vuestra gracia celebrar efectiva-
mente el recuerdo de vuestra pasión,
reparar nuestras ofensas y debilidades,
alimentar y aumentar nuestro amor á
vos y conservar siempre vivicnte en
nuestros corazones la simiente de la
bienaventurada inmortalidad. Así sea.
Indulgências aplicables á los difuntos: I.
Indulgência de 300 dias cada vez que se rece
dicha oración delante dei Smo. Sacramento pú¬
blicamente expuesto; II. Indulgência plenaria
una vez al mes, en el dia que se elija, pre-
ccdiendo la confesiún y comunión, á los que
liubieren rezado todos los dias dicha oración
y hubieren hecho por lo menos media hora
de vela al Smo. Sacramento cada semana.
(Breve dei 2 de junio de 1902.)
EN I.A COMUNTON.
Aprended de mí que soy manso y
humilde de corazón, y encontraréis cl
reposo de vuestras almas; mi yugo es
suave y mi carga ligera.
EN LA POSTCOMUNION.
Nosotros hemos tenido la dicha, oh
Sefíor, de penetrar en el santuario de
566
Primer modo dc oir Misa
vuestro divino corazón; hacednos la
merccd de que logremos fijar para siem-
pre en él nucstra morada, á fin de que
podamos alcanzar la felicidad que con-
ccdéis á vuestros elegidos, Así sca.
AL DAR EL SACERDOTE LA DEXDICION.
Yo no me apartaré de vos, oh aman-
tísimo corazón de Jcsús, sin que me
hayáis primero bendccido. Bendceidme
pues, en nombre dcl Padre, dei Hijo y
dei Espíritu Santo. Dcrramad igual-
mente vuestra bendición sobre todos
aquellos por quienes tengo obligación
de rogaros.
EN EL ULTIMO EVANGELIO.
jOh Verbo eterno! que tomasteis
carne mortal para hacer á los hom-
bi cs hijos de Dios, yo os doy gracias
por este inefable favor. ;.4h! jqué di-
cha para mí llevar el nombre de hijo
de Üios y serio en efecto! Haced, oh
Jesus mío, que conserve este hermoso
título, imitando fielmente á vuestro sa¬
grado corazón, y manifestándome lleno
1’rimer modo dc oir Misa
567
siempre de amor á vuestra santa ley.
Vos me dais la seguridad de que per-
mancciéndoos siempre fiel, seré vues-
tro coheredcro y gozaré de la felici-
dad que á costa de vuestra propia
sangre me alcanzasteis; esto es lo que
espero, oh Sefior, de vuestra miseri¬
córdia.
DESPUES DE LA MISA.
i Cuúl seria mi felicidad, oh Dios
mio! si al asistir al divino sacrifleio,
hubiere recogido todas las giacias que
concedéis á los que vienen á cl con
una fe viva y un corazón puro! Acep-
tad la reparación que os ofrezeo por
todas las faltas de que me he hecho
culpable delante de vuestros altares.
Voy al presente á consagrarme á las
ocupaciones que me impone vuestra
Providencia. Haced que tenga siempre
presente en mi espíritu vuestra paciên¬
cia para imitaria, como también vues¬
tra obediência á José y á Maria, y vues¬
tra tierna caridad con el prójimo. For-
talecedme contra las tentaeiones; pre-
568 Segundo modo de oir Aíisa
servadme de todo pecado; haccd que
sea firme é inalterable en la fe; y en
una palabra transformndme, oh Jesiís
mío, en vos. ;Que vuestro corazón y el
mío no formen más que uno solo en
el tiempo y en la eternidad! Amén.
II.
Para oir Misa considerando la Pasión
de nuestro Senor.
OFRECIMIENTO.
Padre Eterno, yo el mayor pecador
de cuantos hay, confiado en vuestra
infinita bondad, os ofrezeo esta Misa y
cuantas se han dicho desde que mi Se-
fíor Jesucristo las ordenó, y se dirán
hasta el fin dei mundo, y quisiera ofre-
ccroslas con la infinita caridad con que
cl la instituyó; pero con la mayor que
puedo os las ofrezeo puramente por
vuestro amor, á gloria vuestra, en re-
conocimiento de vuestra Majestad in¬
finita, confesándoos por verdadero Dios
y Senor universal de toda gracia; en
Segundo modo de oir Misa 669
memória de su santísima encama-
ción, pasión y resurrección, con satis-
facción de mis pecados y de todos los
bombres, en hacimiento de gracias por
vuestros beneflcios, y por todos lo que
me han hecho ó deseado algún bien ó
dafio, y para que seáis alabado de todos
para siempre sin íin. Amén.
LLEGA EL SACERDOTE AL ALTAR.
Jesús entra en el huerto. Seílor mío
Jesucristo, Hijo de Uios vivo mío, que
para redimir á los bombres tomasteis
sobre vos la pena de sus culpas: con-
cededme, os ruego, que en memória de
vuestros padecimicntos oiga cada día
Misa con la debida decencia, y experi¬
mente en mi alma dolor, sentimiento y
confusión, porque por mis pecados vos,
oh Sefior mío, vais á la pasión.
AL CO&rENZAR LA MSA.
Jesús ora en el huerto. Seiíor mío
Jesucristo, que me enseãasteis á per¬
severar en la oración cuanto más arre-
cian las tribulaciones y desamparos:
570 iscgundo modo de oir Misa
confortadme con vuestra gracia, para
hacer contra Ia desolación y vencer
las tentaciones que me impiden hacer
con fervor y exactitud los ejercicios
de piedad que son necesarios para mi
alma y sin los cuales no podría perse-
veiar dignamente y sin peligro en vues-
tro servicio.
A LA COKFESION GENERAL.
Jesús se postra y suda sangre. Se-
fíor mío Jesucristo, que orasteis al Pa¬
dre con profunda reverencia y humil-
dad interior y exterior; concededme
que cuando hable mental ó verbalmente
con Dios nuestro Scõor ó con sus san¬
tos, esté con la debida reverencia; y
por el sudor de sangre tan copioso que
empapadas ya las vestiduras, corria
hasta la tierra, dadme lágrimas y pena
interna de tanta pena como vos pasas-
teis por mi.
AL SUDIR EL SACERDOTE AL ALTAR.
Jesús CS entregado por Judas. Se-
ilor mío Jesucristo, verdaderamente
Segundo modo de oir Misa
571
manso y humilde de corazón, pues con
tanta blandura tratasteis al infame Ju¬
das, que os besaba como discípulo y
amigo paia entregares á vuestros enc-
migos; si en la claridad de vuestra sa-
biduría infinita vierais que yo os he de
hacer traición como Judas, abandonando,
tergiversando ó dudando de la fe, cn-
carecidamente os pido me quiteis la
vida antes que cometa tan horrendo
crímen.
AL INTROITO Y KYRIES.
Jestís es llemdo preso á casa de
Anás y de Caifds. Seiíor mío Jesu-
cristo, que siendo la misma inocência
y santidad, quisísteis ser juzgado como
roo por jueces inicubs, dadme tan claro
conocimiento de mis culpas, que me
considere en vuestra presencia como
un pecador grande y encadenado que
voy atado como en cadenas á parecer
delante de vos, sumo juez eterno, aver-
gonzado y confundido por haberos ofen¬
dido tanto después de recibir de vos
muchos dones y muchas mercedes.
672
Segundo modo de oir Misa
AL GLORIA.
Jesús es negLido por Pedro. Seiíor
raio Jesucristo, angustiado por la co¬
bardia con que os negó el discípulo es-
cogido para príncipe de los Apóstoles;
concededme que sea dócil cn instruirme
de guardarme de las ilusiones dei demo-
nio en mis resoluciones y acciones, y
defenderme de todas las tentaciones,
poniendo en práctica los médios que
mi confesor me diere para vencerias,
y robustecer mi alma en la virtud, para
que así me baje y así me humille, cuanto
en mi sea posible, para que en todo
obedezea á la ley de Dios nuestro Se-
nor: de tal suerte que aunque me hi-
cieren seãor de todas las cosas criadas
en este mundo, ni por la propia vida
temporal no sea en deliberar de que¬
brantar un su mandamiento, ya divino,
ya humano, que me obligue á pecado
mortal.
A LAS ORACIONES.
Jesús mira á Pedro r le conrierte.
Seãor mio Jesucristo, que con una mi-
Segundo modo dc oir Misa 573
rada amorosa trocasteis el corazón de
Pedro y arrancasteis de sus ojos lágri¬
mas de verdadera penitencia, con que
lavó su culpa: concededme, por los
ruegos de vuestra santísima Madre, tres
gracias muy necesarias para asegurar
mi conversión. La primera que sienta
intemo conocimiento de mis pecados
y aborrecimiento dc cllos; la segunda,
que sienta cl desorden de mis opera-
ciones para que, aborreciendo, me en-
miende y ordene; la tercera, que tenga
conocimiento dei mundo para que, abo¬
rreciendo, aparte de mí las cosas mun¬
danas y vanas.
A LA EPISTOLA.
Jesús es llcj-jJo por primera ve\ á
Pílato. Seflor mío Jcsucristo, que per-
mitisteis ser presentado á Pilato y de-
lante de él falsamente acusado: conce¬
dedme que para más aprovecharme en
espíritu, y especialmcnte para mayor
bajeza y humildad propia, imitándoos
en esto, me contente de que todas las
acusaciones que me dirijan, burlas, de-
574 Segundo modo dc oir Misa
nuestos, calumnias é injurias, que car-
guen sobre mí, los rcciba con gran pa¬
ciência, sin quejarme, sin perder la
paz interior y me encienda en deseos
de hacer bien á todos mis enemigos.
AL GRADUAL Y TRASLADO DEL inSAL.
Jesús es enviado á Herodes. SeBor
mío Jesucristo, que acusado falsamente
en presencia de Herodes, no replicas-
teis ni una palabra: concededme tal
desprecio de mi honra, que cuando me
reprendan con verdad ó sin ella, no
conteste ni una palabra, ni me enoje,
ni me pase por el pensamiento deseo
de vengarme, ni de defenderme, sino
en el caso de que lo exigiera, segün el
dictamen de mis confesores, ladefensa
de la verdad y la edificación dc los
prójimos.
AL EVANGELIO.
Jesíts es tratado como loco. SeBor
mío Jesucristo, á quíen Herodes y su
corte despreciaron como á loco y vis-
tieron de una túnica blanca para mo-
Segundo modo de oir Misa 575
farse de vos; por la confusión que os
causo este ignominioso tratamiento, os
suplico me concedáis que aborreciendo
yo en todo y no en parte cuanto el
mundo ama y abraza, para imitaros á
vos, ame y desee intensamente todo lo
contrario, cs á saber, vestirme de vues-
tra vestidura y librea, deseando pasar
injurias, falsos testimonios, afrentas
para ser tenido y estimado por loco,
no dando causa de cllo.
AL CREDO.
Jísús vuelve al tribunal de Pilalo.
Scfíor mío Jesucristo, cuya inocência
reconoció Pilato hasta tres veces y no
tuvo ânimo para defenderia: fortale-
cedme contra los respetos humanos en
la confesión de la fe, que como cris-
tiano profeso, y he jurado defender
como soldado vuestro; de tal manera
que, para en todo acertar, lo blanco
que yo vea crea que es negro, si la
Iglesia jerárquica así lo determina; y
depuesto todo juicio, obedezea en todo
á la verdadera esposa de Cristo nues-
576 Segundo modo de oir Misa
tro SeSor, que es nuestra santa Madre
Iglesia, y alabe todos sus preceptos,
teniendo ânimo pronto para buscar ra-
ísones en su defensa y en ninguna ma-
nera en su ofensa.
AL DESCUBRIR EL CALIZ.
Jfsús es despojado de sus vestidu¬
ras. SeBor mío Jesucristo, que permi-
tisteis ser despojado de vuestras ves¬
tiduras para mcrecerme el estado de la
gracia: por Ia vergüenza que os causó
esta desnudez, concededme que procure
yo imitar Ia pureza angélica con la
limpieza dei cuerpo y mente.
AL OFRECER LA HÓSTIA.
Jesils es ãyOtado. Sefior mio Jesu¬
cristo, que os dejasteis atar á imn co-
lumna y quisísteis ser cruelmente azo¬
tado: concededme que haga yo peni¬
tencia completa de mis pecados: peni¬
tencia interna, doliéndome de eUos con
firme propósito de no cometer los mis-
mos ni otros algunos; penitencia ex¬
terna, como fruto de la primera, casti-
Segundo modo de oir Misa 577
gando mi cuerpo cerca dei comer, cerca
dei modo dei dormir, y abstenerme hasta
de regalos y recreos lícitos, en satis-
facción de los pecados pasados, por
vencer á mí mismo, haciendo que la
sensualidad obedezca á la razón y para
buscar y hallar las gracias que nece-
sito para mi alma.
AL OfRECER EL CALIZ.
Jesús es corouado de espinas. Se-
fior mío Jesucristo, que por mi amor
quisisteis ser coronado de punzantes
espinas: por tan agudo dolor os su¬
plico me concedáis que obedezca con¬
formando totalmente el querer y sentir
mío con lo que lalglesiaquierey siente
en todas cosas, tcniendo la voluntad y
juicio de la Iglcsia por regia dei pro-
pio, para más al justo conformarme
con la primera y suma regia de toda
buena voluntad y juicio, que es la eterna
bondad y sapiência.
AL LAVARSE EL SACERDOTE LAS MAMOS.
Jesús es mostrado al pueblo: ved
aqui al hombre; y Pilato se le entrega
8096
19
578 Segundo modo de oir Misa
para que le crucifiquen. Sefior mío Je-
sucristo y eterno Seflor de todas las
cosas, á quien los judios no quisieron
por rey; yo os reconozco y confleso
por Rey eterno y Seflor universal, y
vendendo mi propia sensualidad y mi
amor carnal y mundano, bago mi obla-
ción con vuestro favor y ayuda, de-
lante vuestra infinita bondad y dei ante
vuestra Madre gloriosa, y de todos los
santos y santas de la corte celestial,
que yo quiero y deseo y es mi deter-
minación deliberada de imitaros en pa-
sar todas injurias y todos vitupérios y
toda pobreza actual que padezca y me
sobrevcnga, porque siguiéndoos en la
pena también os siga en la gloria.
AL PREFACIO.
Jesús sale para el Calvario con la
cru:{ á cuestas. Seflor mío Jesucristo,
os contemplo en este paso tomando la
cruz de mano dei verdugo, sin repug¬
nância, antes bien con alegria... Yo
también tengo muchas cruces que lle-
var, y algunas de ellas pesan de con-
Segundo modo de oir Misa 579
tinuo sobre mis âacos hombros. La cruz
dei estado á que me has llevado y en
que estoy, es cruz que yo he deseado
antes de tomaria; es cruz por la cual
casi lo he sacrificado todo; pero al fin
es cruz y lleva consigo dolores y sa-
crificios. No puedo negar que al sentir
su peso han flaqueado mis fuerzas, y se
ha enturbiado mi alegria. Haced, Senor,
que vuestro ejemplo me fortalezca y
me devuelva aquel gozo con que tomé
al principio la cruz. Al veros llevar la
vuestra tan valerosamente, no podré
menos de estimar la mia. Amaré, pues,
la carga de mi estado y circunstancias
en que vivo, que me asemeja tanto á
vos, y que me da alas para subir al
cielo, y que si algo pesa, no pesa cier-
tamente lo que pesa vuestra cruz. Si
por ella, siendo voluntad vuestra, de-
biera sacriflcarlo todo mil veces, mil
vcces lo sacrificaria.
AC MEME.NTO DE LOS VIVOS.
Jesús es clavado en crn:^. Senor mio
Jesucristo, ; cómo podré yo, á vista de
580 Segundo modo de oir Misa
tan sublime ejemplo, negarme á obe¬
decer á la Iglesia, á mis padres, á mis
superiores y á las inspiraciones de
Dios? Las órdcnes que de la Iglesia
emanan y los mandatos hasta de cosas
pequeiías de mis padres y superiores,
parece como que mellevan por la mano
en todos los actos de la vida, en cierto
modo le extienden en la cruz cada miera-
bro y cada parte de su ser. j Qué dulce
y suave es lo que la Iglesia me impone
y lo que mis padres y superiores me
prescriben, si lo comparo con lo que
el Eterno Padre exige de vos, dulce
Jesiís. Y vos no retiráis las manos, ni
los sagrados pies, sino que los ofrecéis
á los clavos para que los desgarren.
Ahora sí que en vista de tal ejemplo,
propongo siempre hacer tu voluntad
manifestadá por la Iglesia y por mis
superiores y exclamar: “Hágase tu vo¬
luntad así en la tierra como en el
ciclo.
Segundo modo de oir Misa
581
A LA ELEVACIOM.
Jesiis es levantado en Ia cru\. Aqui
exclamaré con fervor:
Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre dc Cristo, embriágame.
Agua dei costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, fortaléceme.
Oh buen Jesús, óyeme.
En tus llagas escóndeme.
No permitas que de Ti me separe.
Del enemigo maligno defíéndcme.
En la hora de mi muerte llámame.
Y mándame ir á Ti.
Fara que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Am<in.
Pio IX con decreto de la S. C. de I. dei 9
de Enero de 1854, rev^ocando cualquier otra
concesión de indulgencia.s, concediú á los lic-
les que rezaren dichas “Invocaciones* :
Indulgência de 300 dias para cada vez;
Indulgência de 7 aflos una vez al día, rc-
zándola después de haber comulgado;
Indulgência plenaria una vez al mcs, en el
día que se eligiere, á los que por e.spncio de
un mcs hayan rezado por lo menos una vez
al día. Condiciones: confesión, comuniõn, y
visita de una iglesia ò público oratorio, ro¬
gando alll según la intención dei Sumo Pon¬
tífice
682
Segundo modo de oir Misa
DESPUES DE ALZAK.
Jesus está ires horas crucificado.
Seiior mio Jesucristo, puesto en una
cruz por mí; icómo, oh criador, vinis-
teis á haceros hombre, y de vida eterna
á muerte temporal, y así á morir por
mis pecados 1 Alma mia, ^qué has he-
cho tú por Cristo? ^q^édebes hacery
padecer tú por Cristo?
AL PATER NOSTER.
Jesús Iiahla sietepalabras en iacru~.
— Divino Jesús, Hijo de Dios hecho
hombre, que por nuestra salvación os
dignasteis nacer en un pesebre, vivir
en la pobreza, en las tribulaciones y
en la miséria, y morir en los dolores
de la cruz, decid, os ruego, á vuestro
divino Padre en el momento de mi
muerte: Padreperdónale; decid á vues-
tra querida Madre; Ahi tienes á tu
hijo; y á mi alma decid: Hor estarás
conniipo en el paraiso. Dios mio, Dios
mio, no nie abandonéis en aquella hora.
Tengn sed: si, Dios mio, mi alma tiene
Segundo modo de oir &fisa 583
sed de vos, que sois fuente de aguas
vivas. Mi vida pasa como una sombra;
todavia un poco más de tiempo y todo
estará consumado. Por eso, oh adora-
ble Salvador mío, desde este momento
para toda la eternidad en vuestras ma¬
nos encomiendo mi espíritu, oh SeHor
Jesús, recibid el alma mia. Amén.
300 dias de indulgência cada vez. (10 deju-
nio de 1856.)
AL PAKTIR EL SACERDOTE LA HÓSTIA.
Jesús muere. Oh Jesús, adorando
yo vuestro último suspiro, os ruego
que recibáis el último mío. En la in-
certidumbre de tener libre la razón
cuando salga de este mundo, os ofrezeo
desde ahora, mi agonia y todos los do-
lores de mi trânsito. Siendo vos mi
Padre y mi Salvador, deposito en vues¬
tras manos mi alma. Deseo que mi úl¬
timo instante se una al de vuestra muerte,
y que la última palpitación de mi co-
razón sea un acto de puro amor á vos.
Así sea.
100 dias una vez al dia. (16 de JuUo de 1902.)
S84
Segundo modo dc oir Misa
AL COMULGAR EL SACERDOTE.
Comiiíiión espiritual. jOh Sefior!
con suma devoción, con abrasado amor,
con todo mi afecto, deseo recibirte,
como te desearoQ en la comunión mu-
chos santos y personas devotas, que
te agradaron muchísimo en la santidad
de su vida y tuvieron devoción arden-
tísima. i Oh Dios mío, amor eterno, todo
mi bien, bienaventuranza que nunca se
acaba! yo deseo recibirte con mucho ma-
yor deseo y mucha más digna reveren¬
cia que ninguno dc los santos jamás
tu vo ni pudo sentir. Y aunque yo sea
indigno de tener todos aquellos senti-
mientos devotos, ofrézcote todo el amor
de mi corazón, como si yo solo tu-
viese todos aquellos inflamados deseos,
y aun cuanto puede el alma piadosa
concebir y desear, todo te lo doy y
o f reze o con humildísima reverencia
y con entrafiable fervor. No deseo guar¬
dar cosa para mí, sino sacrificarme á mí y
todas mis cosas á ti de muy buen co¬
razón y voluntad. Scilor Dios, criador
Segundo modo de oir Misa 5S5
mfo, Redentor mío, con tal afecto, re¬
verencia, y loor y honor, con tal agra-
decimiento, dignidad y amor, con tal
fe, espcranza y puridad te deseo rcci-
bir hoy, como te deseó y recibió tu
santísima Madre, la gloriosa Virgen
Maria.
(Imitación de Cristo, I, IV. Gap. XVII, 1. 2.)
A LAS ULTFMAS ORACIONES.
Jesús es sepultado. Jesiis mío aman-
tísimo, en hacimiento de gracias dei
beneficio que me hicisteis en sacarme
de los peligros dei mundo, digo; que
si fuera monarca de él y de cicn mil
mundos, con vuestra gracia los despre¬
ciaria por vuestro amor, y si mc fuere
licito una y cien mil vcces tomarme
á él y gozar de todas las honras, ri¬
quezas y deleites que han gozado y go-
zan los mundanos, de todo ello me pri¬
vara por vuestro amor y por ser gusto
vuestro nunca volviera á él; pero, por¬
que vos mc lo tenéis prohibido, re-
nuevo aqui los propósitos y determi-
586
Segundo modo de oir Misa
nación hecha con vuestra gracía, de
nunca más llevar vida mundana, sino
de ajustarme en todo y por todo á to¬
dos \'uestros preceptos, enseiíanzas y
dictámenes por no separarme jamás de
vos, ni en el tiempo ni en la eter-
nidad.
A LA BENDiaON.
Jesús sttbe á los cielos. SeHor mío
Jesucristo, que cuarenta dias dcspués
de resucitado, subisteis al cielo en pre¬
sencia de vuestros discípulos, dejándo-
les en prenda de amor á vuestra san-
tísima Ãladre y vuestra cariHosa ben-
dición; concededme que en todas las
ocupaciones de este día me esfuerce en
tener la intención recta, siempre pre-
tendiendo cn ellas puramente el servir
y complacer á la divina bondad por sí
misma y por el amor y benefícios tan
singulares en que me previno; y que
en todas las cosas busque á Dios nues-
tro Senor, apartando cuanto es posible
de mí el amor de todas las criaturas,
por ponerle en el Criador de ellas, á
Tercer modo de oir Misa
587
él en todas amando y á todas en cl,
conforme á su santísima y divina vo-
luntad. Âmén.
III.
Modo de oir Ia santa Misa en sufrag^io
de los difuntos.
OFRECIMIENTO.
Vengo á ofreceros, oh Dios de las
misericórdias, la sangre dei Cordero
inmaculado por las benditas ánimas que
están puriflcándose y lavando sus man¬
chas con las terriblcs penas dei purga¬
tório, á fin de que consigan pronto la
dicha que tanto anhelan, de veros y
glorificares. Por justos que sean los
castigos á que las tcnéis sometidas,
abridles en este día los inmensos tc-
soros de vuestra piedad por medio de
las satisfacciones y méritos de vuestro
divino Hijo. Aplicadles las gracias y
satisfacciones de este santo sacrifício,
para que por este medio logren satis-
facer las deudas que tienen aún con
vuestra soberana justicia.
588
Tcrcer modo de oir Misa
AL COMENZAR LA MISA EL SACERDOTE.
Dios de bondad, nosotros confesa-
mos nuestros pecados, y rcconocemos
que si solo atendierais á nuestras ini¬
quidades, nadie podría justificarse de-
lante de vos, ni sostener la severidad
de vuestros juicios. Desgraciados nos¬
otros, si nos juzgarais sin misericór¬
dia. A ân de ablandar vuestra justicia,
acudimos á ejemplo de vuestros santos,
al sacrifício incruento de Aquel que
quiso ser sacrifícado por nosotros en
la cruz y que no cesa dc interceder en
favor nuestro. Perdonadnos nuestros
pecados; perdonad igualmente á las al¬
mas de nuestros hermanos difuntos que
sufren en el purgatório por las faltas
que cometieron durante su peregrina-
ción en este lugar de destierro. Prcva-
lezca vuestra misericórdia sobre vües-
tra justicia, pues babéis prometido es-
cuchar los votos de los que os rue-
guen por medio de vuestro santlsimo
Hijo y en nombre suyo, y vos sois fiel
á vucstras promesas.
Tercer modo de oir Misa
5S9
EN EL INTROITO.
Dadles, Seflor, el eterno descanso,
é introducidles en el lugar de refrigé¬
rio, de luz y de paz.
Salmo LXIV. Resuenen, oh Dios, tus
alabanzas en Sión, y cúmplanse reli¬
giosamente los votos de tu pueblo en
Jerusalén. Oye benigno mi oración: á tu
presencia comparecerá todo mortal.
Dadles, Senor el descanso eterno y
haced que brille sobre ellos vuestra
eterna luz.
EN LOS KYRIES,
Manifestad, oh Jesiís, que sois el
Dios de la clemencia; mostraos mise¬
ricordioso con las ánimas que gimen
en el lugar de los tormentos y de la
e.vpiación.
EN LA ORAaON DESPUES
DEL < DOMINUS VOBISCUM ».
Oh Dios, que por un efecto de vues¬
tra bondad inhnita, estáis siempre dis-
puesto á hacer gracía y perdonar, ren¬
didamente os suplicamos no dejdis en
manos enemigas, ní olvidéis el alma de
590
Tercer modo de oir Misa
vuestro siervo (ó sierva) N. N. que ba¬
béis llamado á vuestro juicio; antes
bien ordenad que sea ilevada por vues-
tros ángcles á la patria celestial. Ella
creyó y esperó en vos; haced que no
queden frustradas sus esperanzas, sino
que entre en posesión dc la gloria
eterna que le tenóis preparada. Por
nuestro Scnor Jcsucristo, Hijo vuestro,
que con vos vive y reina en unidad
dei Espíritu Santo, üios por todos los
siglos de los siglos. Amén.
DURANTE I.A EPISTOLA.
Mejor que deshacerme en lágrimas
y quejarme de mi suerte por la pér-
dida de los que me eran tan amados,
procurarc, Senor, para bien de mi alma
y alivio de los mismos, hacer profe-
sión de creer y practicar las verdades
que babéis ensebado á vuestra Iglesia,
y no me dejaré abatir por la pena y
tristeza como los que no tienen puesta
su esperanza en vos. Creo que dais la
vida eterna á vuestros siervos desde el
momento de su muerte, si son tan di-
Tercer modo de oir Misa
591
chosos que sus almas, al salir de este
mundo, se hallan ricas de méritos y gra¬
das, y satisfecha toda deuda para con
vuestra soberana justicia. jOh vcrdad
consoladora para el que la medita! Sin
dejar de ejercer con todos los dere-
chos de vuestra justicia, os inclináis
á la misericórdia para con aquellos que
han cumplido fielmente vuestra santa
ley. Creo que las almas de los fleles
que mueren en gracia y á su muerte se
hallan en deuda con vuestra infinita
justicia, son aliviadas por la ofrenda
dei santo sacrifício ‘‘ según la costum-
bre, dice San Agustín, constantemente
practicada, de hacer particular conme-
moración de los que mueren en la co-
munión dei Cuerpo y Sangre de Jesu-
cristo. “ i Qué consuclo se encuentra en
esta creencia de la Iglesia! Vco en ella
el cumplimiento dei oráculo de la Es¬
critura que dice, que no olvidaréis para
siempre las almas de vuestros siervos;
por esto nos exhortáis á qne socorra¬
mos á los fieles difuntos con oracio-
nes, limosnas y sacrifícios, Yo entro.
692
Tercer modo de oir Misa
Seõor, con toda mi alma en vuestros
misericordiosos designios, y vengo á
unirme á las piadosas intenciones de la
Iglesia, rogando por aquellos á quienes
adoptasteis por hijos en las fuentes
bautismales, y me disteis por her-
manos.
EN EL GRADUAL.
Dadles, Seiior, el descanso eterno,
y haced que la eterna luz brille sobre
ellos.
Salmo CXI. — El justo vivirá en
memória èterna; no temerá las malas
lenguas de los hombres.
Tracto. — Dignaos, Seõor, lavar las
almas de todos los fieles difuntos de
toda mancha de pecado.
Íí. Y que con el socorro de vues-
tra gracia, merezean quedar libres de
toda pena en vuestro Juicio.
Y gozar de la felicidad de la glo¬
ria eterna.
Tercer modo de oir Alisa
693
SECUENCIA.
Dia de ira! Con sorpresa
Volverá el mundo en pavesa;
Por David asi lo expresa.
^Cuál será el temor dei hombre
cuando el juez venga y le asombre ?
Juzgará todo cn su nombre.
De la trompeta el sonido,
En toda región oido
Llamará al juicio temido.
La muerte misma se espante
Cuando el hombre se levante
Y ante el trono se adelante.
Se abrirá el libro sellado,
En que todo está asentado.
Por donde el mundo es juzgado.
Luego, pues, que el Juez se siente,
Sc verá todo patente,
Nada impune se consiente.
íQué haré, oh triste, en tal apuro ?
^Por patrono á quien procuro
Si el Justo no está seguro?
Rey de majestad inmcnsa,
Que expiaste toda ofensa:
Tu piedad es mi defensa.
Recordad, Jesús divino:
Causa fui de tu camino;
No me des fatal destino.
694 Tcrccr modo de oir Alisa
Me buscaste fatigado;
En la cruz fui rescatado;
No se pierda tu cuidado.
Justo vengador dei vicio
Tu pcrdón dame propicio,
Antes dei dia dei juicio.
Reo soy y dclincucnte;
El rubor cubrc mi frente;
Perdonadme, loh Dios clemente!
Que á Maria perdonaste,
Y al ladrón bueno escuchaste,
Y esperar en ti mandaste.
Digno sé que no es mi ruego:
Sólo á tu bondad me entrego:
No me queme eterno fuego.
Al bacerse en Juicio muestra,
No me encuentre á la siniestra,
Mas colócame á tu diestra.
Confundidos los malvados,
Y á las llamas destinados
Llámame con tus amados.
Ruégote, Dios verdadero,
Con dolor vivo y sincero:
Cuida de mi fín postrero.
iOh qué dia tan tremendo!
Del polvo el hombrc saliendo,
La final sentencia oyendo.
Tercer mndo de oir Misa
595
Perdonadle, oh Dios clemente,
Jesús lleno de piedad,
A estos dá la eterna paz.
Amén.
EN EL EVAMCELIO.
Ilumínad, Seüor, enseüadme vos
mismo, y guiadme á fin de evitar el
que sea un día confundido con los que
cerraron los ojos á la luz de vuestro
Evangelío. Echad sobre de mí una mi¬
rada de bondad, y dignaos, oh clemen-
tísimo Jesús, pronunciar en mi favor
esta sentencia que un día pronuncias-
teis en favor de Magdalena penitente:
“Te han sido perdonados tus pecados.*
Haced oir á las almas de los lieles di-
funjos, para quienes os ofrezeo estas
mis oraciones, aquellas palabras que
dirigisteis al buen ladrón: “Hoy esta¬
rás conmigo en el paraiso.“ Sé que no
soy digno de ser escuchado, sé que es
preciso satisfacer antes de algún modo
á vuestra justicia, y que no es sufi¬
ciente para esto que los cuerpos vuel-
van al cuerpo de donde salieron; que
596 Tercer modo de oir Misa
es indispensable el que seamos proba-
dos par las llamas antes de poder go¬
zar de vuestra presencia. Mas vuestras
misericórdias, ScSor, son más grandes
que nuestros pecados, y por esto en
nombre suyo os décimos : Nuestra
suerte está en vuestras manos; apre-
sufad el momento de nuestro rescate,
y aceptad nuestra sumisión á vuestra
voluntad, como un sacrifício que os es
agradable.
EN LA antífona DEL OFERTORIO.
Sefior nuestro Jesucristo, Rey de
la gloria, librad de las penas dei pur¬
gatório á las almas de los fieles di-
funtos; sacadlas de aquel lago horrible
y profundo; arrancadlas de la boca dei
león; que no sean sumergidas en los
pozos dei abismo, ni precipitadas en
las tinieblas, sino que el príncipe de
los ángeles, San Miguel, las intro-
duzea en la mansión de la luz y de la
paz que prometisteis en otro tiempo á
Abraham y á su posteridad.
A vos, Senor, os ofrecemos sacrifi-
Tcrcer modo de oir Mlsa
597
cios y votos de alabanza. Dignaos re-
cibirlos en favor de aquellas ánimas de
quienes hacemos hoy memória. Haced,
SeSor, que pasen dei estado de pena
al de dicha eterna que en otro tiempo
prometistcis á Abraham y á su poste-
ridad.
EN LA ORAaON SECRETA.
Yo descenderé, oh justo juez de los
vivos y de los muertos. Yo descenderé
en espíritu á ese lugar de terror donde
hacéis sentir cl peso de vuestra justi-
cia á vuestros hijos, herederos de la
gloria. Allí suspiraré, gemiré, y uniré
mis oraciones al sacrifleio de vuestro
Hijo, á fin de que acortéis la duración
de çus penas y cambiéis sus tormen¬
tos en consuelos, y en glorias sus hu-
millaciones. Senor, en medio dei dolor
que á vuestros siervos agobiaj su alma
clama á vos:
“Misericórdia, .Seiíor, porque reco-
nozeo haber pecado en vuestra pre¬
sencia. Una sola cosa os pido y no ce-
saré de pedírosla, y es que me llevéis
598 Tercer modo da oir Misa
á habitar eternamente en vuestra casa,
y á fin de contemplar las bellezas de
vuestro trono; tengo una firme con-
fianza de veros cara á cara en la tierra
de los vivos, “
Dadles, Seilor, por medio de este
santo sacrificio, que os estamos ofre-
ciendo el alivio de sus penas, y la
gloria eterna. Por Jesucristo, Sefior
nuestro, que con vos vive y reina en
unidad dei Espíritu Santo, Dios por
los siglos de los siglos. Amén.
EN EL PREFACIO.
Justo es, razonable y saludable da-
ros gracias en todos tiempos y en todo
lugar, Padre omnipotente, Dios eterno,
por Jesucristo, Seíor nuestro; por el
cual nos concedisteis la esperanza de
la feliz resurrección, á fin de que si vi-
niere á entristecemos el recuerdo de la
sentencia de muerte, dada contra todos
los hombrcs, aliente y consuele nuestra
alma la promesa de la inmortalidad;
porque para los que son fielcs á vues¬
tra ley, oh Senor, morir es perder esta
Tercer modo de oir Misa 699
vida mortal, para pasar á otra mejor
y cambiar esta morada de tierra por
otra dei cielo que durará eternamente.
Por esto nos unimos á los bienaven-
turados de la corte celestial, para can¬
tar un himno á vuestra gloria, repi-
tiendo sin cesar; Santo, Santo, Santo
es cl Senor Dios dc los ejércitos, lle-
nos están los ciclos y la tierra de su
gloria. Bendito sea el que viene en
nombre dei Senor; su sangre pide mi¬
sericórdia, y su voz se eleva hasta el
trono de la clemencia.
DURANTE EL CANON.
Dios todopoderoso, cuya providen¬
ciai se extiende sobre todas vuestras
criaturas, porque vos sois su Padre;
dirigid una mirada de misericórdia so¬
bre las ánimas benditas, cuyomayordo-
lor es hallarse privadas de veros. Acor-
daos, joh Dios mío! de que ellas son
obra de vuestras manos, y precio de
los sufrimientos, de la muerte y de los
méritos infinitos de Jesús, vuestro di¬
vino Hijo. i Seria posible que vuestro
600 Tercer modo de oir Misa
cornzón paternal no se ablandara al
eco de este dulce nombre invocado en
su favor? Nosotros os ofrecemos por
su rescate la sangre preciosa que por
cila fué derramada en la cruz, la pode¬
rosa intercesión de Maria Santísima, la
de San José, de San Pedro, san Pablo
y todos los santos; las fervientes sú¬
plicas de vuestra Iglesia, y las oracio-
nes y obras satisfactorias de sus hijos.
Con tales auxilios lo esperamos todo
de vuestra misericórdia, oh Dios mio,
y nos prometemos el alivio y rescate
de esas almas que os son tan amadas,
y que vos mismo deseáis aliviar y so¬
correr. iQue vuestra ternura paternal
desarme en fin vuestra justicia! Abrid-
les vuestro seno; manifestadles vuestra
gloria; hacedles ver lo que sois, y de-
rramad en sus corazones ese torrente
de delicias de que sois eterna fuente.
EN LA CONSAGRACION Y ELEVACION
DE LA HÓSTIA Y CALIZ.
Hóstia sacrosanta, inmolada por la
salud dei mundo, sed propicia á nues-
Tercer modo de oir Misa
601
tros ruegos. Sangre preciosa de nues-
tro Salvador, que habéis sido derra¬
mada para borrar nuestros pecados,
santificadnos y clamad poderosamente
en favor de las almas de los fieles di-
funtos.
DESPUES DE LA ELEVACION.
Oh Jesús, que descendisteis al limbo
para sacar de él gloriosamente las al¬
mas de los patriarcas y profetas y de-
más Justos que aguardaban vuestra ida;
visitad misericordiosamente las de vues-
tros siervos y siervas en el lugar de
los tormentos Mitigad conel rocio de
\Tiestra gracia la actividad dei fuego
que las devora. Dijisteis que miraríais
como hecho á vos mismo, el menor
bien que hiciésemos á nuestros herma-
nos; espero, pues, que el alivio que
procuro á las almas de los fieles di-
funtos, os será tan agradable como si
os lo procurara á vos mismo. Dejaos
ablandar, oh Dios mío, por la inter-
cesión de la que es consuelo de los
afligidos, y por los votos de toda la
602
Tercer modo de oir Misa
corte celestial, que se interesa en la
felicidad de las almas dei purgatório.
Conceded, sobre todo, el eterno des¬
canso á todas aquellas N. N. que son
de mi especial oblígación, y en favor
dc las cuales imploro en particular
vuestra piedad postrado á vuestros
pies.
EN EL C PATER' NOSTER ».
Oh Jesús, ante cuyo nombre se do-
bla toda rodilla en el cielo, en la tierra
y en los inflemos, oh vos, juez sobe¬
rano dc los vivos y de los muertos;
sea santiflcado vuestro nombre por la
rcdención de las ánimas por las cuales
oramos. Abridles las puertas de vues¬
tros tabernáculos, y cúmplase en este
día vuestra voluntad de salvarias. Ha-
ced que después de haberse alimen¬
tado con el pan dei dolor, sean sacia¬
das dei pan vivo, que es la posesión
dc vos mismo.
Nosotros imploramos especialmente
vuestra misericórdia para la remisión
de las ofensas que os hicicron nues-
Tcrccr modo de oir Misa
603
tros difuntos parientcs, amigos y bien-
hechores, y, sobre todo, por la de los
pecados de que habremos podido series
ocasión ó motivo, á fin de que no se
les imputen según el rigor de vuestra
justicia. Preservadnos á nosotros de
esas vengadoras llamas, que tenemos
i ay! harto merecidas por el abuso que
hemos hecho de vuestras gracias, por
nuestra tibieza en vuestro servicio y
por nuestra pooa diligencia en resistir
á las tentaciones. Libradnos finalmente
dei pecado, que es el mayor de todos
los males.
EK EL CAGNUS DEI».
jCuán grande es, oh Jesus, el amor
que os llevó á ofreceros, como un cor-
dero, en holocausto para la expiación
de los pecados dei mundo! iQué len-
gua puede hablar dignamente de esa
caridad que os llevó á daros en fianza
de nuestras deudas aún después de
nuestra muerte? ; Guán agradecidos de-
bemos estar á semejantc beneficio!
Cordero de Dios, que hábeis ven-
604 Tcrcer modo de oir Misa
eido con vuestra muerte al león ru-
giente, próximo á devoramos, mostraos
misericordioso con los fieles difuntos.
Cordero sin mancha, inmolado á la
justicia de vuestro divino Padre, á fin
de que nos perdonase nuestros peca¬
dos; mostraos misericordioso con los
que murieron con el título de hijos
queridos de vuestro corazón.
Cordero de Dios, ofrecido en sa-
crificio para hacernos pasar de la tie-
rra de maldición á la verdadera tierra
prometida, dadles el eterno descanso.
Vos que dijisteis; “Yo soy la re-
surreción y la vida; el que cree en mí,
aunque muriere, vivirá“; dad á las al¬
mas de los fieles difuntos csa vida cuyo
ünico principio les ha sido comunicado
por la gracia de los sacramentos ; con-
cededles la felicidad cuya preciosa
prenda han recibido tantas veces, to¬
mando parte en vuestro divino ban¬
quete. Yo deseo participar de él para
merecerlcs, en cuanto pueda, la eterna
dicha por la que tanto suspiran: os
ofrezeo por ellas y en especial por N.,
Tercer modo de oir Misa 605
mis oraciones y buenns obras con to¬
dos los demás sufrágios que pueda apli-
carles. No desechéis mi humilde sú¬
plica, consoladme vos mismo en la pér-
dida que he tenido, y aliviad á N., á
quicn en vida tanto amé.
EN LA antífona DE LA COMUNION.
Haced, SeSor, que brille pronto so¬
bre ellos vuestra eterna luz, y que mo-
ren para siempre con vuestros santos.
Concededles esta gracia, oh Dios de
clemência,
EN LA ORACION POSTCOMITOION.
i Oh Dios mío! que queréis que
orando por las almas dei purgatório,
piense en el más esencial de mis inte-
reses, que es la salvación de mi pro-
pia alma; haced que encuentre en vues¬
tra piedad sin limites el perdón de mi
tibieza y de mis pasados crímenes, Que
el recuerdo de vuestra justicia, que las
retiene en aquellas llamas por faltas
que son tan comunes, me inspire ho¬
rror á todo pecado, una generosa re-
606 Tcrcer modo de oir Misa
solucíón de entrar en el camino de la
penitencia para expiar mis culpas, y
me haga cauto, diligente, cuidadoso para
no volver á caer en mis extravios. No
quiero retardar por más tiempo el ha-
cer penitencia. Quiero arreglar mi vida
mientras es tiempo todavia. Quiero
también dirigiros las más humildes y fer¬
vorosas oraciones por las almas de los
fieles difuntos; yo me privaré hasta de
los placeres y goces que la religión
permite, á fín de apagar las llamas que
las devoran; yo derramaré limosnas
entre los pobres para interesaros en su
causa. Bendecid, oh Dios mio, estas
santas resoluciones y dadme la gracia
de que logre cumplirlas; y dad á esa
alma por quien os ruego el perdón y
descanso eterno. Por Jesucristo y Se-
nor nuestro que vive y reina con vos,
en unidad dei Espíritu Santo, Dios por
todos los siglos de los siglos. Amén.
EK EL ULTIMO EVANGELIO.
Creo que mi Redentor vive, que re-
sucitaré de la tierra el último dia, y
Tercer modo de oir Misa
607
que revestido de mi carne, veré á Dios
mi Salvador; mis ojos Io verán, así lo
espero. Yo levantaré mis ojos al cielo;
Dios que es mi Salvador, escuchará mi
voz. Me levantaré después de haber
estado sentado en las tinieblas; el Se-
nor me llevará á Ia morada de la luz,
y contemplaré su gloria. Así sea.
Cristo se ofreció á Dios en oblación
y Hustia de olor suavísimo.
(S. Pablo.)
Ejercicio para la Comunión.
I.
Comunión sacramental.
ACTOS P.\RA ANTE-S DF, LA COMUMON .
,lc/o de fe. — Dios dcl ciclo y dc
la tierra, vos venís á mí, y yo voy á
tencr la dicha de rccibiros. jQuién po-
dría creer un prodij^io scmcjante, si no
cstuviese asegurado por vucstra infali-
blc palabra? Sí, oh Jcsiís mío, yo creo
que á vos mismo es á quien voy á re-
cibir cn este sacramento; á vos, que,
nacido por mí en un pesebre, quisisteis
morir por mí cn la cruz, y que tan
glorioso como estais en cl ciclo, os
ocultdis bajo esas adorablcs cspccics.
Lo creo, ;oh Dios mío! y estoy mas
cierto de ello que si lo viera con mis
propios o jos ; créolo porque vos lo há¬
beis dicho; créolo á pesar de lo que
20
8096
610
Comunión sacramental
puedan contradecir mis sentidos, y re¬
nuncio al crédito de los mismos para
reconocerme cautivo de la fe; lo creo,
y si neccsario fuese sufrir la muerte
en defcnsa de esta verdad, ayudado de
vuestra gracia, la sufriría antes que
desmentir mi creencia y mi religión.
Acto cie htimildad. ■ - ,;Quién soy,
yo, joh Dios de gloria y majestad!
quién soy yo para que os digneis íijar
en mí los ojos? ,;De donde me viene
este exceso de dicha que mi Dios y
Senor quiera venir á mí? [A mí, pe¬
cador, gusano de la tierra, más despre-
ciablc que la nada, acercarse un Dios
tres veces santo! ; comer yo cl pan de
los ángeles, alimentarme con una carne
divina' ;Ah Senor, yo no lo merezeo,
yo no soy digno de ello! Rey dei cielo,
autor y conservador dei mundo, yo me
postro delante de vos; yo quisiera
poder humillarme siquiera tan profun-
damente por vuestra gloria, como vos
os humilláis en este sacramento por mi
amor. Vo reconozeo vuestra soberana
grandeza y mi extrema bajeza, y la
Comunión sacramental
611
consideración dc la una y de la otra,
me pone en una confusión que no pucdo
expresar! Yo repetiré con mayor ra-
zón que San Pedro: “Huid dc mí, Se-
fior, porque soy indigno de la graoia
que vos queréis hacerme.“
Aclo de co/itricióii. — Vos venís á
mí, Dios de bondad y dc misericórdia.
;Ay, mis pecados dcbcrían más bien
alejaros dc mí, porque soy rco dc in-
numcrables; mas rcconociendo el dis-
gusto que os han causado, movido dc
vuestra infinita piedad, y sinceramcntc
arrcpcntido y resuelto á no cometer-
los más, los detesto dc todo mi cora-
zón, y os pido humildemente perdún de
todos ellos. Perdonádmclos, mi amable
Salvador, puesto que me hábeis amado
hasta el punto de querer que me acer¬
que hoy á vos. Yo estoy lavado, á lo
menos así lo creo, por el sacramento
dc la penitencia; lavadme aún mas, pu-
rificadme de mis menores manchas,
cread en mí un corazón nucvo, y re-
novadmc hasta en cl fondo dc mis en-
tranas, con el espíritu de inocência,
612
Comunión sacramental
que me ponga en estado de recibiros
dignamente.
Aclo de esperança. — Vos venís á
mí, Divino Salvador de las almas; i qué
no debo esperar de un Dios que se da
todo á mí? Yo me presento, pues, á
vos, oh Dios mío, con la confianza que
me inspiran vuestro poder infinito y
vuestra inmensa bondad: vos conocéis
todas mis necesidades, vos podeis re¬
mediarias. Me invitáis á que venga á
vos, y prometéis socorrerme; vedme
aqui, oh Dios mío, yo me presento á
vos con mis debilidades, eon mis im-
perfeccioncs, mis ignorâncias, y con to¬
das mis misérias, y espero que os
apiadaréis de mí curándome, fortale-
ciéndome, perfeccionándome, alimen¬
tando mi entendimiento, corrigiendo y
cambiando mi voluntad. jNo sois vos,
oh Dios mío, el ducHo de mi corazón?
,iY cuándo estará mi corazón mejor
dispuesto áscr transformado quecuando
habréis entrado en él?
Acío de deseo. — {Es posible, oh
Dios de bondad, que vcngáis á mí y
Comunión sacramental 613
que vengáis con un deseo infinito dc
unirme á vos? joh! venid, amado mío,
venid, cordiro de Dios, cuerpo adora-
ble, sangre preciosa de mi Salvador,
venid á ser el alimento de mi alma.
Que yo os guste, y perciba todo el sa¬
bor divino joh Dios de mi corazón!
mi alegria, mis delicias, mi amor y mi
todo! iQuién mc diera tilas para vo-
lar á vos? Mi alma sedienta de vos,
ansiosa de verse llcna de vos, suspira
por vos, mi único bien, mi consuclo,
mi dulzura, mi tesoro, mi felicidad, y
mi vida! Venid, amable Jesus, y por
indigno que sea de recibiros, decid tan
solo una palabra, y scré purificado. Mi
corazón está pronto, y cuando no lo
estuviesc, con una sola mirada, podeis
prepararlo, entcmecerlo é inflamarlo
en vuestro amor.
ACTOS PARA DESPÜES DE LA COMUHION.
/lc/0 dc adoración. — Dios de ado-
rable majestad, delante de quien todo
lo más grande dei cielo y dc la tierra
se reconoce indigno de parecer, ^qué
614
Comunión sacramental
puedo hacer aqui delante de vos, sino
callar y adoraros con el más profundo
aniquilamiento de mi ser? Yo os adoro,
oh Dios santo, y rindo mis justos ho-
menajes á vuestra grandeza suprema,
delante de la cual se dobla toda ro-
dilla; en comparación de la cual todo
poder es debilidad, toda riqueza misé¬
ria y la más brillante antorcha espe-
sas tinicblas. A vos solo, gran Dios,
Rey de los reyes, Dios inmortal, á vos
solo pcrtenece todo honor y toda glo¬
ria; gloria, honor, felicidad y bendi-
ción al que viene en nombre dcl Se-
nor; bendito sea el Hijo eterno dei Al-
tísimo, que se digna unirse hoy tan
íntimamente á mí, y tomar posesión de
mi corazón.
Ac/o dc amor. — jCon que tengo,
en fin, oh Dios dc amor, la dicha de
posecros! iQue bondad! joh! jQue no
pueda yo corresponderos tan digna-
mente como deseo! [Siquiera pudiese
disponer é inducir á muchos corazo-
nes á mis deseos de amaros tanto,
cuanto sois digno de ser amado, y á
Comunión sacramental
615
no amar más que á vos! Abrnsadme,
oh Dios mío, consumid mi corazón en
vuestro amor. Mi amado está conmigo;
Jesus, el amable Jesús, se ha dado á
mí. Madre de Dios, ángeles dei Scfíor,
santos dei cielo y justos de la tierra,
prestadme vuestros corazones, dadme
vuestro amor para amar á mi amado
Jesús. Sí, yo os amo, joh Dios de mi
corazón! yo os amo con toda mi alma;
yo os amo por vuestra gracia, con una
íirme resolueión de amaros siempre y
de no amar más que á vos. Yo así lo
protesto firmemente, pero afirmad vos
mismo, oh Dios mío, estas santas re-
soluciones en mi corazón, que es todo
vuestro.
Acto de a^radecwiiento. —
aeeiones de gracias podrán, oh Dios
mío, corresponder al favor inefablc que
os habéis dignado hacerme en este día?
No contento con haberme amado hasta
morir por mí en una cruz, para adop-
tarme por hijo, os habéis dignado que-
daros sacramentado en vuestra Iglesia
para venir en persona á visitarme y
616
ComuniÓR sacramental
daros á mí. ; Oh alma mia! glorifica al
SeSor tu Dios, reconoce su bondad, ex¬
alta su magnificência y publica eterna¬
mente su misericórdia. Çon un corazón
enternecido y lleno de agradecimiento
yo os doy gracias, mi amable Salva¬
dor, por la inmensa merced que me
habéis hecho. Yo he sido un infiel, un
prevaricador, pero, no quiero ser más
ingrato: quiero acordarme cternamente
que vos sois un Dios de amor, que os
habéis dado á mí, y darme quiero á
vos para siempre.
Acto de peticiún. — Vos estáis den¬
tro de mí, fuente inagotable de todos
los bicnes, estáis lleno de ternura para
mí, eon las manos llenas de gracias, y
dispuesto á derramarias en mi corazón.
Derramadlas con profusión, Dios bueno
y generoso; ved mis necesidades y re-
mediadlas con vuestro poder: quitad
de mi corazón todo lo que os desa¬
grada, y poned en él solo aquello que
me haga grato á vuestros ojos; purifi-
cad mi cuerpo, santificad mi alma, apli-
cadme los méritos de vue.stra vida y de
Comuniòn sacramental
617
viicstra muerte, uníos á nií, casto es¬
poso de las almas; vivid en mí á fin
de que yo viva en vos y por vos para
siempre. Concededme las ^racias que
sabóis me son convenientes. También
os las pido para todos aqucllos por
quien estoy obligado á rogar. çFodréis,
oh amablc .Salvador, negarme nada des-
pués de la gracia que me habéis hecho
hoy de daros a mí >
Acld dc ofreiuici. — Vos me habéis
colmado de vuestros dones, joh Dios de
misericórdia! y dándoos á mí quereis
que no viva mas que para vos. Este
es también el mayor de todos mis de-
scos, ser enteramente vuestro. Sí, quiero
que en adelante todos los pensamien-
tos que tuviere, todos los desígnios que
formarc ó ejccutarc, todas mis palabras
y obras estén de acuerdo perfecto con
vuestra soberana voluntad. Quiero que
todo cuanto dependa de mí: salud, fuer-
zas, genio, talento, crédito, bienes y
reputación, sea todo vuestro, y sólo se
emplee en procurar vuestra gloria. Su-
jetad pues, ;oh Rey de mi corazónl
ótS
Comunión sacramental
todas las potências de mi alma; reinad
sobre mi voluntad y sobre todo mi ser.
Despué.s dei favor con que acabais de
honrarme, yo no sufriré que haya en
mí nada que no sea pcrfectamcnte
vucstro.
Resúluciones. — ;Oh Jesus mío, pa¬
dre el más carinoso, y el más fiel y ge¬
neroso de todos los amigos! Si después
de tantos benefícios, volviera á seros
infiel, seria no solo el colmo de la in-
gratitud, sino un monstruo de iniqui-
dad. Yo renuncio de todo mi corazón
á todo lo que me había separado de
vos hasta ahora, y propongo firme¬
mente, ayudado de vuestra gracia, no
recaer en mis pasadas faltas. Así, pues,
j oh Dios mío! no más pensamientos,
deseos, palabras y acciones, que sean
eontrarias á la caridad y el pudor; no
más impaciências, mentiras, querellas,
odios, ni maledicências; no más omi-
siones de mis dcbercs, ni tibieza en
vucstro scrvicio; no más compaiíía ni
amistades peligrosas; no más delicade¬
zas de mi amor propio; nada de respe-
Comunión sacramental
619
tos humanos; no más apego al aprecio
y á las atenciones dei mundo. Más bien
quiero morir, oh Dios mío, antes quiero
padecerlo todo. que desagradaros en
cosa ninguna. V’os estais, ioh divino
Jesús! en mi corazón: cn vuestra pre¬
sencia formo estas resoluciones, á tin de
que las conlirméis con vuestra gracia.
Que este adorable sacramento, que acabo
de recibir, sea su inquebrantable sello
que no me sea dado romper jamás.
Bendecid pues, oh Dios de bondad, la
resolucion que formo de ser únicamente
vuestro, y no vivir más que para vues¬
tra gloria. Así sea.
OR.VCION P.ARA DESPUES DE L.\ COMUmON.
;Qué suave es la dulzura de vuestro
pan celestial! iQué admirable es la
tranquilidad, qué completa la paz de
quien os recibe, después de haber de¬
testado y confesado sinceramente sus
culpas! Seáis mil veces bendito, Jesús
mío. Guando yo estaba en pecado era
infeliz, ahora no solo siento mi alma
tranquila, sino que me parece pregus-
b20
Conumiôn sacramental
tar la paz dei paraíso. ; Ah! cuán cierto
es que nuestro corazón ha sido hecho
para vos, amado SeiTor mío, y que goza
solamente cuando en vos descansa. Por
lo tanto, os doy gracias. y propongo
firmemente huir siempre dei pecado y
de sus ocasiones, y establecer mi mo¬
rada en vuestro divino corazón de donde
espero el auxilio para amaros hasta la
muerte. .Amén.
León XIII con re.scripto de la .S. C. de T.
de 3 de Junio de 1K96, concedíú indulgência
de 300 dias á lo.s fieles que después de la sa¬
grada comunión re/aren dicha oraciún.
AKECTOS A CRISTO S.ACRAMENTADO I'AR A DESPUES
IJE LA COMUNION.
Yo .soy de Dios: oh dulce pensamiento,
Que anega el alma en celestial amor,
Un Dios potente, ha.sta albergar.se llega
En mi pobre y e.strecho corazón.
Yo .soy de Dios; el ciclo me contempla,
Y el ángel que .se acerca á mi veloz,
Halla mi pccho en templo convertido.
Donde cl Eterno lija su man.sión.
Yo .soy de Dios: la sangre inmaculada
Que de una Virgen cândida tomú,
;Oh gran prodigio! con mi sangre llega
Hasta mczclarsc en misteriosa unión.
Comunión espiritual ftíl
Yo soy dc Dios; se abisma el pensamicnto
Cuando cn mi pccho lija su mansion;
Con reverencia cl alma le recibc.
Mientras cl serafín tiembla á su voz.
Yo soy de Dios: mis ojos se reerean
Al contemplar absortos de esplendor
Desparecer encantos terrenales:
Huye ante la vcrdad toda ilusiún.
Yo so\' de Dios: el salvador dcl hombre,
El Rey de reyes hasta mi bajó;
Al rccibirlc, en lágrimas dcshccho
\li espíritu se inflama cn santo amor.
Yo .soy de Dios: hasta el postrcr momento
Sólo hc de hallar encantos en mi Dios;
.Su dulce nombre ha de scllar mis lábios
.\1 dirigirle mi última oración.
Comunión espiritual.
■Amorosísimo Jesus mio, creo que
estais rciilmente presente en el sacra¬
mento de la Eucaristia. jOjalá pudiera
hospedaros ahorti mismo en mi cora-
xún ! venid. celestial Esposo de las al¬
mas puras, venid á purificarme y cn-
cenderme todo en llamas de puro amor.
Os amo, diilcísimo Jesiis mío:oh, quién
632
Comuníón espiritual
OS hubiese amado siempre! ; Quien
nunca os hubiera ofendido! Pero ya
que no puedo recibiros sacramental¬
mente, aceptad mis deseos, y dadme
vuestra divina gracia y amor. Amén.
AC1‘0 PARA LA COMUNION ESPIRITUAL
COMPUESTO POR S. ALFONSO MARIA DE LIGORIO.
Jesus mío, creo que vos estáis en
el Santísimo Sacramento. Os amo so¬
bre todas las cosas, y os desco en mi
alma. Ya que ahora no puedo recibi¬
ros sacramentalmente, venid al menos
espiritualmente á mi corazón. Como si
ya hubieseis venido, os abrazo y me
uno todo á vos; no permitais que yo me
separe de vos.
Jesús, bien mio, mi dulce amor,
Herid, inflamad este mi corazón
Uc mudo que siempre arda todo en vos.
Leún XIII con rcscripto de la .S. C. de I.
de 30 de junio de 1893, concedió á los ficles
que hieiesen este ueto, indulgência de 60 dias
una vez al dia.
Himnos de la Iglesia
á Ia sagrada Eucaristiay a como sacramento
ya como sacriflclo.
* I.
CAíioro /e devote, lateiis Deitiis, dc
S. Tomás de Aquino.)
Te adoro con fervor. Dcidad oculta
Que estás bajo estas formas escondida;
Se nnde á ti mi corazón entero
V dcsfallecc todo si te mira.
Se engafla cn ti la vista, el gusto, cl tacto,
Mas tu palabra engendra fc rendida;
Cuanto cl Hijo de Dios ha dicho, creo.
jQué verdad hay cual la verdad di^■inar
En la cruz la Dcidad estaba oculta
Aqui la humanídad yacc escondida.
V uno y otro crcycndo y confesando.
Te pido, oh Dios, lo que imploraba Dimas,
Qomo Tomás, tus Ilagas yo no vco;
Mas como á Dios te aclama cl alma mia;
Haz que .siempre, .Senor, cn ti yo crea,
Que tu amor sca mi esperanza y dicha.
6'J4 Himnos y motetcs
Oh mcmori.ll dc la l’asión de Cristo.
Oh pan vivo que al hombre das fa vida,
Dame que viva dc tu amor mi alma,
Que guste de tus célicas delicias.
Jesiis mío, pelicano piadoso,
Gon tu .sangre purisima me limpia;
Basta una sola gota dc tu .sangre.
l*ara borrar dcl mundo la inmundicia.
Oh Jesús, á quien ahorn miro oculto,
Cumple, Seflor, lo que mi pccho ansia;
Que á cara descubierta eontemplándote.
Por .siempre goce de tu clara vista.
Amén.
León XIII con rescripto de la .S. C. dc I.
dei 15 de junio dc 1895, concedió á todos los
tieles que rezaren dieho ritmo después dc la
sagrada comunión, 100 dias de indulgência.
II.
(Motete al S. Sacrame-nto; Are, ve-
rum corpus tiatum).
;Oh cuerpo verdadero.
Xaeido de Maria siempre virgen
; Uc este mundo á la lu/,:
Inmolado, cual cândido cordero.
Por cl hombre en la cruz.
Keeibute mi pccho cl triste dia
Uc mi última agonia.
Oh clemente, oh piadoso
Dulce Jesús, ;oh Hijo de Maria!
Hiinnos y motctes
625
III.
('Sequência I.anJa Sioii. Salvulo-
rcni, de S. Tomás de .\quino.)
.Sion, loa al .Salvador,
A tu guia y tu Pastor,
En dulce.s himnos y cânticos.
Alábalc cuanto pucdus;
(Jiuc por mucho que tc excedas
Ouedarás .siempre inferior.
Su pan vivo y substancial
Es hoy el tema especial
Que se ofrece á tu loor.
EI pan que cn su última cena
Kepartiú á aquella docena
De los hi.jos de su amor.
Cantemos, pue.s, dulcemente
V muestre el pcclio y la mente
•Su júbilo y devoción.
Esta mesa dei gran Key
Inicio Ia nueva Icy,
Do la antigua termino.
I.a nueva Pascua â la antigua
Sucede; á la noche el dia;
Y á la sombra la verdad.
Lo que en c.sta cena El hi/o,
Que hiciesen los .suvos di.jo,
Kecuerdo á .su alta bondad.
626
Hímno.s y motetes
Lo» que consagrados fuimos,
ICl vino y pan convertimos
En hóstia de salvación.
El pan para ser su carne,
Y cl vino su augusta sangre
Como El mismo asegunV
Lo que no se ve, ni entiende
La fc viva lo deliende,
Contra la flaca razón.
Bajo dos diversas íormus,
Signos sólo, mas no cosas,
Sc vela tan rico don.
El pan es alli su carne,
Y cl ciliz lleva su sangre,
Mas Cristo en ambos está.
Todo entero se recibe,
No se parte ó se divide,
Aunque los signos lo estén.
Cómale uno ó coman ciento,
Igual recibe aqucl que éstos,
l’ues ni aumenta, ni mengua él.
Comen buenos, comen maios,
Mas con afectos contrários.
De vida ó muerte moral.
Muerte á maios, vida á buenos,
iOh qué diversos extremo.s,
En un mismo comulgar!
Fraccionado el sacramento,
No lo dudes, ni un momento,
Contiene tanto el fragmento
Cuanto en su todo se encierra.
Himnos y motetes 6'J7
No se quiebra cosa alguna,
Solo sí el signo ó figura
Del signado: su estatura
Y su cscncia igual se queda
Pan de ángeles, loh portento!
Del hombre es aqui alimento;
El pan de hijos á los perros,
No se debe, no, arrojai'.
Ya fucra e.stc pan .sagrado
En I.saac prefigurado,
En el cordero inmolado,
Y en el antiguo maná.
Buen Pastor, pan verdadero,
Ten, Jesiis, ini.sericordia,
Tú nos nutres, nos custodia,
Tú nos lleva á ver tu gloria
De la dicha en el Edén.
Tú que todo lo conoces
Y todo también Io puedes,
Que a tu mesa nos concedes
■Sentamos hoy, coherederos
Ha/.nos alli 3' compaScros
De tus santos en sus goces.
Amén.
IV.
(Himno Paníiü lingua.)
Canta, oh lengua, el glorioso
Mistério de fc 3' amor
Que en su cuerpo generoso
62S
Himnos V motetes
Y en su sangre el Redentfir
Kindc al Todopoderoso
Por el mundo pecador.
De una Virgcn noble y pura
Fué concebido y nació,
Y su voz paz y ventura
Sicmpre á la tierra anuncio;
Su carreia pobre y dura.
Con un prodígio ccrró.
La cena y pascua postrera
Con lo.s doce al celebrar.
Cumplido con Icy .severa
El rico cercmonial
sí mi.smo .se Ics diera
En bebida y cn manjar.
A su voz el pan entero
Transmutado cn carne fut.
De la vid al néctar mero
En .su sangre fué á la vez:
Aqui es regia al liei sincero
No cl sentido, mas la fc.
Demo.s, pues, á tan alto sacramento
Culto y adoraciún todos rendidos
Y ceda ya el antiguo documento
\ los ritos dcl nucvo in.stituidos
Constante nuc.stra fe. dé suplemento
.\1 defccto de luz de los sentidos.
.\l Padre con cl Hijo sea dado
Júbilo, aplauso y gloria cternamente,
Salud, virtud v honor interminado,
Hininos y motctcs 0^9
Hcnüiciún y ulabanza reverente!
Y al Kspíritu üe ambos aspirado,
Sca gloria y loor no diferente.
Amén.
'p. Kl pan dcl ciclo Ics has dado.
1 ^. (Juc tienc cn sí todas las delicias.
V.
Sa cr is solem u iis.
A estas solcranídadcs tan sagradas
Corresponde cl placer y la alegria:
.'suenen las alabanzas publicadas,
(,)ue á la voz genero.so cl pecho envia;
Huyan la.s co.sas vicja.sya vclocc.s,
Sea nuevo ya todo en e.ste día,
El corazón, las obras, y la.s vocc.s.
Hoy hacemos rccucrdo y fiel memória
De aquella cena mística ó figura,
En que Cristo, Kct' sumo de la gloria,
El Cordero y el pan sin levadura
Dió conforme á la Icy, á sus hermanos;
Pues asi lo ordenaba la Escritura
Revelada por Dios á los ancianos.
Después de este cordero misterioso
El banquete legal ya concluido.
Su cuerpo á los discípulos, piado.so,
Dió cn .sagrado manjar, bien entendido,
Que dando todo á todos con sus manos,
Todo de cada cual fué recibido:
Así lo confesamos los cri.stianos.
630
Himnos y motetes
Como á frágilcs, flacos, desvalidoí^,
Su cuerpo, liberal, les diú cn comida,
Y como á tristes, pobres }• afligidos,
Su sangre sacrosanta diô en bebida,
Diclendo; Rccibid la más preciosa
Prenda dcl cáliz santo de la vida;
Bebed todos mi sangre generosa.
Asi fuc el sacrifício celebrado,
Y por el mismo Cristo instituído,
Cuyo ofício tan alto y elevado
Es á los sacerdotes sometido,
A quienes pertenece solamente
Sumirle con respeto el más rendido
Y repartirlo al pueblo dignamente.
El que cs pan de los úngclcs hermoso
•Se hace ya de los hombres alimento;
Este pan celestial y prodigioso
Da á la sombra y figura cumplimiento:
i Oh admirable piedad! ; oh maravilla!
Pues rccibe tan alto sacramento
El pobrecillo, el siervo, el que se humillu.
A Tí, Dios Trino y Lno, reverentes,
Con afectos humildes te rogamos.
Ilustres con tus luces refulgentes
A los que tan rendidos te adoramos,
Y por tus sendas rectas y caminos
Guíanns á la luz adonde vamos,
Pues habitas sus rayos tan divinos.
Amén.
Himnos V motetes
631
VI.
i^erbum stipernum.
Del Padre cl V^erbo síiliendo
Sin abandonar su diestra
Y dar cima á su grande obra,
Llegó al fin de su carrera.
Sabiendo como d .sus émulus
Infiel apóstol le entrega,
El antes d .sas di.scfpulos
Darse en alimento intenta.
Bajo las formas ó especies
Su carne y sangre presenta,
La doble sustância humana
Alimentando a.sí entera.
Se hizo al nacer nuestro hermano,
Xuestro manjar en la mesa,
Nuestro rescate muriendo,
V en el ciclo recompensa.
;Oh lú, sacro.santa Hóstia!
Que el cielo al mortal franqueas;
Mil combates nos acosan.
■Sed nuestro auxilio y firmeza.
■VI Dios Uno y Trino dada
La gloria por siempre .sea,
Que en la celestial .Sión
Nos dé vida sempiterna.
Amén.
63J
Himnos v motctcs
VII.
Sjiltiíis htimaihv Atitor.
Jesüs, Rcdcnto;' dcl hombre,
Delicia dül corazón,
.\utor dc nucstro rcscate,
Dc las almas casto amor.
;Cuán grande fuc tu clemcncia,
Cargar sobre ti el montón
Dc nucstro.s pecados, damos
Vida con tu muerte atrozI
Uaja.stcs al bondo abismo
l’or sacar de su prisión
Al coro fiel, y á la dicetra
Dcl 1 ’adrc, alzar tu mansión.
l.ogren, ay, nuestras ofensas
Dc tu indulgência cl perdón,
Y dc tu rostro beatífico
Gocemos cl rcsplandor.
Tú, dcl ciclo, senda y guia,
Seas norte al corazón
y gozo que cl llanto enjugue,
Y al fin nucstro galardón.
-Vmen.
Vlll
I.nx ctlma, Jesii, meiitiiim
Jesüs, luz de nuestras almas,
Consuclo dcl corazón;
Tú la negra culpa ahuycntas,
Y nos llcnas de dulzor.
Himno3 y motetes
63Í
Dicho.so, sí, el que recibe
De tu visita el favor,
Diestra querida dei Padre,
Almo explendor de Sión.
iAy! nuestros pobres sentidos
No resisten tu fulgor:
Mas tu presencia invisible
Háganos sentir tu amor.
Jesús, que á los pequeSuelos
Te revcla.s, á ti honor,
Y al Padre y al Santo Espíritu
Demos sin intermisión.
Amén.
IX.
Jesu, dtilcis memória.
Oh Jesús, duice recuerdo
Del corazón en la ausência,
Mas al que está en tu pre.sencia
Mucho más dulce que miei!
Nada se oye tan suave,
Ni se canta tan gustoso,
Ni se piensa tan grandioso
Como Jesús, nuestro Dios.
Tú, esperanza al penitente
Eres; bondad al que ruegu;
Dulzura al que á ti se entrega;
Al que te halla,^quéserá?
634
Himnos y motetcs
Ay! que el amor de Jesús,
Lcngua ni pluma explícarlc
Fucdcn; quien logre probarle
Solo ese lo entenderá.
Seas, Jesüs, nuestro gow
Aqui, y de.spues nuestra paga
En ti solo sati.sfaga
El alma siempre su amor.
Amén.
X.
Jesu, Rex admirabilis.
i Jesú.s, Rey admirable,
Triunfador el más noble,
Duleedumbre inefablc,
Todo digno de amor!
Cuando el alma visitas,
Con tu verdad la ilustras,
Desprecio al mundo excitas
Y la inflama tu amor.
Al corazón dulzura,
Eros tú, y fuente viva,
A erdad, fulgor, hartura,
Que excede todo dón.
Oh! conocedle todos,
Iluscad su amor sublime,
Y' dc los vilcs lodos
■Saldréis dc corrupción.
Himnos y motetês
635
A ti, Jesiis, resuene
La voz, la vida invite,
Y ah ora y síempre llene
Tu aíecto el corazón.
Amún.
XI.
Jesu, decus attgelorum.
;Oh Jesús, bellcza angélica
Melodia grata al oldo,
Micl escogida ai sentido,
Y néctar al corazóni
Quien te gusta, aún más te ansía,
Quien te bebe, aún más sed tiene,
A quien tc ama, sólo tiene
Deseo de amarte más.
Ahl Jesús, dulce esperanza
Del corazón que suspira;
A ti sólo mi alma aspira
Y vierte llanto de amor.
Tu clara luz me ilumine:
No, no me dejes, bien mío;
Conozea el mundo el vacio
Que existe fuera de ti.
Bei la flor de madre virgeo,
Nuestro consuelo y ventura;
Jesús, toda criatura
Tu dé alabanza y honor.
Amún.
636
Himnos y motetcs
XII.
O Sol salutis.
Oh Jeaús, sol de jusficia,
Nuestras mentes esclarece,
^lientras el dia amanece
Tras larga noche, feliz
En este tiempo aceptable
Da al corazón entretanto
■Se lave en copioso llanto
Y sea vlctima á tu amor.
De do la maldad brotara,
Broten lágrimas amantes,
Y penitencias constantes
Ablandcn el corazón.
Viene ya, viene tu dia,
En que todo sc renueva;
Tu diestra hacia el bien nos mueva
Y habremos dicha y solaz.
Adórente, Dios potente,
Cielo y tierra prosternados;
Y nosotros renovados,
Démoste nuevo cantar.
Amcn